Por Carlos Andrés Ballesteros Serpa
Los antiguos romanos, dentro de su organización social y jurídica, establecieron la figura del pater familias, quien tenía el derecho y el deber de ejercer la patria potestad sobre su descendencia. En una palabra era el eje y el estandarte de la familia.
Esta figura del pater familias traída a nuestros días, podría encajar perfectamente en el papel que llegó a desempeñar mi papá, en primer lugar, con nosotros sus hijos, sus descendientes directos.
Mi papá fue un hombre que mantenía su forma de ser tanto en público como en privado. En la intimidad familiar era el mismo que todos conocieron en algún otro ámbito.
Desde muy niños nos transmitió los valores de la disciplina, la responsabilidad, la familiaridad y la amistad. Según su opinión, el éxito no se medía por los peldaños que se lleguen a escalar socialmente, como tampoco por el dinero o los bienes materiales que se atesoran. A contrario sensu, la clave radica en el respeto y la admiración que podrías ganar de las personas. Hoy, sobre la base de la proliferación de mensajes de afecto y solidaridad de muchos allegados y ante esta multitudinaria asistencia, no hay lugar a ningún tipo de hesitación: ¡mi papá tenía toda la razón!
Tus enseñanzas nos han permitido interactuar en cualquier nivel académico, social o cultural, sin creernos más que nadie, pero tampoco, nunca menos.
Era un verdadero deleite para el espíritu escucharte. Podríamos pasar horas y horas conversando, con el fondo de un exquisito bolero, un cadencioso porro sabanero o un vallenato cargado de sentimiento, dominando la lengua de Cervantes, empero, nunca rayando en la megalomanía o en el yoísmo.
Es pertinente parafrasear algunas de las conocidas sentencias en versos cortos, escritas por Catón, el Censor, y dirigidas a su hijo, pues sintetizan las máximas que mi papá, con su ejemplo, también hizo con nosotros: “…Ama a tus padres; Honra a tus parientes; Sé parco en el foro; Camina con buenas personas; Mantén tu modestia; Cuida a tu familia; Ama a tu cónyuge; Lee libros; Educa a tus hijos; Aprende las letras; No seas un calumniador; Mantén tu reputación; Obra con justicia; No mientas; Controla tu ira…”
Esa labor de pater familias, no se agotó con sus descendientes directos, pues también se desarrolló en un ámbito familiar más amplio, entre otras, por ejemplo, dentro de las familias Ballesteros Medero, Pérez Ballesteros, Lubo Ballesteros, Navarro Ballesteros, estas últimas en razón a que sus primas y primos también los consideraba como hermanos. Sin embargo, existía una sutil pero importante diferencia con la figura original de los romanos, el lugar que llegó a ocupar no se atribuyó por razones jurídicas o por una mera imposición jerárquica, sino que lo fue ganando durante toda su vida, actuando como su líder natural y practicando las virtudes del respeto, la justicia, el entendimiento, el valor de la palabra y, sobre todo, de la empatía y cercanía con cada miembro de la familia, sin desplazar a nadie y sin ningún otro fin que promover la unidad y cohesión de los lazos y mantener el legado de nuestros ancestros.
Podía también estar pendiente de los parientes que moran en alguna zona de la Alta Guajira, incluso de aquellos que aún viven en su añorado Cardon, cacerío enigmático y en su época punto de confluencia comercial de la región, habitado por varios tipos de razas indígenas, como él detalladamente las describía.
Finalmente, la figura del pater familias se extendió a otros ámbitos como el de sus amistades y el de las personas con quien interactuó laboralmente o de cualquier otra forma. A partir de los mensajes expresados por su sensible fallecimiento, directamente o a través de redes sociales, se destaca el reconocimiento a los consejos, recomendaciones o cualquier palabra o indicación brindada, siempre en el marco del respeto y con la firme intención de construir y edificar, nunca de destruir, porque, justamente, actuó como un padre trata a un hijo. No en vano, pululan mensajes en los que expresamente le otorgan el honor de considerarlo como su verdadero padre o su padre adoptivo.
¿Cuántos de los aquí presentes no lo estimaban como un papá? Sus hermanos y hermanas; sus sobrinos y todos sus nietos, especialmente Álvaro Julián y Santiago, hijos de mi hermana Yolanda; sus nueras, como mi querida esposa Ángela quien hoy se encuentra en Bogotá con mis hijos Álvaro y Esteban, extrañando en la distancia al mejor ejemplo que tuvo su padre. En fin, cuantos otros tantos amigos de la vida también le otorgaron el rótulo padre.
Dejaste huella en cada uno de los corazones de los aquí presentes y en tantos otros que, por alguna circunstanciano pudieron asistir, tal y como hubieran querido.
Coram populo, es menester manifestar el profundo dolor que nos aqueja por su vertiginosa y precipitada partida, pero a la vez, es necesario y nos nace del corazón agradecer todos y cada uno de los mensajes de afecto y solidaridad que verdaderamente penetran en nuestras entrañas.
Me insistías que en la vida hay que estar preparado para cualquier cosa, como alguna vez te lo manifestó mi tío Diofante Lubo, el padrino de mi apreciado hermano mayor Álvaro Pablo, pues hoy nos enfrentamos quizás a una de las pruebas más duras; pero tranquilo, abordaremos el asunto con la entereza y sapiencia que tú seguro esperarías de nosotros.
“…¡Oh muerto ilustre¡ duerme en paz…”, tal y como lo manifestó Vargas Vila en la tumba de Diógenes Arrieta, destacado político, poeta y filósofo oriundo de San Juan Nepomuceno.
Ya estás en el Cielo en la presencia de nuestro Padre Celestial, gozando a plenitud de la vida eterna, al lado de mi mamá, pero también de tu adorada vieja Aurora y de tu querido viejo Ché, asi como con tus tíos, hermanos y primos que ya descansan en la eternidad. Con toda seguridad, le estarás preguntando a San Pedro donde hay un sardinel en el que puedas apoyar un pie e iniciar el relato de todas las anécdotas e historias que acumulaste en tu paso terrenal, cuyos protagonistas son otros guajiros y riohacheros que también permanecen en nuestra memoria.
Tenemos la firme convicción que el Todopoderoso nos resucitará en el fin de los tiempos y todos nos volveremos a encontrar.
Nunca espero estar a tu altura, porque me es imposible ante tamañas credenciales y ante este contundente reconocimiento. Por eso, invito a que todos nos pongamos de pie y le demos las gracias a mi papá con un fuerte y merecido aplauso.