Los soberanos de la tradición: la historia viva de Carlos Alfonso y Ena Luz Gómez Pimienta

El corazón del Caribe, donde el viento levanta polvo de sal y memoria, el Carnaval de Riohacha no es una fecha: es una herencia. Y en 2026, cuando los nombres de Carlos Alfonso Gómez Pimienta y Ena Luz Gómez Pimienta fueron proclamados como soberanos de la tradición del Carnaval de Riohacha, no se trató de un reconocimiento casual. Fue la confirmación de una historia que comenzó mucho antes de que ellos nacieran, en una casa grande de esquina, con cadenetas cruzando la calle y una botella de vino esperando sobre la mesa.

Esta es la crónica de una familia que convirtió un cumpleaños en patrimonio y una costumbre en fundación cultural.

El patriarca carnavalero

El origen de todo se remonta a Luis Eduardo Gómez Serrano, comerciante de espíritu viajero. Hombre de Aruba, de Venezuela, de Barranquilla y Santa Marta; hombre de negocios, pero sobre todo, hombre de carnaval. Esposo de Remedios Pimienta de Gómez Serrano, fue el eje de una familia numerosa: siete hijos Memita, Carlos, Ena Luz, Luis Eduardo, Rita, Toti y Dina, además de Otto, que crecieron entre risas, serenatas y tradiciones.

Don Luis Eduardo perteneció a uno de esos grupos de amistad que marcaban época. Se llamaban Los Millonarios, no por fortuna económica sino por abundancia de alegría. Se reunían en una joyería conocida como “La Platería”, propiedad de los hermanos Cornelio. Allí celebraban cumpleaños, afinaban guitarras y conspiraban contra el aburrimiento.

Entre sus amigos estaban Francisco J. Brito, Arnold Smith López, Francisco Esmíl López, Adalcimen Alarcón, Luis Guerrero, Olivo Palacio, Aquiles Ávila, hermano de “Chichimón” y Salvador Palacio. Eran tiempos de música de cuerda, de boleros y tríos, cuando las serenatas se hacían con guitarra, tiple y bandola.

Sonaban los acordes del legendario Trío Matamoros, de Los Panchos y de Sonora Matancera, cuyas canciones acompañaron amores, cumpleaños y madrugadas.

La niña que ahorraba para su fiesta

Pero si el padre era carnavalero, la madre era la arquitecta de la celebración.

Desde niña, Remedios Pimienta guardaba monedas que le daba su madre. No era para juguetes: era para su cumpleaños. Compraba vino, mistela, galletas, preparaba espaguetis con gallina, pollo guisado y, como plato fuerte, aquello que alcanzara el presupuesto. La sopa era escasa; lo importante era la música y la compañía.

Las puertas se adornaban con cadenetas cruzadas de esquina a esquina. Banderines de papel pintaban el aire. Las vecinas prestaban sillas que se acomodaban pegadas a la pared o sobre el sardinel, como era costumbre. No era una fiesta cualquiera: era un ritual.

Cada 9 de enero, Don Luis Eduardo aparecía con un gran galón de vino. Lo colocaba sobre la mesa y decía con solemnidad:
“Remedios, aquí está tu bebida para que la repartas con tus amigas”.

Y llegaban las serenatas. Amigos con guitarra, con tiple, con bandola. Música de cuerda que llenaba el patio y convertía la noche en memoria.

La casa de la esquina

Cuando Remedios cumplió 50 años, la familia vivía en una casa grande, en la esquina de la calle 8 con carrera 8. Un patio inmenso fue el escenario del renacer de la tradición.

Ella había hecho una promesa:
“Si estoy viva a los 50, volveré a celebrar como cuando era joven”. Y así fue.

Vinieron familiares desde Urumita donde su padre había tenido una primera familia antes de enviudar; llegaron parientes de Santa Marta, Maicao y amistades de toda la región. Aquella fiesta no fue solo un cumpleaños: fue una reconciliación con el pasado.

Se repartieron dulces de horno cuque, queque, mazapán, merengue hechos como antaño, en hornos de barro en los patios. Las puertas volvieron a vestirse de banderines. Y algo nuevo comenzó a gestarse: el cruce inevitable entre cumpleaños y carnaval.

Cuando el cumpleaños se volvió carnaval

Las amigas comenzaron a llegar disfrazadas. Las comparsas se sumaron. Ya no era solo la serenata: era banda, tambora, sonido amplificado. Las sillas se organizaban como antes, pero el espíritu era más grande.

Había dos celebraciones que se fundían en una: el cumpleaños de Remedios y el carnaval. Los cuatro últimos viernes previos a la fiesta grande se convertían en jornadas de baile y tradición.

Así nació el concepto que después tendría nombre propio: Viernes Carnavalero.

Cuando Remedios falleció, la familia enfrentó el silencio. Pero el silencio no pudo más que la memoria.

“Esto no puede quedarse en el aire”, dijeron sus hijos.

Nace la Fundación

En 2007, decidieron formalizar lo que durante años había sido tradición familiar. Así nació la Fundación Viernes Carnavalero Nueve Pimientas, llamada así en honor a Remedios Pimienta.

Se presentó un proyecto al Ministerio de Cultura. Fue aprobado. Comenzaron a llegar apoyos: la Cámara de Comercio, el Fondo Mixto de Cultura, la Alcaldía, comerciantes locales y Confamiliar La Guajira, institución con la que Remedios había tenido vínculo como reina del grupo de adultos mayores.

La tradición dejó de ser doméstica para convertirse en patrimonio comunitario.

Radiografía de una herencia

Carlos Alfonso y Ena Luz crecieron viendo cómo la música transformaba la casa en escenario y cómo el barrio entero se volvía familia.

Aprendieron que la tradición no es repetición mecánica, sino acto consciente de memoria. Entendieron que el carnaval no empieza cuando suena la primera tambora oficial, sino cuando alguien decide colgar la primera cadeneta.

Hoy, como soberanos de la tradición del Carnaval 2026, representan algo más que un título simbólico. Son la continuidad de un linaje festivo. Son los hijos de la mujer que convirtió su cumpleaños en carnaval y del hombre que llevaba serenatas como quien lleva flores.

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