UN PEQUEÑO FAVOR

Por Henry Peñalver Herrera

Cuando me meto en las redes sociales lo que se nota es el desconcierto generalizado con lo que acaba de pasar en el congreso. Lo que pasó fue que el presidente Gustavo Petro autorizó que Santiago Uribe, hermano del expresidente Álvaro Uribe, cumpliera su condena de 28 años en una guarnición militar en lugar de hacerlo en una cárcel común. El propio Álvaro Uribe agradeció públicamente al Gobierno Nacional, destacando que, no obstante ser opositor, se aceptó el traslado. Ese «pequeño favor» no fue solamente un acto de cortesía institucional. Fue lo que facilitó una alianza política entre dos bandos que hasta hace poco parecían enemigos mortales y cuyos resultados y arrepentimientos ya se empiezan a sentir en la conformación del nuevo Congreso y Gobierno estatal.

En la elección de la mesa directiva del Senado, el uribismo (representado por el Centro Democrático) y el Petrismo (Pacto Histórico) sellaron una alianza que llevó a la presidencia de esa corporación al senador Honorio Henríquez, del Centro Democrático. Henríquez obtuvo 56 votos, derrotando a Alfredo Deluque, quien contaba hasta hace poco con el respaldo del presidente electo Abelardo de la Espriella. La lectura es clara: el oficialismo saliente y la oposición de siempre encontraron un punto de encuentro, y lo hicieron por fuera de las garras afiladas que trazó De la Espriella.

Pero el acuerdo no terminó allí. La Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, el órgano encargado de investigar a los más altos funcionarios del Estado (incluido el presidente de la República), quedó conformada con 17 representantes. El Pacto Histórico se aseguró cinco de esas sillas, convirtiéndose en la bancada con mayor representación en esa célula clave. Mejor dicho, quienes controlarán los expedientes contra el presidente entrante, contra los magistrados y contra el fiscal general, ahora los expedientes que tiene Petro sobre las presuntas irregularidades en las elecciones, los contratos firmados con el gobierno estando en los tiempos, van a ser la piedra en el zapato de Abelardo.

No se puede dejar de advertir las tres bandas de este movimiento. Por un lado, el presidente Petro asegura una cuota de poder en una comisión que eventualmente podría investigarlo a él y ser la excusa para extraditarlo como pretende el presidente electo, al mismo tiempo concede un beneficio simbólico pero significativo al principal líder de la oposición. El otro punto, el uribismo coloca a uno de los suyos al frente del Senado y obtiene tres puestos en la Comisión de Acusaciones, a cambio de un gesto de gratitud hacia el gobierno que facilitó la situación de Santiago Uribe, pero que se mantiene en coalición de gobierno, pero con mayor peso. Y lo tercero, el gobierno entrante entra derrotado y con menos impetú (Abelardo terminó negando a Alfredo Deluque como su candidato a la presidencia del senado) Todos ganan… Todos pierden.

Esto revela además de la fragilidad de las pretensiones del presidente electo, Abelardo de la Espriella. Sus comentarios desproporcionados sobre la posibilidad de modificar el Estado por decreto encontraron un muro de diez metros en la realidad institucional. La política no se transforma con arrebatos ni con comandos urbanos, como algunos llegaron a sugerir. Se transforma, para bien o para mal, en las mayorías legislativas, en los acuerdos de bancada y en las comisiones que reparten el poder en cuartos cerrados. De la Espriella parece haber entendido a la fuerza que gobernar no es lo mismo que ganar una elección, y que el Congreso que hoy se instala no es un aliado automático sino un poder entre bandidos.

Lo ocurrido no es un escándalo, ni una traición. Es, simplemente política, El presidente Petro, que llegó al poder prometiendo transformaciones profundas, ha demostrado que aprendió a jugar el juego de los acuerdos pragmáticos. El uribismo, que se presentó como el principal dique de contención al «petrismo», ha mostrado que la oposición puede ser funcional cuando hay intereses compartidos. Y el nuevo presidente electo ha recibido una lección temprana: el Estado no se modifica por decreto, y el Congreso no es una extensión del Ejecutivo, eso a mi me da tranquilidad, que el Tigre no tenga poder absoluto.

Todos ganan, en efecto, porque cada quien obtiene algo de lo que quería. Pero todos pierden también, porque el costo de estos acuerdos es la erosión de los cuentos tristes, patrióticos y angelicales que los llevaron al poder. El petrismo que criticaba los privilegios de la élite ahora concede uno de los más simbólicos. El uribismo que denunciaba la persecución judicial ahora agradece al gobierno que, según ellos, persigue a sus líderes. Y el presidente electo que prometía un cambio radical descubre que los cambios, en democracia, requieren de mayorías de congresistas, que, aunque parezcan sus amigos, no lo son tanto.

El «pequeño favor» no fue pequeño en absoluto. Fue la llave que abrió una puerta que muchos negaban y algunos locos lo siguen haciendo. En el fondo, la lección para el ciudadano de a pie es la misma de siempre: la política no es un campo de batalla entre el bien y el mal, sino un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven según la conveniencia del momento. Sencillamente es un país donde hasta los bandidos tienen que pedir permiso al congreso.

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