El sol de la mañana caía con fuerza sobre la cancha, pero ni el calor ni el viento característico de La Guajira lograron apagar la energía que se respiraba en el ambiente. Risas, carreras, gritos de ánimo y el sonido del balón ovalado marcaban el inicio de una jornada que, más que deportiva, parecía un acto de esperanza. Así comenzó la inauguración del primer semillero de rugby auspiciado por la Cancillería, un proyecto que empieza a escribir una nueva historia para la juventud de Riohacha.
En medio de ese escenario, el director de Undeportes del Distrito, Heiner Daza, observaba con satisfacción. No era solo un evento más en la agenda institucional: era la materialización de una alianza construida entre la Cancillería, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Liga de Rugby y la Alcaldía de Riohacha. Una apuesta conjunta que busca transformar vidas a través del deporte.
Alrededor de 150 estudiantes de colegios públicos, en su mayoría niñas, se convirtieron en las protagonistas de esta jornada. Para muchas, era su primer acercamiento con el rugby; para otras, el inicio de un camino que podría llevarlas mucho más lejos de lo que alguna vez imaginaron. Entre ejercicios, juegos y dinámicas, recibieron también implementos deportivos, herramientas esenciales para fortalecer su proceso de formación.
Pero más allá de los balones y uniformes, lo que realmente se entregaba ese día era una oportunidad.
“Este semillero no solo financia el entrenamiento deportivo, también impulsa la formación cultural”, explicó Daza, mientras seguía de cerca cada actividad. Y es que el proyecto tiene una proyección que trasciende las fronteras locales: de este grupo serán seleccionadas diez niñas que participarán en un intercambio deportivo en Nueva Zelanda, uno de los países más reconocidos en el mundo del rugby.
Para quienes conocen la historia reciente del deporte en la ciudad, este anuncio no es casualidad. Es la continuidad de un proceso. Este sería el tercer semillero impulsado en Riohacha, luego de experiencias similares en Sudáfrica y Polonia. Escenarios internacionales donde jóvenes guajiros no solo han competido, sino que han aprendido, crecido y regresado con una visión más amplia del mundo.
“Sabemos las potencialidades que tienen estos espacios”, afirmó el funcionario. “Los chicos aprenden de otras culturas, de países que son potencias en esta disciplina, y regresan con una mejor formación, no solo deportiva, sino también social”.
Mientras tanto, en la cancha, las jugadoras seguían corriendo. Algunas caían y se levantaban rápidamente; otras celebraban cada avance como si fuera una victoria. Esa “casta guerrera” de la que habló Daza no era un discurso vacío: se veía reflejada en cada esfuerzo, en cada intento, en cada sonrisa.
No es gratuito que Riohacha se haya ganado un lugar importante en el rugby nacional. Los resultados respaldan ese reconocimiento: subcampeones en los Juegos Intercolegiados Nacionales en ambas ramas y campeones en el interligas nacional el año anterior. Logros que confirman que el talento existe y que, con el apoyo adecuado, puede seguir creciendo.
“Cada vez que nuestros deportistas salen a representarnos, traen buenas noticias”, dijo Daza con orgullo. Y esa confianza es precisamente la que impulsa este tipo de iniciativas: la certeza de que en cada niño y joven hay un potencial que merece ser descubierto.
Pero la crónica de este día no estaría completa sin escuchar el eco de la familia deportiva de Riohacha. Su mensaje fue claro, directo y cargado de sentido: seguir apostándole al deporte.
Porque en medio de las dificultades sociales que enfrentan muchos jóvenes, el deporte aparece como un camino posible. Un espacio donde se aprenden reglas, se construyen valores, se fortalece el respeto y se entiende el verdadero significado del trabajo en equipo.
“El deporte saca a los jóvenes del ocio”, repiten entrenadores, padres y líderes. Y no lo dicen como una frase hecha, sino como una realidad que han visto transformar vidas.
Cuando la jornada terminó, el sol seguía alto, pero el ambiente era distinto. Las niñas se retiraban con sus implementos en mano, con cansancio en el cuerpo y entusiasmo en el rostro. Algunas ya soñaban con ese viaje a Nueva Zelanda; otras, simplemente, con volver al día siguiente a entrenar.
En esa cancha quedó sembrada algo más que una iniciativa institucional. Quedó una semilla. Una que, con disciplina, apoyo y constancia, promete crecer fuerte, como el espíritu de una ciudad que ha encontrado en el rugby no solo un deporte, sino una forma de construir futuro.