¡HABLEMOS CLARO CON LA JUVENTUD! No seamos otra generación perdida

Por Claro Cotes

En abril y noviembre de 2021, la movilización social encabezada por la llamada “Primera Línea” sacudió al país. Aquella acción colectiva, protagonizada principalmente por jóvenes—hombres y mujeres—surgió con la intención de ser escuchados, de oponerse a la exclusión y de exigir la democratización de los derechos juveniles. Esta ola de protestas trajo consigo lamentables pérdidas y desapariciones de jóvenes en distintas regiones, en lo que muchos consideran uno de los actos más rebeldes de la historia reciente de Colombia. La Guajira no fue la excepción.

Estas manifestaciones, a pesar de su alto costo, marcaron un punto de quiebre en la política nacional, impulsando la elección de un gobierno de izquierda y progresista por primera vez en más de 200 años de vida independiente. La juventud, con su espíritu altruista y sin influencias económicas o políticas, fue determinante para inclinar la balanza y demostrar que tiene el poder de cambiar el rumbo de un país.

Hoy, resulta evidente que los jóvenes conforman la mayoría y son el verdadero motor que impulsa al mundo. Sin embargo, en La Guajira se necesita una mayor participación juvenil en la toma de decisiones públicas y en la administración política. Cada región, Departamento y municipios, deberían despertar un movimiento juvenil capaz de poner en la agenda ideas innovadoras y transformadoras, sin caer en las prácticas dogmáticas que han usado ciertos políticos para confundir o manipular a este sector, aprovechándose y atropellando sus intenciones naturales.

La juventud domina la economía, el arte, el deporte, la música y las redes sociales; espacios fundamentales en la sociedad contemporánea. Si se lo propone, también puede liderar la política y, con ella, las decisiones que definan cambios profundos. Resulta urgente que más jóvenes aspiren a ocupar espacios de Gobierno, a curules en concejos, asambleas, alcaldías, gobernaciones y que ocupen una mayoría en el Congreso de la República, sin renunciar a la lucha social ni a la protesta pacífica.

En La Guajira, un territorio multicultural y pluriétnico, abunda la riqueza natural y cultural, pero a menudo se ve desaprovechada por la falta de gobernantes jóvenes con visión revolucionaria; La Guajira merece ser gestionada por gobernantes que comprendan las necesidades y aspiraciones de su gente. Muchas casas políticas concentran el poder y limitan la entrada de nuevos liderazgos. Cuando se abre una puerta, con frecuencia se hace bajo el mismo formato tradicional que arrastra corrupción y prácticas cuestionables.

La cultura política en esta región se encuentra, en gran medida, secuestrada por personajes que no dan cabida a ideas frescas y juveniles. La sociedad se ha contagiado de escepticismo, al no ver cambios en los mismos esquemas tradicionales, y teme que cualquier renovación política termine replicando los métodos de siempre.

Un ejemplo de este fenómeno es la situación de los Consejos de Juventud, anunciados con gran expectativa, pero que, en muchos casos, quedaron en el anonimato. La intervención de caciques políticos desdibujó la esencia rebelde y genuina que debía caracterizar estos espacios, limitando la autonomía juvenil.

Preocupa también el hecho de que algunos jóvenes, al alzar la voz ante gobiernos locales, denuncien recortes en los presupuestos destinados a las políticas públicas de juventud. Las plataformas juveniles, que buscan proteger sus derechos, a veces se topan con concejos distritales que no solo no los apoyan, sino que pueden llegar a ser cómplices de prácticas perjudiciales para la población joven.

Ante este panorama, surge la necesidad de formar un movimiento juvenil realmente revolucionario, que tome las instituciones y se involucre en la toma de decisiones. De lo contrario, el riesgo de convertirse en otra generación perdida seguirá acechando.

En La Guajira, ya se observan algunos destellos de este poder juvenil. El gobernador Jairo Aguilar, quien obtuvo su cargo tras aprovechar las oportunidades de empoderamiento político y actuar con valentía desde su juventud, muestra una visión renovadora y se mantiene cercano a las demandas juveniles. De igual manera, diputados como Luis Fernando Lobo—quien se formó en procesos de liderazgo juvenil—y Daniel Ceballos, actual presidente de la Asamblea, representan nuevas dinámicas y posibilidades de cambio. Aunque siguen existiendo excepciones, en las que algunos jóvenes replican métodos tradicionales, cada vez se ven más liderazgos que demuestran el potencial transformador de la juventud.

Todavía es tiempo de que quienes se consideran jóvenes asuman el poder y conquisten espacios de gobierno, canalizando su rebeldía, carisma y energía revolucionaria para impulsar proyectos innovadores. El llamado es claro: seguir trabajando y luchando hasta que la juventud sea mayoría en los principales cargos políticos y no deje en manos de otros las decisiones que afectan el presente y el futuro de toda la sociedad.

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