En exclusiva, primer capítulo de la gran novela «Historia de amor»

Por: Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”:

Cuando se trataba de hacer algo increíble, aunque fuera convertir un sueño en realidad, el que lo conocía se acordaba en seguida de que para eso había nacido él. Desde que tenía conciencia, su conocimiento terrenal le permitía concluir que cualquier ser humano que se dispone puede llegar tan lejos como quiere, y estaba seguro de que pertenecía a esa especie Homo sapiens sapiens. Su forma de recapacitar lo mostraba inteligente, pero en Riohacha, la ciudad de arena desértica a orillas del mar Caribe donde vivía, que por ser una de las más viejas del continente ya hacía parte del oro de la historia, al principio algunos creían que personas comedoras de arroz de almejas iguales a él, apenas habían venido a la tierra a ver las cosas que otros alcanzan. «Como piensa el hombre es la vida», decía él, siendo optimista. Tener en cuenta eso le hizo comprender que para alejar esas críticas había que lograr alguna gesta heroica, una epopeya en las Antillas, un asunto sobrenatural como enfrentar sin miedo el fantasma de un pirata, que no sólo estuvieran fuera de su propio alcance, sino de lo que los demás mortales imaginaban.

El problema es que era tan pobre, que las circunstancias lo apartaron de la ciudad y lo habían tirado a pescar al mar. En éste encontraría no solamente las cosas para comer, sino la única experiencia que tenía en la vida. Ser pescador artesanal en las playas de ese lugar era el sustento que tenía diariamente, y era tan bueno dentro de la lancha, que la vida era diferente al lanzar la atarraya que se llenaba de peces, y por eso situado varias veces en alta mar, bajo el sol, la soledad le daba para pensar en las fantasías más grandes, que sólo cabían en su cabeza. Cualquier cosa que se proponía lo lograba, y transformarse en alguien con mucha destreza en la pesca, le había valido la reputación entre sus colegas, porque alguna vez ante un tiburón ingente que pudo voltear la embarcación donde iban cinco tripulantes, fue él el que tuvo la hazaña de matarlo con un golpe de martillo en la corteza superior, sin miedo, más bien con entusiasmo, mientras les decía a ellos que cómo era posible que temblaran ante la aparición de semejante almuerzo. Por eso poniéndose a hablar, decía que algún día muy cercano se iba a convertir en un hombre tan rico, que en un palacio con harén las mujeres más hermosas de variadas culturas se tenderían a sus pies y le pedirían amor, como si él fuera el único ser que lo inventara en el mundo. No sabía cómo sucedería eso, pero vivía seguro de que lo que necesita una persona para lograr algo extraordinario, son los días que desde el futuro siguen llegando. En muchas de esas cosas repasaba, sabiendo que era parecido a cualquiera que quiere tener distinta andanza, aunque en lo que llamaba la atención de los humanos, era que la suya siempre era igual. Entonces una noche en su chinchorro colgado entre las palmeras, se quedó profundamente dormido, y antes del amanecer bajo el influjo de Morfeo tuvo el sueño que le cambió la vida.

Soñó que se paraba en un desierto, arenoso, bajo el sol templado, mientras de pronto vio a lo lejos una mujer tan bella, que parecía imposible que pudiera existir en la vida real. Sin duda, se trataba de algo que jamás había esperado, porque estando resplandeciente sólo permitía que un hombre pudiera mirarla. Tenía el cabello castaño, los ojos negros y vivos, y una manta roja como la de cualquier wayuu encantada con su propio desierto. Lo que le llamó la atención es que a medida que ella se acercaba, aumentaba el amor en su corazón. En un momento dado después de tanto mirarla, ella llegó imponente ante él, besándolo en los labios a tal extremo para que no tuviera tiempo de despertar. Era claro que no venía de Italia, ni de Marruecos, ni de Arabia Saudí, sino de la parte que más respondía a su forma de querer. Ella le había cumplido algo que él siempre quiso, y era poder tener fácilmente a una mujer bella. En medio del ardor se tocaron tanto, que sus manos se confundían y ella le hacía sentir la cosa más extraordinaria del buen sentimiento, sin necesidad todavía de desnudarse. Quedaron al final en un oasis, acostados frente a frente, y ella para que no la olvidara nunca le dijo que lo amaba. Sabía que en cualquier momento Enrico Annichiarico iba a despertar, y no iba a tener la suerte de viajar otra vez hasta el sueño fantástico donde se encontraba ella. Gozaron lo que pudieron en ese aspecto, hablaran de incontables cosas, y por primera vez desde que nació pudo ver a pocos centímetros suyos, la mirada de una mujer hermosa tremendamente enamorada. Al disponerse a hacer el amor con ella, despertó de eso contra su voluntad.

Si hubo un momento de la vida en que Enrico Annichiarico se sintió frustrado fue ése, porque la realidad que lo esperaba no tenía ni los mismos colores de aquel otro plano. Frente a él estaba un mar espumoso, ruidoso, que traía olas y más olas, pero que jamás volvería a traerle de nuevo esa mujer. Se sintió de veras un ser triste, que no tenía nada que ver con el que había dormido. Nada se parecía a lo que quería, y que lo hizo el hombre más feliz del mundo, aunque sólo hubiera ocurrido en un sueño. Pasó el resto del día ensimismado, sin querer hablar con nadie, porque no quería que nada exterior lo hiciera olvidar de lo soñado. Estuvo convencido de que si el amor era así, amar a una mujer sin necesidad de que ésta existiera, ya no tenía que esperar nada de más nadie, porque era en otra dimensión donde lo esperaban las cosas. Lo que más le aterraba es que se había dicho que el día en que supiera qué era lo que quería, lo haría material. Ahora sucedía que era imposible, porque aunque volviera a sentir alguna vez ese sentimiento, no sería inspirado por aquella misma mujer.

