Ángel Acosta Medina, el ángel que más custodia la leyenda de Francisco el Hombre

Por: Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”

   En las últimas décadas, sobre todo en La Guajira, es raro que se hable de la realidad de Francisco el Hombre, sin que no venga a mente el nombre de Ángel Acosta Medina. Es su biógrafo, no sólo de esta vida, sino de las cosas increíbles que puso a vivir a aquel personaje el otro mundo. Su influencia es tal, que da la sensación de que lo conoció en persona, y que decidió ser su historiador desde que quedó maravillado ante esa parte de la historia mundial, que nadie más ha vuelto a hacer escribir con el acordeón. En pocas palabras, algunos dirán que lo único que le faltó, fue haber entrevistado al precursor de la juglaría. Si se profundiza el bagaje del escritor, nada de eso hizo falta, porque cuando abrió los ojos ya el mismo mundo estaba hecho con la leyenda de ese trotamundos.

   Si es verdad que existen otros escritores que se han adentrado bastante en el mito, él crece geográficamente en la cuna del mito. Es decir, en su amado Monguí, era imposible aprender a gatear sin escuchar el cuento de Francisco. «Uno desde niño, como fue mi caso, comenzaba a oír las historias», menciona. Esa suerte de prosista es algo que muchos hubieran querido tener, porque realmente no hacía falta ver al centenario fabuloso, para vivir con la sensación de que siempre lo conoció, gracias a esas anécdotas de los demás que lo invocaban, que lo humanizaban, hasta el extremo de generar recuerdos claros en los que nunca lo miraron.

   Para entender este personaje biografiado, hay que llevar la imaginación a Ciudad Moreno, un pueblo importante que huyó de su suelo. Allí estaba la vida, gracias a los españoles, a los contrabandistas, e incluso a los esclavos que escapando de los barcos o de sus amos, al mezclarse con la gente de allí iban a hacer más morena la población. La afluencia estaba entonces, generando como siempre, el deseo rápido de los hombres. Debido a su trascendencia en la mercadería, traída especialmente de la Alta Guajira, siempre hubo robos, asaltos, muertos, conflictos, en las que muchas veces los indígenas fueron los protagonistas de las malas historias. En eso, se generaron confrontaciones, que llevaban a pensar que era imposible hacer riqueza sin estar armado. No obstante, los wayuu también habrían de armarse y recordarles a los demás que nadie podía dirigir sus destinos, y con la quema final que le produjeron a la población, obligaron a campesinos a emigrar a otras partes o fundar diminutos caseríos, creando a continuación algunos de los pueblos conocidos hoy como Cotoprix, Treinta, Barbacoas, Machabayo, Monguí y Galán.

   Uno de los que arribó a este último lugar fue José Carmen Moscote, un liberto, como se llamaban a los esclavos negros que recibieron en el siglo diecinueve su libertad. Acompañado de su mujer encinta, se asentaron en ese terreno, esperando las buenas nuevas que les daba la vida. Sería la repentina zona de la agricultura que suministraba el sustento, y que escogería el destino para que allí naciera la persona que descubriría por primera vez la magia que traía el acordeón. El recién nacido tendría por nombre Francisco, aunque fue poco el tiempo en que pasó en ese pequeño espacio. En un momento dado, todos emigraron de nuevo. Fueron a parar a Machobayo, conocido como Villa Martín, donde dentro de poco –musicalmente- nacería la historia más grande del hombre.

   Un hermano de José Carmen llamado Ramón, por su parte, al lado de su hija María del Carmen hizo prácticamente que apareciera el vecino caserío de Monguí, estableciendo claro que esta tierra era de la estirpe de los Moscote. Ni él ni los demás pensaron que, más adelante, Monguí se transformaría en el pueblo donde se prepararía el mejor dulce de leche del mundo.

   Sería en esta población, donde nació Ángel Acosta Medina para contar esas cosas. Sin sospecharlo, la forma de verlas lo llevaría posteriormente a la escritura. Fue algo que lo marcó, aunque daba la sensación de que allí no llegaba con prisa la historia. El lugar cogería fama propia, desde que décadas después su hermano Amylkar Acosta Medina llegaría a ser elegido Senador de la República, construyendo una carrera en la escena política, que lo elevó como uno de los hombres más grandes de La Guajira.

