La nueva cara de la literatura guajira

Por: Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”

   La novela es tal vez el arte de la escritura, que más necesita del Creador. Por su forma y fondo, es otro mundo donde las leyes están determinadas por los designios de un Ser Superior que, aunque esté fuera de los libros, tampoco se olvida de los personajes ficticios. Podemos decir que los novelistas crean algo con palabras, para ayudar a Dios que, al parecer, no ha tenido tiempo para la ficción. O se escribe, como diría Borges, solo para descubrir que también nosotros somos seres de la más grande ficción que nació alguna vez desde el cielo.
   Con la novela Desventuras, de Arcesio Romero Pérez, la buena imaginación está al servicio de todas las páginas. Con 576, el narrador de Barrancas invita a una historia que instantáneamente existe, cuando el lector estrecha la mano del autor que solo vive de la voz.
   Es un relato que cuenta todo sobre Josema, el personaje principal, que lástima que solo exista tan bien gestado en la literatura. Alguien que enfrenta tantas situaciones, que vuelve al lector conspirador de sus acciones y aliado de sus sufrimientos. Es decir, de sus desventuras, que hicieron nacer otra vez más en la historia del mundo una nueva novela, en este caso firmada por Arcesio Romero Pérez.
   En realidad, este escritor de Barrancas es solo un profesional escuchador de historias. En la enramada de su abuela escuchó tantas, que los simples contadores de ayer, eran más ídolos para los oídos que un autor de la literatura universal para los ojos. Por una razón: el arte oral de contar, es la mejor forma de querer a varias personas a la vez. Aunque después Arcesio tomaría la decisión de convertirse en escritor, siempre quiso ser como aquellos señores que podían narrar de sus voces un cuento tan inspirados como Edgar Allan Poe, a cambio de una taza de café. Que, gracias a la mano de su abuela, dejaba en el paladar otra historia extraordinaria, que ellos al salir de ese patio caminarían a contar por todas partes.
   Uno de ellos fue el mismo nieto. Cuando se hizo grande no solo contaría como ellos, sino que repetiría con metáforas lo dicho por ellos. Hoy en día, cuando cuenta un cuento o una novela, parece que no lo hiciera con el fin de estar en la Feria Internacional del Libro en Bogotá, que este abril lo espera con un stand, sino aún en la enramada de la abuela. O para ser como esos señores, que contaban todos los temas no tanto por la novedad de algo, sino porque el arte de contar deja descubrir que es la mejor forma de respirar con la conciencia limpia.
   La literatura guajira, que ya cuenta con varios escritores, se está comenzando a hacer sentir también desde la novela. Si bien apenas se está leyendo, no hay dudas de que en este desierto, el rincón más apartado de Colombia, los cuentos orales más pequeños se están volviendo largas obras de arte. Sin necesidad de dejar de ser tan sustancioso como un cuento, porque hay escritores que pueden llevar al lector por cientos de páginas sin permitirles despertar, como si solo soñaran un tiempo relativo. De esa manera, es claro que para inminente interés del mundo editorial algo bueno en la narración de la región está pasando, que siempre ha sido más conocida por ser una península donde la brisa y la arena hace a cualquiera poeta, creadores de versos diamantinos, pues ahora está viendo el surgimiento de una nueva generación de escritores que se atreven a escribir páginas más, para que las historias al ser repetidas por otros, duren tanto y muevan tanta materia como el milenario viento.
   Anteriormente, el barranquero Arcesio Romero ha publicado un libro de cuentos titulado Disrupciones, con la editorial española Letrame, donde este exfuncionario sorprendió al mundo con una desconocida forma de contar. Si bien en una conversación puede contar bien un cuento, cuando está ante el papel no solo lo hace mejor, sino que lo deja para siempre en el recuerdo. O en las librerías y bibliotecas. Su momento de ser narrador como su maestro Jorge Luis Borges se había cumplido, sumergido en un cosmos de publicación, donde la literatura que presenta deja claro que conoce tanto las letras clásicas de oro, como las calles ardientes de Riohacha.
   Sin embargo, es con su primera novela publicada Desventuras, también con la editorial Letrame, donde se asoma al reconocimiento nacional. Porque si bien el tamaño no importa, es una tarea titánica que nadie está dispuesto a tener, sino no sabe que puede acabar de contar una larga historia hasta el final. Es claro que Arcesio tiene dos manos, acostumbradas a hacer todo lo que pida su cerebro. O lo que demanda su personaje Josema, que lo puso a contar una novela extensa con tanto entusiasmo, que da la impresión de que solo está narrando un cuento corto pero que nadie quiere que termine.
   La lectura es una forma de dejar llegar el mundo. Y gracias a la que hoy hacemos ciertos escritores, de dejar llegar La Guajira mágica. Definitivamente, con muchos libros leídos, Arcesio Romero Pérez aprendió a contar, pero no solo para un auditorio próximo, sino para un público que está más allá, en otras tierras, en otras lenguas, y hasta para uno que aún no ha nacido, o que con su prosa puede hacer a un público adulto hoy mismo nacer.
  Su novela Desventuras en una aventura, para cualquier lector que se embarque en ella por el placer de conocer la tierra de Barrancas, o sentir lo que alguna vez sintió el mismo Arcesio Romero en la enramada de su abuela. Porque es él, como empiezan a registrar los periódicos, de las pocas personas que quedan de esos tiempos, que están llenando por la nostalgia de aquel café único las nuevas páginas de la literatura.

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