Francisco el Hombre se defendió con la mejor canción ante el Diablo, reza el fragmento de la novela “Historia de amor”

Por: Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”

Francisco el Hombre fue la primera persona en el mundo que tocó como un maestro el acordeón. Su vida siempre estuvo rodeada de leyenda, porque este hijo natural del pueblo de Galán, era poseedor de un don que con su teclado ayudó en la misma creación de la música comercial. Según se conoce, desde siempre se sintió aficionado por este instrumento, al que aprendió a dominar, produciendo un sonido que causó que la gente de La Guajira más nunca volviera a dejar de mirar con entusiasmo el acordeón. En cuanto a su nombre, se dicen muchas cosas. Se cuenta que lo del Hombre se lo puso su padre, cuando lo mandó a hacer un mando. En vista de que se quedó haciendo otra cosa, y volvió tarde, su padre le dijo decepcionado que él era el hombre, como quien dice popularmente, que no sirve para nada. Otros dicen que cuando en su juventud manipulaba el acordeón, estando en Machobayo donde terminaría toda la vida, se destacaba entre la multitud por ser el mejor de los que tocaban, y la gente contenta exclamaba: «Ése es el hombre». Si bien no era cierta, esta última era la que más se comentaba como el verdadero origen de su nombre, porque su situación escénica se acomodaba mejor a una leyenda que reclamaba escultura universal.

Desde entonces, comenzó a ser conocido como Francisco el Hombre, ejecutando el acordeón negro y pequeño, llamado por los terruños tornillo eʹ máquina. En cualquier parte, era un hombre que a bordo de un burro, fumando tabaco y con acordeón en mano, se dio a conocer en la región, llevando noticia de pueblo en pueblo en calidad de trashumante, no tanto para ganar dinero sino para ir cogiendo fama. Pero lo más importante es que se sabía que de todas las personas que tocaban el acordeón en el mundo entero, él era el que más lo usaría físicamente, debido a la centenaria vida que vivió. En varias ocasiones, se enfrentó con los sobresalientes de Treinta, Cotoprix y Cerrillo, superando todas las batallas, como si tuviera un tendón para tocarlo mejor. Nadie se explicaba por qué siempre ganaba las piquerias, y aunque otros quisieran descifrar eso, se volvían entusiastas cuando en medio de todos él cantaba el Amor amor, cuya letra repetía mucho, porque era lo que más le hacía sentir el corazón: Éste es el amor amor,el amor que me divierte,/ cuando estoy en la parranda/ no me acuerdo de la muerte/. Era la persona más reconocida en aquella tierra, porque cualquier mañana bastaba escuchar un sonido nuevo, para que cierta gente quedara quieta, dejara de trabajar los cultivos y comenzara a soñar, hasta caer en cuenta de que tal fantasía en el aire sólo podía ser obra de él. Estar cerca oyéndolo cantar mientras tomaba chirrinchi, representaba una de las mejores cosas que se podía presenciar, porque sería, además de eso, el primer ser humano que demostró que con la buena música también se podía superar al Diablo.

Se cuenta que esto sucedió en 1913, cuando tenía más de sesenta años y Francisco el Hombre había estado unos días en Riohacha. No era casualidad que llegara allí, ya que este poblado de mar era visitado por extranjeros venidos en barcos, donde él tenía muchas amistades y era con naturalidad uno más de sus habitantes. En aquel tiempo, era visto no sólo como el hombre que mejor tocaba el acordeón, sino como el que más andaba con él en su necesidad de vida. Se quedó varios días en parranda, alegre con la fiesta, tomando tragos que lo llevaran a ejecutar el instrumento con sus grandes manos. Para algunos historiadores, quizás en casa de uno de sus amigos, uno de los sujetos que sonreían pícaramente ante su destreza con el acordeón, podía ser ya en preparación el mismo Diablo. Cuando llegó la hora de partir se despidió de todos, y salió rumbo a su pueblo completamente borracho, algo que no asombraba a su burro, otro ser de los que ayudaban, sin quererlo, en su difusión del futuro aire musical. Faltaban muchas horas para llegar a su destino, pero para él eso no representaba ningún problema, porque a veces, en medio del largo camino, también se distinguía por ser uno de los hombres más solitarios del mundo. El lugar de vivir era donde la hora lo tuviera, y el rapsoda era una de las personas que más recorrió aquel paso polvoriento que llevaba a su pueblo.

Para muchos lo ocurrido a continuación era pura mentira, y que sólo la inventó para darse más reputación como acordeonero. Lo raro fue que lo repitió hasta el final de sus días, que fueron demasiados, cuando ya a la gente deja de influirle la vanidad. Según él, iba tocando tranquilo su acordeón, como era su costumbre de trovador en medio de la soledad. De pronto, tuvo motivos para parar lo que hacía. De otra parte cercana que no veía, llegaba el sonido de un segundo acordeón, por lo que puso a escucharlo un rato, imaginando que se trataba de alguien que lo quería retar para que despertara de la borrachera meditabunda. Sintiéndose retado, se dispuso a responder de forma eficiente, como sólo el negro con sombrero de paja podía obrar. Adolorido de otra respuesta mucho mejor que la primera, él subió precipitado el tono de su acordeón, causando mágicamente que hasta el propio silencio se alegrara en realidad de no existir, para que sucediera una vez más en la naturaleza el fenómeno musical que estaba sucediendo. Fue un duelo fuerte de puya, que no parecía terminar hasta que uno de los dos muriera. En tal batalla lo extraño era que quien le contestaba lo hacía muy rápido, siendo alguien que le podía dar eco, sin necesidad siquiera de acercársele afanado y mostrársele en persona. Era claro que lo desafiaba al mismo extremo de querer derrotarlo, y eso era algo que jamás ocurría desde que entendió que nadie más, a parte de él, podía sacar un milagro del acordeón.

