El mejor escritor guajiro de todos los tiempos

Es tan grande como el Universo esta realidad sobre el autor riohachero Juan Carlos Herrera «El Escritor del Muelle», demostrándolo a continuación con genio universal en el fragmento del capítulo 23 de la novela «Historia de amor», una superproducción literaria de 574 páginas que a pesar de estar aún inédita, cada vez cuenta con la alianza revolucionaria de más lectores:

En variadas ocasiones, a lo largo del tiempo, buscadores de tesoros y otros expertos, navegaban cerca de su costa rastreando el ataúd de Francis Drake. Era algo que nadie podía evitar, explorar el lugar de descanso de alguien malvado para los españoles, pero glorioso para la gente que le llamaba la atención la piratería. Querían saber si era verdad que su cuerpo continuaba aún en el Caribe, o si había sido llevado a la isla británica en un barril de cerveza, como se dijo en un comunicado de la época. Lo constatado es que a pesar de los siglos el paradero de los huesos del corsario seguía siendo un misterio, y muchos tenían que conformarse únicamente con su fascinante historia. Algunos incluso ponían en duda de que hubiera sido echado al mar en un ataúd. No entendían cómo podía estar un cajón mortuorio en un barco de pirata, cuando en lo último que éste pensaba era en la muerte. En cambio, otros aseguraban que sí había pasado, y que había sido en un ataúd lastrado de plomo. Por eso en su búsqueda, empresas rondando aquel mar varias veces dijeron que estaban a punto de hallarlo, pero al no ser cierto, fue como si siempre siguieran soñando. La mayoría de las gentes que lo buscaron renunciaron a seguir haciéndolo, habiendo comprendido que era más fácil volverse un gran pirata de leyenda como él, que hallar lo último que quedaba de los restos de Francis Drake. Algunos dudaban de que apareciera, pero otros seguían en su búsqueda, a veces no tanto para encontrarlo sino para no abandonar la buena profesión. Era claro que, de conseguirlo, sería una noticia mundial. Pero nadie tenía la fortuna de ubicarlo, y por eso se dudaba de que existiera de verdad, intuyendo que aquello fuera un atractivo que se inventaban en Portobelo, para aumentar el turismo internacional de la zona. Eran pocos los que se aventuraban en ir detrás de aquel misterio, y si alguien esa noche especial lo hacía, era por volver a poner en su cauce las cosas del amor.

Al sostenerse desde babor a millas de aquella población, Rico Annichiarico supo que estaba viendo con sus ojos el mismo lugar donde por última vez Francis Drake vio la vida. Le parecía mentira que ese mar se pareciera tanto al de Riohacha en la oscuridad, pero concluyó que todos los mares eran iguales. Lo que tuvo en cuenta por primera vez, mirando la imponencia del planeta Venus, es que iba a morir en el sitio exacto donde murió alguien tan obsesionado con las perlas como él, pero sin saber absolutamente nada del amor. De ser así pocos sabrían también dónde estaba su cuerpo, y de ser hallado sería sin vida, para que no volviera a sufrir por Jessica Moscote. No veía completamente nada, pero se imaginó que a lo mejor el pirata ya sabía que llegaba allí, sin entender que alguien muerto por ese lado desde el siglo XVI, se diera cuenta de que actualmente en Riohacha había una mujer hermosa graduada de derecho. Entendió que los fantasmas no tienen fronteras, y que por mucho que a los piratas les gusten los barcos, después de dejar de existir no tienen necesidad de navegar para llegar instantáneos a todas las orillas. Pensó como no lo hizo antes en él. De verdad, le pareció alguien que nunca supo dónde quedaba el norte. Se preguntó qué sintieron sus hombres cuando en medio de cantos lanzaron su cuerpo al mar, para que nadie supiera su ubicación, o para que un difamado por Henry Morgan y víctima de su posterior actividad fantasmal como él, no pudiera después encontrarlo fácil. Sabía que dentro de pocos minutos ahí estaría, en el fondo, hundiéndose, mientras el barco se alejaba indetenible. Sólo que esperaba donde el corazón le dijera que cayó el ataúd del fantasma que pensaba más en su mujer, que en la misma Inglaterra. En cuanto sintió que había llegado al punto indicado, se arrojó entonces a las aguas profundas, sin dolor, sin amargura, sin arrepentimiento, como si el destino hubiera escogido que los dos hombres más obsesionados con las perlas del Nuevo Mundo, allí tuvieran definitivamente todas las veces que morir.

