Santa Lopesierra, el hombre más querido de Maicao

Por: Juan Carlos Herrera

En todas partes, y de cualquier modo, Santa Lopesierra ha dejado su nombre sonando como una canción vallenata en la mente de todos los colombianos. Uno de sus nombres, lo hace conocido por error como «El Hombre Marlboro», alguien que otros pueden fumar. Basta pensar en él, para que a cualquiera le venga la imagen que proyectan de sí los medios de comunicación del país, y no la del otro hombre bueno que intentó ser con la política. Pero hay un último nombre que cada vez toma más fuerza, y lo acompañará definitivamente durante el resto de los días. En su pequeña ciudad lo cantan a múltiples voces: «El hombre más querido de Maicao».

   La ciudad fronteriza con Venezuela en estos días tiene más fama por él. Desde que reapareció en la vida pública inclinado por Colombia Humana, la misma política local la aprenden ahora hasta los niños. Escuchan su nombre de personaje grande, más que el de cualquier político activo que ven a diario en la calle pasar.

   La razón es de amar, diciendo él que «hoy en día, yo nunca lo esperé, he recibido muestras de agradecimiento y acompañamiento grandiosas de personas que cuando partí eran muy niños y los consigo hombres y mujeres ya y comparten conmigo la alegría y ese abrazo sincero como un día recibieron un gesto de parte mía, hecho que es gratificante». Él pertenece a una familia de prósperos comerciantes, que hicieron tanto por el progreso de un punto arenoso que aún necesita de ese espíritu de mercaderes, dirigiendo mejor la economía desde el gobierno. Y en Maicao, los comerciantes, son los que mandan la parada en el desierto. Por eso allí paran tantas personas en caravana, que llegan en carros por la carretera, buscando en un lugar tan pequeño todas las cosas del mundo.

   Santa Lopesierra tiene motivos para volver también a parar en ese mágico lugar. Su infancia —al lado de sus hermanos y padres Santander Lopesierra  Bernier y Guillermina Gutiérrez— transcurrió feliz allí, como la de cualquier niño que aspiraba alguna vez ver a Dios desde el cielo, mirando a Maicao. Al lado de su padre que almacenaba mercancía en grandes bodegas, supo cómo podía sobrevivir un pueblo olvidado por el gobierno nacional, aunque no tanto por el universo caribeño, que por los barcos de Bahía Portete lo conectaba con Panamá y Aruba. Eso le dio una visión, que le haría tener éxito como el único comerciante que ganaba dinero, mecenas de la cultura, para ayudar a todos los seres humanos que hicieran algo bueno.

   Sería conocido en la opinión pública, como alguien que nació allí y se mudó joven a Barranquilla, una ciudad más grande pero también fantástica en el aspecto comercial. En ella terminaría estudios en el Liceo Cervantes, como cualquier barranquillero. Luego estudió economía en South Illinois University de los Estados Unidos, un logro que ya lo hacía ser respetado como un hombre inteligente.

   Fue con esa mente un comerciante próspero, de esos que con hacer un solo negocio, dejan grabado a alto volumen el nombre. Tanto, que allí comenzó la fama que hasta el día de hoy crece en su región, como cada vez más gentes. En efecto, al ver su popularidad, también decidió incursionar en la política con el movimiento MIL, para hacer más por la humanidad que lo que hacía como empresario. De allí su apodo «El Hombre Marlboro» a este concejal y diputado, si bien hay personas de la ciudad que comercializaron más esta marca de cigarrillos que él. Terminó siendo Senador de la República con el Partido Liberal, con una votación de más de cuarenta mil votos, lo que produjo que las autoridades se preguntaran por qué en la Costa Caribe lo querían tanto.

   Desde ese momento, la historia de este maicero comenzó a tener más oyentes. Algunos serían sus perseguidores, por lo que todo se vino abajo, como un fuerte camello fallecido antes de tiempo. Fue encarcelado en 2002, dejando de ser visto en Maicao, el único lugar del mundo donde es más famoso que el cigarrillo Marlboro. Fue grave para él enfrentar la extradición en 2003, rumbo al país de América del Norte que lo hizo con lujo de diploma, un economista arrasador.

   La soledad comenzó desde entonces a marcar la vida de un hombre público. Solo los sueños que tenía con su región, le dieron ánimo mientras pagaba una condena en una cárcel de los Estados Unidos, donde aprendió a vivir como los demás que no parecían estar nunca vivos. Él cuenta:«En mi condición no me permitieron recibir visita de mis padres, ni de mis hermanos, ni de mis hijos, fue la posición del gobierno por mi decisión de haberme ido a juicio, lo que llaman allá «el castigo por irte a juicio»».

