La apariencia como medida de bienestar

Por Cris Dayan Del Rio Bermúdez

Vivimos rodeados de referentes que, de manera silenciosa, van influyendo en lo que consideramos deseable, exitoso o incluso normal. Las conversaciones cotidianas, las tendencias que seguimos y el contenido que consumimos reflejan las expectativas que se han construido alrededor de estos modelos. En medio de esta realidad, también hemos empezado a mirar nuestro propio cuerpo bajo esos mismos estándares.

La delgadez, la piel perfecta, una determinada forma corporal o ciertos rasgos físicos son presentados constantemente como ideales que deberíamos alcanzar. Cuidar nuestra imagen no es algo nuevo ni necesariamente negativo; lo preocupante es que hemos comenzado a darle a la apariencia un lugar que va mucho más allá de lo estético, hasta convertirla en una medida de valor personal.

Las redes sociales han contribuido a intensificar esta situación. Cada día estamos expuestos a cientos de imágenes de personas que representan un modelo corporal muy específico, sin conocer todo lo que existe detrás de ellas, como filtros, edición, procedimientos estéticos, rutinas particulares o condiciones genéticas. Desde la psicología, este fenómeno se explica a partir de la comparación social. Observamos a los demás para construir parte de la percepción que tenemos de nosotros mismos, pero cuando esta práctica se vuelve constante, puede generar insatisfacción y hacernos percibir como defectos a características que antes simplemente formaban parte de nosotros.

La preocupación aparece cuando perseguir ese ideal comienza a justificar prácticas que comprometen la salud. Dietas extremadamente restrictivas, ayunos prolongados, ejercicio excesivo, consumo de medicamentos o productos sin supervisión y procedimientos estéticos realizados principalmente por presión social pueden llegar a presentarse como disciplina y autocuidado. A esto se suma una industria que encuentra en nuestras inseguridades una oportunidad de negocio, donde de manera permanente se nos muestra algo que debemos corregir, reducir o transformar y posteriormente se nos ofrece una solución para hacerlo.

Por eso resulta necesario revisar qué entendemos por salud. Ser delgado no es por sí mismo sinónimo de bienestar, del mismo modo que una apariencia que no responde a los estándares estéticos no puede ser considerada automáticamente menos saludable. El bienestar también está relacionado con la manera en que nos alimentamos, el vínculo con el ejercicio y, especialmente, con la relación que construimos con nosotros mismos. Cuidarnos debería tener como propósito favorecer nuestra calidad de vida, no convertir nuestra imagen en una tarea permanente.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos, no es únicamente cuánto queremos pesar o qué parte de nuestro cuerpo queremos cambiar, sino porqué sentimos que necesitamos hacerlo. En una sociedad donde constantemente se nos muestra cómo deberíamos vernos, detenernos a cuestionar de dónde vienen nuestras expectativas puede ser una forma de recuperar algo que hemos ido perdiendo: la posibilidad de decidir sobre nuestro aspecto físico sin sentir que siempre estamos tratando de alcanzar la versión que alguien más ha definido como ideal.

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