
Por: Juan Carlos Herrera
Escuché su nombre una vez, cuando mi amigo Germán Rojas me indicó que él conocía un escritor guajiro que había subido su libro a Amazon. Pero no solo eso, sino que era su amigo inmediato. Para demostrarlo, desde el patio de mi casa, lo llamó por teléfono y le comentó a Arcesio Romero que estaba con un escritor. Desde el otro lado de la línea, aquel le preguntó:
—¿Cómo se llama?
Germán Rojas no le dijo. Se citó para vernos con él, indicándole que allá en el Centro Comercial Viva Guajira me conocería.
En efecto, tan pronto como llegamos, lo vimos conversando en una mesa de la cafetería Juan Valdez con unos amigos. Me miró en seguida, por pertenecer a su mismo mundo de palabras que nunca acababan. Nos sentamos en otra mesa, mientras él nos atendía. Siguió hablando con esas personas, cosas que se parecían más a la forma de ser de ellos, que al gusano de la escritura. Luego se acercó a donde nosotros, y no hubo necesidad de decir la primera palabra, para que comenzáramos a vivir entera la literatura.
Le comenté que yo era Juan Carlos Herrera. En seguida, él cayó en cuenta de que había conocido mi nombre. No entendí. Pero él explicó por ser el autor de una novela inédita de más de quinientas páginas repartida por mí a los grupos de WhastApp, cuando aún no la terminaba de pulir y corregir, obedeciendo a un vicio que tengo y que solo acabará con mi muerte, o cuando deje de ser buen escritor.
Fue el primer escritor guajiro que conocí, tan sencillo como muchos personajes humildes que ciertos autores egocentristas inventan. En todo caso, fuimos al punto que me interesaba. Me dio idea de cómo podía publicar la novela Historia de amor con Amazon, para hacerla más visible. Me recomendó a una diseñadora venezolana, Virginia Salazar. También habló de su obra, con más urgencia que de él mismo. De paso, me mandó al correo electrónico el PDF de su primer libro de cuentos Disrupciones, para que lo conociera mejor que en esa tertulia que sostuvimos, una de las mejores que él mismo también había tenido. Luego montamos en su carro, y nos dirigimos a las oficinas de Guajira Gráfica.
Por supuesto, ere mi deber hojear su texto literario en la pantalla de mi celular, por ser alguien que había elogiado las primeras páginas de mi novela. En cuanto pude, comencé a leer el primer cuento. Ahí comenzó el inicio verdadero de esta historia, que ahora cuento. Lo primero que me sorprendió, fue su mirada global, situándolo en Francia, capturando un sueño. Con la facilidad de la escritura lineal. Para hacerla del lector, con igual derecho que es del autor. Y lo segundo fue su forma de escribir, que en medio del silencio me hizo descubrir que por primera vez, estaba escuchando en voz alta al verdadero Arcesio Romero Pérez.
Lo leí hasta el final, como otros cuentos que por su alta calidad ya no me tomaron por sorpresa, aunque sin dejarme despertar del sueño literario. Me pregunté: por qué nadie me había hablado de Arcesio Romero. Parecía que sus personajes, que nunca mencionan al autor, lo conocían más que los otros escritores. Era normal, porque en el mundo ignorar el talento ajeno, parece más cosa de mudos que el silencio profundo de la lectura. En cambio yo estaba entusiasmado, y lo publicaría. En una ocasión, mientras yo caminaba por la calle y Arcesio Romero me llamó por celular, cuando me preguntó si había llamado a Virginia Salazar para lo de Amazon, de paso le dije:
—Lo felicito por su forma de escribir.
—Muy amable ‐me respondió él.
En esos días había publicado yo varios perfiles biográficos con Guajira Gráfica. Estaba yo pensando en escribir sobre su vida real, que ya hacía aparecer situaciones interesantes de la ficción. Por el bien de la literatura guajira, que se está volviendo más grande con la novela.
Sin embargo, cuando apareció con su carro en mi casa con Germán Rojas para llevarme el libro Disrupciones, no lo dudé. Hablamos de mucha literatura, sin que faltara el argentino Borges en su conversación. De los grandes autores, que siempre nos hacen sentir mejores escritores. De paso, no solo abriendo un libro, encontraba las buenas palabras ajenas. Era el primer escritor guajiro de ficción que me visitaba en esta vida.
No hubo necesidad de hacer entrevista. Él por WhastApp me narró en mensajes de audio su vida, desde que la enramada de su abuela en Barrancas, se enamoró de escuchar historias como de jugar boliches. De su pasión por los libros, para nunca dejar de escuchar historias, desde el otro lado del silencio. De su experiencia como director de Corpoguajira, de su primer libro de cuentos y esa primera novela que esperaba publicar, para ser más visto como escritor.