El hecho de que se resignara y comprendiera que la mejor visión que tuvo nunca la podría realizar, lo llevó a ser una persona diferente, que casi no hablaba con nadie, porque pasó muchas noches tratando de soñar lo mismo y soñó fue con cangrejos, que devoraban sus pobres pies. Pescaba pensando sin parar en ella, y creyó que ya nada valía ni si el bíblico José el Soñador le interpretaba que iba ser un hombre rico, porque aunque sucediera jamás podía llevar esa riqueza a la doncella. Fue entonces cuando escuchó a alguien que existía la ley de la atracción, la cual indicaba que con el pensamiento podía atraer lo que quisiera. Era algo que quiso conocer, porque era claro que, desde la más lejana antigüedad, había una forma mecánica de conseguir las cosas que parecían inexistentes. No era experto en ello, pero ya intuía que entre más pasara el tiempo, con su alta estatura, piel clara, lacio cabello negro y ojos azules, más se haría el hombre que durante años deseó ser. Se animó más razonando por último que quizás esa mujer vivía en la vida real, con igual forma física, y que aquello sólo fue una muestra para que saliera adelante y la consiguiera. Había leído fábulas árabes, donde ocurrían situaciones de ésas, y tuvo la dicha de sentir que fue tocado por la diosa de la fortuna, pues al fin tenía una empresa grande por la cual luchar. Teniendo aliento nuevo, como si hubiera tenido una revelación, pronunció la frase por la que sería reconocido:

-Un sueño se hace realidad.

Fue entonces que cambió su persona, a la vez que la gente comenzó a notar que nacía en él un hombre diferente, el cual se distinguiría por ser alguien que influiría positivamente en los demás, y que cuando le preguntaban cómo haría para ayudarlos, quedaba luminiscente. «Tus deseos son órdenes», decía, como el genio de la lámpara. Al acto contaba de ejemplo que si el mar le demostraba que era tan grande, eso quería decir que más que pescados tenía infinitas cosas buenas para darle. Se afanó en trabajar con normalidad, y en dejar que la tierra con su órbita se moviera sin tropiezos, porque si ya lo había dejado ser feliz una vez, por ley natural lo podría dejar otras veces.

La seguridad de que el ser humano puede alcanzar cosas grandes, lo levantó de veras, porque era claro que siempre hubo gente inspirada como él. Para unos, no era cierto que las imágenes que se tienen dormidas se pueden hacer realidad, pero él prefería escuchar las voces de los pocos que pensaban igual. El único talento que la gente le conocía era el de pescar bien, pero Enrico Annichiarico juraba convencido de que no era ése, sino el de ser una persona con imaginación. Simultáneamente a que los demás lo veían escamar lebranches para vender, él estaba pensando en encontrar un tesoro naufragado en las aguas del mar Caribe, gracias un pirata desconocido que le hizo ese favor al presente tres siglos antes. Mientras otros lo veían arreglar el chinchorro para arrojar, y hasta alegre por lo que hacía con las manos, él estaba pensando en ser una persona importante, marinero quizás, que cuando llegara a algún puerto de las Antillas las putas salieran a recibirlo, como si les llevara las mejores noticias del mar. De igual modo, cuando lo veían regresar en la lancha llena de pescados, él estaba pensando en que algún día la traería llena de madre perlas, buscando que las mujeres más hermosas dejaran de aparecérsele en los sueños, para amarlo en la vida real. En distintas cosas se mentalizaba Enrico Annichiarico, pero pasaba el tiempo y vivía lo mismo. En lo más adentro creía que si se iba a vivir algún día al otro lado del mar, dejaría de coger pescados y buscaría una fortuna que nadie le dejó, pero que esperaba desde hacía tiempo en que alguien pensara en ella, para tener una excusa de salir a la superficie.

La suerte era favorable en aquellos días, porque los peces aparecían por doquier y la gente de la ciudad acudía en avalancha a comprarlos, como si la vida de abundancia que él deseaba se comenzara a manifestar. Pusungo era uno de sus mejores amigos, y gracias a éste había aprendido a ser un buen pescador. Al ver su nueva bendición, le decía que cuando una persona madrugaba con ánimo y estaba bien con todo el mundo, estaba también bien con el mar. Este último entonces le respondía al pescador, y le daba todos los peces, como el genio de la lámpara le daba las cosas a Aladino. Si una persona quería grandes cosas, lo único que tenía que hacer era sentirse todo el tiempo bien para que la vida le respondiera, y tuviera tanta suerte que hasta se tropezara con una moneda perdida de otra época. Sus otros amigos lo admiraban bastante, por el fenómeno de pesca que tenía, y los más viejos evocaban con razón que le agradecían más al mar que a la tierra. Sentía, a pesar de todo, que su condición de pescador de éxito repentino lo hacía objeto de la indiferencia de varias personas, y si los clientes bajaban a esa parte de la playa a comprar los pescados, ni siquiera miraban las caras de quienes se los vendían. Las mujeres se encargaban mayormente de eso, mientras los hombres se lanzaban al mar, en busca de más pescados para que las personas de la tierra siguieran creyendo en las aguas. Aún así, a él lo que le importaba era ver, con sus propios ojos, que todo por primera vez estaba cambiando.

El lugar donde pescaban en la playa de Riohacha quedaba al occidente de la ciudad. Desde hacía años, era el lugar preferido de la gente para comprar los pescados recién llegados, y ver lanchas parqueadas que tenían nombres dispares como La SirenaLa Bandida y Ámame. La verdad es que más que el precio, las gentes lo hacían porque querían sentir la carne fresca de los peces, que eran realidad los causantes de que estuvieran tan orgullosas de ese mar. Uno de los mejores y baratos era la boca colorá. Muchas personas vivían de la pesca con orgullo, sabiendo que, al igual que la caza, era el oficio más viejo del hombre. De manera que era una feria en épocas cuando el pescado abundaba en las aguas, y se abarataba su costo. Ser pescador se había convertido en algo gratificante, pese a que lo que hizo desaparecer a su padre Israel Annichiarico, fue la misma pesca artesanal.

En su interior, desde que tuvo el sueño con la bella mujer, Enrico Annichiarico parecía dispuesto a cambiar, para cuando se despertara no volver a mirar una realidad diferente como esa vez. Se convencía de que cualquier persona puede salir de la pobreza si tiene disciplina con el dinero, aunque la verdad es que la mayoría de sus ahorros en momentos de desenfreno se los gastaba en cerveza. Los demás vieron que la fortuna tenía mucho que ver con él, y lo mejor que pudieron hacer fue tratar de estar cerca de sí en mar abierto, para ver si se les pegaba un poco. Pero mientras pensaban en los peces varios que cogía, él pensaba en ser un buscador profesional de grandiosos tesoros, porque estaba seguro de que si el mar lo había tratado mejor que la tierra, entonces terminaría de revelarle sus secretos. En medio de todo lo que le pasaba, era feliz con el adagio chino que decía: Ten cuidado con lo que sueñas, porque se puede hacer realidad. Sólo que en esos momentos se alejaba de esa certeza, y tenía que pescar solo y soportar el sol fogoso que a veces calentaba su cabeza, y también se apoderaba contra su voluntad de su pensamiento. Se alegraba de todos modos cuando veía a los otros ser felices con la jornada, y les echaba bendiciones porque, a fin de cuentas, ellos también hacían parte del mar.

