
Por: Juan Carlos Herrera
A cualquiera edad de la vida, un escritor siente una gran emoción cuando publica su primera novela. Es el caso de José Gabriel Rosado Padilla, más conocido como Polaco, que a sus setenta y seis años ha cumplido un sueño tenido desde que se hizo el mejor amigo de las palabras. Su obra se llama La viuda de Atkinson, una narración que llevó corrigiendo por casi cincuenta años, gracias a la vida que le dejó vivir largo tiempo, para sacar un trabajo que tiene mucho de sí y de la vieja ciudad más querida.
Es una persona que también siente la Musa literariamente al hablar. Cuenta lo que le preguntan, pero sobre todo menciona el baúl de tesoros que ha convertido su permanencia en el escritorio.
Nació en Riohacha un 13 de agosto de 1945, el mismo día en que Hirohito, Emperador de Japón, firmó el acta del cese al fuego con los Estados Unidos que dio término a la Segunda Guerra Mundial. Por eso afirma que ante esa coincidencia histórica, es un escritor de paz.
A pesar de eso, tuvo la mala fortuna de perder a su madre a los quince meses de nacido, cuando aún no tenía ojos para recordarla. Su padre, que había sido desterrado del hogar estando ella viva, fue otra entidad que por su ausencia lo hizo sentir lo que era ser un huérfano naciente. La soledad lo buscaba, pero él no a ella. Es por tal destino que la patria chica de su niñez y la de sus hermanos fue el corregimiento indígena de El Pájaro, donde tendría la noción de que la vida que vivía, era la que lo instaba a ser escritor.
Fue necesario un acontecimiento. Recuerda que una mañana a las once en invierno, todas las miradas de la población por el runrún, apuntaron a la llegada de una caravana de camiones. Eran los contrabandistas, únicos dueños del desierto, y muchos más importantes para la gente de la región que cualquiera héroe del cine de Hollywood. Estaban armados con revólveres, escopetas Winchester, al igual que los individuos del Lejano Oeste, lo que siempre motivaba que personas como Chopi Rosado, Segundo Meza y Jeringa Alarcón, fueran objeto de una atención que después se volvía narración. Uno de esos tipos, un indio civilizado con el pantalón arremangado a las rodillas y los pies limpios procedentes de la
laguna, se acercó al rancho donde estaba con su tía Sabina Rosado, y la saludó con familiaridad.
-Prima, cómo está la familia.
Le llamó la atención el aura del señor. Pero ante todo, que echara el café de la taza verde en el platico en que lo servían, para beberlo con otra educación. La conversación fue amena, y llenaba bastante la mente de los niños. Era la persona de ese momento, que sin proponérselo, más pedía ser mirada. Al despedirse, yendo por el centro de la calle que llevaba al mar, su tía entonces pronunció: «Ese indio que va ahí es guapo». Según añadió, por estar a su lado en la guerra de Pancho -donde civiles se enfrentaron a las autoridades-, había perecido su hermano José Ceferino. Su nombre era Camito Aguilar, y desde ese instante el niño Polaco que contaba con seis años sintió lo fácil que era contar una historia, si ésta tenía adentro un gran personaje.
Las incontables que contaban de su tío José Ceferino, también dispararon su imaginación. Era el referente cuando se hablaba del encuentro hombre a hombre, respondía a cualquier cita que le sentenciaba, y si decía que iba a matar a alguien, lo cumplía como si no le pudiera quedar mal a lo que ya era una profecía. Según algunos, era el hombre más valiente de La Guajira, tuvo disputa con José Prudencio Aguilar, y fue la inspiración de un muchacho que gozaba de esos relatos orales, como cualquier lector profesional de las páginas del norteamericano William Faulkner. El sobrino contaría sus cuentos a su modo, al conocer la escritura.
De vuelta a su amada Riohacha, la vida que lo esperaba sería larga. Se crio en Bocacalle La Esperanza –conocido hoy en día como el Callejón de las Brisas-, donde vio a la localidad de aquellos tiempos, siempre encantadora por su mar que fue el cementerio de varios barcos, uno de ellos el Caribe. La magia no dejaba de hacer la realidad, por mucho que los seres humanos la miraran. En esos días, aún se hablaba del milagro de la Virgen de los Remedios salvando a la localidad de un maremoto, como algo que todavía podía repetirse.