   En aquellos años, en cambio, Monguí únicamente era otro de los lugares inscritos en el imaginario de Francisco el Hombre, y Ángel Acosta sentía que había que registrar lo que los viejos contaban sobre aquel trovador, porque individuos como Francisco eran capaces de dejar al entorno sin el Diablo. En verdad, en esa región se decía que cuando se sentía la presencia del maligno, bastaba acordarse de que Francisco el Hombre con su acordeón alguna vez lo había derrotado, para que aquél volviera a ausentarse durante otro tiempo. Era una especie de amuleto, aunque según los más sabios, la mejor forma de alejar la mala hora, era abriendo con prisa el acordeón.

    En cambio, en casa el interés por los relatos le venían a Ángel Acosta de su padre. Evaristo Acosta frecuentaba considerable a Riohacha, donde era familiar en las esferas de la política y el periodismo, y traía periódicos para que en el pueblo leyeran lo que a veces él llegaba contando. Ángel Acosta lo hacía, con el mismo interés de sus hermanos. «Eso a uno le dio, le abrió muchos caminos, muchas luces», dice. También, cuando su hermano mayor Amylkar se iba a estudiar y dejaba libros, él se sentía su dueño más cercano. Su incursión en las letras fue tal, que luego de unos intentos creyó que sin necesidad de imprenta, él podía hacer el primer periódico de Monguí. Así fue: con papel y lápiz, a los catorce años revivía los sucesos del contorno, o reproducía los de los periódicos. Si necesitaba la imagen de alguien para que pareciera más noticia, no necesitaba cámaras porque sencillamente lo dibujaba. Si alguien quería por quince minutos ser famoso localmente, nada más tenía que pedirle a él que moviera su pluma. Pero no sólo era lo social, porque el deporte también lo ponía a preguntar bastante. Por ello, uno de esos periódicos que jamás le debieron nada al invento del impresor alemán Gutenberg, o a los innovadores linotipos, se titulaba El Fanático: allí en una revistica contaba las cosas que veía del fútbol regional, y es de suponer que varios jóvenes en las canchas jugaban mejor, nada más para volver más interesante al escribidor Ángel Acosta Medina.

   En ese impulso, para este periodista el hecho de que varios músicos que conocieran a Francisco el Hombre continuaran vivos, dejaba la sensación de que también ponía a éste hablar por medio de ellos. Cantaban su música, imitaban su acordeón, y de esa manera Ángel Acosta grabó el nombre, la letra y las melodías de aquellos temas que casi se lleva por siempre el viento. «Sólo existía el papel», como dijo alguien. «Pero esos juglares no se apuraban por escribir, si veía que todos cantaban sus canciones.» La mayoría de sus piezas se perdieron, pero debieron ser tan buenas, para que las venideras generaciones siempre hablaran de su compositor. El espíritu seguía vivo, apropiándose de la armonía, pero más que todo, a través del cuento. De alguna forma ya era famoso, pero aún su leyenda no traspasaba con anchura las fronteras de Colombia.

   Entonces sucedió lo inesperado cuando Francisco Paco Porrúa, editor de Sudamericana en Buenos Aires, Argentina, decidió publicar la novela Cien años de soledad. De inmediato, las páginas que hablaban de Macondo recorrieron Latinoamérica, Europa y los Estados Unidos, cargando con mariposas amarillas, fábulas que sólo resultaban creíbles por la sencillez para contarlas que tenía Gabriel García Márquez. Nunca la leyenda de Francisco el Hombre derrotando al Diablo, al cantar con su acordeón el credo al revés, se había leído en tantos idiomas. En el capítulo tres de la novela famosa, entre otras cosas de la región, anunciaba: Francisco el Hombre, así llamado porque derrotó al diablo en un duelo de improvisación de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoció nadie, desapareció de Macondo durante la peste del insomnio y una noche reapareció sin ningún anuncio en la tienda de Catarino. Es decir, el hijo de Galán, acostumbrado en vida a las cosas del otro mundo, ahora alcanzaba la inmortalidad poblando el universo literario del libro que ya era considerado el nuevo Quijote. En cualquier librería los ejemplares de la obra fantástica se agotaban, y en Valledupar con alegría se reunieron más hombres que en el pasado, para hacer sonar el acordeón. En efecto, con el primer Festival de la Leyenda Vallenata en la capital del Cesar, cuya tarima precisamente se llamaba Francisco el Hombre, coincidió la aparición de una novela cumbre del “realismo mágico”, que daba a conocer nuestra cultura caribeña en el exterior hasta hacerla soñada. Habían pasado casi catorce años desde la muerte de Francisco Antonio Moscote Guerra, cuando el mundo entero terminó de escuchar esa historia, que una vez él en su terraza de Machobayo se atrevió a contar como algo cierto.

