En el corazón rural del distrito de Riohacha, entre caminos de polvo, sembradíos que resisten al abandono y comunidades que aún creen en la palabra dada, vive y lucha Ramón Vieco Ariza conocido por todos como Monche Vieco.
Un nombre que no solo identifica a un hombre, sino que resume décadas de trabajo, liderazgo y defensa del campo guajiro.

“Ramón casi nadie sabe quién es —dice entre risas—, pero Monche Vieco sí lo conocen en toda La Guajira, y hasta a nivel nacional”.
Tanto así, que el propio Monche recuerda anécdotas en las que al preguntar por Ramón Vieco nadie daba razón, mientras él mismo, sin saberlo, era el buscado. Su sobrenombre, heredado de las costumbres de los pueblos donde los apodos pasan de generación en generación, terminó convirtiéndose en una marca de identidad que hoy asume con orgullo.

Raíces profundas en la tierra
Monche Vieco nació en Camarones, pero su vida ha sido un constante trasegar por distintos rincones de La Guajira: Maicao, Matitas, Cascajalito y, actualmente, el corregimiento de Los Moreneros, donde reside y ejerce como presidente de la Junta de Acción Comunal. Cada uno de estos lugares ha dejado huella en su carácter y en su vocación.
Desde niño, el campo fue su escuela. Hijo de padres agricultores, recuerda con claridad las visitas casi semanales a La Tigrera, la finca de su padre. “Desde los seis o siete años ya estaba metido en el monte”, cuenta. Su madre fue algodonera, trabajadora incansable del campo, y esa herencia campesina marcó para siempre su destino. “Eso nace de uno, del ejemplo de los padres”, afirma.

Líder por naturaleza
A sus 69 años —que cumple con orgullo y esperanza— Monche Vieco es reconocido como un líder agrario y agropecuario del distrito de Riohacha y de La Guajira. No por cargos políticos, sino por la coherencia entre su discurso y su vida. Ha sido gestor, dirigente de asociaciones, cooperativista y gerente de cooperativas algodoneras, en una época en la que el algodón movía la economía regional.
Recuerda con especial satisfacción haber sido parte de las primeras cooperativas organizadas que sembraban y comercializaban algodón de manera directa. “Vendíamos 200, 300, hasta 500 toneladas. Íbamos de Riohacha a Medellín sin conocer Medellín”, relata. Aquellos años demostraron que el campesino organizado podía competir y salir adelante.

Golpes que marcaron su vida
La vida de Monche Vieco también ha estado atravesada por profundas pérdidas. La muerte de su padre Luis Vieco Gil, cuando él tenía apenas 17 años fue un punto de quiebre. En plena bonanza marimbera, ese golpe lo llevó de regreso al campo, a asumir responsabilidades y a cambiar el rumbo de su vida.
Luego vendrían otras ausencias dolorosas: la muerte de su madre doña Judih Ariza Barros en 1989, la de su eterna esposa en 2009 — Mabel Molina Pinto, que a pensar que no está en este mundo guarda todos esos bellos recuerdos en su corazón con quien compartió por más de 30 años de vida y tuvo cinco hijos— y, más recientemente, la pérdida de una hija en mayo del año pasado.
“Uno nunca quiere enterrar a los hijos, quiere que los hijos lo entierren a uno”, dice con voz serena, pero cargada de emoción.
Padre de diez hijos reconocidos, Monche Vieco destaca que la mayoría son profesionales y los menores aún estudian. Para él, la educación ha sido siempre una herramienta de dignidad y resistencia.

El campo olvidado
Con la autoridad que le dan los años y la experiencia, Monche Vieco es crítico del abandono histórico del campo guajiro. “La situación agrícola la veo mal, oscura. No ha habido una verdadera política agraria para La Guajira”, asegura. Ni el Gobierno nacional, ni las administraciones departamentales o municipales, según él, han asumido con seriedad el rescate del sector rural.
Propone alternativas simples pero efectivas: que las ayudas alimentarias se conviertan en incentivos para quienes producen. “Si apoyamos al que siembra yuca, plátano, maíz, la gente se queda en el campo. Pero si regalamos comida sin exigir producción, el campesino se desmotiva”, explica.
Aunque se declara petrista, no duda en señalar que al campo “todavía no le ha llegado la hora”. Para Monche, la compra de tierras sin acompañamiento productivo ni mercados asegurados es insuficiente. Recuerda con nostalgia los tiempos en que entidades como Idema fijaban precios para los productos agrícolas, dando seguridad al campesino para sembrar.

Educación, esfuerzo y carácter
Su camino académico no fue fácil. Estudió la primaria en el Liceo Padilla y en La Divina Pastora, pasó por varios colegios debido a su fuerte temperamento, y terminó el bachillerato en Barranquilla. Luego regresó al campo, donde permaneció gran parte de su vida.
En los años noventa, impulsado por el desprecio de quienes menospreciaban a los líderes campesinos por no ser profesionales, decidió estudiar. Pasó por la Universidad de La Guajira en programas ambientales, luego por la UNAB, donde se formó en Administración de Empresas con énfasis agropecuario, y finalmente se graduó como Administrador de Empresas en 2009. También cursó una especialización en gerencia de mercadeo estratégico, que dejó inconclusa por decisión propia.

Un mensaje de paz y conciliación
Hoy, Monche Vieco se define como un conciliador. Alguien que cree que los problemas se resuelven dialogando y no peleando. “Cuando uno está joven quiere matarse con cualquiera; cuando está viejo, lo que quiere es vivir”, reflexiona.
Sueña con llegar a los 100 años, seguir sirviendo a su comunidad y ver al campo guajiro renacer. Mientras tanto, su mensaje es claro: paz, respeto y trabajo colectivo.
Porque Monche Vieco no es solo un nombre. Es la memoria viva de un campo que resiste, la voz de quienes siembran sin garantías y el ejemplo de que, aunque el olvido sea largo, la lucha por la tierra nunca se abandona.

