Ballena, el corazón silencioso que mueve el gas de Colombia

El viento golpea con fuerza sobre la arena de La Guajira. A pocos kilómetros del mar Caribe, entre el sonido metálico de válvulas, motores y tuberías, se levanta una de las infraestructuras energéticas más estratégicas de Colombia: la estación Ballena. Desde este punto remoto del norte del país comienza un recorrido silencioso de cientos de kilómetros que termina alimentando hogares, industrias, estaciones de gas vehicular y plantas térmicas en buena parte del territorio nacional.

A simple vista, el lugar parece una instalación industrial más en medio del desierto guajiro. Sin embargo, bajo el suelo árido y detrás de cada válvula, se mueve una de las arterias energéticas más importantes del país. Aquí nace el gasoducto Ballena–Barrancabermeja, una línea de 578 kilómetros que conecta el norte con el centro y el suroccidente de Colombia.

“Aquí empieza todo”, explica Dayro Meriño, superintendente del Distrito 6 de TGI, mientras señala un poste amarillo marcado con las siglas PK 000. Ese punto representa el kilómetro cero del sistema. Desde allí, el gas emprende un viaje subterráneo que atraviesa La Guajira, Cesar, Santander y luego se conecta con otras redes que lo llevan hasta ciudades como Bogotá y Cali.

La escena parece tranquila. Algunas máquinas trabajan en adecuaciones del terreno para evitar erosión alrededor de la estación. Técnicos recorren las instalaciones y supervisan indicadores de presión y flujo. Pero detrás de esa calma existe una operación que funciona las 24 horas del día y que hoy resulta fundamental para la seguridad energética del país.

El viaje del gas desde el mar

El recorrido comienza mar adentro. A unas 15 millas de la costa operan los campos Chuchupa A y Chuchupa B, históricos productores de gas natural en Colombia. Desde esas plataformas submarinas, el combustible viaja por tuberías hasta llegar a Ballena.

“Ellos nos entregan el gas ya tratado y en condiciones adecuadas para transportarlo”, explica Meriño mientras avanza por la estación señalando enormes estructuras metálicas.

Durante décadas, una parte fundamental del proceso consistía en deshidratar el gas. Es decir, retirarle humedad y líquidos para evitar corrosión y daños en la infraestructura. Las altas torres que aún permanecen dentro de la estación eran utilizadas precisamente para esa función.

“Antes se necesitaba sacar toda el agua y la humedad porque, si no, el gasoducto podía deteriorarse con el tiempo”, comenta.

Hoy esas estructuras ya no harán parte del nuevo esquema operativo. El proyecto de regasificación cambiará por completo el sistema.

La apuesta consiste en importar gas natural licuado, almacenarlo y posteriormente devolverlo a estado gaseoso para incorporarlo a la red nacional. Según TGI, el nuevo modelo permitirá aumentar significativamente la capacidad de transporte y responder al déficit energético que enfrenta actualmente Colombia.

“En estos momentos estamos moviendo entre 80 y 100 millones de pies cúbicos diarios, dependiendo de la demanda. Con la regasificadora podríamos llegar hasta 300 millones de pies cúbicos”, afirma el superintendente.

La magnitud de la cifra refleja la dimensión estratégica del proyecto. El gasoducto ya cuenta con la capacidad técnica para soportar ese aumento gracias a las estaciones compresoras instaladas a lo largo del recorrido.

Un sistema que no puede detenerse

Lo que ocurre en Ballena rara vez aparece en los titulares nacionales, pero su impacto se siente todos los días en millones de hogares colombianos.

El gas que sale desde esta estación alimenta redes domiciliarias, industrias, sistemas de transporte y plantas térmicas encargadas de respaldar la generación eléctrica del país. En términos prácticos, una parte importante de la vida cotidiana de Colombia depende de lo que ocurra en este rincón de La Guajira.

“Este sistema podría atender cerca del 40 o 50 % del abastecimiento nacional”, asegura Meriño.