Fue alrededor de un mes después de aquel sueño, cuando la vida de EnricoAnnichiarico tomó un giro de ciento ochenta grados, y le hizo caer en cuenta de que lo mejor que le sucedió fue despertar. Su sentimiento aumentaría tan monumental, que a partir de eso todo lo haría ya no tanto con la idea de la grandeza como del amor. Debió creer que se trataba del mismo asunto, y que el Universo entero en verdad sí pudo enterarse de lo soñado, y que él a nadie por precaución le había contado. Empezaba a olvidarse casi de eso, y su trabajo se fue haciendo tan monótono que hasta cayó en el ron como nunca, creyendo que a fin de cuentas el hombre de mar debe sentir también el líquido más amargo en el estómago. Con sinceridad, sentía que esa mujer que durmiendo conoció una vez, se iba incluso de su pensamiento. La ocasión que se le presentó para volver a recobrar el ánimo que no volvería a perder, fue allí mismo en la playa, donde la vida hasta el presente lo había hecho más pescador artesanal que hombre enamorado.

Enrico Annichiarico acostumbraba siempre que traía la lancha con los pescados, acostarse en una canoa que un indio no terminó de hacer, y fumarse un cigarrillo para que su saliva se impregnara de todo el tabaco. Recibía su pago por las mujeres que vendían allí, y una de ellas de nombre Lucy, una negra de cuerpo escultural, era para su dicha su mejor amiga. Era una mujer que no se le conocía marido, y él pensaba mucho en ella por una fuerte razón, y es que poseía unas nalgas demasiado grandes, como para que los hombres que las miraban pensaran sin disimulo en ellas. Aunque le gustaba hablar con ella y no le había faltado el respeto, le fascinaba estar detrás de su humanidad, apartado y en silencio, para a través de su moldura meditar el lado bueno de la vida. Las imágenes eróticas que él se imaginaba gracias a ella, le servían de consuelo y le dejaban saber que un hombre no tiene necesidad de volverse rico, para disfrutar con la vista de una de las cosas más emocionantes del mundo. Un día, sin saber por qué, ella lo llamó. Él apenas iba a encender el cigarrillo y acostarse en la canoa bajo la sombra, cuando tuvo la certidumbre de que lo estaba llamando el mismo amor. En realidad era así, pero ya comprendía que éste cambiaba constante de cara, aunque se dejara sentir de igual manera. A acercársele con su camisa del Atlético Junior y preguntarle para qué era bueno, Lucy que era muy entusiasta, le sonrió con dulzura. «Necesito que me hagas un favor», le dijo. Enrico Annichiarico admitió que sentía algo especial por ella.

-Soy tu esclavo.

-Voy para el hospital a ver a una tía –continuó ella-. ¿Será que me puedes atender el puesto?

-Claro -dijo él.

-Después sacamos cuenta.

Enrico Annichiarico la miró feliz, porque era capaz de vivir mucho por ella, y le respondió como algún día quería que la negra en la estera lo hiciera.

-Escucho y obedezco.

Al rato ella se alejó y él comenzó a atender a la clientela. Llegaba mucha gente, y le daba alegría, porque la mayoría de esos peces habían sido cogidos por él. Como cualquier vendedor de allí, era menos mirado a la cara que lo que sus manos hacían. Eran los clientes personas de todas las índoles, y se maravillaban al ver que los pescados resaltaban frescos como si no los hubieran capturados lejos, sino que allí en la mesa los acabaran de crear.

Cuando estaba escamando con ciertas personas conversaba bastante, aunque no exagerado, porque no quería dejar de sentir el poco amor que su corazón reservaba. Se concentraba en el recuerdo, porque era claro que desde que tuvo aquel sueño, la vida le permitía coger tantos pescados. Se sentía emocionado, porque también veía que algunas personas valoraban las cosas que él y sus compañeros, a riesgo frecuente de perder la vida, iban a buscar al mar. Había mojarra, lebranche, cojinúa, sierra y más especies, para conocer el placer. Atendía bien, entretenido, tratando de satisfacer a una clientela a la que apenas se acostumbraba, porque no era alguien que le gustara pararse ante una mesa para vender meros, que ya le pagaron las vendedoras de antemano. Prefería quedar acostado aparte, pero ese día lo cumplido fue haber hecho eso. De pronto, al estar abstraído sacando las tripas a unos bonitos para un hombre cachaco, sintió cerca de sí la voz más dulce que escucharía alguna vez en la vida:

-Buenas.

Levantó entonces la mirada, y se encontró con una cara joven tan hermosa, que le bastó en seguida para darse cuenta de que era la propia mujer que venía directamente del sueño. Tenía el rostro, el cabello, la mirada igual, con la diferencia de que en esta ocasión ella sólo era atraída por una clase de pescado, y antes de que dijera cuál buscaba, sino no los tenía allí ya él era capaz de irlos a buscar en un santiamén al mar. La impresión física de su presencia fue demasiado brusca, como para creer que soñaba de nuevo. Era algo que erizaba la piel, y sólo le daba tiempo de mirarla. Trató de mantener la seriedad, mientras ella por supuesto le preguntaba.

-A cómo tiene la ensarta de boca colorá.

Enrico Annichiarico comprendió que cobrarle dinero a una mujer bella era casi un pecado, pero mantuvo la compostura para que ella no se fuera, al no entender qué le pasaba. Trató de ser normal, como si algo le hubiera detallado que así con calma sucedía mejor el amor.

-Cuatro mil pesos –dijo.

-Bueno, deme una.

