La elección de Abelardo de la Espriella y lo que muchos todavía no quieren reconocer

Por Jaime Márquez

La elección de Abelardo de la Espriella debería dejar una reflexión que va mucho más allá de quién ganó y quién perdió. Sin embargo, buena parte del debate sigue concentrada en buscar explicaciones ideológicas, económicas o partidistas. Se habla de estrategias, de campañas, de errores y aciertos. Todo eso tiene importancia, pero no alcanza para entender lo ocurrido.

La explicación más profunda es otra.

Las elecciones no siempre las definen las mejores propuestas ni los programas de gobierno más completos. Con frecuencia las define la capacidad de un candidato para comprender lo que la gente viene sintiendo desde hace tiempo y que, por alguna razón, muchos dirigentes no logran percibir.

Eso fue lo que ocurrió en esta elección.

Mientras algunos sectores insistían en explicarle al país cómo debía interpretar su realidad, otros entendieron que primero era necesario escucharla. Y cuando una campaña logra interpretar preocupaciones que ya están presentes en millones de conversaciones, empieza a construir una ventaja difícil de revertir.

Durante los últimos años se fue acumulando en distintos sectores de la sociedad una sensación de inconformidad. No surgió de un día para otro ni fue producto de un único hecho. Se construyó lentamente a partir de preocupaciones relacionadas con la seguridad, la economía, la autoridad del Estado y la percepción de que muchos problemas seguían sin respuesta.

La pregunta nunca fue si esas preocupaciones existían. La pregunta era quién iba a leerlas a tiempo.

Abelardo de la Espriella logró hacerlo.

Más allá de las opiniones que despierte su figura, entendió algo que suele marcar diferencias en política: ningún argumento funciona cuando las personas sienten que quien habla no entiende lo que ellas están viviendo.

Por eso algunos candidatos presentan diagnósticos técnicamente sólidos y aun así fracasan en las urnas. No porque les falten conocimientos, sino porque no consiguen generar identificación. La gente difícilmente acompaña proyectos en los que no se siente reflejada.

Ese es un aspecto que todavía incomoda a muchos analistas.

Existe la tendencia a creer que los ciudadanos votan únicamente después de evaluar propuestas, comparar cifras o revisar programas de gobierno. Pero la experiencia demuestra que las decisiones políticas también están influenciadas por percepciones, expectativas y emociones. Ignorar esa realidad suele conducir a diagnósticos equivocados.

La política no ocurre únicamente en los escenarios institucionales. Ocurre en las conversaciones familiares, en los lugares de trabajo, en los barrios, en las redes sociales y en todos aquellos espacios donde las personas comentan lo que les preocupa y lo que esperan para el futuro.

Quien entiende esas conversaciones tiene una ventaja enorme.

La elección presidencial de 2026 vuelve a demostrarlo. Más que el triunfo de un candidato, representa el éxito de una lectura política que logró identificar antes que otros hacia dónde se estaba moviendo una parte importante de la opinión pública.

Quizás por eso el resultado sorprendió a tantos.

No porque el país hubiera cambiado repentinamente, sino porque muchos observaban la realidad desde los indicadores mientras otros prestaban atención a lo que estaba ocurriendo en la calle.

Ese contraste debería servir de advertencia para la dirigencia política colombiana. Con demasiada frecuencia, los líderes hablan desde sus propias certezas y dejan de escuchar lo que está ocurriendo fuera de sus círculos más cercanos. Cuando eso sucede, la distancia entre la política y la ciudadanía empieza a crecer.

Las elecciones terminan reflejando esa desconexión.

Al final, el liderazgo no surge cuando una persona decide ocupar ese lugar. Surge cuando otros empiezan a encontrar en ella una voz capaz de interpretar lo que piensan, lo que sienten y lo que esperan.

Esa, más que cualquier otra, parece ser la principal lección que deja esta elección presidencial.

Porque las sociedades suelen enviar señales mucho antes de producir cambios políticos. El problema es que no siempre hay dirigentes dispuestos a escucharlas.

Jaime Márquez
Analista de opinión pública y liderazgo político

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