POR. RAFAEL HUMBERTO FRÍAS
Cuál será la tabla de salvación nacional, de un país cuyo común denominador es el hambre, la pobreza, el desempleo, la delincuencia y la corrupción y que se mantiene con un déficit fiscal de 27 billones de pesos. Esa parece ser la pregunta de millones de colombianos en este momento coyuntural y de gran efervescencia y calor por cambiar el modelo de desarrollo nacional. Todo el mundo habla de cambio, lo hace el ciudadano secular, el dirigente, el empresario, el campesino, el estudiante, el maestro, el desempleado, el empleado y la ama de casa. Ese es el clamor popular que se escucha: estamos cansados de este sistema de cosas que nos ha envilecido y nos tiene prisioneros de un sistema perverso, dicen algunos.
Todos quieren cambiar el rumbo y la historia, unos son propositivos, otros muestran su rebeldía y su impotencia, y otros, descalifican el sistema y el establecimiento por considerarlo incapaz de mejorar su calidad de vida. Se recoge en el ciudadano de a pie, que vivimos en un país desigual, donde muchos han atesorado las riquezas que dinamizarían la economía de nuestro país. Se observa una ciudadanía carente de muchas oportunidades, porque las necesidades son mayores que los recursos de que se dispone para suplirlas. No encuentran a quien ofertarle su fuerza de trabajo y el rancho ardiéndoles con hijos pequeños, que demandan nutrición, salud y educación. Por eso, se considera que, en nuestro país, se requieren grandes reformas estructurales, que le permitan a los legisladores recientemente elegidos, introducirles unas reformas al estado que nos permitan vivir en otro modelo de país, mucho más viable y donde quepamos todos, con nuestras diferencias y coincidencias. Otro modelo de país, si debe ser posible.
Donde haya trabajo y oportunidad para todos y donde el pueblo no se siga muriendo de hambre en medio de la pobreza y en la miseria, mientras que, otros viven en la opulencia. Colombia es un país biodiverso, multiétnico y pluricultural, dividido por regiones bien marcadas con sus particularidades territoriales y poblacionales que lo hacen diferente y mágico y uno de los mejores vivideros de Latinoamérica. Por eso considera nuestra población que tiene que haber una salida al final de este túnel cada vez más sordo y amortiguado, que a veces, los pone a vivir una vida, que pareciera sin sentido ni sueños colectivos.
Los colombianos queremos volver a soñar y a vivir en paz y para lograrlo, algunos vienen aprovechando las redes sociales y la cibernética para trinar con sus gritos, a veces sordos y sin eco, otros lo hacen a través de las movilizaciones y vías de hecho para hacerse sentir, y muchos otros utilizan la democracia para protestar. Pero lo cierto es que, en el país la ciudadanía manifiesta que, como vamos no vamos bien. Que se requiere dar un viraje y dinamizar las estructuras del estado y atreverse a cambiar el rumbo con políticas públicas que realmente impacten a los más pobres y a las regiones más apartadas del país, donde el ciudadano sienta la presencia de un estado que garantiza sus derechos fundamentales y se pueda vivir con dignidad. Pero aquí no se trata de ponerle color, ni pimienta, ni ideología partidista a este asunto.
Se trata es de salvar al país de las garras de los problemas que lo aquejan hasta devolverles a los ciudadanos una vida digna y en paz. Los escenarios no cambian solos, hay que hacer que las cosas ocurran. Nada cambiara si seguimos pensando igual y haciendo lo mismo. Por eso, sigo creyendo que un propósito nacional debe ser que entre todos construyamos el país que todos queremos para nuestros hijos. Pero hay que ponerse de acuerdo, con propuestas claras, no matándonos unos con los otros como hasta ahora porque pensamos diferentes. Debemos dejar atrás ese egoísmo y la ambición desmedida por el poder y el dinero que nos despierta la codicia y la envidia y termina en la corrupción del alma y el espíritu y no nos deja valorar la vida. Colombia es de todos los colombianos, y desde esa perspectiva debemos mirarlo. La tabla de salvación de este país está en las manos de todos, de gobernantes y gobernados, no se trata de buscar un Superman, ni un superhéroe, ni un superhombre y alquilar los balcones para verlos gobernar. Aquí no se trata de caminar por atajos, ni por la derecha, ni por el centro, ni por la izquierda, se trata de ponernos la mano en el pecho y hacer patria.