Chichi Gómez, el último gran embarrador de Riohacha

Por Juan Carlos Herrera «El Escritor del Muelle»

Llegar a los noventa años de edad, sintiendo amor por el espíritu de embarrador, es quizás lo que más admiran los familiares, amigos y el pueblo de Riohacha, de Chichi Gómez. En realidad, este año ha decidido no embarrarse, pero por los homenajes recibidos, quizás es la vez en su vida que más ha aportado a la ciudad como maestro embarrador.

   Es cierto. Gracias a eso, a la historia que ahora suele contar, es que permite que el gran público conozca con lujo de detalles más sobre esa faena de los Carnavales de Riohacha, donde los hombres podían ocultarse con el saco, la capucha y el barro, para ser los seres más felices del mundo, aullando como lobos y sin sentir nada de pena. Hoy lo reafirma, para embarrar también a los lectores con un poco de su mágica vida.

   Nació el 30 de enero de 1935, en Riohacha, La Guajira. Sus padres fueron Augusto Gómez y Abigail Henríquez. Vivió en el centro, donde veía llegar a antiguos embarradores que ya no están, a la puerta de la casa. Su vida estaba destinada a ser como ellos, únicamente por tanto verlos.

   Cuenta él que desde los dieciséis años empezó a embarrarse. En ese entonces, la Laguna Salá era el templo que convertía a los hombres prácticamente en barro. Luego se devolvían para la ciudad, que los esperaba de forma atenta con «el barro predilecto», pues bastaba ver a los embarradores para reconocer que ese era el Carnaval de Riohacha, y no el de otra parte de las Antillas. Al que podían embarraban, le transmitían la felicidad, y tomaban whisky, mucho whisky escocés, pues la gente se los ofrecían por doquier, con la única y extraordinaria condición de que todos los años continuaran existiendo.

   Nunca pensó que iba a demorar tantos años con esa vida, o con su vida. Pero al igual que muchos, cree que por esperar tanto los días de febrero, Dios le ha permitido que haya visto casi cien febreros.

   Tenemos que recordar que la historia de esta tradición, viene del otro lado del océano Atlántico, en los últimos días del rey Luis XVI. Eran tiempos de la Revolución francesa, cuando la monarquía fue derribada por el clamor del pueblo, y la toma de la Bastilla sentó las bases de la república en Europa. A orillas del río Sena, la gente se untó de barro, para celebrar la libertad justa de la tierra ante el caído tirano. A fin de cuentas, llenarse de barro es una de las muestras más grandes de amar a la madre tierra.

   Luego, en el Caribe colombiano, el francés José Laborde cobró un inolvidable protagonismo. Como gran marino, dueño de una flota mercante que cubría la ruta Tolón-Riohacha, importó la cultura de los embarradores a Riohacha, donde se quedaría para siempre. En 1867 ordenó a sus tripulantes formar la primera escuadra de los embarradores que ya no aparecían reclamando el lema de libertad, igualdad, fraternidad, sino los alegres carnavales de mujeres bellas. Fue la locura, terminaron embarrando a la ciudad y a los habitantes, pues la moda en todo el mundo era ser o hacer las cosas como los franceses. Desde entonces, los embarradores sorprendían a los habitantes de la ciudad, que despertaban más temprano para verlos marchar en grupo y embarrar a quienes más los quisieran.

   Gracias a ellos el carnaval de Riohacha se diferenció de todos, aparte de ser por cuatro siglos, y gracias a las fiestas religiosas de la Virgen de los Remedios, el más antiguo de Colombia. Ya hoy los embarradores guajiros tienen 158 años, y parece que aspira durar incontables más, igual que un dinosaurio. Sin los embarradores, falta la esencia, el único miedo que gusta. Hay muchos hombres que han decidido serlo, y luego no han podido ser otra cosa. De hecho, cuando se ocultan con el pantalón viejo, la chaqueta y la capucha, las cuales dejan dos huecos para los ojos, varias personas demuestran sus verdaderas personalidades.