La operación exige precisión absoluta. Cada molécula que entra al sistema pasa primero por equipos de medición y análisis de calidad. En una zona aparentemente pequeña se concentran sensores, válvulas y sistemas capaces de controlar enormes volúmenes de gas en tiempo real.

“Lo recibimos, lo medimos, verificamos la calidad y lo metemos al tubo”, resume uno de los técnicos durante el recorrido. Desde allí comienza el trayecto subterráneo hacia el interior del país.

El tubo invisible bajo tierra

vAunque el gasoducto atraviesa cientos de kilómetros, la mayoría de las personas jamás lo verá. El sistema permanece enterrado entre uno y cuatro metros de profundidad dentro de corredores conocidos como “derechos de vía”.

Se trata de franjas legales adquiridas mediante servidumbres que permiten el paso de la tubería. Sobre esos espacios existen restricciones estrictas: no se puede construir viviendas ni sembrar árboles de raíces profundas.

“El propietario mantiene su terreno, pero hay limitaciones para proteger la infraestructura”, explica Meriño.

Sin embargo, el crecimiento urbano suele convertirse en un desafío. En varias regiones del país las ciudades terminan expandiéndose hacia zonas cercanas al ducto.

“Nunca se diseña un gasoducto para pasar cerca de viviendas. Lo que ocurre es que después llegan urbanizaciones o construcciones autorizadas por municipios sin tener en cuenta el riesgo”, advierte.

Cuando eso sucede, TGI implementa procesos de monitoreo permanente, señalización y trabajo comunitario para prevenir accidentes. Técnicos y equipos sociales recorren las zonas explicando a las comunidades qué actividades pueden representar peligro.

El objetivo principal es evitar excavaciones o intervenciones que afecten el sistema.

Más de una década sin emergencias

Uno de los aspectos que más destaca TGI durante el recorrido es el historial de seguridad del gasoducto. Según el superintendente, hace más de diez años no se presenta una emergencia significativa en este tramo del sistema.

La clave, asegura, está en la planeación y el mantenimiento preventivo.

“Todo está programado. Cuando hay mantenimientos se coordinan con anticipación para evitar afectaciones”, explica.

A lo largo del corredor trabajan técnicos especializados encargados de inspeccionar válvulas, monitorear presiones y verificar el estado de la infraestructura. También se ejecutan obras permanentes para proteger las instalaciones frente a fenómenos naturales como la erosión.

Mientras habla, al fondo se observan retroexcavadoras adecuando canales y estructuras de contención alrededor de la estación.

“Todo esto es para conservar el perímetro y evitar daños por el agua”, comenta.

La escena resume bien la naturaleza de esta operación: una vigilancia constante sobre una infraestructura que no puede detenerse.

El futuro energético pasa por La Guajira

La discusión sobre el déficit de gas y la necesidad de nuevas fuentes energéticas ha convertido a Ballena nuevamente en un punto estratégico para Colombia.

Durante años, el sistema funcionó principalmente con producción nacional proveniente de Chuchupa. Pero la disminución de reservas y el aumento de la demanda obligan ahora a pensar en nuevas alternativas.

La regasificación aparece como una de las principales apuestas.

“Es traer gas líquido del exterior, convertirlo nuevamente en gas y garantizar abastecimiento para el país”, resume Meriño.

La infraestructura ya existente convierte a Ballena en un nodo ideal para ese propósito. Desde aquí, el combustible puede desplazarse rápidamente hacia el interior del país utilizando un sistema consolidado durante casi tres décadas.

La estación fue construida entre 1995 y 1996, cuando nació el gasoducto Ballena–Barrancabermeja. Desde entonces, el lugar ha evolucionado junto con las necesidades energéticas de Colombia.

Hoy, mientras el país debate su transición energética y el futuro de los hidrocarburos, Ballena sigue operando lejos de los reflectores.

Aquí no hay grandes discursos políticos ni ceremonias permanentes. Solo tuberías enterradas, válvulas abiertas y un flujo constante de gas avanzando silenciosamente bajo la tierra colombiana.

En medio del desierto guajiro, donde el viento nunca deja de soplar, se mueve una parte esencial de la seguridad energética nacional.

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