LA MAYORÍA QUE FALTA Entre las urnas y el sofá

Por Jose Jaime Vega Vence

La primera vuelta dejó una verdad política que algunos todavía se resisten a aceptar: la mayoría de los colombianos ya tomó una decisión sobre el rumbo que quiere para el país.

Esa mayoría derrotó a Cepeda en la primera vuelta.

Ahora tiene una responsabilidad aún mayor: convertir esa victoria en un mandato contundente para gobernar Colombia.

El resultado del pasado domingo no fue producto del azar ni de una simple coyuntura electoral. Fue la expresión de un sentimiento nacional que venía creciendo silenciosamente desde hace años. Lo vimos en las ciudades, en las regiones, en los sectores productivos, en los jóvenes que reclaman oportunidades y en las familias que quieren volver a mirar el futuro con confianza.

Por eso la segunda vuelta no comienza desde cero.

La primera batalla ya fue librada y la ganamos.

Derrotamos a Cepeda porque millones de colombianos entendieron que Colombia necesita recuperar el rumbo, fortalecer sus instituciones, devolverle valor al mérito, proteger la libertad económica y garantizar la seguridad de los ciudadanos.

Sin embargo, no basta con ganar.

Nunca ha bastado con ganar.

La legitimidad del poder no surge únicamente de una victoria electoral. La legitimidad del poder nace de una mayoría contundente. Nace cuando los ciudadanos hablan con tal claridad que no dejan dudas sobre la dirección que quieren darle a su nación.

Por eso la segunda vuelta no debe ser simplemente una ratificación de la primera. Debe convertirse en la consolidación de una mayoría nacional que le permita a Abelardo gobernar con la fuerza que solo otorga el respaldo inequívoco de las urnas.

Y es precisamente allí donde aparece la mayoría que falta.

La mayoría que falta no está en la campaña de Cepeda.

No está en las alianzas de última hora.

No está en los cálculos de los estrategas.

No está en los análisis de los comentaristas.

La mayoría que falta no está buscando candidato. Ya encontró uno. Lo que falta es que salga a votar.

Está en la mayoría silenciosa.

Está en los votos dormidos.

Está en ciudadanos que comparten las mismas preocupaciones de quienes ya votaron por Abelardo, pero que todavía no han decidido participar.

También está en quienes consideran votar en blanco.

Una posición respetable, sin duda, pero equivocada frente a una decisión de esta magnitud.

Colombia tendrá presidente.

Y ese presidente será Abelardo de la Espriella o será Cepeda.

No existe una tercera opción.

No existe una tercera vuelta.

No existe un punto intermedio desde donde observar el resultado sin asumir una posición frente al futuro del país.

En una segunda vuelta el voto en blanco no construye una alternativa de gobierno. No fortalece la seguridad. No genera empleo. No impulsa la inversión. No recupera la confianza institucional. No define el rumbo de la nación.

Simplemente deja que otros tomen la decisión.

Por eso esta elección exige definiciones.

Exige carácter.

Exige participación.

Y exige comprender que la abstención tampoco es neutral.

Cada ciudadano que renuncia a votar entrega a otros la facultad de decidir por él.

Quienes acompañamos a Abelardo tenemos una responsabilidad adicional. No podemos limitarnos a cuidar los votos obtenidos en la primera vuelta. Debemos salir a buscar la mayoría que falta. Debemos hablar con quienes aún observan desde la distancia. Debemos convencer a quienes sienten inconformidad frente al rumbo del país, pero todavía no la han convertido en participación.

La mayoría que falta está en los barrios.

Está en las universidades.

Está en el comercio.

Está en el campo.

Está en los emprendedores que todos los días arriesgan su patrimonio para generar empleo.

Está en los trabajadores que madrugan para sostener a sus familias.

Está en los jóvenes que quieren oportunidades y no discursos.

Está en millones de colombianos que comparten las preocupaciones de quienes ya votaron por Abelardo, pero que aún no han decidido acudir a las urnas.

Esa mayoría silenciosa tiene en sus manos algo más importante que una elección.

Tiene en sus manos la legitimidad del próximo gobierno.

Porque una victoria estrecha gana una elección.

Pero una mayoría contundente construye un mandato.

Y Colombia necesita un mandato claro.

Necesita un presidente con el respaldo suficiente para enfrentar los desafíos que vienen, recuperar la confianza de los ciudadanos, fortalecer la seguridad, impulsar la inversión, generar empleo y devolverle al país la estabilidad que reclama la inmensa mayoría de los colombianos.

La primera vuelta nos permitió derrotar a Cepeda.

La segunda debe permitirnos derrotar a Cepeda y a la abstención.

Porque no basta con ganar.

Hay que ganar con la fuerza suficiente para gobernar.

Hay que ganar con la autoridad que otorga una mayoría contundente.

Hay que ganar con la legitimidad que nace cuando millones de ciudadanos hablan al mismo tiempo a través de las urnas.

La mayoría que falta sigue allí.

Entre las urnas y el sofá.

Entre la resignación y la participación.

Entre el silencio y la decisión.

Y cuando esa mayoría despierte, Colombia no solo elegirá presidente.

Colombia hablará con una voz que nadie podrá ignorar.

Y esa voz será la legitimidad democrática que acompañará a Abelardo de la Espriella desde el primer día de gobierno.

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