En cuanto a su iniciación en la lectura, fue por esa misma búsqueda de mitos. En ese asunto, lo ayudaron las imágenes de los comics: Superman, el Fantasma, Tarzán, Red Ryder. Gracias a un primo, que le contaba las novelas de vaqueros, empezó a leerlas, a devorar sus páginas, e incluso llegó a considerar al lejano autor español Marcial Lafuente Estefanía, como su cercano amigo. La razón no podía ser menos: le enseñó a expresarse correctamente. Gracias a aquél, aprendió que la frase no era que el ganado esté pastando, sino que el ganado pace.

Cantaba, quería ser guitarrista, hacía sentir la buena música como lo hizo una vez su abuelo. Le gustaba la vida por cualquier calle que iba. En primero elemental de la Divina Pastora, cayó en la cuna de la poesía. Leía mucha de ella, hasta repetirla y darse cuenta de que lo mejor que le podía suceder a la Riohacha de su alma, era que alguien como él fuera un poeta. Pero no sólo era eso: siguió tanto a Rafael Pombo que quiso ser como él, y a veces
cuando escribía o se miraba en el espejo, no esperaba ver a Polaco Rosado, sino a Rafael Pombo componiendo versos más grandes que él.
En la biblioteca del Liceo Almirante Padilla, donde estudiaba el bachillerato, comenzó a discutir a gritos. Él y sus amigos querían ser filósofos como Sócrates, Platón, Aristóteles; cantó epopeyas honrando a Homero, la voz de La Ilíada y La Odisea -que en el transcurso de la vida leería unas sesenta veces-, y el que no pensaba o hablara como ellos, no existía para ellos. Si alguien llegaba con ignorancia, le decían que no hablara bazofia. Pero también se inspiraban en la Revolución Francesa, en los jacobinos, y competían para ver quién era más amigo del espíritu intelectual de Rousseau.
Sin embargo, a pesar de leer el Cid Campeador, por capítulos el Quijote, a Shakespeare y al francés Dumas, su timidez como escritor era tal, que rompía las cosas que escribía para que nadie leyera su voz primera. Estaba convencido de que para hacerlo bien, necesitaba la ayuda de un ángel que nunca aparecía. Sólo cambió de parecer cuando alguien le dijo: «No rompa lo que escriba. Guárdelo». Lo hizo tanto que luego archivaba y, si se mojaban, colgaba esas primeras páginas, con ganchos de alambre.
Pero ser marinero, le permitió ser mejor contador en carne y hueso de las historias. Todo sucedió gracias a su tío, el famoso Chopi Rosado. En aquellos días, Polaco viajaba de contrabandista hasta Puerto Estrella, buscando la mercancía que después traía de regreso con su compañero Corozo Sánchez hasta en doce carros por el desierto. Pero algo en el mar iba mal. Chopi Rosado le comunicó:
-Se están saqueando la carga, usted va para el barco.
Fue así como Polaco se convirtió en navegante del barco Ángelo, donde se enamoró más del mar que cuando se lo contaban los poemas largos de Homero, el ciego y dios de la literatura griega. Traían la mercancía de Aruba hacia Puerto López, y llegaba simultáneamente cargado de historias que no esperaban el papel, ni la máquina, pues para pasarla bien entre sus compañeros se las tenían que intercambiar, sin dejar deudas en los oídos. Fueron tantos sucesos inolvidables vividos, pero aún así insistía en que no era un personaje de las historias, sino sencillamente su oculto escribidor.
Para ese entonces, ya sabía que el mar Caribe esperaba que él fuera su nuevo testigo. Muchas notables historias se perdían, menos las que caían en su pluma. Jamás olvidaría un barco llamado Sandra, perteneciente a Eliceo Hugo, que se hundió en medio del misterio yendo hacia Aruba, y hasta el sol de hoy ninguno ha podido reconstruir los últimos minutos de alguien que fue y vino tanto de aquella isla, que hace tan queridas la fábula de los riohacheros. Vivía de todo, en esos días que parecían más lentos, pese a la fuerte brisa del desierto que demuestra que la Tierra siempre ha girado igual. En serio, a pesar de las cosas buenas y malas, hoy muchos quisiéramos vivir la vida de oro que dejaban ver aquellos años.