Él despachó al hombre que esperaba, y se puso a atenderla a ella, sabiendo que eso ya estaba escrito en la vida material. Mientras lo hacía notó en cambio que ella, por supuesto, no lo recordaba. Era evidente que accionaba profundamente enamorado, y consideró que si se atrevía podía ahora tocar con las manos el personaje del sueño que alguna vez había tenido. Tenía la misma forma de existencia, aunque no le decía para nada que lo amaba. Como siempre que ocurría con una mujer que a primera vista le gustaba, le dio temor la idea de no volverla a ver nunca. El proceso de escamar las bocas colorás lo hizo lento, porque creía que así ella estaría más cerca al menos de lo que él sentía. Le pidió a la vida una frase poderosa, y ésta se la dio.

-Me alegra que el mar sea el alimento de una mujer tan bella.

La mujer sonrió y lo miró a la cara, siendo históricamente la primera vez que él le cayó bien.

-Gracias –pronunció.

Estaba bien vestida, con una blusa blanca, jean azul claro ajustado a las caderas, a la vez que su cabello largo y castaño hacía contraste con su piel trigueña, y sus labios gruesos parecían más fáciles pintados de rojo. Se veía inocente como alguien que apenas veía la vida, aunque había que mirarla bastante arreglada, y segura de sí misma, para saber que tenía conocimiento del gran poder de su belleza. Enrico Annichiarico entendía que ella había hecho mucho dándole las gracias por el halago a un pobre pescador que tenía sucia las manos, y lo peor, la mugre de la pobreza. Pero a ella no parecía importarle eso, y sólo miraba lo que él hacía, quien se sintió inspirado para avanzar más.

-Disculpe –dijo-, ¿le puedo hacer una pregunta?

Ella lo miró a la cara, sin comprender.

-Sí, claro.

-¿Es usted de Riohacha?

Ella asintió con la cabeza. Enrico Annichiarico supo que ya había algo de trascendencia que los conectaba.

-Es que me pareció usted del cielo.

La mujer no sólo sonrió, sino que soltó la risa. Era algo inusual, que un pescador tuviera confianza allí con una mujer tan refinada. Ella comprendió que aquel hombre articulaba muy nervioso, y como sencilla que era, no quiso hacerlo sentir menos quedándose callada. Comentó que a ella y su tía donde estaba bajada, les gustaban de sobra los pescados y que con frecuencia ésta los compraba allí. Al oír eso, Enrico Annichiarico sintió que lo fulminaba un rayo. La muchacha le explicó que era una señora de gafas, prima de su madre y dueña de una agencia de turismo diagonal a esa playa, a la que le iba muy bien gracias a la magia conocida del territorio. Enrico Annichiarico tuvo temor de que estuviera soñando dentro de un sueño. Era evidente que no, porque a pesar de la belleza pura de ella, no sucedía tan fácil el amor. Además vio que terminaba, y que el momento de estar con ella finalizaba sin más. La ensarta tenía siete pescados, pero le puso cuatro más para que cuando ella y su tía comieran, no se olvidaran de él. Enrico Annichiarico entendió que necesitaba saber algo más de ella, para tener cómo recordarla sin problemas.

-Le voy a decir una cosa –dijo-, con una mujer hermosa como usted, los turistas no tienen necesidad de visitar el Cabo de la Vela, los flamencos rosados de Musichi y el cálido desierto, para conocer lo más grande de La Guajira.

La mujer lo miró, sonriente, pero ya no contestó para que él no continuara hablando confianzudamente. Su mirada comenzaba a estar en otro lado. Esperaba que él le entregara los pescados, para darle los cuatro mil pesos que olían a su perfume. Él se apuró, porque aunque no quería que se fuera, quería quedarle bien. Aunque no los contó ella vio que eran demasiados por lo que pagaba, y sin saber por qué, le gustó la energía de él. En ese proceso siguió cayendo en su red invisible de pescador. Le entregó la ensarta en una bolsa, y ella le pagó de una forma normal que quedaría más en la realidad. Cuando se iba a alejar él pensó que necesitaba hacer algo urgente, que en verdad parecía de vida o muerte. Entonces musitó muriéndose de miedo: «Usted cómo se llama». A ella le pareció mucho la pregunta, pero quizás agradecida por lo bien que la había atendido, le regaló por siempre su nombre mágico.

-Jessica Moscote.

Luego de eso se alejó, y cruzó la calle. En esos momentos se acercaron dos clientes, y él le pidió a Pusungo que lo reemplazara, porque no quería volver a atender a otra persona que no fue soñada. Mientras tanto, desde la playa vio que la muchacha tomaba el camino de la agencia de turismo Guajira Mágica donde decía que vivía con su tía, y cuando notó que con familiaridad se acercaba le agradeció a Dios que hubiera sido sincera con él. Fue algo grande lo que acababa de pasar para él, estando despierto como se lo demostraba por el sol el ardor en su piel. Sabía que acababa de conocer en persona el amor de su vida.

El hecho de que un sueño tenido se convirtiera en realidad, le demostró de veras que cualquier humano puede conseguir en la vida lo que sale de su mente. Lo había comprobado en carne propia, y aunque aún no era nada de ella se mostraba contento, porque ya se convencía de haber conocido a la persona que empoderaría su corazón. Sabía que lo providencial estaba por venir, y que los días por llegar serían diferentes a los del pasado, donde era el hombre más solo y triste de la playa. Durante años creyó que la mayor fortuna de su vida la encontraría en el mar, en las aguas profundas, y resulta que ese tesoro millonario vivía a la orilla de la ciudad que lo vio nacer. Era algo real, como las olas que llegaban eternamente sin necesidad de soñarlas. Se volvió loco como nadie, y ni siquiera las nalgas voluptuosas de Lucy cuando volvieron, lo despertaron de aquel amor que había vuelto a sentir, pero en esta ocasión con los ojos abiertos más abiertos que pudo tener alguna vez.

Desde ese día lo ideal que le podía ocurrir a Enrico Annichiarico era encontrarse solo, porque de esa manera podía pensar perfectamente en Jessica Moscote. La tenía tanto en la mente, que tenía la convicción de que a todo instante la veía, aunque por un descuido se durmiera. Creía que lo más importante fue haber sabido su nombre, porque a partir de eso comenzaría no sólo a imaginarla, sino a pronunciarla mágicamente. Aunque de seguro para ella ya él hacía parte del olvido, tuvo razón para creer que gracias a su corazón enloquecido, Jessica Moscote era la mujer más amada del mundo moderno. En donde estaba él, estaba como espíritu ella. Se comportaba enloquecido, sabiendo que tenía motivos seráficos ahora para serlo. Lo malo es que con el venir de los días siguientes, ella no volvió a esa parte de la playa por más pescados del hombre soñador.