   Uno de los personajes que más llamaría la atención fue Calilí. Su nombre real era Carlos Escudero, pero su fama en los carnavales era tan grande, que para todos su apodo llegaría a ser el sinónimo mismo del embarrador. Uno de los que lo conocieron a fondo fue Chichi Gómez, quien diría que (dada su popularidad) a Calilí de distintas partes lo llamaban, para ver qué le faltaba, en qué podían ayudarlo, de manera que el barro fresco estuviera en todas las calles ardientes de Riohacha. Hoy en día, cerca al Cementerio Central, tiene su monumento como el embarrador más querido y recordado que ha dado Riohacha en toda su historia.

   Por otra parte, a Chichi Gómez le causa tristeza que la mítica Laguna Salá, que en otro tiempo del siglo XIX fue el escenario de la batalla de José Prudencio Padilla contra los españoles, ya no sirve ni para volverse embarradores. Las aguas negras hace años se apoderaron de ella, y los embarradores tuvieron que inventarse pequeñas lagunas. Ellos mismos prefieren llamarlas charcas. El proceso es singular, porque parece de artesanos sabidos dando el soplo de la vida. Echan agua allí durante días, para que al podrirse tome el espesor pegajoso. De paso, adquiere el olor putrefacto que para ellos en las madrugadas de febrero o marzo huele mejor que cualquier perfume fino de París. Por lo general, siempre lo pisan hasta formar una materia brillante y negra en los mangles cerca del río Ranchería, en la Circunvalar, lugar al que llegan en temple después de rumbear en las casetas y donde, a propósito, se les ha hecho un monumento gigante con un par de figuras, como los hombres que al cubrir sus rostros más hacen a toda Riohacha feliz.

   Es el caso de Chichi Gómez, quien en la actualidad es el embarrador más viejo que respira. Hoy en día es el comandante en jefe, el que suela dar más consejos, el espíritu que inspira a ser un buen embarrador, o a varios humanos embarradores. Todos lo respetan, lo escuchan, y, además de imitarlo como embarrador, muchos de los principiantes sueñan también vivir largos años como él, para no dejar de embarrarse. Se ganó la vida, manejando carro, como transportador de gente y sus cosas. Pero las historias que más hacen que la gente lo escuche, es cuando habla de los embarradores, y de cómo así transportaba al pueblo entero la más fantástica felicidad.  

   En las fiestas, cuando se les veían, algunos ciudadanos les abrían o cerraban las puertas. Varias paredes quedaban con el sello de sus manos, para que supieran que por allí había pasado el alma con materia de la fiesta. Algunos se quedaban en las parrandas, para que la decoraran con su ropaje de carnestolendas. Luego entre embarradores solos se reunían, a disfrutar del trago, de las nuevas historias populares que por ellos se contaban. No todos son embarradores de por vida. Unos, en cambio, lo serán hasta que mueran, como ocurre con Chichi Gómez Henríquez, que en verdad del barro sacó su más grande historia.

   Es que para él, era algo incomparable cuando iba a la charca y se untaba de barro a las cuatro de la mañana, porque se transformaba en un personaje del remoto pasado. No reconocía a sus compañeros, sino por la voz. O por la forma de ser. Recorrían toda la ciudad, que en otra época solo llegaba hasta la calle diez. El pueblo los aplaudía, les sonreía, les pedían barro como polvo dador de vida alegre. Pero a veces no.

   Un día, mataron a un embarrador. Chichi Gómez los reunió a todos. «Vamos a recogernos, no podemos seguir con esto», expresó. Era un luto hondo, a tal punto que llegaron a pensar que lo mejor era no volverse más embarradores, porque sin querer queriendo la estaban embarrando.

   La historia cuenta que todo sucedió entre dos amigos. Eran épocas de carnavales, y estaban bebiendo licor, para ser mucho más amigos, como suele pasar entre los hombres. De un instante a otro, uno de ellos le dijo que lo iba a embarrar para parecer no solo más amigos, sino casi el mismo. El asesino le dijo que si le embarraba le pegaba un tiro, con lo que el primero quedaría embarrando de sangre. Fueron palabras de borracho. Creyendo por eso que solo era un juego, el embarrador lo embadurnó, y en consecuencia el sujeto le disparó a sangre fría, quitándole la vida y el sueño de embarrarlo. A raíz de eso, los embarradores tomaron más precaución: no podían a embarrar a nadie sin su consentimiento, pues no todo el mundo estaba dispuesto a aceptar ni un abrazo fugaz de ellos.