   Uno de los lectores más felices de ese pergamino litografiado, era Ángel Acosta Medina. En verdad, nunca se imaginó que ese mito podía ser tan importante, ayudando las mejores páginas de un recién iniciado en la magia García Márquez. «Eso me disparó más la mente», pronuncia. Devoró la novela más popular de la literatura colombiana varias veces, y desde entonces le puso atención técnica a Gabo, como a los viejos narradores de historias orales de Monguí. Había pasado algo diferente, provocando que mucha gente que ni siquiera conocía a Colombia, se adentrara ahora imaginativamente en esa remota región suya, que incluía Cotoprix, Treinta, Cerrillo. Sin embargo, era una lástima que a pesar de todo, Márquez, el Mago, no hubiera dicho la ficción del mismo modo que hizo escuchar a los contadores sentados en taburetes de aquellas veredas.

   La diferencia de oro fue la hipérbole, que hace parte del estilo garcíamarquiano, habiendo simultáneamente ocultando el apellido Moscote en la novela del lenguaje español, que ocupaba el segundo puesto después del Quijote de Miguel de Cervantes. Porque si bien Francisco Moscote recibió el acordeón, no fue de las manos de un pirata de las Antillas. Además, escribir que el primer juglar vivió doscientos años de edad, parecía rivalizar o superar el hecho mismo de que hubiera desterrado por unos años de la Península de La Guajira, al mala clase de Lucifer. En Cien años se contaba sobre su edad: Meses después volvió Francisco el Hombre, un anciano trotamundos de casi 200 años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por él mismo. Excelente oración, pero para los terruños poco acostumbrados a la lectura, altamente exagerado. En Cien años se contaba sobre la forma en que recibió el acordeón: Cantaba las noticias con su vieja voz descordada, acompañándose con el mismo acordeón arcaico que le regaló sir Walter Raleigh en la Guayana, mientras llevaba el compás con sus grandes pies caminadores agrietados por el salitre. Si bien mostró de eminente manera la leyenda vallenata a través de las letras universales, Francisco el Hombre ni vivió tanto, ni aún estaba inventado el acordeón por parte de Cyrill Demian en Europa, cuando supuestamente se lo regaló el corsario británico Walter Raleigh, que a propósito murió decapitado dos siglos antes de que el rapsoda naciera. Aunque todos los guajiros y valduparenses estaban agradecidos con Gabriel García Márquez, era hora de que se comenzara a contar en páginas largas con letras tipográficas, al verdadero Francisco el Hombre.

   Estando en la Universidad Gran Colombia de Bogotá estudiando derecho, Ángel Acosta Medina sintió ahora sí más que antes que el difunto Franco necesitaba de él. Escribió, archivó notas, creyéndose de veras su biógrafo oficial, y sabiendo que tarde o temprano el tema iba a seguir dando de qué hablar, porque al parecer al personaje estaba requiriendo páginas y más páginas, como cuando estando vivo con su acordeón negro tornillo e’ máquina, requirió en las reuniones cientos de oídos. Al parecer, contando sobre este hombre, el joven culto de Monguí descubría su propio papel en la historia. En Monguí, a parte del mejor dulce de leche, podía aparecer un gran escritor. Con esa actitud se encontraba, completamente feliz, cuando para su mala fortuna oyó que Francisco el Hombre, muerto hacía unos treinta años en Machobayo, aún seguía vivo y parrandeando con sus amigos en el Magdalena.

