Por Juan Carlos Herrera «El Escritor del Muelle»
Hace pocos días se celebraron los ciento cincuenta años de la existencia aún de una vieja casa. Todos en Riohacha la conocen, pero el hecho ahora de saber a través de los medios de comunicación su verdadera edad, provoca que cualquier ciudadano común y corriente la quiera mirar por dentro. Saben que allí, gracias a las voces de sus últimos dueños, pueden comprender más la historia de una ciudad que apenas habla alto en sus calles.
Una de sus descendientes, Natasha Pinedo Rodríguez, de 53 años de edad, nos abrió al equipo de Guajira Gráfica no solo las puertas de esa antigua casa, sino de su memoria fabulosa. Nos contó tantos relatos, que en menos de media hora de conversación sentimos que vivimos la vida de varias generaciones. Mientras narraba sobre sus ancestros, incluso nos fuimos sintiendo habitantes a última hora de esa casa vieja y enorme. Pues todo el que entra allí, al hogar de los Pinedo-Deluque, al volver a la calle está condenado a contar por siempre su mágica historia.

En el principio fue de Samuel Pinedo
La antigua historia de la Riohacha de mar, perlas, piratas y sueños se volvió de nuevo interesante escribirla, cuando el comerciante Samuel Pinedo arribó desde Curazao en el siglo XIX. Hijo del rico comerciante curazoleño Gabriel Pinedo Marchena (fundador de la familia Pinedo en Colombia), junto a su padre, madre y seis hermanos llegarían a esta orilla buscando un ideal lugar para prosperar. Pero no eran los únicos fantasiosos. Al igual que ellos, muchas personas llegaban de las Antillas Holandesas, buscando la masa continental, como alguna vez sus ancestros judíos sefardíes arribaron a Holanda, huyendo de la Inquisición de España y Portugal. Lo cierto es que el comercio, por la vía del mar, les abrió las puertas de estas tierras, y él, junto a sus hermanos, también les abrieron las puertas a la ciudad para que se conectara mejor con el mundo.

Por esa visión se destacó su hermano, el ingeniero Isac Pinedo. Como consta en el libro Riohacha, Fénix del Caribe, del recordado historiador Lázaro Diago Julio, en el año de 1846 Isac Pinedo fue el constructor de un muelle de cuarenta metros. Si el acordeón alemán vino de Curazao y entró por primera vez por ese embarcadero ya desaparecido, es de valorar lo vital que han sido para la música vallenata de Colombia, el empuje y dirección de los Pinedo.

Pero más que el negro acordeón tornillo e’ máquina, que había de llegar a manos del niño Francisco el Hombre en Machobayo para derrotar al diablo, mercancías de la más variada entraron por allí. También se exportaron variadas cosas a Aruba y Bonaire, o a los Estados Unidos de América, materia prima de la flora y fauna que todo el tiempo ha caracterizado a la comarca de más espejismos.Los hermanos fueron protagonistas de esa abundancia, sus sangres se diseminaría con facilidad, y no es de extrañar por qué cuatro vicecónsules en Riohacha de los Países Bajos, serían de apellido Pinedo. Mientras tanto, a parte de la gran prosperidad que financiaron con los molinos de viento para contar con agua dulce, había tiempo de sobra para el amor. Samuel Pinedo, por supuesto, encontró el suyo de buena manera, al conocer a la mujer que le hizo pensar de veras en la continuidad feliz de su sangre. Su matrimonio con la hermosa Magdalena Mendoza fue festejado con bombos y platillos, y la construcción de una nueva casa de dos plantas en una esquina, que por su colosal tamaño hizo dimensionar la naturaleza de ese fogoso amor. A ese ritmo, se empezó a habitar la primera casa del balcón en la ciudad, levantada por el arquitecto y ebanista Juan Zúñiga, como consta aún en la placa. Su hijo Elías Pinedo nació ese año.

