Por Weildler Guerra Curvelo
Cuando éramos niños nuestros héroes no eran de ficción. Podíamos encontrarlos en cada recodo de la vieja Riohacha y seguirlos por las rutas que, como los vientos, tenia cada uno de ellos. La aventura no estaba tanto en las grandes pantallas sino que se podía encontrar entonces a la vuelta de la esquina.
Los héroes locales de nuestra niñez eran seres falibles cuya vida y atributos sociales estaban permeados por las emociones y, aún más, por las obsesiones humanas, las mismas que los Dioses usan como justificación para transformar a los seres vivientes.
Uno de ellos Miguel Bueno, era un referente de la destreza. Lo veíamos atravesar la entonces turbulenta desembocadura del Río Rancheria para rescatar a alguien que se ahogaba o simplemente para retar el curso de las aguas. Pensábamos cuando niños que Hércules era una dudosa invención griega porque Miguelito, El Rey del Riito, era un ser palpable y terrestre que comía tortuga y arepuelas en el Barrio Arriba.
Hablábamos con admiración de sus proezas y su musculatura cuando se zambullía en el río en medio de los remolinos y sorteaba las invisibles estacas sumergidas que han causado la pérdida de tantos forasteros.
Hoy supe que Miguelito ha muerto y con el una antigua nostalgia, una postal irrepetible del Barrio Arriba y una figura de nuestra ciudad al mismo tiempo memorable y memoriosa.