Por HERMES LÓPEZ DELUQUE
En esta vida somos ave de paso, pasamos por ella cual estrella fugaz dejando un halo de luz que se desvanece de a poco y el hombre es recordado por las huellas dejadas a su paso. Todos dejamos una historia, buena o mala, pero la dejamos y de ella y por ella somos calificados.
Hoy, voy a calificar la historia de un hombre que fue, ha sido y será el faro que con su luz guió mi vida, ese hombre fue mi padre Rubén, el único hombre ante el cual me humillaba por su honestidad, sencillez y su calidad de gente.
Jamás he seguido a ningún hombre, siempre he tratado de ser libre en mis ideas y conceptos, ser único, no imito ni idolatro a nadie, solo a Dios y a mi padre, quien se fue dejando en su prole un legado de invaluable valor.
Él, para mí, fue un hombre admirable, sencillo, noble y sincero, de un corazón sensible, siempre estaba dispuesto a ayudar al necesitado y acompañar a sus amigos en las malas y en las buenas. En él no tenía cabida la envidia ni el rencor, de eso pueden dar fe sus amigos y familiares.
Entre los dos, él y yo, existió una relación, no solamente de padre e hijo, fuimos, hermanos, cómplices y confidentes, quienes no nos conocían al ver nuestro trato no se imaginaban que éramos padre e hijo al ver nuestra camaradería y las bromas que nos gastábamos.
Fuen un hombre ejemplar, nadie, tiene una queja de él, a nadie le quedó debiendo algo, era correcto y un hombre de palabra, era una especie que hoy está en vía de extinción.
Hoy se fue, la parca se lo llevó, pero me deja al igual que a mis hermanas y demás familiares y amigos, un enorme legado el cual trataremos de extender hasta nuestra descendencia.
Le doy las gracias a Dios por concederme el privilegio de ser su hijo y conocer a fondo a ese gran hombre que con su ejemplo marcó el derrotero de mi vida, ha sido mi carta de navegación.
Se fue mi viejo y con él, parte de mi vida, pero su recuerdo será perenne. Vuela alto mi viejo. Dios te tenga sentado a su diestra. Te amo y amaré mientras yo tenga vida. Paz en tu tumba.