La parte de la casa de abajo se usaba para bodega, almacenes comerciales y gente cálida que llegaba a cada rato de las islas. Entrar allí, era encontrar en pocos metros un pedazo de Holanda. El hogar floreció, a la par que el trabajo que tenía el gran sello del mar. De esa manera, empezó la historia a escribirse más rápida y mejor. Con el tiempo, el hijo creció hasta ser un Pinedo cien por ciento colombiano. Este, a su vez, se casaría con María Teresa Chrisstoffel, la hija de Nicolás Danies, en aquel entonces el hombre más rico de la región.

Elías Pinedo sería músico de vals, y así se vio en las ceremonias donde entonó sus versos. Pero destacó en otras cosas, que exigían a un hombre de acción. Sin embargo, poco a poco, el espíritu comercial de la casa comenzaría a cambiar, dejando de ser de mar para volverse más terrestre y con ruido patriótico. La casa fue vendida a particulares, y todo el recuerdo de canción romántica acabó por el período de reposo. Pero entonces, la casona de balcones volvió a manos de la tercera generación de los Pinedo, donde se destacaban su hijo Juancho Pinedo Christoffel casado con Carmen Josefa Deluque Panafflet, y de esa manera el hogar que ya tenía una gran historia adoptó otra nueva y más larga con su color: el azul.

En realidad, la casa grande que fue la representación de éxito comercial con las islas holandesas, tomaba su verdadero y gigantesco espíritu. La política jugó un papel determinante, y el pensamiento mismo de más personas en Riohacha se volvió azul. En cualquier momento, reuniones, decisiones, votos, se darían en ese lugar que representaba el color del cielo y el mar, por el cual alguna vez, a fin de cuentas, los holandeses inauguraron esa casa.

El espíritu del partido Conservador
A pocos metros de allí, también funcionó la oficina de la telegrafía, donde un hombre llamado Gabriel Eligio García trabajaba. Había traído a vivir a Riohacha a la hija del liberal riohachero Nicolás Márquez Mejía, Luisa Santiaga Márquez, la bella mujer que más le inspiró enviar por el espacio etéreo mensajes de amor. Era enemigo del padre de ella radicado en Aracataca, no solo por quedarse con el amor de su hija, sino por ser Gabriel Eligio García perteneciente orgulloso al partido opuesto del suegro coronel, veterano este de la Guerra de los Mil Díaz. Por consiguiente, suena paradójico decir que era tanto el espíritu celeste en esa calle tercera de Riohacha, que en la casa de los Márquez Iguarán, al lado del Balcón Azul de los conservadores guajiros, fue un Conservador de racamandaca quien en la luna de miel junto a su esposa barranquera engendraría a Gabriel García Márquez, futuro autor de Cien años de soledad y Premio Nobel de Literatura.
La calle tercera era el mundo. También estaba allí la residencia de los Lallemand, de los Weeber, de los Brugés, y la Casa de la Aduana, la que más tenía que ver con el registro de los barcos y sus aranceles. Pero era en la casa de los Pinedo donde más habían de entrar con agrado las personas, por ser la más grande, fresca y hospitalaria de todas, y por permitir a tantas almas sentir inexplicablemente que se paraban en la esquina del Caribe.

Nacida en el hogar conformado por Don Solón Wenceslao Deluque y Doña Francisca Panaflet que puso allí el Hotel Moderno, Carmen Josefa Deluque Panafflet fue la responsable de que a partir de entonces ya aquella casa no fuera conocida solo como la casa de los Pinedo, sino también como la casa de los Deluque. Había llegado a vivir en arriendo con sus padres desde la calle quinta, y con el amor la hizo casi en absoluto de su corazón. Juancho Pinedo Cristoffel le dio todo el espacio de mando, para grandeza de triunfo de las futuras generaciones. Ella, por supuesto, la hizo por último, y sin echarse para detrás, de todo el pueblo. Al igual que sus hermanos Alfredo Deluque Panafflet, Efraín y Aura, la llamada Esquina de Holanda fue de ahora en adelante el imán de todo Conservador afín, y la causante de que cientos al entrar allí se convirtieran en conservadores por amor propio.