En medio de aquello, Francisco el Hombre concluyó que lo que pasaba extrañamente, no podía ser un suceso de este mundo. La idea de enfrentar al mismo Diablo se apoderó de él, porque vivía seguro de que era el único mortal preparado para reinar con el teclado, y resultaba que ahora a parte de sentir al apretado rival que padecía, comprobaría con los ojos la peor cosa que desvió su vida. En un momento dado, cuando la luna apareció en el cielo ante el despeje de las nubes, pudo descubrir que el tipo con cachos y cola que lo enfrentaba con apariencia fantasmagórica, yacía sentado bajo de un árbol con el acordeón, tocando tranquilo ante la seguridad de la victoria. Se trató de algo espantoso, porque aunque tuvo nervios de acero por semejante acontecimiento, aquello le hizo temblar los propios dedos de sus manos. Sintiendo un terrible miedo, supo resignado que para derrotarlo no bastaba con ser el acordeonista más grande de la tierra, sino sencillamente un hijo de Dios, que recurría a cantar el credo. La nueva intervención no dio resultado, porque vacilando seguía evidentemente en peligro, no tanto para reconocer su derrota musical como para que su alma saliera del cuerpo, y se fuera por siempre a ser compuesto de aquel intruso. El ejecutante demoniaco le volvió a responder, de una manera tan sorpresiva, que le hizo conocer definitivamente por primera vez desde su nacimiento que, aunque surgiera de una apartada galaxia, o proviniera en fuego desde la otra vida, sí existía alguien que tocando con estrepito ese inmortal instrumento era superior a él. Entonces cuando estaba a punto de perder el encuentro, recurriendo a su superstición, a sus aseguranzas y a la oración, se le vino en seguida a la mente el credo al revés, y lleno mucha de inspiración, destapó la mejor canción escuchada jamás.

Ante tales circunstancias, Satanás con sus oídos atormentados comprendió su falla, descubriendo el gigantesco talento de alguien que además de tocar el acordeón, sabía protegerse muy bien del peor enemigo del hombre. Aquello causó que la naturaleza se sacudiera en un fuerte terremoto ante semejante derrota propinada, que llevó un tiempo al Príncipe de las Tinieblas de regreso al indeseado infierno. «Te salva la sombra que te cubre», le dijo con fuerte voz, antes de alcanzar a desparecer. Parecía mentira lo que había pasado con la factible ayuda de Dios, en un mundo que volvió a quedar en el más absoluto silencio. Francisco el Hombre bajó de nuevo su instrumento, pero era evidente que aquello no lo dejó ser el mismo, porque había vaciado todo el secreto de su poder. Sobre el burro continuó su camino, produciendo que llegara hasta su casa, pero apoderándose ahora de él una maligna fiebre.

Nadie supo lo que pasó, porque no daba para hablar. En cuanto pudo buscó donde acostarse, no como quien va a dormir sino a morir. Demoró varios días en ese estado, sin levantarse, luchando con la muerte, por haberse negado a irse antes de tiempo al más allá. Se dice en el imaginario colectivo que el asunto fue tan grande, que hasta el párroco de la catedral de Riohacha, informado de tal situación alarmante, tuvo que ir a Machobayo a rezar para que se salvara. Con los días, fue recuperándose lentamente, hasta volver a ser el hombre. Cuando tuvo la mente lúcida era alguien completamente nuevo, quien sentado en un taburete contaría un relato increíble que, al igual que su talento innato para tocar el acordeón, le daría la leyenda más importante al vallenato.

Desde esos días sucedió de todo, pero no se dejaría de hablar de él, porque a parte de vivir hasta los ciento cuatro años de edad, fue el máximo exponente de la música de acordeón. Su forma de hacerlo lo llevó lejos, aunque nunca tuvo la oportunidad de entrar a un estudio de grabación para que las nuevas generaciones, conocieran las notas más primitivas del instrumento alemán en sus angélicas manos. Por tal motivo, la gente se conformaba con oír al menos la narración de que Francisco el Hombre, cantando el credo al revés, había derrotado al Diablo. Eso provocó que grandes juglares siguieran sus pasos de trotamundos, para alcanzar de algún modo parecido ese inmarcesible trono de inmortalidad. Si bien en el futuro surgieron los fenomenales acordeoneros Abel Antonio Villa, Juancho Polo Valencia, Alejo Durán, Emiliano Zuleta Baquero, Alfredo Gutiérrez y Calixto Ochoa, sólo se les tendrían como ricos herederos de su patrimonio. Cuando en la época de la bonanza de la marihuana, el acordeón pasó a segundo plano para darle protagonismo al cantante, por el descubrimiento de la gran voz de Jorge Oñate, los ortodoxos que eran conscientes del pasado de oro del folclore, admitieron que con el cambio le aparecía otro inesperado rival a su primer digitador. Fue Francisco el Hombre con su acordeón y leyenda, quien le dio origen por sí solo a lo que después se conocería como vallenato. Su mensaje principal era que cualquier hombre, por muchas cosas malas que le ocurrieran, si invocaba las fuerzas del bien podía triunfar magistralmente en la vida.

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