La tarde cae lenta sobre Riohacha. En la Catedral de Nuestra Señora de los Remedios, el silencio tiene un peso distinto, como si cada banco guardara una historia y cada vela encendida fuera un susurro que se niega a apagarse. Ha pasado un año desde la partida de Jairo Aguilar Ocando, y sin embargo, su nombre sigue pronunciándose en voz baja, con respeto, con cariño, con esa mezcla inevitable de dolor y gratitud.
No es un acto cualquiera. No es una ceremonia más. Es el reencuentro de una familia con la memoria, de una ciudad con uno de sus hombres, y de un hijo con su padre.
Jairo Aguilar Deluque avanza entre los presentes sin la investidura de funcionario, sin los protocolos que suelen acompañarlo. Hoy no hay cargos ni discursos políticos. Hoy hay un hijo que respira hondo antes de hablar, que mira al frente pero parece buscar, en algún rincón invisible del templo, la presencia que le hace falta.
Cuando toma la palabra, lo hace desde ese lugar donde nacen las verdades más difíciles. “No vengo a hablar como funcionario dice vengo a hablar como un hijo”. Y entonces, la crónica deja de ser pública para volverse íntima.
Hablar de un padre, un año después de su partida, no es sencillo. No lo es porque hay ausencias que no se explican, que no se acomodan al paso del tiempo, que no aceptan razones. Se sienten. Se cuelan en los momentos más inesperados. Permanecen.
En su voz no hay grandilocuencia, sino recuerdos. Recuerdos que se tejen con la cotidianidad: conversaciones con su madre, historias repetidas que nunca pierden valor, el origen de un amor que empezó en un pequeño consultorio en Medellín, cuando la vida era apenas un proyecto y no la suma de responsabilidades que vendrían después.
Allí, en ese pasado reconstruido palabra a palabra, aparece el hombre antes del personaje. No el rector, no el alcalde, no el gobernador. El esposo, el padre, el ser humano.
“Mi padre no fue un hombre perfecto”, reconoce.
Y en esa frase, lejos de restarle grandeza, lo humaniza. Porque lo define no la perfección, sino la elección constante de hacer el bien. En un mundo donde a veces lo extraordinario se mide en logros visibles, él eligió el camino silencioso: amar sin medida, servir sin ruido, dar sin esperar.
Muchos lo conocieron desde lo público. Desde las decisiones, los cargos, las responsabilidades que asumió a lo largo de su vida. Pero su hijo lo conoció en lo simple: en los silencios compartidos, en los consejos que no necesitaban imponerse, en esa mirada que decía todo sin necesidad de palabras.
Fue, sobre todo, un padre presente.
Y esa presencia, dice, es quizás lo más valioso. Saber que, pase lo que pase, hay un lugar al que se puede volver. Un refugio que no se nombra, pero que siempre está.
No enseñó desde la imposición. No levantó la voz para hacerse escuchar. Enseñó con el ejemplo. A ser personas antes que cualquier otra cosa. A respetar, a escuchar, a no olvidar el origen.
Y aunque la vida lo llevó a ocupar posiciones importantes, nunca dejó de ser sencillo. Nunca dejó de ser el hermano atento, el hijo cercano, el tío pendiente. Ese que preguntaba, que se preocupaba, incluso cuando el peso del mundo parecía caerle encima.
En medio del relato, también aparece el amor. Ese que sostuvo junto a su esposa, firme y sereno, sin necesidad de exhibirse. Un amor de los que resisten el tiempo porque están hechos de lo esencial. Y en los años, encontró otra forma de felicidad: más tranquila, más suave, pero llena de una luz que solo dan las historias bien vividas.
La voz de su hijo se quiebra apenas. No lo suficiente para detenerse, pero sí para dejar claro que el dolor sigue intacto.
Porque la ausencia pesa.
Pesa en la casa. En la mesa. En los momentos pequeños que antes parecían normales y hoy se sienten incompletos. Pesa en el hábito de esperar encontrarlo, en ese impulso involuntario de buscarlo donde ya no está.
Hay días confiesa en los que duele más llegar a casa.
Y es ahí donde la crónica alcanza su punto más humano. Porque no habla de la muerte como un hecho, sino de la ausencia como una experiencia diaria. Como algo que se instala en lo cotidiano y transforma la manera de vivir.
Pero en medio de ese dolor, también hay presencia.
Una presencia distinta, que no se ve pero se siente. En los valores que dejó, en las decisiones que ahora se toman pensando en lo que él habría hecho, en la huella que permanece cuando la vida física ya no está.
“Un padre no se va del todo cuando deja amor”, dice.
Y esa frase queda suspendida en el aire, como una verdad compartida por todos los que escuchan.
Porque quizás de eso se trata la memoria: de aprender a reconocer las formas nuevas en las que quienes se han ido siguen acompañando.
Hacia el final, las palabras ya no buscan explicar. Solo agradecer.
Agradecer por la vida, por el amor, por la herencia invisible que no se mide en bienes, sino en enseñanzas. Agradecer incluso por la continuidad, por ese nieto Jairo Raúl en quien se reflejan gestos, miradas, fragmentos de quien ya no está.
Y entonces, el hijo vuelve a hablarle al padre. No desde el púlpito, sino desde ese diálogo silencioso que nunca se rompe.
Le habla en presente. Le dice que sigue siendo su hijo. Le dice que sigue siendo su guía.
La Catedral permanece en silencio cuando termina. Solo un recogimiento profundo, como si cada persona estuviera ordenando sus propios recuerdos.
Afuera, la vida continúa. Pero adentro, por un instante, el tiempo se detuvo para recordar que hay ausencias que no se llenan, pero sí se honran.
Y que hay hombres que, incluso después de partir, siguen viviendo en lo más sencillo: en la forma de amar, en la forma de enseñar, en la forma de estar… incluso cuando ya no están.