Alfredo Deluque Panafflet fue el principal autor de eso. Líder natural, sembraría la semilla en su generación de que el amor a la política, siguiendo el consejo que le enseñó su abuela Isabelita Fuentes, no es sino el gran amor eterno a la tierra donde uno nace. El éxito llegaba antes que él, al lugar donde estaba él. Muchos recuerdan sus logros políticos en la región, como de los Pinedo recuerdan los dorados logros comerciales. Se convirtió en el principal hombre Conservador de La Guajira. Con ese perfil ocupó un curul en el congreso representando al Partido Conservador, pero sobre todo a una árida Guajira que gracias a su empuje y del futuro nieto Alfredo Deluque Zuleta, ya en el interior del país jamás volvería a caer en el hielo del olvido.
Cuenta el destacado exministro Amylkar Acosta: «Pero sería la generación de Alfredo (abuelo), así como sus hermanas, las matronas Aura y Josefa Deluque Panafflet, quienes le pusieron su impronta a este inmueble singular que, gracias a ello, llegó a convertirse en un referente de la mayor importancia y relevancia para propios e ilustres y asiduos visitantes».

Nunca antes una casa en La Guajira recibió tantas visitas. Personas de toda índole, entraban allí como Pedro por su casa a reafirmar sus condiciones, y sentirse bajo la sombra de ese techo más conservadores que cuando estaban en la ardiente calle por el sol. De hecho, bastaba asomarse por el balcón de la segunda planta y mirar hacia el vasto mar, para confirmar que hasta a la mayor parte del planeta mismo le gustaba de veras ser azul. En efecto, en tiempos de campaña era cuando más se llenaba de gente, y es claro tener en cuenta lo crucial que fue su logística para que se ganaran con contundencia, mientras las buenas noticias llegaban allí, como muy cerca las olas de ese amado mar. El entusiasmo político crecía, como el respeto a esa casa que por supuesto merecía ser conservadora, por lo bien conservada que sin pausa estaba. Las fiestas no pasaban de moda, si hasta más de un Presidente de la República de Colombia sería en el futuro inquilino por unas horas de ese extraordinario caserón.
Allí se jugaba a las cartas del poder. Alcaldías, curules, infraestructuras en campañas en el resto del departamento, se determinaron desde esa residencia, que fue principalmente hecha para disfrutar en la alcoba de las mejores horas del amor. Era impresionante lo sagrado que fue para el resto de La Guajira, aquel semillero Conservador. Más que la Casa Pinedo–Deluque, donde tantas veces se empacaban los sobres con las papeletas entregadas a boca de urna a los sufragantes el día de las elecciones, era simplemente llamada «la Casa del Balcón Azul», el lugar de Riohacha y La Guajira donde este color más se había de conservar.

Era la casa donde también se aprendía la vida. Sara Deluque, otra de las hermanas, fundó allí el colegio. Por supuesto, aún Benjamín Espeleta no había aclarado las aguas de la historia, y se creía con arraigo que el primer europeo que vio la desembocadura del río Ranchería fue un alemán. Dice el portal de internet del colegio Sara Deluque: «El Colegio Sara Deluque Panaflet, antiguo Instituto Nicolás de Federman, se crea en Riohacha como ente educativo en enero de 1967 y adquiere su licencia de funcionamiento en septiembre del mismo año. Su sede se ubica en la calle 3 # 5 -11, en la vieja casona de propiedad de Josefa Deluque Panaflet de Pinedo, en calidad de arriendo. Es su fundadora y directora, la señora Sara Deluque de Daza, personaje muy estrechamente ligado a la historia educativa del departamento de La Guajira, quien para entonces ya se reconocía por sus invaluables dotes como maestra y formadora de la niñez. La creación de este colegio se motiva a la petición de muchos padres y madres de familia que buscan otras opciones para educar a sus hijos».


