Por Maria Isabel Cabarcas Aguilar
¿Por qué huele así el parque? Preguntó Yule mientras caminábamos con mi hijo rumbo a Amawa, a deleitarnos con su oferta de helados de yogur que tanto me gustan y que se han convertido en la golosina favorita desde que los probé.
Y si, el Parque Nicolás de Federman tenía un olor particularmente desagradable en ese momento en el que transitábamos por el. Este se ha convertido en un lugar de asidua recurrencia por parte de locales y turistas, no solo por la oferta culinaria sino también, por los bares y discotecas que allí se han situado hace ya algunos años.
Para el momento en que Yule expresó el comentario, ya había avanzado en la convocatoria para realizar una jornada de limpieza con el apoyo de entidades y empresas locales, lo mismo que, de quienes residen cerca de ese espacio comunitario que tanto afecto le genera a los riohacheros. Junto con la plaza Almirante Padilla, son los más antiguos escenarios de encuentro de vecinos, amigos y contertulios de los sectores en los que estos se encuentran ubicados, es decir, el centro este último y el barrio arriba el primero. Recuerdo tener una foto siendo bebé, paseando en coche por el parque Federman, con mi mamá.
Es así como, comencé a tocar puertas. El primero en abrir un micrófono para convocar fue el padre Cristian, párroco de la Iglesia de la Divina Pastora, durante la concurrida misa dominical. Envié oficios a Interaseo y a Acqualia, con el fin de recibir su valioso apoyo, y, como no todo llega por haberse pedido y hay que dejarse sorprender por Dios y la vida, tanto Edelmes Brito como la señora Omaira Quintana, expresaron que apoyarían la jornada, el primero con hidratación y la segunda con una merienda. Con Juan Felipe Romero recorrimos uno a uno los locales comerciales invitándoles a participar en esta actividad cívica.
Hay personas que aún estando lejos mantienen el corazón volcado a su tierra. Víctor Deluque Vidal es uno de ellos. Por su gestión llegaría el dinámico voluntariado de Air-e entre ellos Ramona Iguarán y Yuleidis Peralta con su gran disposición y buena energía, para que, entre todos, nos encontráramos con el propósito de vivir un sábado diferente, demostrándole a Riohacha lo que vale para nosotros habitarla y ser sus hijos a través de estos actos de amor.
La jornada iniciaría con la bendición de Dios a través de las manos del padre Cristhian quien luego se dispondría a oficiar la Eucaristía del sábado. Luego, poco a poco fueron llegando los convocados, Voluntariado Air-e, Interaseo, grupo parroquial Divina Pastora, Efecto, Amawa, y, por supuesto, Acqualia quien donó dos carro tanques que fueron cruciales para que, armados de detergente donado por Adela Fonseca, todo adquiriera un nuevo aroma, textura y color.
Me llamó la atención la cantidad de residuos pequeños que encontramos: palitos de bombones, tapitas destapadoras de latas, colillas de cigarrillo, tapas plásticas, checas, etiquetas de gaseosas, micro plásticos y otros elementos que generan riesgos para niños pequeños y mascotas. Si usted señor, señora quien me lee, consume alguno de estos productos, con todo el cariño y respeto le sugiero, disponer de estos de manera responsable y segura tanto con el medio ambiente como con el prójimo. Justo para eso son las canecas y en el parque hay varias.
Hace algunas semanas en mis periplos diarios por la playa, conocí a Luz Marina quien también disfruta de sus mañanas en el muelle de Riohacha. Ella se encargaría de liderar la zona verde, organizando este pequeño pulmón que hoy más siempre es un tesoro de árboles y arbustos, para cuidar y aprovisionar de oxígeno y sombra a los animales y a nosotros los seres humanos.
Después de dos carrotanques y la valiosa ayuda del señor Fernando su conductor y el ayudante de este, logramos dejar al Parque Nicolás de Federman mejor de lo que lo encontramos. Despejado, limpio, con un olor y aspecto diferente, y, sintiéndonos satisfechos por el resultado de un trabajo en equipo sustentado en el sentido de pertenencia y el amor por la ciudad.
La Revolución de las Pequeñas Cosas es una invitación permanente a ser conscientes del valor que tiene, la forma como nos relacionamos con la ciudad cotidianamente. Esos pequeños actos hacen que cada día Riohacha sea transformada para bien, si nos lo proponemos. Dejar la basura en las canecas cuando vamos a la playa o a un parque o mientras caminamos por sus calles. Hablar bien de la ciudad descartando por completo esa horrorosa expresión que prefiero no escribir. Conducir con responsabilidad los vehículos, sean carros o motos, dándole prioridad al peatón siempre. Cuidar los espacios comunes, parques, plazas y el malecón, así como el mobiliario urbano. Y mucho más el medio ambiente como humedales, lagunas, las playas, el muelle, los manglares, bosques, etc. Siendo consistentes en ello, entre todos lograremos hacer de este un mejor lugar para vivir y disfrutar, especialmente de cara a las nuevas generaciones.
Mi hijo Manuel Antonio de Jesús fue muy feliz, barriendo y recogiendo residuos, haciendo su generoso aporte a su ciudad. Hoy son ellos, los más pequeños, los maestros de la consciencia ambiental. Ellos nos enseñan sobre el cuidado del agua, la disposición responsable de residuos sólidos, el amor por los animales y la cultura ciudadana.
Gracias a todos los que hicieron posible esta exitosa jornada. Gracias a Dios por unir voluntades y disponer corazones para que, entre todos, le expresáramos nuestro amor a Riohacha ad portas de su aniversario No 481 con este pequeño detalle de civismo que nos unió una septembrina mañana de sábado. Y tu, ¿cuáles son los pequeños actos de amor que estás dispuesto a hacer diariamente por Riohacha? Feliz aniversario a la Pechichona del Caribe, mi amada Riohacha que ¡merece más!