La penumbra fresca de una mañana guajira, nos recibe Avelino Moscote Amaya, dirigente político, ganadero, agricultor, padre, soñador y crítico frontal del rumbo que ha tomado su tierra.
Habla con una mezcla de orgullo sereno y firmeza tajante, como quien ha vivido lo suficiente para entender que la vida está hecha de decisiones, pérdidas, retornos y convicciones profundas. Avelino no necesita presentaciones: su nombre, dice él, es su herencia para sus hijos. “Quizás no les dejo plata, pero sí les dejo un reconocimiento”, afirma mientras acomoda la mirada hacia un pasado que aún ilumina su presente.
Infancia entre ganado, tierra y sacrificios
Avelino nació el 21 de septiembre de 1950 en Arroyo de Arena, un pequeño corregimiento de Riohacha. Creció entre la agricultura y la ganadería, oficios que heredó de su padre, un hombre que—sin saber firmar su nombre—entendió la grandeza de la educación. Fue él quien tomó la decisión que marcó el futuro de la familia: comprar una casa en la calle 9 de Riohacha para que sus hijos estudiaran.
“Mi papá era agricultor y ganadero. Las condiciones no eran fáciles, pero su visión era clara: había que estudiar”, recuerda Avelino. En la ciudad cursó primaria, bachillerato y parte de una carrera universitaria que no terminó por circunstancias de la vida. No obstante, siempre trabajó, siempre buscó salir adelante, siempre estuvo donde se le necesitara.
Creció rodeado de hermanos profesionales —abogados, médicos, profesores— y aunque él no completó su título, confiesa que con el tiempo descubrió una vocación reprimida: la arquitectura. “Soy bueno para remodelar. Si yo hubiera estudiado arquitectura me hubiera ido súper bien”, dice entre risas, aunque sin asomo de arrepentimiento.

Barranquilla: un destino obligado por los hijos
La vida tiene ciclos, asegura. Y uno de esos ciclos lo llevó a Barranquilla, movido por una razón poderosa: garantizar el futuro educativo de sus hijos, en una época en que la Universidad de La Guajira aún no existía.
“Yo creí que ya había llegado al máximo aquí y quise buscar nuevos horizontes. Mi objetivo era educar a mis hijos”, afirma. En el Bolívar montó una ganadería sólida, al punto de tener el promedio de producción de leche más alto del departamento.
Construyó hasta una casa en la finca. Le iba bien, muy bien, pero nunca soltó la idea de regresar.
Porque quien nace amando a Riohacha, dice, no se amaña en ninguna otra parte.
El eterno retorno a Riohacha
Cuando sus hijos comenzaron a graduarse y algunos se trasladaron a Bogotá, Avelino dio el paso definitivo: volver a su tierra. Volvió con la fuerza de quien regresa no por nostalgia, sino por destino. “Riohacha es mi casa. Soy un enamorado de Riohacha. Pero también soy su crítico número uno”, sentencia.
Su voz se enciende cuando habla de los problemas de la ciudad: la falta de servicios públicos, los retrocesos en infraestructura, el abandono institucional. Pero hay un tema que lo indigna particularmente: el matadero municipal.
“Desde 2016 no hay matadero en Riohacha. ¿Saben el riesgo de salud pública que eso representa? Todo el mundo come carne, pero nadie pregunta de dónde viene ni cómo viene. No ha habido voluntad política”, denuncia.
Como ganadero, es testigo de un contrasentido: Riohacha es el municipio con más cabezas de ganado en La Guajira, incluso más que San Juan del Cesar, pero no cuenta con un matadero formal. Cotoprí, Machobayo, Arroyo Arena… son zonas ganaderas que sostienen una actividad económica subvalorada.