Fue cuando quiso confirmar que era cierto que se bajaba por allí, y caminó por la calle frente a la agencia. Era consciente de que verla de nuevo confirmaba la verdad de su existencia, porque era claro que nunca había soñado dos veces con una mujer que no conocía. En una ocasión de ésas, la vio en la terraza donde ella dijo. Lo que más le gustó fue la rectificación de vestirse igual a como la soñó alguna vez, con una bata indígena que servía para sentir con anhelo el fresco de la tarde. Era sorprendente cómo, desde la inocencia de su juventud, Jessica Moscote podía ya ser la dueña del mundo. Se trató de algo radiante aquel panorama, que servía para que otros hombres que la vieran, también sintieran deseos de vivir mejor en la realidad. Había vuelto a verla, y eso le confirmó que de ahora en adelante podía mirarla cada vez que quisiera, sin necesidad de quedarse dormido. Tenía razón suficiente para ser el pescador más feliz en la historia del mundo, aunque no era tanto en el mar, como en la costa donde llegaba su presa. Cuando trabajaba en las aguas pensaba en su cara, y al avistar las primeras casas de Riohacha, le daba gracias a Dios por regresar a la tierra donde se encontraba ella. Con honestidad, ya no quería ir más a alta mar, pero le daba miedo de que, si no pescaba, entonces ella no le volvería a comprar más bocas colorás. Pero le bastaba saber su cercanía para estar todos los días en la playa, confiando en que mientras más la idealizaba, más sería materialmente como la fantaseaba.

La magia llenó su vida. Era un hombre, y aunque las gentes que le recibían la mercancía de peces creían que trataban con un pescador, se equivocaban: era un personaje del amor. Todo tenía sentido, le dio gracias a Arthur Friedenreich, el Mulato de los Ojos Verdes, el primer hombre que fue considerado el mejor futbolista de la historia, por haber servido de nombre a la lancha que trajo los pescados, para que Jessica Moscote por un diminuto tiempo estuviera agradecida con él. Se imaginaba que debía tener su novio, pero no le importaba, porque muy pronto sería más amado que aquél. No tenía la menor idea de cómo iba a hacer para que alguien pobre, que vivía de la pesca, pudiera alcanzar el amor de una mujer que podía ser pretendida por los ricos, pero confió en el poder naciente de su corazón. En la vida había variadas maneras de salir adelante, y como él tenía claro todo lo que buscaba lo conseguía, aunque en un principio la mujer no pareciera hacer parte de la realidad. Los días pasaban, Jessica Moscote aparecía de vez en cuando en la terraza, y eso le resultaba suficiente una vez más para confirmar que tampoco soñaba despierto. La amaba, con toda la fuerza del alma, y nada ni nadie evitaría que algún cercano ella pensara en él de vez en cuando, al antojarse de comer pescado. Por lo que se dio cuenta después la que se acercaba al puesto era su tía, y eso le bastó para descansar más tranquilo, consciente de que de alguna u otra forma el mar que era suyo, seguía alimentando a su sobrina. Si la fe hacía milagro, entonces la religión se asombraría de cuánto a un pobre pescador se le había dado por creer en ella.

En una ocasión, caminando por la calle, tuvo la oportunidad de cruzarse con la doncella. Fue algo que lo sacó del cuerpo, en verdad. Era claro que él no se preparó para algo como aquello, porque hubiera tenido una ropa mejor, que lo hiciera parecer más un enamorado que un pescador en acción. Sintió que le había pedido al Universo tanto por verla, que este último se la puso de frente como si él cargara en las manos la lámpara de Aladino. Sin embargo, también era consciente de que no podía dejar escapar esa oportunidad de saludarla, porque se trataba de ir creando una fuerte imagen suya en la mente de la muchacha. Por tal razón trató de darle rápido, para que ella viera más su cara que su ropa. En el momento en que se pasaron cerca el uno del otro, él la miró bastante, buscando que entreviera que era el hombre en esta vida que más pensaba en ella. Al verlo, éste inmediatamente le dijo:

-Hola.

Jessica Moscote lo estudió, el instante necesario para reconocer que era alguien ya visto en un momento anterior de la vida.

-Cómo estás.

-Bien –respondió analítica ella.

Sin hablar más ella se alejó, caminando sola, pero llevándose otro vago recuerdo de un desconocido que con el tiempo sería su esposo. Era una mujer sencilla, que tenía la virtud de dejarlo flotando en el aire real. Aquello lo dejó sin lugar a dudas contento a él, quien andaba feliz con el amor, desde que descubría que ahora su sueño pasaba era cuando despertaba todos los días. La vio perderse entre la gente, entre los carros, y él siguió también su camino convencido de que en la tierra, si se llenaba de astucia, se pescaba algo más fantástico que en el mar. Nadie entendía por qué andaba de esa manera, iluminado, sintiendo que todo lo que se desenvolvía, hasta el soplo de la brisa, fue creado para que él respirara y pudiera pensar más en ella. Era su objetivo principal, pero mientras tanto tenía que dedicarse a la exigencia de la pesca artesanal.

De todas formas, con el nuevo encuentro había quedado bien satisfecho como hombre. Le gustaba tener en cuenta por dónde iba la vida después de esa visión inicial. La realidad se volvía más fastuosa, pero era consciente de que si una mujer amada se moría, sería igual que un sueño que nadie volvería a tener. Por eso le deseaba lo bueno, y en su mente no había nada mejor para Jessica Moscote que prolongar por siempre los años. Si ella hubiera sabido que desde algún lugar de Riohacha alguien tenía esas intenciones con ella, le hubiera dados las gracias hasta enamorarse. Él se conformaba con haber hecho parte de su pensamiento por un instante, aunque fuera en su recuerdo como un diminuto grano de arena en la playa. Tenía claro que no vivía en Riohacha, porque de lo contrario estaría con sus dos padres. De ser así, en cualquier momento se podía ir sin saber su intención. Bullía deseoso de saber muchas cosas, pero la única que podía contar su mundo era ella.