   En efecto, los descendientes de Francisco “Pacho” Rada, al parecer inspirados porque el premio Nobel Gabriel García Márquez nació en Aracataca, también en el departamento del Magdalena, comenzaron a sugerir que el verdadero Francisco el Hombre era su papá. Para comprobarlo, decían, no hacía falta sino llegar a Plato o Santa Marta, y ver al único Francisco del mundo entero que tocaba vivo el acordeón. Si bien el mismo Pacho Rada no se jactaba de esa mentira, notó a fin de cuentas que eso le inyectaba más popularidad. Eso lo hacía, en la tradición, tan viejo como el acordeón. Entonces más gentes se acercaban a Pacho, y se asombraban de que un personaje mítico de Cien años de soledad, todavía pudiera matar hábil a los mosquitos o ver por las noticias televisivas la muerte del ministro de defensa Rodrigo Lara Bonilla, la toma del Palacio de Justicia en Bogotá o la erupción del volcán en Armero, e incluso saber que en el mundial de fútbol México 86 el argentino Maradona marcaba un gol con la mano. Pero algo mejor que eso: podían aún escuchar de sus propias manos el acordeón Hohner rojo, con que se derrotaba al Diablo. En la controversia, pocos captaban que Gabriel García Márquez dejaba intuir que el original Francisco era de La Guajira, el lugar que la familia Buendía Iguarán había abandonado para consumar su éxodo y culminar la fundación de Macondo, mencionándolo mientras los curiosos lo miraban para ver qué contaba de esos parientes en su recién recorrido por la Provincia de Padilla: Fue así como se enteró Úrsula de la muerte de su madre, por pura casualidad, una noche que escuchaba las canciones con la esperanza de que dijeran algo de su hijo José Arcadio. Más claro que un gallo, sólo cantaba Francisco. Pero ya el daño estaba hecho: más de una década después el director germano-suizo Stefan Schwietert llegó hasta Santa Marta para realizar el documental y largometraje  El acordeón del Diablo, con la grabación de un Pacho Rada respirando, dándole más universalidad a la más grande mentira del vallenato.

   Por primera vez en su vida, Ángel Acosta sintió el significado de su nombre. Al parecer, ahora Francisco Antonio Moscote no necesitaba el credo al revés, sino un ángel que cuidara su mejor nombre. Si es sabido que el alma del primer Francisco no reclamaría como algo significativo su triunfo ante el Diablo, el sólo hecho de que dudaran de que él jamás había existido, era tan grave como afirmar que Dios nunca ha usado a sus más viejos hijos para derrotar al Diablo. Gracias a su pericia con la escritura, Ángel comenzó a defenderlo con la máquina de escribir, hundiendo inspirado el teclado como el rapsoda mismo presionó los de su acordeón. Primero en el periódico Guajira Gráfica, de Germán Rojas Núñez, habló docto de la existencia de Francisco el Hombre, como había aprendido técnicamente por oralidad de los viejos de Machobayo y Monguí. Luego en Causa Guajira, de Pepe Palacio Coronado, habló explicito lo real, dando a entender que si Francisco el Hombre no hubiera sido de verdad, en La Guajira no hubiera existido como tal la música de acordeón, y por consiguiente, medio siglo después, el propio Francisco Rada en Plato, Magdalena. Las crónicas fueron ganando fuerza, y periódicos como El Espectador de Bogotá hicieron eco de sus palabras, cumpliendo sin darse cuenta un sueño de niño, desde que publicaba periódicos manuscritos en Monguí.

   Por supuesto, esto generó una controversia donde participaron otros pensamientos en el asunto. «Hasta ese momento había la discusión sobre si Francisco el Hombre había existido como persona», anota. Personajes como Consuelo Araújo Noguera, opinaron, hablaron, escribieron, dándole a La Guajira su lugar primero en la génesis del vallenato, gracias al histórico Francisco el Hombre. El compositor Rafael Escalona llegó incluso a decir que él mismo en persona en su juventud fue a Machobayo, a conocer al hombre que derrotó al diablo. Lo saludó, le sacó palabras y conoció así la larga edad que tenía la música, que él heredaba y a la que le daría más vuelo con canciones como La casa en el aire. Francisco “Chico” Bolaño, oriundo de El Molino y uno de los acordeoneros más grandes de todos los tiempos (sin plagiar la H mayúscula del hombre), debía ese hechizo armónico también al hecho de haber conocido en persona a Francisco el Hombre. Luis Enrique Martínez con acordeón en mano y su padre, dijeron que lo vieron, y así pudieron meter en la memoria al prohombre musical que más se quedaba en ella. Desde el Magdalena dudaban de esa vida que fue real, y seguían diciendo que la ventaja entre los dos Francisco es que el que ellos defendían aún estaba vivo, aunque algo anciano para defenderse de las mentiras camaleónicas, que lo coronaban como el más grande Rey Vallenato de la historia. Sus discos se podían escuchar, como La lira plateña,  pero desde el sur de La Guajira contestaban que ese talento jamás le hubiera servido para derrotar al Diablo.