   A propósito de este tema, cuenta Chichi, cuando se muere un embarrador en cualquier semana del año, es casi un día de carnaval. Los demás embarradores se reúnen en la misa para despedirlo, a recordarle que son sus amigos más fieles hasta el último instante. Lloran por él, lo rodean en el ataúd y le introducen la capucha, para asegurarse de que, a través del más allá, sea un embarrador por la eternidad.

   Es un arte alto ser embarrador. Por ejemplo, Chichi dice que jamás ha sufrido un resfriado. De hecho, un buen embarrador, no se caracteriza tanto por embarrarse y beber bastante licor, sino por no contraer la gripe en vista del frío y la humedad de la madrugada, a menudo atacada por el viento nordeste. En su caso, cuando se quita el saco, la ropa que tiene por dentro continúa seca, como si el otro Chichi que es jamás se hubiera embarrado. Eso le permite seguir haciendo lo mismo todos los años, con salud admirable. Tienen todos carnet emitido por la alcaldía, y de esa forma se aseguran de que no cualquiera entre a ser como ellos, pues el verdadero embarrador se reconoce por el espíritu, aunque desde lejos tenga el atuendo que exteriormente los identifica.

   El abrazo de los embarradores, es otro de los sellos. Según Chichi Gómez, simboliza la unión, que son los mejores amigos del mundo, sin necesidad de carnaval ni de aguardiente caliente. Cuando están en las calles, necesitan la ayuda de la gente, el agua que les echan, para que no se les seque el barro en el saco. Son diversas las anécdotas, las historias que han originado y que piden a varios escritores contar sus historias, con tinte duradero.

   Así como se embarran, también llama la atención cómo se limpian. Desde el parque Almirante Padilla, buscan el mar, para renacer como seres humanos. «Nos metemos al mar a sacarnos el barro», aclara Chichi. También así le sacan el barro al uniforme, con la restregadura de las olas. Por último, en la casa terminan de enjuagarlo, y así estará en el closet limpio, esperando que llegue otro grandioso carnaval de oro, por el que vale la pena con barro enmugrarlo. Por cuestiones de la edad, ya no se embarra como antes. Pero a su casa van a buscarlo, aunque solo sea para que los acompañe desde la distancia y les eche la bendición, que vuelve a los nuevos más originales embarradores.  

   Para la Fundación Cultural de los Embarradores de Riohacha —creada el 1 de febrero de 1999—, en los más de trescientos embarradores no hay estratos sociales. Desde un hombre sin grados académicos, hasta un profesional de oficina, todos visten con humildad el mismo uniforme: saco y capucha. Un ejemplo de eso es Alexander Cotes Medina, más conocido como el popular Alcome, un exitoso abogado graduado con altas notas de la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla, quien es más feliz cuando se embarra que cuando frecuentemente ayuda a un buen cliente en un proceso jurídico.

   Al igual que el difunto Calilí, son varios los legendarios embarradores que se han dejado de embarrar, porque la muerte se los ha llevado al Barrio del Silencio, como ellos con sinceridad le llaman al cementerio. Personas como Carlos Escudero Calilí, Rufino Medina, Berta López Benjumea, María Zambrano, Iván de Jesús Brugés Mejía, Adalberto Ramírez Romero, Roger Sierra Arismendi y Héctor Pinedo, entre otros, solo han dejado el recuerdo, y algunos de sus descendientes se embarran, porque embarrarse con saco y capucha es la forma más fácil de recordar a un estupendo embarrador de mil batallas. Por ser una tradición ancestral, los últimos maestros merecen todo el respeto que simboliza la más contundente imitación.

   Este 7 de febrero Chichi Gómez ha recibido el homenaje y condecoración merecidos toda la vida, por sus noventa cumplidos y 74 de tocar con religión el barro mojado. Repite que este domingo de carnaval no se embarrará por problemas de salud, pero que asistirá de todos modos así sea a bordo de una camioneta, con saco y capucha, como el embarrador mayor que hace a todos embarrar. Alguien que hizo nacer a dieciséis hijos, y tiene algunos nietos, es dueño de un legado brillante, pues los descendientes de su sangre también se embarran solo para demostrarle cuánto lo quieren. Algunos periodistas incluso nos preguntamos si tantas veces su piel tocando el barro de Riohacha, que es el propio de la Creación, causó que haya vivido tanto para alcanzar a contar el cuento.

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