Temor y respeto

Por Martín Barros Choles

El temor es un sentimiento de miedo, que se origina en: presagio, advertencias, coacciones, incidencias, constreñimientos, intimidaciones, prohibiciones y amenazas; sesgada en normatividades y costumbres, preventivas e impositivas, por causas de peligros, imprevistos; sobre personas y cosas. El temor también se constituye en causa innoble, cuando se utiliza para manipular personas, con interpretaciones, distorsionada de la realidad o en imposiciones de directrices: absolutas, radicales, sectaria, odiosas y fobia; originando reacciones: involuntarias, desánimos, sumisión, alteraciones y depresiones. El temor también evita desamor y tragedia. Los temores son forma de ejercer dominios y manejos, sobre personas, débiles, acorraladas y sometidas; a pretensiones, tabúes, caprichos y ordenamiento; de obediencia y cumplimiento, sin reparos. La iglesia engendró el temor, perfilando y personificándolo, con demonios, satanás, diablo e infiernos, configurando hechos delictivos, con pecados, implementando mandamientos preventivos, que atemorizan la tentación pecadora. Algunos gobiernos atemorizan, coartando libertades individuales, reprimiendo, oprimiendo, persiguiendo y castigando. Utilizando la fuerza del poder, (cuerpos armados), que actúan de manera brutal, agresiva, salvaje y bárbara. Organizaciones criminales atemorizan, con terrorismo, masacres, desplazamientos, secuestros y toda forma infame y de vil crueldad, violentando la dignidad personal y el derecho humanitario. La ignorancia y el abandono, es campo propicio para atemorizar, sobre todo, si no existe unidad colectiva de convivencia social comunitaria y educación.

El respeto es una manifestación positiva, considerativa, apreciativa, afectivas, cordial y retributiva mutuas, entre las personas y relaciones con los rodean, en el mundo viviente. El respeto nace en la familia, se forma y fortalece con la educación y debe garantizarse por los gobiernos, de manera general, no preferencial, exclusivas, ni discriminatorias y excluyentes. El respeto es voluntario, no se impone por la fuerza, como equivocada piensan algunos individuos, en sociedades clasistas, clasificadas en estratificaciones sociales. Es necesario diferenciar el temor del respeto, por los efectos inherentes. que de ellos resulten. Mientras el temor traduce miedo y malestar, el respeto genera confianza, empatía, agrado y amor. Puede haber temor con respeto y respeto, sin temor como en: hogares, lugares de operaciones laborales, administrativas, culturales, tecnológicas etc. Donde no se predique el respeto, se carece de estabilidad e incide, el desajustes, administrativo, estructural y social; entre otros, prevaleciendo el engaños, dudas e incertidumbres; en todos los ámbitos.

La gobernabilidad de los mandatarios debe ser coherente y respetuosa, en hechos, programas y proyecciones. Cuando estas fallan, surgen problemas, inconformismos y críticas. En Colombia, muy pocas cosas funcionan bien, por la contaminación de corrupción que nos corroe, con ínfima excepción. Un caso particular la policía nacional, es una institución que todos colombianos, debemos reconocer y defender.  Sin embargo, no funciona correctamente, por implicaciones de miembros que la conforman, en hechos delictivos: extorciones, soborno y demás crímenes; que los comprometen, en cadenas y pirámides. Impera el silencio y el temor. Callar es una condición y amenaza, inducido de advertencias e intimidaciones, para no hablar. Las frutas podridas en la policía son muchas, implicados en corrupción, pero menores que los miembros buenos, pero los últimos, es decir  los buenos, están silenciadas por temor a su vida. Los disturbios pueden servir a la policía, como trampolín para opacar la imagen negativa que los afecta, demostrada con veracidad en la impunidad que se oculta. La policía ha perdido el respeto y la confianza popular, no de manera inconsecuente, ni caprichosa, sino por los comportamientos y actitudes, cuestionables, que evidencian y registran diariamente; con hechos repudiables e implicaciones delictivas. Defenderlo, acolitaría las malas acciones, por temor y tolerancia complaciente, hundiéndose la institución policiva, por culpa quienes hacen parte de ella. Si no se corrige y depura, la delincuencia y la corrupción, incrustada en la policía, difícilmente recuperaran la confianza y credibilidad de la gente. Amordazar y tapar la boca, lavándose las manos, ya no convence, cuando todo sale a flotes, temprano o tarde, para entender lo que pasa con: carteles y mafias direccionales, que operan enlazados en diferentes frentes lucrativos. De nada sirve defender la institución policía, sin erradicar: vicios, contaminaciones, conductas delictivas y disciplinarias.

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