La crónica inspirada en su vida se tituló “Con Arcesio Romero Pérez, la literatura de Barrancas se hace grande”. De esa manera, le conté mejor al mundo quién era el autor barranquero. El público pudo conocer más quién era él, descrito con las palabras magistrales con que él sobre otros seres ficticios también escribía. A muchos gustó, tanto por mi estilo como por la vida de él. De forma predecible, me llamó por celular esa misma mañana para decirme: “Lo felicito por su excelente crónica”. Al ser real, de carne y hueso, este personaje sí conocía quién era su gran autor.
Me volví a encontrar a él en Barrancas, su tierra, en el marco del Festival de Carbón. Fue un encuentro literario, donde fui invitado por el Cerrejón, algo que me llenó de orgullo, porque conocería otros escritores. Era la primera vez que asistía a eso. En verdad, me alegró saber que la literatura que tanto quiero, también la creaban otros. En esa ocasión, se aprovechó para hacerle un homenaje a alguien que en su vida hasta entonces solo había publicado un libro de cuentos. Supuse que quien organizó aquello, había sucumbido por la prosa mágica de Arcesio Romero Pérez, que era ya la de un maestro. Es decir, delante del público, contando su historia, existía en carne y hueso la literatura. Al final, junto con Alejandro Rutto, nos montamos en su carro y conocimos gracias a su cortesía, el lugar exacto donde el abuelo de Gabriel García Márquez, había asesinado a Medardo Pacheco. Era claro que, entre escritores, en todas partes del mundo hay detectable un pedazo de literatura. También estuvo presente en el restaurante Bariloche, donde en medio de varios escritores guajiros comí la mejor carne punta gorda del mundo.
Mientras tanto, él seguía trabajando en la edición final de su novela Desventuras. Con la cual, pensaba demostrarle al mundo, por qué valían los homenajes desde que apenas empezaba a publicar. Publicada nuevamente con la editorial española Letrame, Desventuras fue la confirmación de que Arcesio Romero siempre está contando una historia, aunque en una reunión esté callado. Su mente da vueltas, nada lo interrumpe, sino los grandes detalles en los que debe ahondar y lo obligan a tomar notas. En todas partes, no podía ocultar la felicidad que hemos sentido muchos cuando publicamos nuestra primera novela. Por supuesto, como ya era costumbre, apareció en mi casa en Riohacha con un ejemplar autografiado. Estaba empezando la lectura, cuando ideé escribir una segunda nota llamada “La nueva cara de la literatura guajira”.
Por una razón: su forma de escribir puede causar que en La Guajira existan más lectores. También que este territorio mágico y desierto, sea más conocido en el mundo cultural. Los capítulos terminan cuando hace respirar mejor el suspenso. Los personajes parecen tan reales, que no parecen creados por Arcesio Romero sino por la mano de Dios. Las páginas son muchas, pero necesarias para convencernos de que existe ese otro mundo, que miramos sin salirnos de este mundo. Su don literario es una realidad, que hacer leer hasta los que no sabían que podían leer. Daba mucho qué hablar en los verdaderos amantes de la lectura. Y, de paso, me ponía a mí, novelista, a escribir otro artículo sobre él.
Era la primera vez que escribía un ensayo. En él expuse la verdad: la literatura guajira solo comenzará a sentirse a nivel nacional, o internacional, a través de la novela. Si bien el desierto, los cactus y el viento, han inspirado muchos versos y cuentos, es en la novela donde el mundo de la ficción completa su creación. Con ello, los escritores que hacen silencio a los nuevos autores, comenzaron a pensar más en eso que los hace estar más en silencio. Era claro que el hijo de Barrancas tenía talento, y solo unos cuantos nos atrevíamos a decirlo como si contáramos el mejor cuento.
En la Feria Internacional del Libro de Bogotá tuvo un stand, y presentó su novela ante el público capitalino. El escritor y cuentista guajiro, ahora escuchaba que le decían novelista. Con la sencillez que lo caracteriza, celebra por todo, viendo cómo la literatura guajira se profesionaliza, con el género que más demuestra que lo está haciendo. De paso, le saqué una tercera nota.
En resumen, es lo que quiero dejar claro con este cuarto artículo sobre Arcesio Romero Pérez. Hablar un escritor de otro escritor, es hacer caminar lejos más a la literatura. El mundo literario necesita es eso, que los colegas reconozcan públicamente el talento ajeno, y no les dejen ese arduo trabajo solo a la conciencia.


