Por: Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”
De los inventos que entraron a tierra, había uno en especial del que se sentía orgullosa la gente como si fuera suyo. Se trataba nada más y menos que de un instrumento conformado por un fuelle, un diapasón y dos cajas de madera. Creado en 1829 en Viena, Austria, por el empresario Cyrill Demian, desde un principio el acordeón estimuló más el interés por oír en las calles de Europa. En Alemania obtuvo su perfección y su primer auge con la marca Honner, haciendo que la gente se enamorara hasta del simple hecho de verlos en las manos. Al ser un instrumento pequeño y portátil, por alguna de sus varias formas, en seguida se le consideró “el piano del pobre”. En su estado diatónico tenía la cualidad de cambiar la vida de los intérpretes, y hacerlos tan conocidos, como la armonía mágica que tocaban. Para los oyentes, este aparato de aire tenía la maravillosa virtud de que, al ser escuchado una sola vez, podía despertar en cualquier persona amor por la música.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegó a Riohacha, aunque algunos aseguran que fue por barcos alemanes. Otros aseveran que por los humanos alegres de República Dominicana. Unos últimos afirman que fue de Aruba y Curazao, debido a la llegada de tanta mercancía fantástica procedente de allá a esta orilla. De lo que no había la menor duda es que desde que arribó, los habitantes no le permitieron más nunca irse. Fue tanto el entusiasmo que generaba este instrumento, que terminaría dando origen al vallenato, una de las mejores formas que el hombre ha encontrado para hablar del amor. Sin embargo, cuando en Valledupar se sentían los dueños de la melodía por haberle dado nombre a un folclor que tenía fama mundial, en el cercano pueblo portuario se les hacía una aclaración. El dicho famoso era el siguiente: «El acordeón entró por Riohacha». Era tan cierto como el día, que después este aparato terminaría optimizando el sonido del viento en otros lugares de la Provincia. Pero sería con la maestría fabulosa de Francisco el Hombre, que quedaría claro que era en el norte de Colombia, donde el acordeón recibiría por siempre las manos más profesionales del mundo.