Por Nicolás Lubo Matallana
En Riohacha, el desarrollo se ha convertido en una palabra desgastada. La repetimos en discursos, en documentos, en slogans institucionales. Pero en la vida real, en los barrios, en los corregimientos, en la plaza de mercado y en las esquinas del rebusque, el desarrollo no es percibido por la comunidad.
Cada cierto tiempo vuelve a aparecer la idea de que lo que necesitamos es “orden”. Que si cumplimos con el Plan de Ordenamiento Territorial (POT), si seguimos la hoja de ruta, si planificamos bien, la ciudad se transformará mágicamente. Pero la experiencia nos ha mostrado otra cosa: los planes no transforman solos, y mucho menos cuando se hacen desde el escritorio, sin pisar calle, sin oler el río, sin escuchar a la gente.
Porque muchas veces los planes se redactan, pero no se cumplen con continuidad ni articulación; se anuncian con entusiasmo, pero carecen de apropiación ciudadana; se celebran como logros, pero rara vez se convierten en compromisos sostenidos.
Basta mirar por ejemplo nuestra plaza de mercado: un espacio que concentra informalidad, desorden, abandono, pero también economía popular, cultura viva y miles de historias de resistencia. ¿Cuál ha sido la respuesta del Estado? Promesas de modernización sin diagnóstico profundo. Intervenciones que no dialogan con el POT, ni con los flujos reales del comercio, ni con la complejidad social del territorio. Y así, lo que podría ser el corazón económico de la ciudad se convierte en un síntoma más de nuestra desconexión entre lo que se planifica y lo que se vive.
La zona conocida como el Mercado Viejo mantuvo durante décadas su vocación comercial informal, y los intentos por reubicar sus dinámicas no han logrado resolver de fondo el problema del uso del espacio público.
Y lo mismo ocurre en los corregimientos. Camarones sigue sin alcantarillado. La zona rural está aislada, sin transporte digno, con centros educativos deteriorados y sin acceso a servicios básicos. Pero en los discursos seguimos hablando de “potencial turístico”, de “zonas de vocación productiva”, como si bastara con nombrar para que las cosas existan.
Riohacha tiene una deuda histórica con su gente. Con los jóvenes que migran porque aquí no encuentran futuro. Con los pueblos indígenas y afrodescendientes que ven cómo sus territorios se reducen mientras se planifica sin consultar. Con las mujeres que crían, trabajan, emprenden y sostienen hogares enteros en la informalidad. Con los recicladores que son parte del sistema ambiental pero siguen siendo tratados como estorbo. Planificar sin escuchar a estos actores es profundizar la exclusión.
Por eso es necesario transitar de una planificación cerrada y desarticulada hacia una visión más moderna, dialogada y eficaz de la gestión territorial. Esto implica actualizar los mecanismos de implementación del POT y fortalecer su apropiación ciudadana, no desde la consigna, sino desde la corresponsabilidad y la inteligencia colectiva.
Una primera acción clave es promover procesos de formación ciudadana sobre el POT, mediante estrategias pedagógicas accesibles en barrios, corregimientos y centros educativos. Comprender el plan es el primer paso para apropiarlo, defenderlo y hacerlo cumplir.
En paralelo, es fundamental que la actualización del POT se dé en un marco de corresponsabilidad técnica y social, donde confluyan no solo los equipos de planeación local, sino también gremios, universidades, sectores productivos y comunidades organizadas. Esta articulación interinstitucional permite legitimar el instrumento, enriquecerlo con múltiples saberes y garantizar su sostenibilidad a largo plazo.
Un aspecto clave para el desarrollo urbano de Riohacha es el aprovechamiento planificado de su potencial creativo y cultural como motor de transformación. Para ello, se deben incluir dentro del ordenamiento territorial zonas de vocación creativa y cultural, corredores temáticos, laboratorios de creatividad, espacios de formación y fomento productivo para artistas, emprendedores culturales y gestores del conocimiento local. Estos espacios, bien planificados, pueden convertirse en ejes de dinamización económica, turismo cultural, integración comunitaria y generación de empleo joven. La creatividad no es un adorno: es un componente estratégico del desarrollo sostenible.
Del mismo modo, el componente patrimonial y ambiental debe ser de obligatorio cumplimiento. Cualquier actualización del POT debe incluir herramientas eficaces para proteger el patrimonio construido, inmaterial y paisajístico, así como para ordenar adecuadamente la relación ciudad-entorno natural. Esto requiere coordinación efectiva con entidades del nivel central, especialmente en temas como protección costera, uso del suelo, áreas de interés ambiental y zonas históricas. El desarrollo no puede hacerse a costa del territorio; debe construirse con y desde él, respetando sus límites y su vocación.
Por eso, también es necesario establecer instancias consultivas territoriales por corregimiento y comuna, que permitan aportar criterios técnicos y sociales en decisiones de uso del suelo, priorización de proyectos y seguimiento a la inversión. No se trata de politizar la planificación, sino de fortalecer la gobernanza urbana y rural con mecanismos legítimos y representativos.
Además, es recomendable implementar planes piloto de intervención urbana y rural, que validen soluciones a problemas cotidianos mediante acciones concertadas entre gobierno, ciudadanía, academia y sectores productivos. Así, se fomenta la corresponsabilidad, se ajusta la planeación a la realidad y se generan modelos replicables.
Finalmente, Riohacha debe mejorar sus indicadores de impacto urbano, más allá de la lógica de las obras visibles. Incorporar indicadores sobre acceso a servicios básicos, movilidad, empleabilidad local, uso eficiente del espacio público y percepción de calidad de vida es esencial para que la inversión pública tenga sentido, seguimiento y retorno social.
Y pese a todo, no podemos desechar el POT actual como si fuera un obstáculo. Todo lo contrario: es un punto de partida valioso, aunque incompleto y desactualizado. Muchos de sus componentes aún vigentes ofrecen criterios esenciales sobre uso del suelo, protección ambiental, estructura urbana y vocación del territorio. Lo que falta no es solo técnica ni voluntad, sino diálogo social profundo para actualizarlo desde las voces que no estuvieron representadas en su formulación inicial. El reto no es borrar lo hecho, sino reabrir el proceso con transparencia, pedagogía y compromiso colectivo, de modo que el POT deje de ser un instrumento de élites y se convierta en un pacto de ciudad. Un plan en el que todos y todas se vean reflejados: indígenas, afrodescendientes, jóvenes, comerciantes, recicladores, madres cabeza de hogar, artistas, pescadores, empresarios y funcionarios.
Porque una ciudad no se transforma con decretos ni con renders. Se transforma con decisiones colectivas sostenidas, con acuerdos amplios, con respeto por su identidad y compromiso con su gente. Y eso empieza por reconocer que el verdadero orden nace del diálogo con el desorden: ese que está en las plazas, en los barrios, en la calle, y que no cabe en un plano… pero que es, en el fondo, la materia prima con la que se construyen las ciudades verdaderas.
** Investigador Cultural y candidato a PhD. en Dirección Empresarial, conocimiento e Innovación, Universidad del País Vasco (España).