No perdía la ocasión de escribir en alta mar. Gracias a los reflejos fosforescentes de un foco que pegaba en el reloj de su recámara, la una de la madrugada sacaba papel y lápiz, y se olvidaba del mundo ruidoso. Una noche lo hizo más, ya que no podía dormir, por el fuerte viento, por la ola que pegaba, poniendo en riesgo a la embarcación, recordándoles el mar que en momentos como ése muchos marinos han tenido que morir. De puro miedo, dice que escribió el cuento Sandra. En un momento dado, como si fuera un conjuro, la naturaleza imitó la paz de su escritura.
Si superó la prueba de narrador ante las huestes de la muerte, era más aventajado en su casa. Como escritor de barcos, hacía avanzar la paz mundial que decía traer a todos los hemisferios con su nacimiento. Seguía guardando notas, escritos, pero con la felicidad de que cada vez eran mejores. Por consiguiente, ya no podía pasar desapercibido en la calle, lo que hacía tiempo creaba escondido. En ese ritmo, ya comenzaban a decirle escritor. Mientras siendo un hombre distinto trabajaba en la Gobernación, Álvaro Flores a quien llamaban El Flechazo, le publicó un artículo sobre la cultura guanebucana. El reconocido escritor Víctor Bravo Mendoza, crítico, cuentista y poeta, supo que en casa de Polaco y su mujer también estaban corriendo de un lado para otro, los duendes que ayudaban a hacer bien la literatura. En una antología le publicó el cuento Mar de leva, donde demostraba que aunque ya no navegara por el mar, por todas partes ya lo perseguía el mar.
Conoció a escritores como Clímaco Pérez, Gabriel Ferrer, Abel Medina Sierra, Miguel Ángel López, con quienes mantiene una amistad que hace más visible para los ciudadanos la buena literatura. Con cualquiera habla de las palabras, de los autores internacionales, pero por su alma de contrabandista, cansada de tantos productos foráneos procedente de Panamá o de las Antillas Holandesas, desde la María Farina, el Old Parr y los electrodomésticos marca Sony, prefiere las cosas semidesconocidas de su desierto que también se hacen sentir en el planeta. En cualquier caso, admira a Hemingway, a García Márquez, como insignes maestros que ninguna tertulia literaria puede evitar, a menos que sea a propósito. Sin embargo, con frecuencia opta por los escritores locales, como los escritores franceses del siglo XIX preferían leer los folletos de sus amigos y colegas franceses.

En medio de la charla que sostuve con él (sin revelarle que yo era Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”, nacido también para mirar el mar Caribe), una anécdota no podía faltar. Como buen riohachero, ha vivido casi todas las cosas que dan la identidad, pero no esperó una en especial. Fumador de tabaco hasta hace poco, en una ocasión diez años atrás en que deambulaba lleno de humo bajo el puente del Riíto, cometió el error más grande que ha cometido en su vida como lector, o mejor dicho, con un colega escritor que ya no está. Estaba orinando sobre desechos de balastro, cuando se dio cuenta de que lo hacía a la vez contra un libro. Sólo así pudo ver que trataba mal a un ejemplar que debió recibir con sus ojos, y no con el chorro. Era El Principito, un clásico de la literatura universal, que pronto recogió, limpió, llevó a su casa conservándolo como una joya, hasta ahora pedirle perdón público a su autor Antoine de Saint-Exupéry desde esta entrevista.
No podía ser menor el homenaje. Aunque a decir verdad este hacedor de libros digitales como El hombre concreto, tiene la convicción de que un escritor francés cuya obra termina siendo basura en ultramar a la ribera de un rio en Riohacha, prueba fehaciente que sí triunfó al hacerse ver y abrir en cualquier parte y condición.
Su alma de novelista no duerme, aunque saca de los sueños lo que después acaban viendo sus lectores. Desde que comenzó y le imprimieron Cuentos guanebucanes, tuvo la seguridad de que la novela era la expresión por excelencia donde quería dejar testimonio de su paso por esta vida que, a sus setenta y seis años, considera trascendente para el aprendizaje de los humanos nuevos. De todas maneras, lamenta las leyes de mercadotecnia del sector editorial. Su crítica deja asomar la verdad.
-Para los editores, o editorialistas, ellos sólo reconocen como escritor a los que escriben novelas.
