Miriam González Ipuz: la mujer en Palomino que madrugó a la vida y no se rindió jamás

  • A las mujeres que apoyan a su hijo, les pide fuerza. Que se esfuercen como ella lo hizo, que luchen por sus hijos, que no bajen la guardia. El 8 de marzo, Día de la Mujer, para Miriam es también día de bendición y compromiso.

Miriam González Ipuz llegó a estas tierras cuando apenas comenzaba a entender el mundo. Venía desde el Tolima, de la mano de sus padres, Marco Aurelio González y Saturia Ipuz  de González, con lo poco que tenían y con todo lo que soñaban. La casa era pequeña, los recursos escasos y el futuro incierto, pero el trabajo se volvió pronto una forma de resistencia.

“Veníamos muy bajos de recursos”, recuerda. Aquí, en este pueblo que con el tiempo se volvería su raíz, su madre se dedicó a trabajar y a criarlos. 

Miriam apenas alcanzó a cursar hasta quinto de primaria. La vida se le adelantó: se casó, formó un hogar y asumió responsabilidades antes de tiempo. No hubo margen para los sueños largos, solo para los días duros.

En 1994, la violencia tocó su puerta sin aviso. En medio de un conflicto que marcó a la región, su esposo fue asesinado. Miriam quedó sola, con tres hijos pequeños y un dolor que no se enseña a cargar. Desde entonces, la vida fue lucha diaria.

No hubo opción de rendirse. Se levantaba entre las dos y las tres de la madrugada y se acostaba cerca de las once de la noche. “Dándole fuerte”, como ella misma dice, porque trabajar no era una elección, era la única salida. Todo tenía un propósito: que sus hijos estudiaran, que no repitieran el camino de la carencia, que tuvieran oportunidades que ella no tuvo.

No todo fue posible. El hijo mayor no pudo estudiar. No hubo recursos. Pero Miriam siguió empujando la vida con fe. A otro de sus hijos logró darle estudio. Primero técnica en aviación, luego un semestre de Derecho, hasta que finalmente decidió continuar ingeniería eléctrica. Cada semestre fue una batalla económica, cada matrícula una oración.

“Yo le pedía mucho a Dios”, dice. Le pedía mientras trabajaba, mientras luchaba por pagar una universidad que parecía inalcanzable. Y Dios, según ella, le concedió la bendición: su hijo terminó la carrera. No solo eso. Miriam también le pidió al Señor que le abriera los caminos para ejercer, para trabajar de manera independiente, para no depender de ella, para ser bendición.

Luis fue enviado a Bogotá. Allá estudió, creció y entendió el sacrificio de su madre. No perdió años, no se desvió. “Juicioso”, repite Miriam con orgullo. Aunque ella no quería que escogiera esa carrera, él la decidió. Y Miriam aprendió a soltarlo en las manos de Dios: “Lo que haga Dios, si está aprobado por Dios, sale bien”.

Hoy, como madre, pide que el Señor lo cuide, lo proteja, le dé sabiduría, prudencia y visión para ver la necesidad del otro. Su hijo ahora se postula como candidato con el respaldo de mujeres de la comunidad, y Miriam habla no como política, sino como mujer que ha vivido.

Su mensaje es claro: mujeres honestas, reales, sabias, comprometidas con la educación de sus hijos. “Somos psicólogas”, dice, porque una madre debe mirar, cuidar, preguntar, estar pendiente de lo que hacen y lo que no hacen. En un tiempo lleno de caminos equivocados, insiste en enseñar una vida correcta.

A las mujeres que apoyan a su hijo, les pide fuerza. Que se esfuercen como ella lo hizo, que luchen por sus hijos, que no bajen la guardia. El 8 de marzo, Día de la Mujer, para Miriam es también día de bendición y compromiso.

Cuando habla de su hijo Guevara, sus palabras se suavizan. Lo ve inteligente, esforzado, con amor por la comunidad. Cree que su liderazgo nace de haber visto tanta necesidad, tanta carencia en el pueblo. Sueña con que, si llega a ser representante a la Cámara, no olvide de dónde viene ni a quién representa.

Pero la vida volvió a golpearla.

En el año 2000, su hija Maylen Cecilia Guevara González fue asesinada. Era una muchacha de hogar, madre de tres hijos, vivía humildemente. Aquella mañana salió a una reunión evangelística. Miriam estaba en la iglesia, en una escuela dominical, cuando recibió la noticia: una bala perdida, un ataque contra otro joven, y su hija cayó.

“El dolor fue muy profundo”, confiesa. Un dolor que no se recupera. La muerte de su esposo ya la había marcado; la de su hija le dejó una herida abierta que todavía duele. “Todavía siento”, dice, con la voz de quien aprendió a vivir con la ausencia.

Aun así, no guarda rencor. Cree que el enemigo usa a las personas, pero también cree en el arrepentimiento y en la salvación. Dios, afirma, le ha dado la fuerza para seguir adelante, para cuidar a los hijos que le quedan, para no rendirse.

En Palomino, la gente la conoce. Dicen que nunca tuvo problemas con nadie, que siempre fue trabajadora, respetuosa, firme. La muerte de su esposo y de su hija fue dolorosa también para el pueblo, porque ambos ayudaban a la comunidad.

Miriam González no es un discurso ni una consigna. Es una mujer que madrugó a la vida, que cargó pérdidas, que trabajó hasta el cansancio, que oró cuando no había dinero, y que siguió creyendo cuando todo parecía perdido. Su historia no es solo de dolor, es de resistencia, de fe y de una maternidad que nunca se quebró.

Mensaje a las mujeres víctimas del conflicto armado de la Sierra Nevada

A todas las mujeres valientes de la Sierra Nevada, mujeres que han resistido el dolor del conflicto armado y que han sostenido a sus familias con dignidad y esperanza, hoy quiero dirigirme a ustedes con el corazón en la mano.

Les pido, con profundo respeto y confianza, que me cuiden a mi hijo Luis Guevara González en este camino de campaña; se los encargo mucho. Él va con el compromiso sincero de servir, de escuchar y de aprender de ustedes, de su historia y de su fuerza.

Así como les pido que lo cuiden, también quiero decirles que Luis cuidará a cada mujer de la Sierra Nevada como si fuera su propia madre, con respeto, con amor y con responsabilidad. Porque reconoce en ustedes la sabiduría, el sacrificio y el valor que han construido esta tierra aun en medio de la adversidad.

Gracias por abrir el corazón, por no rendirse y por seguir creyendo en un futuro de paz, justicia y dignidad para las nuevas generaciones.

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