Por: Cesar Arismendi Morales
En el homenaje que el grupo cultural la Tertulia realizó a la memoria de Romualdo Brito López, uno de los asistentes expresó que el país y La Guajira estaban en deuda ya que no se le reconocía la importancia de este prolífico cantautor de la música colombiana y del Caribe, que durante su vida construyó un voluminoso cancionero con más de mil quinientas composiciones, muchas de ellas exitosas en la nación como a nivel internacional.
Esa noche, en un grupo presente se indagaba sobre las razones de no considerarlo al nivel de autores como Guillermo Uribe Holguín, Sixto Arango Gallo, Blas Emilio Atehortúa, José A. Morales, Jorge Villamil, Arnulfo Briceño, Rodrigo Silva y Álvaro Villalba. Otros, buscaban respuestas sobre los motivos para no valorar la creación de este hijo de Tomarrazón como uno de los grandes entre los grandes compositores del género de la música de acordeón, como se reconocen Rafael Escalona, Gustavo Gutiérrez y Leandro Díaz.
Parte de la respuesta a estas inquietudes que se dejaron planteadas ese día, se encuentra en el comportamiento político de la institucionalidad, que siempre intenta establecer la llamada música nacional por encima de la música regional y local, a partir de la construcción de una narrativa en la historia oficial de la música partiendo de los gustos interpretativos de actores especializados, desarraigados y moralistas, que ni siquiera se toman la tarea de realizar la exaltación de la interioridad del autor, sino que priorizan sus egos, vanidades y gustos, sobredimensionado personajes y canciones que luego imponen como construcciones melódicas de carácter nacional.
Desde esa perspectiva, la homogenización como dimensión política e ideológica hace ver falsamente dinámica la cultura nacional, desconociendo la diversificación de armonías, sonidos, ritmos, matices, temáticas regionales y locales, las cuales generalmente son percibidas por ellos como exóticas y cuando llaman su atención, entonces son consideradas experimentales y de construcción inacabada.
Por no llegar ni hacer parte de esos sectores y cuadros ideológicos especializados, Romualdo Brito López, difícilmente será reconocido como parte de la historia oficial de la música colombiana y de la música de acordeón. Su decisión de vida de ser un cantautor innato sin relacionamientos ideológicos con la institucionalidad y muchas veces contestaría, determina que a él hay que tomarlo como un brillante representante de los compositores de masas y de sectores populares, en donde lo más importante no es impacto, sino la empatía, el entusiasmo, apego y recordación que se generan desde la melodía. Así las cosas, a Romualdo hay que valorarlo desde la perspectiva estrictamente popular.
Es allí en donde se hace fuerte acompañado con “yo soy el indio”, canción anti establecimiento escrita en 1978, la cual le permitió introducirse en la realidad de un pueblo, caracterizarlo socialmente, descifrando sus angustias aún vigentes en una melodía de tres minutos y cuarenta segundos.
La historia oficial nos acerca a proceso de subsunción, subordinación y sometimiento. Brito López nos muestra caminos distintos representando y promulgando lo justo y lo simple como cronista popular de su época, evidenciando una nueva historia regional que hasta ese momento no estaba contada y mucho menos cantada, gritos de dignidad que motivaron a que muchos guajiros y guajiras caminaran, movilizaran y actuaran políticamente apropiando su discurso, desafortunadamente sin rumbo alguno.