Barrancas despidió a “Pepo” Ucros: un hombre de fe grande, corazón inmenso y generosidad sin límites

Barrancas amaneció distinto. El aire tenía una quietud que anunciaba despedida, un silencio pesado que solo aparece cuando un pueblo entero pierde a uno de los suyos. En la iglesia, en las calles, en los rostros de familiares y amigos, se sentía el mismo dolor compartido: José Alfonso Ucros Escalante, el querido “Pepo Ucros”, había partido.

Sus esposa Milangela Uruche y hijos —Alejandra, Cristina, André Alfonso, José Alfonso y Leticia — recibían abrazos interminables, palabras de consuelo y oraciones profundas. También sus hermanos, demás familiares y personas que crecieron, trabajaron o celebraron la vida junto a él. Porque Pepo, más que un nombre en Barrancas, era una presencia constante. Un hombre que dejaba huella en cualquier espacio donde estuviera.

La muerte siempre duele, pero cuando se va alguien tan especial, el golpe llega más hondo. Y aun así, en medio del llanto, durante la eucaristía, la comunidad barranquera recibió palabras de consuelo y esperanza: “Vengan a mí todos los que están cansados…”. Ese verso del Evangelio, repetido con voz pausada, parecía escrito para él.

Un hombre de fe sin fisuras

Quienes lo conocieron lo describen igual: un hombre de fe firme, profunda, innegociable. Cada vez que hablaba de temas espirituales, “Pepo” lo hacía con una certeza que no necesitaba adornos. “Para él no había otro como Dios”, recordó el sacerdote durante la homilía. “Pepo” sabía —porque lo repetía— que la última palabra en cualquier situación, en la abundancia o en la dificultad, la tenía el Señor.

Era devoto de la Virgen del Pilar de Santa Marta, de San José. Todos los años participaba en los rosarios de la aurora; ahí estaba, sin fallar, aún si la noche anterior lo había sorprendido en una parranda, una gallera o entre amigos. Su fe era primero, y su compromiso espiritual, inquebrantable.

Tenía un amor inmenso por lo que consideraba sagrado. Peleaba con su esposa por un cupo en la misa, llamaba al sacristán para que le guardara sitio, celebraba las fiestas patronales de Virgen del Pilar como quien celebra la vida misma. Su domingo no comenzaba si no empezaba en la iglesia. Ese era su rito, su forma de agradecer, su manera de vivir.

Un corazón más grande que su tamaño

“Pepo Ucros” fue un hombre grande en estatura, pero sobre todo en corazón. Tenía un espíritu generoso y una manera simple pero profunda de entender la felicidad. En su finca tenía unos maizales, y un día alguien le preguntó por qué no los vendía.

“Yo no sembré para vender —respondió—. Yo sembré para regalar. Eso es lo que me hace verdaderamente feliz”.

En un mundo donde muchos corren tras dinero o poder, él tenía claro que ni uno ni otro garantizan felicidad. Lo decía, lo vivía, lo demostraba. Aseguraba que al final, cuando uno llega a la cama donde termina la vida, se da cuenta de que nada material es realmente importante. Que la verdadera riqueza está en servir, compartir y amar.

Las preguntas que duelen: ¿por qué la gente buena sufre?

Durante la ceremonia, el sacerdote planteó una pregunta que cruzaba el pensamiento de todos: ¿por qué le pasan cosas malas a la gente buena? La respuesta, aunque no elimina el dolor, sí ofreció consuelo: Dios puede sacar cosas buenas incluso de lo más triste, incluso de los vacíos que deja la muerte.

Recordó la historia de un soldado que, tras ver el horror de la guerra, regresó a su tierra para encontrarse con Dios. Lo mismo, dijo, ocurre en la vida: muchos caminos difíciles terminan llevándonos a la fe, y en la fe se encuentra la paz que el mundo no puede dar.

Un legado de oración, humildad y paz

“Pepo” era mediador natural. Nunca levantaba la voz; prefería aconsejar antes que discutir. Tenía siempre la palabra justa, esa que llega a tiempo, esa que calma. Y esa serenidad no nacía del azar: nacía de la oración.

Antes de salir de su casa, se arrodillaba. Antes de cualquier actividad, oraba. Sus decisiones, sus gestos, incluso sus silencios, estaban sostenidos por su relación con Dios.

Quienes se sentaban cerca de él en la iglesia saben bien cuál era su esquina, su banca favorita. Esa que ahora quedará vacía, pero que seguirá siendo un lugar de memoria. El próximo domingo, dijeron algunos fieles entre lágrimas, sus ojos se irán directo a ese asiento. Y se sentirán vacíos sin su presencia.

Pero la fe también enseña que él no está muerto, sino vivo en la presencia de Dios. “Hoy tenemos un mártir en el cielo, un san Pepo”, dijo el sacerdote. No como un título religioso oficial, sino como una manera simbólica y sincera de reconocer la bondad de un hombre que vivió sirviendo.

Generosidad, caridad y un aplauso al cielo

La comunidad le regaló un aplauso largo, fuerte, desde el dolor pero también desde el agradecimiento. Un aplauso para despedir su vida, para acompañar su alma y para abrazar a su familia.

El sacerdote cerró la homilía con una reflexión sobre dos hermanos: uno llamado “Generoso” y otro “Tacaño”. Cuando alguien tocó su puerta para cambiarles la vida, solo uno abrió: el generoso. El otro se escondió. Y la enseñanza quedó clara: la abundancia nace de la generosidad; la carencia nace del egoísmo.

Así vivió Pepo.

Así lo recuerda Barrancas.

Así lo despiden hoy quienes heredaron de él no bienes, sino ejemplo.

Barrancas despide a un hombre, pero abraza un legado

En Barrancas seguirá faltando su sonrisa, su saludo, su presencia en las fiestas patronales, su devoción matinal, su consejo oportuno.

Pero quedará lo que él sembró —en su finca y en su gente—: humildad, fe, solidaridad, servicio, amor.

Quedará el recuerdo del hombre que sembraba maíz para regalarlo.

Quedará el ejemplo del hombre que nunca salió de su casa sin orar.

Quedará la fe de quien supo vivir la vida desde Dios.

Y quedará un pueblo entero diciendo su nombre:

José Alfonso “Pepo” Ucros Escalante. Presente hoy. Presente siempre.

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