Cuando Xochimilco inspiró a Riohacha

Por: Nicolás Alberto Lubo Matallana

En 2007, visité México por primera vez. Entre tantos destinos, había uno que me provocaba una emoción especial: Xochimilco. Llegué de noche al embarcadero de Nativitas y me encontré con una experiencia inolvidable. Las trajineras navegaban bajo la luz tenue, mientras los sonidos de la música, los cuentos alusivos al Día de Muertos y un ritual de velas flotando sobre el agua hacían del recorrido algo más que turístico: era una ceremonia viva, una manera distinta de habitar el territorio a través de la cultura.

Esa noche, mientras las velas flotaban sobre el canal y los cuentos del Día de Muertos estremecían el silencio, no dejaba de pensar en mi tierra. Cerré los ojos y vi el Ranchería: su cauce quieto, sus orillas olvidadas, la vida que aún late en sus márgenes. Me pregunté cómo sería vivir algo parecido en Riohacha, adaptado a nuestro río, a nuestras voces, a nuestra forma de celebrar la vida. No como una réplica, sino como una experiencia nacida desde lo nuestro, con identidad propia, con raíces en la esencia del territorio.

En 2009, durante la semana del Festival Internacional de Cuenteros AKUENTAJUI, logramos hacer realidad un primer intento: alquilamos dos cayucos y organizamos una actividad a la que llamamos “Cuentos y cantos por el Ranchería”. Fue una tarde de narraciones, canciones y un ritual de velas de agua que convirtió al río en escenario cultural. Solo pudimos hacerlo una vez, por los altos costos, pero la experiencia dejó una huella: Riohacha también podía contar su historia desde el agua.

Hoy, más de quince años después, ese sueño encuentra una nueva forma en el proyecto Las Cayuqueras, una iniciativa impulsada por la Gobernación de La Guajira, con el apoyo de entidades aliadas, como una apuesta por el etnoturismo fluvial y el reencuentro de la ciudad con su río. Embarcaciones artesanales, diseñadas con identidad propia, recorren el Ranchería como parte de una experiencia que une cultura, medio ambiente y comunidad.

Y es que estas iniciativas no nacen de la improvisación. Surgen cuando se tiene una visión clara del territorio, cuando se entiende que el turismo puede ser una herramienta para el desarrollo, siempre que esté basada en el respeto, la autenticidad y la participación comunitaria. Experiencias como Las Cayuqueras tienen un valor agregado: son únicas, irrepetibles, porque están ancladas en lo que somos.

El verdadero desafío ahora es lograr que la comunidad haga suyo este espacio, que lo cuide, lo recorra, lo habite. Porque un río no se recupera con discursos, sino con vínculos vivos, con acciones que lo devuelvan al corazón de la gente. Y en ese propósito, la cultura no es un adorno: es el puente más profundo entre el territorio y quienes lo habitan.

Las Cayuqueras son, sin duda, un buen comienzo. Pero también una invitación a seguir soñando. Y desde ya, en el marco del Festival Internacional de Cuenteros AKUENTAJUI 2025, apostamos por revivir esta experiencia, hacerla crecer y convertirla en una tradición viva del territorio. Porque cuando un pueblo se reconoce en sus propios relatos y en sus propios ríos, empieza a construir su futuro con raíces más firmes.

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