CAMARONES, SANTUARIO DE MIS RECUERDOS

Por: Delio Guerra Ibarra

Camarones como destino turístico es un remanso de paz, visitado por gente del interior y exterior del país y, por supuesto, por toda la región Caribe. Es el único pueblo que no ha sido influenciado por la violencia hasta ahora.

Del encanto de sus alrededores podemos destacar que está adornada por sus hermosas playas, santuario de flamencos rosados; con mar azul, arenas blancas y criadero natural de camarones, lebrancho, róbalo, lisas y además variadas especies del mar, tiene así mismo históricas salinas donde se extrae la sal: ocho palmas y chentico. Su vegetación típica es el  tupillo, cardón, mangle y variados matorrales, con respecto a su fauna se caracteriza por la presencia de gran cantidad de aves. 

Después de varios años de ausencia visité mi pueblo natal, ¡que nostalgia recordar aquellos veinte años allí vividos! y a mi pueblo nunca lo olvidaré, en él yo mi juventud pasé, ¡qué bellos y maravillosos tiempos! Con mis amigos jugaba trompo, la carrumba, cucunuba, fútbol, la libertad y por las tardes al río nos íbamos a bañar, ese río que disfrutábamos en el invierno cuando se crecía y que recorríamos todos sus pasos, como: el Maíscisa, Coa, Tocomocho, Zanjón, Caimán, La Bombita, Puentecito, Paso Los Indios, Moloy, pero que en tiempo de sequía nos hacía sufrir por la escasez del preciado líquido que solamente nos dejaba el rastro (“el pelero”).

Recorrí todo el pueblo de arriba a abajo y lo encuentro casi igual como lo dejé hace más de 30 años, lo único que hay de nuevo es el gas domiciliario,  la placita que le hicieron a la iglesia y dos calles nuevas.

Camine sus principales calles: la ancha, la aventura, la marina y el chungue. Fui al billar de Manuel Bermúdez, ese gran señor que vestía de blanco, todo impecable, y pregunté por mis amigos de infancia y condiscípulos del Liceo Nacional Padilla, bachilleres del año de 1976 ¡Que promoción! Enrique  Arévalo, Carlos Rivadeneira, Iván barros, Gabriel Fuenmayor, Hernán Barros (Q.E.P.D.) Ramiro Quintana, Samuel Mejía. Además recuerdo mis primeros días de clase con “la seño” Ruth Viecco, América Choles y el profesor Orangel Palmesano.

Asimismo llegaron a mi memoria las fiestas patronales del pueblo que se festejaban en agosto y diciembre en homenaje a San Lorenzo y la Purísima.  Estas dos celebraciones yo las esperaba con alegría, eran los únicos meses del año que estrenaba un vestido, zapato; y con gran entusiasmo me iba a parrandear a las casetas de Blancas Barros o en el teatro “Ayelis” de Luis Oñate. Las fiestas las organizaban los difuntos Juana Toro y el Padre Hilario, cura vitalicio del pueblo.

Yo disfrutaba la semana santa con paseo a la playa y los recorridos en lancha a motor mar a dentro y me deleitaba de la buena comida “marisco”. Son tantos los recuerdos de mi pueblo que cuando me acuerdo me causa sentimiento.

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