Nelson Freyle, el empresario que trajo a Silvestre Dangond por primera vez a Riohacha

Por: Juan Carlos Herrera «El Escritor del Muelle»

Recordar con nostalgia es una de las últimas facetas, por las que más se conocen a Nelson Freyle. Tiene razón: su vida de empresario en el ámbito musical le ha permitido vivir tantas cosas buenas, que ya se siente bien con el vallenato, como los que contundentemente lo han llevado al disco. Hace veinte años comenzó en el negocio, teniendo tanta suerte desde el principio, que nuevos músicos lo buscan ahora para que en presentaciones les de ese hado, que puede casar a un artista con varias personas a la vez.

   La primera tarde no lo vimos en la cita acordada en el centro comercial Viva Guajira, porque estaba en Dibulla, organizando un evento de carnavales para la presentación del fenómeno Ana del Castillo. La bella mujer que con su voz está haciendo que todo el mundo se enamore del vallenato femenino, como siempre lo han hecho los hombres milenariamente de las mujeres más bellas de la tierra.

   Por fin en la segunda cita de otro día, apareció entonces Nelson Freyle. De inmediato, al vernos, sabía que estábamos allí para entrevistar incluso a sus mejores recuerdos. Estuvimos compartiendo varios minutos con él, cerca de la cafetería Juan Valdés, para que recordara esas situaciones que le permiten conversar mejor. Y sobre todo, de esos grandes cantantes como Silvestre Dangond, que al hablar de él nos hacen también casi cantar.

   De esa manera, hizo silencio un instante, para ver más fácil con la mente. Y así rememorar con puro sentimiento, sin caer en la cuenta de que ante una grabadora se estaba inspirando con su voz para el cuento.

   Fue en Ciénaga, Magdalena, la primera vez que vio a Silvestre Dangond. En aquellos días de enero de 2003, su amigo era Peter Manjarrés, el primer cantante del vallenato de lo que después se denominaría la nueva ola, cuando el mar de Riohacha oficialmente la diera. Por la amistad con él, había logrado meter a Silvestre y Juancho, para que tocaran ese mismo día en las fiestas del caimán devorador de una niña, que más perdonan todos los años en la tierra. Recuerda Nelson que Peter Manjarrés lo llamó por celular, comunicándole que estaba llegando a Ciénaga en el bus con su conjunto, y que por favor lo esperara allá. En seguida Nelson se dirigió al sitio, esperando encontrarse con el cantante que demostraba que la voz de la nueva generación, se podía escuchar también bien con el acordeón. Pero la vida le deparaba una verdadera sorpresa, tal como las buenas canciones que se ponen de moda. Apenas llegó, el bus que había llegado de primero y estaba parado, era el de Silvestre Dangond y Juancho de la Espriella, los nuevos artistas que ganaban amigos con solo dejarse ver.

   De esa manera pudo conocer a Silvestre Dangond, quien desde la juventud tenía el don de gustar hablando, como cuando un gran éxito estaba cantando. Por la amistad con Juancho, los ubicó en una casa que tenía en Ciénaga, para que se alistaran y se presentaran al público, que aún no soñaba con ellos. Según Nelson Freyle, en esos días había estado en Panamá y tenía unas camisas de marca que eran para Peter Manjarrés. Pero al verlas, a Silvestre Dangond le gustaron tanto, como esa nueva y gran amistad riohachera que estaba comenzando a tener.

   —Estas son mías —dijo.

   Nelson Freyle se dio cuenta del sentido de propiedad de aquel intérprete, y se las dejó coger por la afinación vocal con que aseguró que eran de él. Al parecer, había advertido que a Silvestre Dangond le salía el vallenato, hasta cuando solamente miraba con carisma y sus ojos claros a los demás. Se tomaron unos tragos, y más tarde Silvestre y Juancho tocaron ante el pueblo cienaguero, con una energía que hizo creer que si aún estaba por ahí el caimán, ellos lo alejarían con el vallenato.

   Según Nelson Freyle, perdía con eso una importante amistad. La de Peter Manjarrés, que para remate más adelante cuando Silvestre Dangond se encargaría de mencionarlo en las canciones, comprendió que por no llegar a tiempo al pueblo cienaguero, fue aquel el primer riohachero que se volvió silvestrista.