En su caso, aclara eso sí que no lo hace por prisa de fama, sino por su vocación a veces de páginas varias. Por eso no sepulta el tema sin poner el ejemplo de Borges, alguien que nunca escribió ni una sola novela, sino poesía y cuentos, y a quien considera el escritor más grande de todos los tiempos en Hispanoamérica.
La paz la da la calidad escritural, sea corta o sea larga.
La publicación de La viuda de Atkinson
Regresando al pasado, en 1970 ya tenía donde escribir como un profesional del oficio: una Olivetti Lettera 25, que gracias al teclado comenzó a registrar sus fantasías. En sala de la casa de su abuela, donde no faltaban los taburetes, con la nueva herramienta en la mesa escribía y escribía, y casi nadie entendía por qué lo hacía, a diferencia de sus personajes ficticios, que necesitaban vivir urgente por medio de alguien, salir, respirar bien, hablar de este mundo que ellos también conocían. Reunía la información, cualquier cosa que pasaba la apuntaba, y por eso comenzó a emerger la idea de algo que pasó en la vida real: la muerte de la viuda de Atkinson, en Riohacha, en los lejanos y cada vez más lejanos, días de 1954.
Durante medio siglo recordó, archivó, escribió en papel, pasó a máquina, hasta llegar a la era de la computadora, una novela que muestra cómo era un escenario que no se podía quedar sin la reconstrucción de un hecho, que dejó visible una vez más con el crimen, la falla más grande de la sociedad. Necesitaba páginas, más de cien páginas, porque se trataba no sólo de agradar al lector, sino de llevarlo a una époque en que sólo los novelistas como él se encargan de serle fiel a la memoria. Su libro es un pez gordo del recuerdo.
Mi compañero Germán Rojas González, que ha estado grabando la charla que sostengo con aquél, le hace entonces una esperada pregunta:
-Cómo se siente hoy después de haber realizado el trabajo, y contento con su libro.
-Estoy demasiado contento, no sé cómo explicarla, la emoción que tengo. El que haya yo escrito la novela La viuda de Atkinson…Y espero que sea una novela que le vaya bien.
La sonrisa se trasluce clara, y deja la sensación de que para él significa demasiado la existencia que terminó tratándolo bien.
-Yo me siento un novelista –remata.
El proceso de su publicación, aunque no demoró tanto como su redacción y revisión de décadas, no fue tan simple. Desde hacía años, le mandaba cartas a la Casa de la Cultura, a la Universidad de La Guajira, comentándoles de un manuscrito (o mecanuscrito) que ya por su prosa, lloraba dentro del vientre del autor para que lo diera a luz. Habló de la situación con un rector amigo que estaba cerca de su casa, y al acto se decepcionó, porque éste sólo le dijo que rehablara con un tal. Polaco pensó con su jocosidad característica: «Siendo éste el jefe, y me va a mandar a hablar con un segundón». Descartó ese camino cercano –y a la vez lejano-, de plano.
No obstante, los papeles insistía en volar para los otros ojos, y vivir ya sin la ayuda de sus manos. La época de 1954 en Riohacha quería ser recordada en el mundo, más que todo por él.
Se dirigió al gran maestro de la investigación Fredy González Zubiría, ahora director del Fondo Mixto Para la Promoción de las Artes y la Cultura de La Guajira, pero como es costumbre por la ocupación y recepción de otros originales, no obtuvo en dos años respuesta.
De pronto, el hada madrina anunció que los días en adelante serían diferentes. Recibió una llamada de Fredy.
-Oye Polaco, tráeme el libro ése que tú tienes ahí.
Él presentó su credencial, con más material de peso. «Yo no tengo un libro aquí, hay cinco
–pronunció-: escoge el que tú quieras.» Su texto preferido era La infanta Isabella Sofía, para la enseñanza de una nieta, pero el gerente del Fondo ante una lectura posterior de su comité, se decidió por La viuda de Atkinson.
Era el momento en que el mar, miraba por fin la cara de su novelista. Su nombre, ya de hecho conocido, no sonaba ahora en las trochas, en los camiones, en los barcos, sino en los salones literarios. Al ver la novela editada en sus manos por el Fondo Mixto, su autor homérico siente una novedad como cualquiera de los lectores. Ellos advierten que este
polaco no es alguien de la Polonia invadida por el Tercer Reich, sino un riohachero oloroso a María Farina, que desde niño en El Pájaro aprendió cómo se contaban las cosas.