Al inicio, mientras se sumergía, se imaginó que aquello verdaderamente era una locura, porque no encontraba la muerte. La oscuridad era tal, que si hubiera salido a la superficie tampoco tendría claridad del lugar, aunque respirara y supiera que estaba afuera. Pero a medida que más bajaba, más se iba convenciendo de que poco de él quedaba, hundiéndose lo que más pudiera para no volver a salir. Tenía la esperanza de encontrar el ataúd, como si el corazón le revelara que insistía en el lugar donde nadie antes en la historia occidental había podido llegar, por no estar enamorado ninguno quizás de su amada. Él era uno de los mejores buzos, y a pesar de que llevaba años de no practicar eso, se deslizó como un delfín, bajando cada vez más aceleradamente, para ver el lugar misterioso bajo el mar donde los muertos siguen teniendo un pensamiento. Se consideraba ya un poco muerto, porque tenía varios minutos que no respiraba. La inspiración hacía parte de su cuerpo, moviéndose, esforzándose, peleando con la naturaleza, no queriendo darle el gusto a la vida de estar más en ella sin el cariño de la mujer. No sentía nada, sino agua y más agua, y la peor oscuridad material también comenzó a penetrar en su mente. Quedó inmóvil en una tranquilidad, que contagiaba y lo dejaba fuera de él, hasta cuando de pronto se sintió tocado por unas manos esqueléticas, que similar a una pesadilla inesperada no le permitieron salir, precisamente cuando el cuerpo le pidió aire. Era un espíritu que vivía desde hacía siglos en esa oscuridad, y aprovechaba la oportunidad de retar a alguien que lo retaba, con el objetivo de ahogarlo feroz, cuando eso era lo que él quería de verdad, para hacerle parada a sus acciones en la muerte. Estaba luchando en ese instante con el mismo pirata Sir Francis Drake, invencible, fuera de su féretro, dueño único del mal que, a fin de cuentas, era peor que el mar en su lugar más profundo. Rico Annichiarico comprendió que era indefenso ante un ataque como ése, en que se sintió sacudido de mil formas desconocidas, por osar meterse en una zona donde concursaba un señor que no pudo quemarse en el infierno, y se había quedado sonámbulo en los inacabados mares, donde conservaba original su forma de ser. Cuando estuvo a punto de perder la vida sacó entonces lo que trajo con tanto cuidado en la bolsa de tela, y eran las perlas guardadas por Jessica Moscote, que podían darle un poco de paz a alguien que tanto las amó. Con esa solución quedó soltado, como si por fin el pirata hubiera encontrado el amor. Lo notó desaparecer, alejarse, rumbo a su sitio de eternidad, donde ahora tenía más asegurada que nunca la inmortalidad. Él, por su parte, se sumergió tanto en las aguas del mar Caribe, que era posible que no tuviera vida cuando regresara a la superficie, porque mucho líquido había entrado en sus pulmones y el contacto de aquel fantasma lo dejó sin la energía de nadador que lo destacaba. Si quería tener una muerte, ya la conocía, y era infinitamente tortuosa y demoraba. No sabía qué pasaba, por qué pasaba, si era un humano o un pez, tal era la confusión de alguien que desaparecía eléctricamente de su pellejo. En un momento, pudo llegar a la superficie con el alma hecha pedazos, sintiendo un dolor tan tortuoso como el peor rechazo que podía vivir un humano, pero logrando al fin beber un poco de aire.

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