Despedida sentida a «Papay», el hombre grande y querido de Pancho

Por: Juan Carlos Herrera

Hace días se fue de este mundo Santiago Antonio Cotes Van Grieken, más conocido como «Papay». Contando con un espíritu de bondad, era de esas personas que por su carisma hacían querer más a los humanos de su avanzada edad. Y también por una poderosa razón: la sabiduría que alcanzó, hacía sentir a todos en familia.

Por lo tanto, no solo su familia sino sus numerosos amigos, lamentan la partida de «Papay», el hombre grande del pequeño pueblo de Pancho. Era un ser muy querido, que vivió tantos años, por a la vez querer estar cerca de los demás.

Nacimiento

Nació el 9 de enero de 1942 en Pancho, corregimiento hoy en día de Manaure. Era hijo de Enrique Van Grieken y Anagustina Cotes Curvelo, de la casta Arpushana. De padre y madre, tenía una hermana, Celinda Cotes. De padre solamente, llegó a tener alrededor de cuarenta y ocho hermanos, con quienes tuvo excelentes relaciones, y sus hermanas de madre eran Josefa Antonia, quien lo tuvo como a un hijo, Maía, Lacides, Vicente, Paula y Carmen. Lo curioso de todo es que llegó al mundo, cuando este mismo estuvo a punto de desaparecer.

  Eran los días de la Segunda Guerra Mundial. En Europa sonaban las bombas, el genocidio, el horror causado por los nazis.

   Sin embargo, lo que casi hace desaparecer de la faz de la tierra a su pueblito en Colombia, fue un enfrentamiento con la policía local. La población civil la enfrentó, por miedo a perder. Fueron muchos muertos, entre ellos legendarios valientes. El hecho fue conocido como la tragedia de Pancho, cuando era la comisaría de La Guajira, dejando un registro histórico que por mala fortuna quedó eternamente en la memoria.

Desde niño, Santiago creció escuchando esa historia dramática. Sobre las víctimas, por boca de los que sobrevivieron. El paisaje afligía. Pocas casas estaban habitadas, aunque quizás algunas por las almas. De hecho, ese lugar se convirtió en el pueblo fantasma en esos días de La Guajira.

La vida de Santiago fue, pues, en medio del entorno natural, criado por su abuela materna. El pastoreo de los chivos, y la agricultura, le dieron su primera experiencia para alcanzar la sabiduría. La tierra era amada, como el sol, la luna y las estrellas. El cementerio cercano, donde estaban los muertos, hacía sentir que los vivos jamás quedarán solos.

La vida también quiso aprenderla en la escuela. Aparte de eso, cantaba como nadie. De esa manera, comenzó a ser el niño más visible de su generación. Ganó una beca, con la lengua pegada, en un concurso en el internado San Antonio de Padua. Con ello, se pudo operar la boca en Riohacha. Como dato curioso, con todo el sentimiento de su alma, compuso una buena canción a Pancho, llamada «Pancho querido»

   Mientras tanto, crecía la aventura con el sello del trabajo. Traía leche en burro a Riohacha, sin parar un instante, y sin dejar de cantar en el camino. De esa manera, fue teniendo su primer contacto con la ciudad donde más viviría en la vida.

   Más adelante, se fue para Aremasain, donde mudaron el orfanato de los capuchinos. Allí trabajó en la tienda de Manolo. Era siempre un buen estudiante, donde estuviera viviendo. Por ello ganó otra beca en la escuela de Aremasain, con sus primos los Pinos, para estudiar el bachillerato en el interior del país. Pero no fue. El papá le dio para un carro, y fue chófer desde entonces. Así llegaría a vivir en Riohacha, la otra tierra mágica frente al mar.

Aunque nunca olvidó Pancho. Con el tiempo, llegó a ser un gran comerciante, de renombre como su pueblo. Eran los tiempos del café, y de los contrabandistas que pudieron triunfar. Con ese nuevo oficio, logró aumentar el patrimonio familiar. De esa manera, la gente jamás faltaba a su alrededor, tanto en el trabajo como en los ratos de descanso.

   Era muy dado a la conversación. Sobre todo en lengua wayuu, donde siempre ha sido más fácil hablar de los sueños. Y de las cosas en la vida real que pueden pasar. Era amante de la música ranchera, del vallenato, y de estar bien con todos sus amigos. Tenía espíritu de parrandero, de jocoso y de gran contador anécdotas, en la mayoría de las cuales fue el principal protagonista.

   En el aspecto del amor, fue feliz toda la vida. Basta escuchar lo que quiso a su esposa, para saberlo. Compañero de Dorisa Ramírez, fue un ejemplo de hogar largo. Su mujer amada falleció en 2001, y dejó una huella en él que lo identificó durante el resto de la vida.

   En total, tuvo 22 hijos.  El resto de su familia es numerosa. Tan grande, que es evidente que en sus últimos días, a él le causaba tristeza pensar que pronto llegaría también su inevitable partida.

Fallecimiento

Como era normal, poco a poco se fue apagando. El hombre vital que todos conocían, se fue despidiendo sin saberlo de todos durante años. En sus últimos días, se dedicaba en sus tierras a la ganadería. Así se preparaba para partir en cualquier momento, siempre con una sonrisa. A fin de cuentas, para el wayuu la muerte no existe, sino que es un viaje para reencontrarse con aquellos seres queridos que hace años no se ven. Santiago Cotes Van Grieken lo sabía muy bien, como hombre que ha vivido bastante los años.

   Por lo tanto, a los 82 años, dejó de existir, producto de un infarto. De un instante a otro, solo quedó vivo su recuerdo. Su muerte dejó un dolor en todos, pues era de esas personas que al hablar de su vida, enamoraba a todos los oyentes del pasado. Ese pasado, a donde ahora pertenece él más que nunca.

   La población de Pancho lo extrañará por siempre. Con toda seguridad, será otra de sus almas encargadas para que nunca desaparezca de la faz de la tierra, el pueblo más pequeño y querido del mundo.

   Por el honor de su memoria, era claro que su partida sería una despedida a lo grande, como lo fue él. Sus honras fúnebres se realizaron en la capilla de la Divina Pastora, de Riohacha. En presencia de todos sus familiares, amistades, le dieron el último adiós, que no era otro que la mejor nuestra de amor. Las conversaciones, giraban en torno a él, con el mismo candor como muchas veces él mantuvo una fogosa conversación.

   Como era de esperarse, sus retos mortales fueron sepultados en el cementerio del corregimiento de Pancho, jurisdicción del municipio de Manaure. Luego, las nueve noches se dieron en Riohacha, con una eucaristía, y posteriormente en Pancho. En esos instantes está en Jepira, haciendo el viaje hacia la otra vida, pero sin olvidar jamás a los seres más queridos que quedan en esta.

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