   Al quedar en libertad, se sintió no tanto sobreviviente de una cárcel de los Estados Unidos, sino del propio tiempo. Su aspecto había cambiado, pero su amor por Maicao era más grande que el que le tuvo el mismo día de nacer.

   En verdad, desde la oscura soledad, siempre supo que volvería al lugar de la tierra donde más se habla bien de él. Aunque las cosas, como él, fueran diferentes y muchas personas que conocía estuvieran muertas, tristes en sus últimos días por no haberlo vuelto a ver. Nadie sabía qué podía pasarle, cuál sería la reacción de los medios ante alguien que solo quería volver al país que más le hace sentir la creación del amor. Cómo sería la respuesta hacia él, un gran economista que los medios del interior insistían en llamar despóticamente, como si fuera un hombre mitológico que solo cuando ellos querían se volvía cigarrillo.

   De todas maneras, el buen recibimiento en Maicao lo tomó por sorpresa. Vio tanto calor entre las personas, que cayó en la cuenta de que lo mejor de nacer en la vida, es ver tantas almas de vivos alrededor. Porque para alguien que viene del encierro, es la prueba física de que sigue siendo un hombre vivo, ya que los demás lo buscaban con insistencia para mejor respirar. La prensa habló mal, pero algunas notas hablaban bien de él, por las infinitas buenas obras que hizo por fuera de la oposición política que lo tabaquizó. En su casa, fue la realidad más soñada por él y los que más lo soñaban. Sus hijos ahora estaban más grandes, como el amor que en ellos crecía, haciéndole después declarar: «Yo vengo de pagar una condena de casi dos décadas en Estados Unidos -faltaron 40 días para cumplir los 19 años- y dejé 7 hijos con los que perdí ciertos espacios de guía. Mi hija mayor tenía 16 años y la encontré de 35 años, mi hija menor la dejé de 15 meses, la consigo de 20 años y no voy a recuperar el tiempo pero estoy conociendo las etapas que no pude vivir con mi familia, con mi madre, mis hermanos e inclusive amigos». Respecto a su padre Samuel Lopesierra Bernier, falleció a los pocos días de haberlo visto 

  Para el Santa Claus Maicero, como también lo llaman, esta vez el único gran regalo que trajo al pueblo fue su sola presencia. Pero para las personas, eso valía más que todo, que diciembre, que un arbolito y hasta que las mejores historias que se contaban de él. Verse rodeado de sus seres queridos, lo llevó a creer que aún era importante para los demás. Y que la mejor forma de recompensar eso, era volver a la política.

   Era un asunto que tenía pendiente, como seguir llamándose Samuel Santander Lopesierra Gutiérrez el Grande. Los problemas, en el pasado, no lo dejaron cumplir su sueño de servir a todas las personas, muchas de las cuales reconocían a los cuatro vientos su nombre original de Santa Claus. Porque son muchas, las que creen en su buen corazón, que a metros de distancia los demás mortales pueden sentir aunque solo late en el cuerpo de él. Verse libre, sin problemas con la justicia, le hizo decidir que ya era hora de hacer algo último por Colombia, el mejor país del mundo.

   El tema tomó revuelo. Si bien para muchos era una buena noticia, en ciertos sectores de la opinión nacional pareció inaceptable que alguien señalado de pertenecer a un cartel del narcotráfico, pretendiera ser la cara sonriente de un gobierno. Si verlo libre, para ellos, ya era demasiado el sonido que de nuevo dejaba la repitedera de su nombre. Pero Santa Lopesierra, como alguien que ha pagado cualquier deuda que tenía con la sociedad, siente que desde el poder puede hacer mucho más aún por ella.

   Es decir: como alcalde de Maicao, posiblemente el más querido que este municipio tendría en toda su historia. Desde allí, quiere rectificar que lo que más ama está allí, amándolo igual a él. Hacer cosas por la ciudad, que más estuvo en su mente cuando durante casi veinte años no la vio ardiente.

   En realidad, lo que prentende es una de las cosas que hizo ganar las elecciones presidenciales a Gustavo Petro. La política del amor. Las leyes seguirán allí, severas e implacables, por si acaso alguien al que se le da la oportunidad de cambiar socialmente, vuelve a quedar sin amor. Los integrantes de los grupos armados, pueden volver a caminar sin miedo a ser detenido en las ciudades, pero respetando más al presente. Los jóvenes saldrán de las cárceles, para estudiar en la universidad y escuchar de los maestros la buena vida que al nacer en las comunas nadie les enseñó. Todo ciudadano acusado con razón o sin razón, que vuelve a la sociedad, tiene derecho a aspirar a un cargo público. Y allí es que reaparece sonante «El Hombre Marlboro», sobre todo teniendo en cuenta que Santa Lopesierra es querido como nadie en Maicao, la ciudad que lo quiere ver de alcalde para por fin llamarse oficialmente casi como él.