Cuando le tocaba pescar, cogía todos los peces que quería del mar. En ese trajín, comenzaba a sospechar algo que cambiaría su vida. Desde que se había enamorado, era como si las cosas difíciles se volvieran más fáciles, y los sueños mejores querían vivir en la realidad. Era algo que se definía como estar de buena, pero que Enrico Annichiarico por pensar día y noche en Jessica Moscote, no le daba importancia. En efecto, cada vez que salía a pescar en la lancha, ésta volvía a la playa tan llena de peces, que los demás pescadores pensaron que de él se enamoraba más que de todos ellos, el mismo mar. En cambio, él no le daba importancia, y sólo se sentía contento porque por muchas millas que se alejara de la orilla, lo único que seguía embelleciendo con claridad la mente era Jessica Moscote. Era la historia que lo hacía importante. El dinero entraba a sus bolsillos de forma maravillosa, los demás pescadores querían pescar con sus lanchas en el mar cerca de la de él, convencidos por superstición de que para mejorar la suerte, hay que saludar a la gente que más la tiene. Era algo significativo lo que venía sucediendo, que lo tenía cambiado como si de la noche a la mañana, fuera el protagonista de la vida que alguna vez no pareció para él, sino para los demás; y por esa meditación realizaba su faena con esmero sin darle importancia a su victoria nueva, creyendo que si seguía pasando nunca saldría de las aguas, y sería más el personaje del mar que andaba sin hacer la mirada de Jessica Moscote. En serio, cada vez que regresaba a la playa, era como si despertara en la vida que valía la pena estar. Entonces pensó que lo conveniente era buscar un motivo para tener cierto encuentro, en el que quedara un recuerdo de su factura que fuera substancial para ella.

Lo complicado es que no había nada que lo hiciera acercar con justificación a la muchacha. Pensó que una buena forma era llegar con dinero y pedir un viaje a la Alta Guajira, pero luego descartó ese plan, porque se conocía que los pescadores no piden conocer un paisaje turístico, cuando ellos viven prácticamente mendigándole al agua. Se le ocurrió llevarle pescados para que se los pagaran después, pero aquello sería como ofrecer el romance a alguien que le sobraba. Su único consuelo era saber que la joven era de la ciudad, y que por alguna razón, iba a volver a mirar el mar donde se había vuelto un héroe anónimo él. Se lamentó de su pobreza, y despreció todo lo que girara en torno a la pesca, pues si bien aquello lo acercó alguna vez a la hermosa Jessica Moscote, esa humilde condición también lo alejó. Así que le pidió a la Virgen de los Remedios que pasara algo para que pudiera saber qué sentimientos tenía con ella, y eso lo calmó, porque la santa patrona hacía grandes milagros desde siglos pasados con las cosas sucedidas cerca de la playa. Se sentía bien con la ley del pensamiento, porque gracias al amor, completamente atrajo a una mujer que terminó siendo de la vida real. Eso le daba fuerzas para seguir pescando, porque sabía que el alma de esa joven se iba sin su consentimiento con él para alta mar. Una mañana se quedó dormido en su lancha, y cuando calentó el sol no había cogido ni un pez. En su corazón, sin embargo, Jessica Moscote lo acompañaba con vibración. Otro día regresó a la orilla con la lancha llena de pargos rojos, y no la buscó mirando para la agencia, porque tenía la convicción de que el ánima de la muchacha lo ayudó todo el tiempo en el mar.

La tía de la muchacha era Yadira Santiago Brito, dueña de una agencia de turismo creada años atrás, para llevar a los turistas que visitaran La Guajira a parajes desérticos como el Cabo de la Vela, donde la fantasía se viste de realidad. Era un negocio que funcionaba muy bien, y al igual que muchas agencias quedaba frente al mar, dando a entender que la excursión de ensueños comenzaba desde el instante en que entraban los visitantes en esa oficina. Su nombre de Guajira Mágica era el más indicado, pues desde la conquista de los españoles la península se tuvo por una tierra mágica, quizás por el brillo del sol que hacía que cualquier cosa, hasta los pensamientos, crearan al acto lo que era ella. Era un lugar frecuentado entre los turistas, deseosos de conocer una región que nunca fue ajena a la magia. Así que mientras él pescaba, Jessica Moscote al lado de su tía vivía en medio de mapas y rutas de camino, inmersa en un cosmos que le mantenía en contacto permanente con distintos visitantes, algunos de los cuales, por supuesto, cuando regresaban a lugares como los Estados Unidos, Francia o España, tenían un recuerdo más mágico de ella que de la tierra guajira.

Por eso Jessica Moscote no pensaba tanto como él en esos días, además que esperaba que terminaran las vacaciones para comenzar los estudios. Era claro, por ese negocio, que veía caras nuevas todos los días. Conocía a cientos de personas, y se acostumbró desde niña a que cualquiera en la calle que la viera, gracias a su fantástica hermosura, la confundiera con el amor. No obstante, estaba lejos de saber que en esa época, comenzaba a participar en la historia mundial gracias al corazón de él. Era algo que jamás había imaginado. En ningún momento se le ocurrió pensar que aquel hombre que alguna vez le vendió unas bocas colorás, la convertía en la cosa más pensada de toda la naturaleza. Si lo hubiera sabido quizás en un primer momento hubiera sentido miedo, pues escuchaba que quien piensa demasiado obtiene lo que desea, y no se veía siendo la mujer de un tipo, que lo único que parecía tener era el arte de escamar lento los pescados. Era una mujer sencilla, por supuesto, que tenía los pies puestos sobre la tierra. Dentro de eso, su pasión eran los estudios superiores. Quería seguir el deseo de sus padres, quienes pretendían que ella se moviera en esferas mejores, atrayendo mientras tanto visitantes que ya escuchaban que florecía una humana tan simpática, que cuando salía al aire libre al mismo día que la iluminaba, le dolía de veras hacerse de tarde.