   Para las personas de esta comarca, sólo Francisco el Hombre recorrió tanto los caminos como se lo permitió su burro. Sólo él vivió en una época carente de luz eléctrica, vasalla de la oscuridad, cuando transitaba el monte fumando tabaco y se acordaba de los músicos según las notas lejanas del acordeón. Por ello, se cree que la noche en que de Riohacha llegaba a Machobayo, el encuentro reputado que cambió su historia dejaba surgir un sonido que pertenecía a alguien que jamás había tocado por allí. De hecho, a un ser que no tocaba así en este mundo. Sólo alguien como él podía sacar valor, aceptar el reto y abrir sin miedo a morirse, el acordeón pequeño. Más nadie que él, pudo atreverse a continuar larga una pelea, que no era tanto contra los músicos, como contra los buenos hombres. Él supo rápido que derrotó al Diablo, porque ninguno de sus contendores humanos desaparecía de pronto de los alrededores, sólo porque de repente hubiera interpretado el credo al revés.

   Por eso en Machobayo, al escuchar que no fue él ese hombre, los defensores se volvieron guerreros con lengua. Sonaban los tambores, se invitaba a una cruzada, cuando se decía que ése que estaba enterrado allí, no era el primer Francisco que puso a repetir durante mucho tiempo el mejor cuento del mundo. Para ellos, sin necesidad de desenterrarlo, profanaban lo último que quedaba de alguien que jamás entró en estudio de grabación: su celebridad. Los músicos que tocaron con él, simultáneamente, apuntaban que debía dar gracias Pacho Rada que antes de morir el tocayo, todavía lo hubiera podido escuchar por la radio un longevo Francisco Antonio Moscote Guerra, el más verdadero de los hombres. Por todas partes, se arremetía contra ese plagio en letra gigantesca, que no hablaba bien del Magdalena. Mientras tanto en 1992, en la Editorial Mejoras de Barranquilla, sonaba y sonaba la imprenta, dejando salir el papel.

   La razón fue que Ángel Acosta Medina, armado hasta los tuétanos, ya tiraba su libro El verdadero Francisco el Hombre. Al ser una autoridad en el tema, ésa fue su espada de luz a lo arcángel Miguel, descubriendo el beneplácito que le daba a los demás que hubiera nacido tan cerca de la tumba de Francisco el Hombre en Machobayo, para escribir que éste tuvo de la dicha de ser carne y hueso. Con eso, quedó demostrado que primero fue 1850 en Galán, La Guajira, que 1907 en Plato, Magdalena. Su publicación recibió aplausos, aunque en ningún momento nadie dudó de las dotes virtuosas de Pacho Rada, quien sin lugar a dudas era otro de los grandes juglares que hicieron progresos por la música de acordeón. Para muchos, de paso, ahora sí aparecía un trabajo literario donde Francisco el Hombre sólo cumplía ciento tres años de edad.

   El resultado de todo, fue recordar que a parte de su música y leyenda, Francisco Antonio Moscote Guerra diseminó los hermosísimos orígenes de nuestra cultura. A medida que pasa el tiempo, parecer regresar más el tiempo lejano de él. En cualquier parte se habla como un ser importante, que hizo el futuro con el acordeón, y así lo registró perdurable en un texto con caricatura la Cacica Consuelo Araújo. Su hija Lencha, en la arenosa calle catorce de Riohacha, también se volvió punto de referencia, por si alguien a través de ella quería saludar a su sangre. El desaparecido periodista cienaguero Carlos Herrera Fernández la rememoraba, y hasta sacó una nota en los años ochenta en su Revista Guajira, con que se demostraba claro que tuvo un padre.

   Por todo eso, en Riohacha se pronunció más su nombre con la creación de una estatua. Ahora las masas, podían repetir sin pausa que sí fue un músico de verdad. Era la primera vez que lo podían fotografiar. Aunque era la principal atracción, también la amonestaron. Su nieta Etelvina Aragón, desde Monguí, diría que al no parecerse físicamente con el verdadero Hombre, ésa terminaba por ser otra de las farsas con las que él, después de muerto, más le tocaba pelear. Pero poco importaba: Francisco Moscote el Hombre era literalmente, de cualquier forma, inmortal.