   Al lado de su gente de confianza, comenzó a soñar alto, como en los mejores tiempos. Es que verse rodeado de muchas personas, se ha vuelto últimamente su mejor forma de sentirse libre.

   La recolección de firmas para aspirar a su precandidatura, ya parece un triunfo electoral. Todo el mundo está dispuesto a firmar por él, sabiendo que solo un economista de su conocimiento, puede rescatar la edad de oro comercial de este municipio, como cuando fue etiquetado como «El Hombre Marlboro», o, según las autoridades, el que más puso a fumar en su tierra este cigarrillo. Evidencia de una prosperidad pasada, que puede tomar por sorpresa al presente. Él se siente mejor que en su juventud, sin haber ganado, porque lo fascinante de la política no es llegar al poder, sino confirmar que mucha gente en efecto lo quiere. De esa manera, nadie tiene más opciones para dirigir el destino de ese municipio distribuidor de whisky como el Old Parr, uno de los sitios que más da la felicidad en el mundo de ejercer el cargo de alcalde.

   Maicao es la ciudad más bella del desierto. La vitrina comercial de La Guajira, meca anterior del contrabando, es de tal magnetismo, que ha hecho venir a los árabes de otros lejanos desiertos, para encontrar allí un oasis donde los sueños, con un poco de agua bebida, se pueden hacer al instante realidad. Tanto es así, que para muchos musulmanes, además de ir a la mezquita y adorar a Alá, también es un orgullo nacer allí con sus hermosas mujeres, que logran el estado de verse claras incluso bajo la luna creciente 

   Pero en toda la nación, también es conocida como la tierra de Santander Lopesierra. Su imagen allí, parece la de un padre ausente, que de pronto llega para poner las cosas en orden con su pensamiento consciente. Sus habitantes lo saben, y por ello piensan que es un Papá Noel, infinitamente bueno sin necesidad de estar con la nieve de Navidad. Cuando camina por el comercio, todos lo quieren tocar. O escuchar hablar, para ver si es de verdad. E incluso lo quieren ver en octubre la contienda electoral ganar, solo con el único y gran propósito de que continúe viviendo en esa pequeña ciudad con ellos, durante muchos años más.

   Por lo tanto, no hay que ser profeta para saber que esta será la campaña política con más ruido de La Guajira. La única de este departamento, que llegará sin lugar a dudas a toda Colombia como una telenovela. Pero es precisamente el nuevo país del amor, donde los ciudadanos tienen derecho de enseñar la mejor forma de amar masivamente a los demás: aspirando un puesto político.

   Él sabe que como otros, Maicao es un lugar que necesita crecer rápido sin río en el desierto. Es un municipio que cada vez más cuenta con más personas, y parece que la edad de alfombras voladoras del comercio, es un relato que solo cuentan en el centro donde ya casi tampoco se ve correr el dinero, lo que lo lleva a expresar sobre la pública actividad comercial que «hay que seguir los buenos ejemplos y cumplir la ley pero para Maicao, como para muchos rincones de La Guajira, el progreso debe ser enmarcado dentro de lo que significa no abolir las costumbres porque es un cambio muy fuerte».

   Para personas como Santa Lopesierra, esta es su opción de demostrar que el amor poderoso que trajo al mundo, lo verá al fin una ciudad entera. Nadie pone en duda su intención, porque es un próspero comerciante, nada en el bolsillo le falta, jamás lo tentará la corrupción, y pretende que sus habitantes en la tierra sean más atendidos por los asuntos del cielo. Está en el lugar de su niñez. Y también en el lugar donde aspira estar en paz, sirviendo de nuevo a todos, para ser el hombre más feliz del mundo hasta su vejez.

Juan Carlos Herrera nació el 8 de junio de 1979 en Riohacha, La Guajira, departamento de Colombia. A los quince años de edad comenzó a escribir en la máquina de su padre, al principio no tanto por ser un profesional de la escritura sino para parecerse a él. Fue entonces tantas veces por la tarde a la playa, frente a las olas y al lado izquierdo del muelle de madera de su pueblo, hasta darse cuenta de que era «El Escritor del Muelle». De esa manera, solo miraba lo que sucedía en el mar Caribe. Inspirado por aquella mágica región, Juan Carlos Herrera «El Escritor del Muelle» obtuvo la visión de cuán grande haría de ahora en adelante la literatura. Es autor del libro de cuentos Lo que hizo un colombiano por una visa, y de las novelas La bella mujer del narcoLa noviaSilvestre Dangond el dios de la nueva ola e Historia de amor. Relatar le mueve, y basta apenas leerlo, para enterarse de que es la mejor forma como aparece en el mundo.

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