Un atardecer se presentó un caso que demostraría una vez más que su sola presencia enloquecía a los hombres. Al igual que siempre, había estado atendiendo a los clientes, que llegaban de todas partes del país y del extranjero, para conocer las maravillas de un departamento desértico que tenía el color de la magia. Como era natural, uno de los lugares más visitados era el Cabo de la Vela, por estar éste en el norte de La Guajira, lleno de un paisaje aparte por ser desierto y solitario. Jessica Moscote se había vuelto experta atendiendo a la gente, aunque al levantar la mirada se daba cuenta de que numerosos hombres, cuando la conocían a ella, ya no tenían tanto interés en conocer a toda prisa el Cabo de la Vela. Se trataba de un fenómeno al que se habituaba, y sabía que muchos por impresionarla pagaban con sus familias un viaje lejos que quedaba en el itinerario, por tratarse del sector más septentrional de Suramérica: Punta Gallinas. Uno de ellos fue un francés, que entró a la oficina desprevenido, sin saber que estaba a segundos de ver a la mujer que más le hizo creer en el hechizo que suelta la vida. En cuanto se sentó frente a ella, anduvo pendiente más de su rostro que de lo que decía, cuando le hablaba del Santuario de Fauna y Flora los Flamencos, en Camarones, de Uribia, la capital indígena del país, del Parque de la Macuira, donde la gente podía sentir el frío en una montaña sin recordar por eso que seguía en el desierto. Cuando entró ya sabía que su destino era el Cabo de la Vela, pero lo que sí cambió fue el número de personas, diciendo que dos.

-Está bien -dijo Jessica Moscote complacida.

A continuación hizo el recibo, mientras conversaba con alguien a quien lo que le dolía en esos momentos no era hablar tan bien el español, para expresar con claridad lo que sentía hacia a ella. Era visible su hipnotismo, y ella trataba de no mirarlo a los ojos, para no quedar tanto en su recuerdo. Su nombre era Étienne Lanusse, era un ingeniero de París con diploma de lujo, que llegaba allí por encanto, después de descubrir por Internet el desierto de La Guajira colombiana que con las sábanas de arena, recordaba que la brisa tenía miles de años de soplar sin detenerse. Fue cortés, pero por la forma como temblaba, a ella le causó inquietud que un tipo que la acababa de conocer hacía apenas cinco minutos, ya desde la otra vida parecía estar enamorado. Ella, en cambio, no sintió nada, a excepción de su curiosidad de tratar con un francés. Al cabo de un rato el hombre salió en silencio, dispuesto a regresar allí a las cinco de la mañana, que era cuando la burbuja disponible lo llevara a él y a otros turistas a conocer el único desierto, que bañaban las aguas del mar Caribe.

En efecto, al llegar el día siguiente Étienne Lanusse apareció, pero sin la persona que reservó para que lo acompañara. Al verlo, Jessica Moscote pensó que prefirió ir solo, y le dijo que era una pena que ya no podía devolverle el otro pasaje de ida y vuelta que había pagado. Pero según él, no cometió ningún error. «El otro es para usted», aclaró. En concreto, él anunciaba que desde ese momento el mundo entero podía ser de ella, si permitía que fuera su compañera para viajar juntos a su sueño más profundo. Por las cosas que tenía disponible, era claro que se trataba de un hombre muy rico, que se disponía a dejarlo todo con tal de pasar la vida al lado de una mujer, de la que muchos hombres al verla se enamoraban con la velocidad que les dejaba Dios. Jessica Moscote, por supuesto, declinó la oferta como hizo otras veces, porque era sólo una muchacha que trabajaba en una agencia de turismo, y no una mujer que caía fácil en los brazos de cualquiera, por tanto franco que dejara oler. Por eso al hombre le tocó irse solo, con el resto del grupo, mientras por dentro lamentaba que ella no quisiera acompañarlo, para hacer con su imagen de princesa más narrable el árido desierto. Esas cosas hacían parte de su vida, pero algunos casos le daban impresión, porque no podía creer que desde que era una mujer, los hombres que parecían poderosos se ofrecieran ser tan despiertos. Se concentraba en el trabajo, sabiendo que aparecerían otros enamorados, que juraban que antes de conocerla la habían visto en las canciones, en las novelas, en el presentimiento.

Esperaba que al término de las vacaciones se iba ir de viaje, y Enrico Annichiarico tendría hasta los primeros días de febrero para ver de vez en cuando, una apariencia que producía que ciertos hombres quisieran existir más cerca de ella. Riohacha era una ciudad que a ella le gustaba, y no perdía ocasión para verse con su papá, Julio Moscote. Cuando podía, se pasaba el día con él, y éste tenía planeado pagarle los estudios de derecho en una universidad de Barranquilla. En ese momento no tenía novio, aunque no era difícil suponer que así como Enrico Annichiarico, había una cantidad de hombres que soñaban con ella, y ésta debía reírse al tener en cuenta que sin moverse de la agencia de turismo, gracias a la imaginación de los enamorados que seguían apareciendo, podía estar al mismo tiempo en tantas partes, de distintas formas, aunque siempre dueña absoluta del amor. Era claro que enamoraba a primera vista, como si desde el instante de su nacimiento, hubiera traído a la vida la mejor forma de inspiración. A veces, cuando no estaba en la oficina, viajaba en forma física a los lugares donde iban los turistas, llenando de encanto la vista, haciendo más amistades, siendo una persona trascendente para todo aquel que la tratara, y al igual que cualquier mujer sencilla, no parecía darle tanta importancia a su hermosura como a los pobres hombres que se la miraban. Realmente, podía sentir pesar por alguien que decidiera morirse por ella, pero el último caso vivido no tenía definición científica.

Si había algo diferente que notaba, fue la sensación de que alguien la trabajaba con un arte secreto. En unas ocasiones de su vida, tenía la sensación de que las personas pueden sentir cuando son pensadas por otras, sencillamente por la razón de que terminan viendo la cara en la mente de alguien por accidente. Fue ese el caso que sentía con el hombre que le vendió los peces, cuya cara llegaba a su psique casi contra la voluntad de ella, y le dio temor de que de esa manera la enamorara. En cualquier parte, tenía la convicción de que la magia la envolvía, la rodeaba, la llenaba por completo, como si de tanto ser pensada por alguien, dejara de ser ella misma para ser sólo un pensamiento de él. Se sentía la protagonista de una historia salida de la imaginación del pescador, y aunque a veces le resultaba cómodo, no tenía la menor intención de cruzarse con él en la calle. Lo miró algunas dos veces, pero lo raro es que en la cabeza lo estaba viendo todos los días. En una oportunidad, sintió la necesidad de decirle a su tía lo que ocurría.

-Siento que me están encantando –dijo.