El salto inesperado a la política
Su entrada a la política fue tan espontánea como determinante. Ocurrió en un entierro, caminando entre dirigentes locales. Aquel día vio a Miguel Murga cruzar la calle y comentó, incrédulo, que un hombre sin recursos aspirara a la Gobernación. La respuesta, recuerda, les cambió la vida: ¿acaso el que no tiene nada no tiene derecho a aspirar?
Así nació el movimiento MIRE —Movimiento de Integración Regional— integrado por él, Vicente Borrego y Alcides Choles.
Lo que empezó como una idea casi casual, se convirtió en un proyecto político fuerte que logró tres concejales y un diputado. Ganaron influencia, presencia y proyección.
Pero la política, como él dice, es volátil. “Así como nacen rápido los movimientos, así se deshacen”. Las presiones externas, la cooptación de líderes y las divisiones internas terminaron fragmentando el proyecto.
Aun así, Avelino nunca se alejó.
Siempre mantuvo un concejal, siempre estuvo en alguna esquina de la política departamental, siempre con la intención de aportar. “Aspiro a morir en esta misma faena”, confiesa.
Una distinción inesperada
Hace poco recibió la máxima distinción que otorga el Concejo de Riohacha La Espada de Padilla. El reconocimiento lo tomó por sorpresa. No por falsa humildad, sino porque nunca ha vivido haciendo ruido.
“A veces uno tiene una vida de servicio sin esperar nada. Lo que hago lo hago sin interés, con desprendimiento”, dice con emoción contenida.
Para él, el galardón fue un espejo que le mostró que su manera de vivir, de relacionarse y de servir sí ha dejado huella. Por eso lo dedicó a su familia y renovó un compromiso: trabajar sin egoísmos por el desarrollo de la ciudad.
La política hoy: dinero, compromisos y silencios peligrosos
Cuando se le pregunta por el panorama actual, su gesto cambia. La preocupación es explícita.
“Hoy hemos tocado fondo. Quien no tiene dinero no puede aspirar”, afirma con crudeza. Describe un escenario amarrado por compromisos económicos que condicionan las administraciones y pervierten la democracia. Las campañas cuestan y quienes las financian exigen retorno.
Avelino habla de recesión económica, de falta de oportunidades, de un mercado deprimido, de familias que no pueden cubrir lo básico. De contrataciones que, por compromisos políticos, terminan en manos de empresas de otros departamentos. Pone un ejemplo revelador:
“En el camino hacia Arroyo Arena conté 17 bolquetas de doble troque cargando arena. Todas del interior del país. Ni una sola de aquí.”
Ese dinero, insiste, no circula en Riohacha. Se va. Y así, el municipio se empobrece un poco más.
Un grito por su tierra
Avelino Moscote Amaya es, ante todo, un hombre de convicciones. Un guajiro que no ha perdido la fe en su gente ni en la posibilidad de un mejor futuro. Un político que no teme señalar lo que está mal. Un campesino que entiende la tierra como raíz. Un ciudadano que exige lo mínimo: oportunidades, desarrollo, honradez y voluntad.
“Debemos olvidarnos de las cuestiones personales y sacar a Riohacha adelante”, repite como mantra.
Mientras termina la conversación, queda la sensación de estar frente a uno de esos personajes que construyen historia sin buscar protagonismos. De esos que han vivido tanto que saben qué cosas realmente valen la pena. De esos que, aun con las manos llenas de tierra y la voz cansada, siguen soñando con ver florecer el lugar que aman.
Porque Avelino Moscote, en cada palabra, en cada recuerdo y en cada crítica, confirma una verdad: Riohacha no es solo su ciudad; es su vida entera.
El líder político y empresario de la ganadería Avelino Moscote Amaya envió un mensaje directo a los habitantes del municipio: trabajar unidos y dejar atrás el individualismo que, según él, ha frenado el desarrollo de la capital guajira.

“Invito a todos a trabajar. El trabajo es lo que genera desarrollo”, afirmó con firmeza. Moscote insistió en que la dependencia histórica del contrabando ha afectado las fuentes de empleo y ha generado una cultura que dificulta la apertura de nuevas oportunidades. “Nos hemos acostumbrado al contrabando, y cuando no hay contrabando, la situación económica se pone dura porque aquí no se abren más fuentes de trabajo”, agregó.
Según el dirigente, uno de los principales problemas del municipio es la falta de asociatividad. Explicó que existe una mentalidad individualista que ha impedido la consolidación de proyectos colectivos o empresas sólidas que impulsen la economía local.
“Aquí no hay asociación. Las organizaciones nacen enfermas. Cuando se crean, no se sostienen y se acaban”, señaló. Avelino mencionó que, salvo el club de Federman, son pocos los esfuerzos organizados que han perdurado en el tiempo. “Aquí cada quien quiere hacer las cosas por su lado, entonces terminamos haciendo cosas pequeñas porque no hay solidez económica ni unión.”
Una vida dedicada al servicio y a la comunidad
Al preguntarle cuánto tiempo más estará activo en la vida pública, Moscote no dudó en responder que aún le queda mucho camino por recorrer. Se definió como un hombre alegre, cercano a sus amigos, y con el anhelo intacto de seguir aportando al bienestar de los riohacheros.
“Todavía no es mi despedida. Como dijo Dios, la muerte tendrá que esperar”, aseguró entre sonrisas. “Aspiro a durar mucho rato más ayudando a la gente. Yo tengo un consultorio de toda índole, aconsejando a la gente y promoviendo todo lo que esté en bien de nuestros conciudadanos.”
Sus raíces y el origen del liderazgo
Durante la conversación, Moscote recordó a sus padres, Andrés Avelino Moscote Ibarra y Raquel Felicia Amaya, de quienes aprendió valores que hoy considera fundamentales en su vida. Contó que es el cuarto de los seis hijos que su madre tuvo con su padre, aunque la familia es más extensa.
Se refirió también al liderazgo como una cualidad que, más que aprenderse, se trae desde el nacimiento. “El liderazgo es innato, eso no se aprende en una universidad. La capacidad de hacer que los demás hagan lo que uno piensa no se estudia en Harvard, eso nace con uno”, expresó. Aun así, reconoció que la formación académica ayuda a perfeccionar esas habilidades y a actuar con mayor claridad y visión.
Un mensaje para el presente de Riohacha
Con la serenidad de quien ha dedicado su vida al servicio público, Avelino Moscote reiteró su invitación a los riohacheros: unir esfuerzos, organizarse y trabajar de manera colectiva para lograr el progreso que el Distrito necesita.