Por Martin Barros Choles
Simbolicemos a Dios, con la frase Amor. El amor no puede rodar en el ambiente, como palabra trillada y desvalorada, por desprecios e indiferencias. Tampoco debe perfilarse, con disfraces de hipocresías, ni mucho menos, que sucumba por efecto de odios y egoísmo. Servir, compartir y solidarizarse; es amor, que no se ve, pero se siente. El amor, nace en la vida, humana y animal, es el sentimiento divino, para mejorar y fortalecernos, en espacios naturales, que nos rodean, para conservar, ambiente sano, protegiendo: agua, aire, tierra, floras y faunas; previniendo, contaminaciones y desastres. Si no cuidamos, apreciamos, y defendemos; lo que Dios no regala, impera, predominio, incertidumbre e inestabilidades, que nos tienen aturdido, despistado y desorientado; en el juego político social.
El amor es un derecho espiritual, que a todas las personas nos asiste, para transmitir y recibir, en correspondencia, fraternal y afectivas. Observando con pánico, tragedias devastadoras, en salud, con la pandemia del coronavirus, donde se hace necesario, entender los hechos y reflexionar, de manera positiva, sin medir posicionamiento, ni escalonamiento, por el derecho de igualdad, que nos caracteriza antes Dios, materializada en amor. El amor no solo debe expresarse, si no demostrarse, con hechos positivos y manifestarse, sin reparos, de manera espontaneas e indiferente. “Has el bien sin mirar a quien”. Recogemos frutos de lo que cultivamos. Con sacrificio, perseverancia, paciencia y amor; logramos llegar al éxito, en un mundo oscuro y fangoso, aterrorizado de corrupción y avaricia.
Resulta contraproducente con el amor, sentimientos de: odios, soberbia, egolatría, envidias, rencor, amarguras, cizaña, ofensas, egoísmo, orgullo y desamor. El dineros, activos o capitales económicos, camuflado con intereses personales, constituye el peor enemigo del amor. Lo desarticula y destruye, en beneficios particulares, generando: servilismo, prostitución, manipulación y apropiación; sobreponiendo riquezas, sobre la dignidad humana, originando desigualdad, inconformidad y protestas. El amor no tiene estratos exclusivos, ni luce con vanidad. Se nutre de espiritualidad, en apoyos colectivos, para consolidar bienestar común. Si prevalece el amor, para que las armas?
Los papas, Francisco y Juan Pablo Segundo, pastores, profetas y líderes, de Iglesias Católica, se refieren al amor, en lo relacionado con el afecto y correspondencia personales. Amor indiferente, es soso (desabrido). Amor por interés, es incierto y falso. Amor por caridad y solidaridad, es bendición. Enamorarse es una virtud humana, que: alegra, satisface y enaltece. Perdura por: confianza, respeto, lealdad y buena fe, en: hogares, familias, trabajo, sociedad y emparejamientos; entre otros. El amor fortifica y no cuesta nada, pero si no lo apreciamos, valoramos y conservamos; muere. Con amor florece la paz, fluye alegría, se armoniza cordialidad y cooperaciones mutuas. Guerras y conflictos, causan daños, pero son factible, de aplacarse y erradicarse, con amor, antes que represión y castigo. Perdonar alivia, sana intensiones y sentimientos negativos, expulsando la espina, que martiriza y mortifica.
El amor es energía universal en las personas, para comunicarse, entenderse, comprenderse, ayudarse y servirse; mancomunadamente, en el medio que le rodee. Es la fuerza del poder, que nos atrae, como un imán. Liberémonos de sentimientos nocivos con el amor, socorramos atendiendo emergencia en circunstancias apremiantes.
Si los mandatarios, gobiernan en corrupción, están contra el amor. De ellos, nada buenos podemos esperar, como ha sido las practicas costumbristas, en hechos y acciones territoriales, que a diario, se registran. El amor es paciente, tolerante e inofensivo, pero será el único, que podrá salvarnos y levantarnos, de todo mal y sufrimiento, en circunstancias de: salud, medio ambiente, condiciones sociales, climáticas y furias sísmicas; en donde de nada sirve, fortunas, capitales, propiedades privadas y títulos académicos. Sin amor, la paz es una quimera. Ejercerla y practicarla, es una misión y un deber humano, ineludible que nos corresponde, sin distingo, ni excepción.