   Es claro tener en cuenta que, antes de eso, también Juancho de la Espriella era peterista. Al lado de Peter Manjarrés, había alcanzado la fama con la canción «Llegó el momento», del compositor Felipe Peláez, en los años en que a nadie le interesaba una nueva generación que no fuera la de Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz y Beto Zabaleta, que sonaban como verdaderos monstruos, a pesar de ser del lugar del desierto donde el sopla el viento que superaba a todas las voces. En cuanto sucedió eso, Peter se unió al extraordinario acordeonista Franco Argüelles, dejando solo a Juancho que de igual modo buscó a Silvestre Dangond —recién separado del acordeonero Román López—, para asegurarse de seguir tocando con magia su acordeón.

   Después de lo de Ciénaga, Silvestre Dangond y Juancho de Espriella se fueron para Bogotá rumbo a los estudios de Sony Music. Fue así como grabaron el CD Los mejor para los dos, con el que serían personajes perpetuos del gran público. Al lanzarse en marzo, de allí se desprendieron éxitos como «Mi amor por ella», «Me vuelvo loquito», «El ring ring», «La pinta chévere» y «Lo mejor para los dos», con lo que se comenzó a sentir que Silvestre Dangond cantaba como los pocos ángeles que se enamoran del vallenato. Entonces en una de las canciones, llamada «Ni en pintura», mencionaba a Nelson Freyle, el hombre que estaba a punto de llevarlo también a su tierra.

   En cuanto se encontraron de nuevo en una presentación en Cuestecitas, en La Guajira, Silvestre le dio la noticia del saludo. Nelson se emocionó, al saber que ya hacía parte, de minúscula manera, de la historia del vallenato. A raíz de eso tuvo una gran idea: la mejor manera de ser amigo eterno de Silvestre Dangond era convertirse en un empresario de eventos, para traerlo siempre que pudiera a su vieja Riohacha, la ciudad de este mundo que más lo haría enamorar del mar.

   En realidad, lo que pretendía no era tan fácil. De hecho, era como querer cambiar la dirección de la brisa en el desierto. Riohacha es un ciudad de arena y sal, donde el único cantante que parece que allí existe, y existirá siempre, es Diomedes Díaz. Son pocos los artistas nuevos que les interesa, desde que El Cacique de La Junta hizo sentir que el invento del vallenato, era la prueba de que a Dios le gustaba escuchar con calidad las cosas que sucedían en La Guajira. Pocos artistas grandes han tenido aceptación después de él, y los que lo han hecho, tienen claro que ni la mejor canción de ellos, hace olvidarse de la peor en parranda de Diomedes. En el caso de que alguien mucho más nuevo entrara allí, tuvo que parecer como algo que, musicalmente, también bajó del cielo.

   No fue fácil, porque al principio casi nadie sabía quién era Silvestre, y, al parecer, el único que andaba con el CD original era Nelson Freyle. Lo ponía en su casa, se reunía con sus amigos, y al oírlo completo se daba cuenta de que su calidad era superior, más que la primera impresión que tuvo en Ciénaga de Silvestre. Sin embargo, necesitaba que vieran en persona a Silvestre Dangond, porque su gran personalidad era la otra forma de cantar que los oídos no captaban. Solo que las gentes que lo miraban con el disco Lo mejor para los dos lo criticaban, y se reían de su gusto. «Eso namás lo escuchas tú y tu mamá», le decían. «Eso no sirve». Nelson no les prestaba atención, porque su talento lo sentía, y sabía que todos lo iban a descubrir también, en cuanto se tomaran el tiempo de escucharlo un buen rato como él, para no despertar más nunca del sueño silvestrista.

  Como naciente empresario, se encargó de que convocar a las personas, esperando que escucharan la última buena nota, que Silvestre Dangond inspiraba a Juancho de la Espriella con el acordeón. Silvestre lo había mencionado en un disco grabado con la Sony, y él tenía que mostrarle a Silvestre Dangond que un riohachero nunca olvidaba un saludo de un buen cantante vallenato, que ahora solo les envidiaba las alas a los ángeles.

   Por fortuna, la canción «Mi amor por ella», de las autoría de Omar Geles, estaba elevando la carrera musical de Silvestre Dangond y Juancho de la Espriella hasta los aires. Con una buena letra y gran melodía, atrapaba al oyente menos amantes de las cosas nuevas, haciendo detectar que la magia también la había podido grabar Silvestre Dangond. Se estaban abriendo muchas puertas, y ya no solamente Riohacha era la única ciudad de La Guajira que esperaba por ellos, para que también aletearan con la música sin necesidad del CD.

   El silvestrismo estaba naciendo, aunque aún no se reunía lo suficiente cuando llegaba Silvestre a un lugar, como en Riohacha se había destinado con buena suerte que empezara a pasar.

