Por Sait Ibarra Lopesierra
En el Riohacha estamos acostumbrados a escuchar que todo falta, que todo está mal, que nada cambia. Y aunque muchas de esas críticas tienen fundamento, también creo que hay algo que no estamos mirando con suficiente atención: los parques y escenarios deportivos están empezando a transformar la vida cotidiana de la ciudad.
No hablo desde la teoría, sino desde lo que se ve. Hoy es más común encontrar niños jugando en espacios adecuados, jóvenes ocupando su tiempo en actividades deportivas y familias compartiendo en entornos que, hace unos años, estaban abandonados o simplemente no existían. Ese cambio, aunque parezca pequeño, tiene un impacto profundo.
Porque un parque no es solo un lugar con bancas y árboles. Es un punto de encuentro, es seguridad, es prevención. Donde hay vida en el espacio público, hay menos espacio para la violencia, el consumo y el abandono social. Es así de claro. Y eso en una ciudad como Riohacha, donde muchos sectores han crecido sin planificación, vale más de lo que a veces se reconoce.
Cuando se recupera un escenario deportivo o se construye un parque digno, no solo se mejora un espacio físico: se redefine la forma en que la comunidad se relaciona. Se pasa del abandono a la apropiación, del riesgo a la oportunidad. Ese tipo de transformación no es superficial; es estructural.
Sin embargo, tampoco se trata de idealizar. Aquí es donde creo que debemos ser exigentes. No basta con inaugurar escenarios deportivos y parques; el verdadero reto es sostenerlos en el tiempo. El mantenimiento, la iluminación, la seguridad y la programación de actividades son lo que realmente define si estos espacios cumplen su propósito o terminan deteriorándose, como ya ha pasado antes.
Además, hay algo que no podemos ignorar: no todos los barrios tienen las mismas condiciones. Si estos avances no llegan a los sectores más vulnerables, el impacto se queda corto. La transformación real se mide cuando el cambio alcanza a quienes más lo necesitan, no solo a las zonas más visibles.
También hay una responsabilidad que nos toca como ciudadanos. No podemos exigir espacios dignos si no los cuidamos. El sentido de pertenencia no se decreta, se construye. Y eso implica respetar, mantener y apropiarnos de lo público como algo que realmente es de todos.
Riohacha puede cambiar. Pero no desde discursos vacíos ni promesas repetidas, sino desde acciones concretas como estas. Los parques y escenarios deportivos están demostrando que cuando se invierte bien, los resultados se sienten.
La pregunta ahora es si vamos a dejar que este avance sea pasajero o si realmente lo vamos a convertir en una base sólida para construir una mejor ciudad. Porque al final, la transformación de Riohacha no empieza en los grandes proyectos, empieza en los espacios donde la gente vive, se encuentra y construye comunidad todos los días.