Casualmente, un mes después, el 12 de octubre de 1967, el sublime Alfredo Deluque Panafflet llegaría al final de su vida. Con él, los días de moda del Partido Conservador no desaparecieron del caserón, pero sí algunos de sus sentidos amigos. Su legado tendría huella: su hijo el abogado Hernando Deluque Freyle llegaría algún día a ser Gobernador de La Guajira, por rotundo voto popular.

Paulatinamente, a pesar de permanecer sus puertas abiertas, la casa se fue llenando de espíritus destacados que ya no era visibles. Varias generaciones la habían habitado, y ella continuaba de pie esperando a más. El paso del tiempo, el viento, el salitre, la lluvia numerosas veces con desastrosos huracanes, amenazaban deteriorar una casona con bases sólidas de madera cortadas con buena luna, de la que por su estelar fachada se sentían incluso orgullosos los transeúntes en los andenes, que pasando de largo jamás se interesaban en la política o habían entrado en ella. Su permanencia atrayendo a las palomas, era un homenaje a la abundancia y prosperidad de plata que hubo en el pasado. Su resistencia a los embates de los años, era ahora lo que más daba qué hablar. De pronto, a pesar de que ya sus primeras generaciones no vivían y se palpaba un estado de soledad macondiana, los últimos descendientes reconocieron que la casa en sí misma era un habitantes más, al que había desde entonces que reconocer.

1974: la celebración por los primeros 100 años de la Casa del Balcón
Fue una idea a la holandesa que no podía faltar. La casa más famosa de Riohacha, cumplía cien años de edad y debían celebrárselos sin falta como si se tratara del mayor habitante vivo de la ciudad. A fin de cuentas, sus retratos de los antepasados, hablaban mejor que los vivos que ahora la habitaban con perpetua nostalgia. Para algunos, se trató de una fiesta conservadora más. Para otros, fue honrar más que todo la huella de los comerciantes hermanos Pinedo, linaje del que descienden también grandes hombres de la política en la costa Caribe, como fueron Miguel Pinedo Barros y es su hijo Miguel Pinedo Vidal, quien habiendo nacido en Riohacha, capital de La Guajira, llegaría a ser Gobernador del Magdalena. La matrona Josefa y su hermana Aura fueron las protagonistas del evento para asegurar su conservación de conservadora con infinita conversación, y en ese momento, celebrando con tarjetas conmemorativas parecían estar viviendo en 1874, pero con más compañías de espíritus y vivos que en ese querido ayer.

Sin embargo, lo que más celebraban eran victorias conservadoras, y de carácter nacional. Es imposible saber cuantas veces se pintó de azul. Las puertas siempre estaban abiertas, para que entrara la gente que por sus cuentos de un solo color la soñaba conocer. Y las ventanas de arriba también se abrían de par en par, para que entraran la brisa y los buenos espíritus que en definitiva la hacían durar.
Otro familiar cercano de lo Deluque Panafflet, ayudó a que con las décadas nosotros escribamos con páginas diamantinas esta bella historia. Se trataba de nada más y nada menos que de Evaristo Acosta Deluque, Conservador hasta adoptar esta palabra casi como un tercer apellido. En un espacio para él, y disfrutando de la brisa marina del balcón, se hizo un hombre más culto y más fácil para los demás. Las amistades, escuchar la radio, la lectura de los periódicos nacionales y su militancia política que lo llevó a ocupar con buena fortuna altos cargos públicos en La Guajira, produjo que con el paso del tiempo su sonrisa a los transeúntes quienes sin pausa lo saludaban, fuera uno de los paisajes más amados del balcón situado en la carrera quinta. Al lado de su compadre Manuel Gregorio, Chichí Frías Gil, hizo el binomio perfecto, dándole el empuje a la causa conservadora, que al parecer se hacía para todos más arrolladora desde el inspirador balcón.