   De esa manera, por todas partes y con la ayuda de las emisoras, Nelson Freyle promocionó el evento, descubriendo con la experiencia publicitaria la otra forma de ser feliz con el folclor vallenato. Era claro que, con el poder de Dios, su apuesta sería un éxito.

   La tarde del toque, se habló por todas partes de que unos artistas de moda iban a estar en Arena Caliente, en la Calle Primera, haciendo mejor la noche frente al mar. Era necesario ir a verlos, porque la música ya estaba por todas partes, diciendo quiénes eran ellos, más que los humanos que ya los afamaban. Eran los artistas de «Mi amor por ella», cuya letra gustaba profundamente, por una frase del coro que sentía el corazón:

Que mi amor por ella

no tiene cupo en el tren del olvido,

ay, mi amor por ella

no se pierde como el humo en la montaña.

   En efecto, al igual que Nelson Freyle, ya muchos en Riohacha se estaban dando cuenta de que ese cantante los ponía no solamente a escuchar, sino también a cantar sin parar. Como me dijo alguna vez mi amigo Adolfito, que se dio cuenta de todo desde su terraza en Coquivacoa: «Unos pelaos por aquí también se alistaron para ir a la caseta, porque llegaba el cantante que decía que su amor por una mujer no se perdía “como el humo en la montaña”».

   Nadie sabía que ese movimiento de gentes, era la prueba de que algo nuevo con la música en la ciudad estaba pasando, como cuando comienzan a llegar más las olas a la playa. Una plaza como Riohacha, se rendía al talento joven, igual a un sueño nuevo que gustaba tener. Con un valor la boleta de siete mil pesos, todos entraron al lugar, para jamás despertar de esa música que hacía olvidar la anterior realidad, sin aquella buena canción de moda. Allí adentro, ya por primera vez, el silvestrismo llamaba más la atención que la voz de ángel de Silvestre.

   Desde que este con el manager Carlos Bloom y Juancho de la Espriella llegó a la ciudad, pudo comprobar que la gente lo había escuchado bastante en la radio. Porque los ciudadanos mostraban familiaridad, como los coristas de su conjunto. Estaban dispuestos a hacer más fáciles las cosas, cantando junto a él sus buenas canciones, para que se oyeran todavía mucho más.

   En verdad, para toda la agrupación ese nueve de junio era fácil enamorarse también de una ciudad, donde el mar permitía ver casi el resto del mundo. Por una razón, que empezarían después de Riohacha a ver, tan grande como el mar. Allí dentro de la caseta, había cabido el mundo. Fue una buena presentación que tuvo un costo de ochocientos mil pesos, con Silvestre Dangond, Juancho de la Espriella y el resto de su conjunto animado, cantando los éxitos «Mi amor por ella», «Me vuelvo loquito» y «La pinta chévere», llevándoles a los riohacheros la música que ellos estaban haciendo como los mejores ángeles del cielo, para poder estar en varias partes de la tierra. Era impresionante las personas presentes, que fuletearon la caseta, para que también pensaran en ellas. La noche sería recordada, por el calor que generó tanta felicidad. En ese lugar, el artista tuvo el nacimiento que hace años buscaba, gracias al público que no lo volvió a dejar ser otra cosa.

  El acontecimiento ya hacía parte de la madre naturaleza. Acababa de vivirse la noche, la hora, el instante, donde más comenzaría a confundirse con el mar la grandeza del silvestrismo.

El autor

Juan Carlos Herrera nació el 8 de junio de 1979 en Riohacha, La Guajira, departamento de Colombia. A los quince años de edad comenzó a escribir en la máquina de su padre, al principio no tanto por ser un profesional de la escritura sino para parecerse a él. Fue entonces tantas veces por la tarde a la playa, frente a las olas y al lado izquierdo del muelle de madera de su pueblo, hasta darse cuenta de que era «El Escritor del Muelle». De esa manera, solo miraba lo que sucedía en el mar Caribe. Inspirado por aquella mágica región, Juan Carlos Herrera «El Escritor del Muelle» obtuvo la visión de cuán grande haría de ahora en adelante la literatura. Es autor del libro de cuentos Lo que hizo un colombiano por una visa, y de las novelas La bella mujer del narco y La novia. Relatar le mueve, y basta apenas leerlo, para enterarse de que es la mejor forma como aparece en el mundo.

WhatsApp: +57 3234647977

Correo electrónico: elescritordelmuelle33@yahoo.com

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