   Mientras tanto, en Plato, Magdalena, sólo figuraba el monumento que le hicieron por su mitología al Hombre Caimán. Sin importar eso, años después la más enemiga de las mentiras daba su último coletazo de dragón. Para los acostumbrados a que las leyendas hacen parte de un tiempo que ya no existe, la noticia los tomó en 2003 por sorpresa, al conocerse la primicia: «Murió Francisco el Hombre». Todos los ojos buscaron el televisor. Para muchos medios de comunicación y periodistas del canal Noticias Caracol de Bogotá, Francisco el Hombre le quedaba más cerca al altiplano en el espacio-tiempo si era Francisco Rada, despidiéndose recientemente éste de la vida en Santa Marta. De hecho, en su entierro, las multitudes sintiéndose triunfantes, no tuvieron la decencia de sepultar también esa falsedad. Se debe aceptar que algo lo volvió tan asombroso como el primer Francisco: a Pacho Rada sólo le faltaron siete años, para cumplir olímpicamente los ciento tres, al igual que aquel trovador trashumante en La Guajira.

   En Valledupar, la capital mundial del vallenato, trataron de aclarar las aguas de la historia. A los estudiosos de La Guajira -extrañados ante otra coincidente rareza de que uno muriera en 1953 y otro cincuenta años después en 2003-, les tocó volverse más biógrafos del verdadero Francisco. En lo que respecta a Ángel Acosta Medina, Miembro de la Academia de Historia de La Guajira, seguía con sus palabras claras, tanto escritas como habladas. En cualquier debate, recordaba que primero fue en el desierto de La Guajira donde el acordeón recibió la ayuda del cielo. Aunque sería autor ya de otros libros como Mi pueblo historial: 200 años de soledad, viene preparando una versión más extensa, y rigurosamente satisfactoria, de su anterior texto emblemático. De esa manera, sigue haciendo algo por una de las mejores historias del hombre.

   El hecho de que en Riohacha, capital del departamento de La Guajira, Ángel Acosta fuera cofundador del Festival Francisco el Hombre, sustenta que el Francisco más grande del vallenato sólo pudo ser así por haber mirado de vez en cuando este mar. Para muchos, con aquel festejo se le rendía justicia, porque fue por Riohacha donde el acordeón hizo su desembarco más feliz que en cualquier otra playa del mundo. La mejor manera de honrarlo se materializaba, aunque unos lamentaron que tal organización, bajo la dirección del ex gobernador Álvaro Cuello Blanchar, no tuviera formato como el Festival de la Leyenda Vallenata de Valledupar y el Cuna de Acordeones de Villanueva, donde el protagonista principal es el acordeonero. Precisamente aquí, donde nació el primero que reconoce el mundo entero. Sin embargo, el que tal evento de esa magnitud sea inspirado por él, demuestra que el tiempo lo único que ha producido es astronómicamente su galáctica efigie expandir.

   Tal renacimiento repentino de su fama, fue el big bang de documentos, videos, artículos, reportajes, crónicas, y muchas cosas más sobre el nacido en Galán. Entre esas cosas, un libro que publicó Lázaro Diago Julio titulado Francisco el Hombre: leyenda y realidad, también lo resucitó de cara a los lectores. En el contenido, el maestro e historiador rescata enorme al personaje, aunque hunde de nuevo su leyenda. La razón es que pone en duda su versión de que derrotó a Satanás, y dice que eso no fue producto de la realidad, ni de la bellaquería del otro mundo, sino de la estupenda imaginación gratis que da siempre la borrachera.

   En el cementerio de Machobayo, una de las llamativas realizaciones es el mausoleo en forma acordeón que hicieron al lado de su tumba. El lugar se ha vuelto lugar de peregrinación, tanto de gente del país como del extranjero. Se dice que incluso, cuando alguien quiere aprender a tocar el acordeón de forma sobrenatural, lo visita durante minutos hasta sentir su alma. En cuanto a lo que suscita polémicas, Ángel Acosta Medina pasó a repetir que las leyendas, por demasiada fantasía que desborden, son las hijas más queridas de la vida real.

   Al tiempo en que termina de corregir las pruebas de su mejor libro, más la preparación de una monografía sobre Monguí, éste se siente tranquilo con la vida. Sabe que ésta no ha sido en vano, y reconoce que gracias a la búsqueda larga del juglar franciscano, se ha vuelto mejor escritor. Porque en el fondo, admite que Francisco el Hombre merece además de un investigador serio, un buen contador de historias. «Siempre me gustó todo lo que es la literatura», confiesa. Ángel Acosta Medina lo hace creer, tanto cuando hablaba pausado, tanto como cuando el silencio le permite coger, casi al mismo momento, todas las letras del castellano. Muchos esperamos esta nueva actualización de la historia, para por fin leer lo que ha venido recopilando durante cincuenta años, y que de seguro le dará más renombre al primer gran hombre que amó al acordeón.

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