Por Misael Arturo Velásquez Granadillo
En el campo, las discusiones deberían terminar haciendo cuentas. Cuánto cuesta sembrar, cuánto se cosecha, quién compra y cuánto queda después de pagar. Porque una parcela puede verse hermosa, producir bastante y dejar a su dueño endeudado. El agricultor necesita que su trabajo le permita vivir y volver a sembrar.
La reunión en Urumita con el ministro de Agricultura, Indalecio Dangond, abrió una conversación necesaria sobre el arroz en el sur de La Guajira. La inquietud del alcalde de Distracción, al reconocer la tradición arrocera y advertir las dificultades actuales, puso sobre la mesa un asunto que también toca profundamente a Fonseca. Después vino la polémica nacional por la recomendación del ministro de explorar otros cultivos, entre ellos el marañón.
Creo que debemos aprovechar esa discusión. Nuestra tradición merece respeto, pero también una evaluación seria de sus resultados. Haber sembrado arroz durante décadas no obliga a perder dinero indefinidamente. Tampoco una mala cosecha, o una crisis de precios, demuestra que el cultivo deba desaparecer de toda la región.
Las cifras muestran que el problema supera nuestras fronteras municipales. Según el DANE, durante el primer semestre de 2026 el área sembrada de arroz mecanizado en Colombia cayó un 22,3 % frente al mismo periodo de 2025: pasó de unas 417.556 hectáreas a 324.554. Esa reducción obliga a examinar qué está pasando con los incentivos para sembrar. Sin embargo, una cifra nacional no demuestra, por sí sola, la inviabilidad del arroz en Fonseca o Distracción.
Aquí necesitamos conocer los rendimientos locales, los costos del agua, la maquinaria, los fertilizantes, el crédito y el transporte, junto con el precio que realmente recibe el productor. También debemos mirar el secamiento, el almacenamiento y las condiciones de negociación con los compradores. La productividad importa, pero la rentabilidad depende de toda esa cadena. No sería justo atribuirle al agricultor todas las fallas que ocurren alrededor de su cosecha.
El ministro plantea una pregunta válida: ¿podemos obtener mejores resultados con otros productos? Debemos estudiarla sin prejuicios. Los ejercicios técnicos de aptitud para el sur de La Guajira han considerado alternativas como maíz, mango, papaya, maracuyá y distintas actividades pecuarias. Hay posibilidades para explorar, aunque cada predio necesita su propia evaluación de suelo, agua y mercado.
El coco también debe tener un lugar en esta conversación. La Gobernación de La Guajira cuenta con un proyecto de fortalecimiento de su siembra, producción y comercialización. Según la ficha técnica de junio de 2025, contempla una inversión de $5.175.329.785, con fuente de financiación en el Sistema General de Regalías, y una población objetivo de 68 productores, correspondiente a 333 personas, en Albania, Dibulla, Distracción, Fonseca y Maicao. Es una apuesta concreta que merece acompañamiento y seguimiento. Su éxito deberá medirse en cultivos establecidos, cosechas comercializadas e ingresos para las familias. También debemos explorar la transformación del fruto en agua, aceite, leche y otros derivados, vinculando compradores desde el comienzo. Fonseca y Distracción tienen aquí una alternativa para evaluar con rigor, sin suponer que un mismo cultivo sirve para todos los predios.
El marañón también merece ensayos y cuentas completas. Cambiar de cultivo exige inversión, aprendizaje y tiempo. ¿De qué vive la familia mientras llega la producción comercial? ¿Quién compra, dónde se procesa y cuánto cuesta llevarlo hasta allá? Una reconversión responsable necesita parcelas demostrativas, compradores identificados y financiación ajustada al ciclo productivo. El agricultor no puede asumir solo el riesgo de una recomendación pública.
La conversación sobre el repoblamiento ganadero merece igual seriedad. La referencia a cerca de treinta millones de bovinos tiene sustento: el ICA registró 30,34 millones en 2025 y estima 29,32 millones para 2026. La población colombiana ronda los 53,4 millones de habitantes, por lo que conviene precisar la referencia a casi sesenta millones. Pero dividir vacas entre habitantes no basta para establecer cuánto ganado necesita el país.
Importan los nacimientos, la mortalidad, el peso de los animales, el tiempo de engorde y la producción de carne y leche. En La Guajira debemos identificar dónde hace falta recuperar el hato y dónde conviene mejorar su desempeño. Repoblar requiere agua, alimento para el verano, sanidad, genética adaptada y acompañamiento veterinario. Entregar animales sin esas condiciones puede reproducir las pérdidas.
Existen oportunidades comerciales. El ICA anunció el 6 de octubre la aprobación de certificados sanitarios para exportar carne bovina y porcina a Filipinas. Esa apertura muestra posibilidades, pero no garantiza ventas ni demuestra que podamos atender cualquier demanda. Para participar necesitamos volumen constante, trazabilidad, plantas habilitadas y cadena de frío, cuidando también el abastecimiento nacional.
Propongo que de Urumita salga una agenda concreta entre Ministerio, Gobernación, alcaldías, productores, gremios y universidades: diagnóstico económico del arroz en Fonseca y Distracción; pruebas de alternativas con compradores; recuperación ganadera según las condiciones de cada finca; y compromisos verificables sobre riego, crédito, asistencia y comercialización. La represa del Ranchería debe ocupar un lugar central en esa planificación. También la seguridad: producir bajo amenazas, extorsión o abigeato encarece y desalienta cualquier proyecto.
El debate será útil si termina mejorando las decisiones del campo. La Guajira necesita agricultores capaces de escoger con información, invertir con respaldo y vender con ganancias. El futuro comienza cuando sembrar deja de ser una apuesta desesperada y vuelve a ser una oportunidad para vivir con dignidad.