Continúa su hijo Amylkar Acosta: «Fue amigo personal de Laureano y de Álvaro Gómez Hurtado, compadre del senador Hugo Escobar Sierra y cómo no, hizo parte de las directivas de su partido, al lado de las matronas conservadoras, las tías Aura y Josefita Deluque, cuyo lugar de residencia, el “Balcón Azul”, se convirtió en el cuartel general de la colectividad azul».

Lo que no se fue jamás de esa casa fue el alma de verdad, por mucho que se cerraran y abrieran las puertas, y no volvieran ciertas figuras emblemáticas. La plana mayor del Partido Conservador, podía dar fe de que allí estuvo. Se destacaban algunos integrantes que incluso durmieron allí, como Hugo Escobar Sierra, Raymundo Emiliani Román, Gabriel Melo Guevara, Felio Andrade, Alfredo Riasco Labarcés, Álvaro y Enrique Gómez Hurtado, los expresidentes Guillermo León Valencia y Belisario Betancur, entre otros hombres de resonancia y atractivo magnético de gentes. Pero también se celebraban echando la casa por la ventana, victorias de aureola no conservadoras. Por ejemplo, fue un gesto de generosidad de Aura cuando ofreció un desayuno en la Casona en honor al sobrino Amylkar Acosta Medina, al ser este elegido Senador de la República representando al rojo y principal opositor Partido Liberal, por primera vez en 1991. Era claro que aquella excepción de ideología en el corazón Conservador, solo fue un homenaje al inevitable color de la sangre de su padre. De forma singular, al revés de la partida de Alfredo Deluque Panafflet al inaugurarse el plantel educativo, el deceso de ese padre Evaristo Acosta Medina se produjo en 1993, cuando el colegio Nicolás Federmman ahora se marchaba de allí para una nueva sede.

Todas esas cosas fueron provocando que la Casa del Balcón contuviera miles de historias, documentos, cartas y retratos que conservaban el sentido del amor. Los Pinedo le dieron el espíritu holandés. El color azul luego la caracterizó hasta volverla más materia colombiana. Pero ahora ya no es la suerte de los Países Bajos ni el partido dela política, sino su resistencia al largo paso del tiempo lo que la hace tan nombrada, admirada, visitada y habitadade seguro por los duendes gentiles. Su espíritu comercial, de alguna manera sin ser ya internacional, sigue en pie aunque con vejez. En la actualidad, en la esquina funciona una pequeña tienda.