La señora la miró de pies a cabeza, valorando su hermosura, y le comentó que lo más natural que podía pasar en la vida, no era que el mar de enfrente llegara con las olas, que la brisa soplara demasiado fuerte, que la Península de La Guajira resaltara en el mapa, que los turistas llegaran de lo más lejos, sino que la mayoría de los hombres pensara amorosamente en ella. Le indicó que si se sentía así era natural que no sólo aquel pescador la tuviera en la mente, sino algunos turistas que se sintieron frustrados, cuando después de conocerla no se la pudieron llevar al extranjero, para seguir viviendo la magia guajira. De manera que Jessica Moscote admitió que tenía que estar siendo pensada, aunque era la única vez que notaba eso, como si hubiera aparecido en su vida el hombre que podía comparársele en espíritu. Sintió pesar con aquel pobre muchacho, que tenía que soñar consigo, sobre todo en el mar, para poder sentir de alguna forma el amor que ella creía destinado para alguien más importante. Era claro que se trataba de una mujer perspicaz, quien podía darse cuenta de todo, incluso de la gente que jamás había visto y estaba enamorada a escondidas de ella.

En los días siguientes, volvió a ser la mujer que sólo le interesaban sus asuntos. Era lo único que la dejaba ser ella misma. Un ser como Enrico Annichiarico no cabía dentro de la expectativa, no tanto por su condición de pescador, sino porque era alguien que causaba repulsión al verlo mucho más pobre sin su amor. Por supuesto, le cayó bien, como varias personas que se sentían enamoradas nada más conocerla, siendo claro que desde el primer momento en que lo miró atenderla en la playa, se sintió identificada por alguien que ya la había visto en un sueño. No sospechaba que ese momento hechicero sucedió, y que alguien tuviera la facultad de amarla infinitamente, antes de tener conocimiento de que era un personaje que también respiraba. La energía con que la trató quedó en ella para siempre, y no entendía porqué cuando miraba hacia el mar, se acordaba de aquel hombre que le vendió los pescados, que resultaron siendo agentes digeribles de su sentimiento. El aura se lo daba el convencimiento de salir adelante, y si se sintió atraída por alguien que no era de su nivel, ya sabría cómo hacer para olvidarse de eso, sin hacerle daño a la humildad. Era una mujer inteligente, que no caía tan fácil en el amor por una simple mirada que le daban, pero no esperaba que el más pobre de los pretendientes, lleno de autoestima, estuviera a punto de declarársele en su propia cara con el valor de un héroe.

Era la mejor decisión que se le había ocurrido a Enrico Annichiarico. Llegó a convencerse de que era un hombre como los demás, y que por tal razón tenía derecho de decirle a una mujer que la amaba, aunque ésta pensara que no podía, pues eso era casi impedir que nacieran los hombres. Pensó de tantas formas cómo decirlo, que varias le parecieron proféticas. Sabía que era una mujer que lo iba a escuchar, porque ya había tenido la oportunidad de entablar una corta conversación con ella, suficiente para tener en cuenta que de alguna manera hacía su memoria. Era alguien del que se acordaba entero. Confiado en eso, esperó la ocasión de descubrirla en los alrededores de la agencia. Era el único lugar donde podía verla, al igual que pasó una vez, cuando confirmó para siempre que una mujer de espejismo como ella hacía años no desaparecía.

Era consciente que para tal ocasión, necesitaba tener un cambio. Quería dejar una mejor imagen, para entrar más fácil en su mente de mujer. Sabía que tenía que ser bien vestido para que ella viera que la vida de él, aunque lentamente, también cambiaba. La seguridad con que le iba a hablar, era suficiente para que al menos supiera que nadie, desde que la parió su madre, estaba ni estaría más enamorado de ella. Creía que no la iba a asustar, porque ya comprobaba que su peculiar y caballeresca forma de hablar, suscitaba su dulce sonrisa. Si perdía en la realidad no le importaba, porque, aunque ella misma no lo sabía, ya lo había amado con el alma despierta en un sueño.

Al casi no tener ropa en buen estado, la tarde en que se colocó aquella guayabera blanca de mangas largas supo que tenía que verla, porque de lo contrario le tocaría ponérsela todos los días hasta que la viera. Rondó una parte cerca de la agencia, pero no entraba, porque llegó un momento en que su corazón se llenó más de miedo que de otra cosa. Sin embargo, le bastaba ver que ciertos extraños salían contentos, lucidos, encandilados por algo, para traducir claro que ella estaba allí. En algún momento creyó que lo mejor era renunciar, como si hubiera comprendido que para él no se escribía la historia. Al cabo de un rato ella de manera inesperada salió, y él casi se muere del susto, porque aconteció en un momento que no esperaba. Se veía tan bella, que era como si el destino la hubiera hecho así para que él le declarara el amor. Ella comenzó a caminar sin pensar en nada, y él también lo hizo para cruzarse en su camino, y pensara en su vida. Para ella su presencia inesperada fue algo que la llenó de desconcierto, porque era un personaje sin nombre del pasado. La luz le vino a la memoria cuando lo vio frente a sí como dueño de una parte de su tiempo, y no entendía qué pretendía ahora Enrico Annichiarico, porque demostró estar tan inspirado.

-Estoy enamorado de ti –le dijo.

Jessica Moscote quedó roja de la impresión, como si fuera la única vez que alguien le decía eso. Se dio cuenta de que era algo serio, porque se veía asustado, y eso era señal de que hablaba con la verdad. El sentimiento que traía de alguna manera la contagió, pero aún así creyó que desquiciaba, porque si bien eso era lo que podía sentir cualquier hombre que la viera, no era lo que esperaba de alguien que sinceramente no asomaba a su forma de vida. Su respuesta fue un eterno silencio, dándole a entender que se había equivocado de mujer. Enrico Annichiarico, por su parte, sintió un alivio en su corazón. Por primera vez, desde que Dios creó el mundo, Jessica Moscote sabía que él estaba enamorado profundamente de ella. Ésta, por supuesto, estaba lejos de saber que por culpa de eso, comenzarían a suceder cosas fantásticas en la naturaleza. El hombre que tenía ante sí la había convertido en la más sorprendente motivación que lo metía de lleno en el negocio de las perlas, que era la solución para poseer urgente la riqueza, que una mujer hermosa, sencilla e inteligente como ella, se merecía sin dudas desde el instante de nacer.

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