Los 150 años del Balcón Azul
Natasha Pinedo Rodríguez vuelve a la escena. Sin su participación, esta historia mágica se hubiera escrito de otra manera, o con menos páginas. Para ella, como les pasa a muchos, la mejor forma de estar sentada en esa casa es hablando en exclusivo de esa casa. En vista de que se cumple el sesquicentenario de la vieja casona de los conservadores en La Guajira, que ha sido testigo de cientos de miles noches con estrellas, pronuncia en la entrevista que, en cuanto a la primera fiesta del centenario en 1974, «no podíamos ser inferiores a lo que habían hecho ellas en su tiempo». Son 150 años en 2024, y, según ella, como nieta de Juancho Pinedo, la fiesta tiene que ser mayor a la de hace cincuenta años.
Pero en serio va más allá que sus ancestros. Tanto es así, que más que el llamado por restaurar y preservar la casa más antigua con balcón en la localidad, se está también pidiendo a gritos a las instituciones públicas recuperar con totalidad el Centro Histórico de Riohacha, para activar más el turismo. Pues con ese pensamiento, teniendo otras casas con historia restauradas en sus estructuras internas y externas, se visualiza más fácil cómo era ese pasado memorable contiguo a la casa y su patio. Sin descanso, sigue yendo más atrás en el espacio y el tiempo, hasta llegar al otro lado del océano Atlántico. En ese avance pretende ahondar en la genealogía de los primeros inmigrantes de origen holandés, que desembarcaron en ese lugar de La Guajira. Es el estilo fiel de enaltecer esa primera piedra angular que pusieron los Pinedo, judíos hasta los tuétanos. Y también los otros apellidos bien sonantes en el Caribe Holandés.
Días antes de nuestra conversación, Natasha Pinedo Rodríguez, presidenta del comité organizador, precisó a la Revista Entornos: «En nuestro caso, tomamos como punto de partida las investigaciones realizadas por el Dr. Fredy González Zubiría en su libro Emigrantes Holandeses de Curazao a Riohacha en el Siglo XIX: Historias de vida y genealogía de Danies, Pinedo y Weeber. A él le profesamos nuestro infinito agradecimiento por la investigación realizada y por dejar, en cada una de las personas que hacen parte de esta historia, la motivación para continuar con estas investigaciones y, como lo denominamos en nuestra agenda académica, “buscar nuestros orígenes”».
En cuanto a la recuperación de la mansión del siglo XIX, su esfuerzo por una declaratoria está obteniendo resultado. La casa últimamente abre más las puertas al público, recuperando la gloria y grandeza de las visitas continuas.Todos ahora quieren hablar de ella, porque se admite que contiene con romanticismo parte de la historia portuaria de Riohacha. En el caso de la otra familia, se resalta la trascendencia lumínica de los Deluque. Uno de ellos fue Alfredo Deluque Zuleta, que conserva aún como juguete su propio recuerdo de niño. De ser en el presente el Senador con más prestigio en los últimos tiempos en La Guajira, olvidando por un instante ese estatus que lo asemeja con derecho genuino al abuelo, entró recientemente a la casa y con un mensaje a los medios de comunicación, contó la importancia de lo que alguna vez fue mirar el mundo entero desde ese balcón. Que grandes hombres del pasado vivieran y entraran allí, determinó el buen rumbo de la región. Con ello el joven Alfredo Deluque demuestra que, sea cual sea el oficio que alguien tenga, todo el que entra un instante allí se vuelve de inmediato un buen contador de historias. Pero sobre todo, de una historia fascinante que ante el paso de los años y las nuevas generaciones, al parecer jamás terminará de contarse.

Por tal razón, la Casa del Balcón Azul reunió a todos, descendientes de los Pinedo y los Deluque, e incluso de los asiduos e ilustres visitantes conservadores. Los días 18 y 19 de diciembre se llevó a cabo el homenaje, con una programación que tuvo parte en el Banco de la República. En realidad, fue como viajar al pasado primero, cuando se levantó con majestad aquella casa de esquina, con el único propósito de que existiera más el amor entre Samuel Pinedo y su amada Magdalena Mendoza. Los medios se sumaron al encuentro, y ya son cientos de historias contando por todas partes la misma historia.
Desde afuera en plena conmemoración, se miraron más los balcones de madera que por su deterioro sostiene más el paso del tiempo, que a los pocos habitantes que hoy en día se atreven a montarlos. Llama la atención que también el azul está en la bandera de Holanda y de Curazao. Como en una novela literaria de amor, este color hizo que quizás en la tercera generación hubiera afinidad entre los Pinedo y los Deluque, responsables estos últimos del sentimiento partidista.

Al estilo cordial de Yolanda Pinedo y Yolanda José, la hija y la nieta de Josefita, ahora es más la casa del pueblo, la de las cenas navideñas, pues se espera su restauración siendo patrimonio arquitectónico del distrito, para que vuelva ser añeja como antes, en los días en que se bajaron los ingenieros que construyeron el acueducto de la ciudad, el hábil e intelectual Efraín Medina Pumarejo o hasta el propio Rafael Caldera, presidente de Venezuela. De paso, incontables curiosos aprovecharon para experimentar si era verdad el decir popular que con el solo hecho de entrar en la sala, ese antiguo espacio encantado podía introducir en cualquier ser humano, por siempre y para siempre, el espíritu Conservador que a pesar de un siglo no se divorcia de la casa.

