Con Arcesio Romero Pérez, la literatura de Barrancas se hace grande

Por: Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”

   De un día para otro, un tipo decide apartarse un poco del trabajo público, para dedicarse a lo que menos conocen de él. Se encierra a escribir, pero sacando a la luz aquello que lleva fascinándolo casi por cinco décadas. Para algunos eso supone no verlo tanto, lo extrañan en la calle, está perdido, no está en el mundo, pero nadie sabe que se ha vuelto un dios de su propio mundo. Estamos hablando de un ingeniero industrial, pero en realidad un excelente narrador que esperó durante mucho tiempo esta bella época, para convertirse en el verdadero Arcesio Romero Pérez.

   Nació en Barrancas, en el centro de La Guajira, un 30 de marzo de 1971. La tierra de los Brito siempre ha dado qué hablar, por ser una aldea junto al río Ranchería que hizo venir al mundo grandes hombres como el cantante Adaníes Díaz, y al astro del Liverpool que en estos días tiene renombre internacional, el delantero de fútbol Luis Díaz. Según sus historiadores, este lugar de la Provincia es definido como «como la tierra de los hombres serenos», o en agradecidas palabras, como «la tierra amable».

   En realidad, desde muchos años atrás, era conocida esta comarca carbonífera por ser el sitio donde nació Luisa Santiaga Márquez, la madre de la literatura  colombiana. En palabras más claras, la madre de Gabo, el mago que mejor aprendió, en este sistema de cosas, a contar historias grandiosas.

La enramada de la abuela

    Desde niño, Arcesio Romero las buscaba. En casa de su familia materna, da a entender, cualquier chico de su edad se hubiera adecuado a tener orejas grandes para las historias. En una enramada del patio, donde llegaban muchos hombres del pueblo, se contaban de todos los colores. Pero más que eso: había señores que daban ganas de mirar, no tanto por la historia como por la forma que los hacía volver a vivirlas. La abuela Petronila Pérez repartía el café, mientras su nieto se quedaba con las opiniones, con las tertulias de política, mejor entre más se hicieran repetirlas. Ni siquiera los autores de la literatura universal, influyeron tanto en él para que alguien los imitara en la narración costumbrista.

   Fue su primera manera de ser culto. Incluso, se puede decir que cuando en la escuela de bachillerato comenzó a leer los primeros clásicos, era solo para reencontrar en las voces milenarias, a los contadores orales de Barrancas. Por otra parte, La Odisea de Homero le enseñó no tanto la lectura mágica, como la dirección de los dioses. Su alma se volvió más grande, de tantas veces que la llenó de géneros literarios. Al respecto dice: «Fueron enriqueciendo poco a poco, es decir, el amor al arte, al arte de leer, es decir inicialmente, pero también al arte de escribir, de tomar notas, fundidas en la memoria y recabadas con el asomo de algún grado de talento».

   Sin embargo, la vida real lo demandaba de otra manera. Es decir, en un país como Colombia donde los autores no viven casi de escribir, la mejor manera de seguir siendo amigo inseparable de la escritura, es ganándose la existencia ejerciendo otra cosa. Un profesional, como un abogado o un médico, puede comprar más fácil los libros de Jorge Luis Borges que un escritor varado. Arcesio Romero lo entendió rápido, y por eso le dijo a la realidad que sería ingeniero industrial. Pero en la Universidad Industrial de Santander, en Bucaramanga, a diferencia de cualquier pensionado costeño que tuvo amigos, que oyó vallenatos —preferiblemente de Jorge Celedón—, siguió siendo un oidor de historias, o un ojeador de ellas. Después de graduarse y ponerse a laboral, su inclinación por las humanidades y lo que es el arte, lo obligaron a esconderse de vez en cuando en los libros. Asistía a actos, sonreía, se presentaba como apenas lector. Lo era, porque devoraba a los españoles del Siglo de Oro, los autores del boom de la literatura latinoamericana, los fascinantes escritores franceses, y hasta sentía cuán helado era San Petersburgo con la literatura rusa. Pero era claro que tantos años dedicados a la lectura, encerraban dentro de él un sueño prohibido: convertirse en un gran escritor.

   Era lo menos que podía pedírsele a alguien proveniente del suelo bendecido por la Virgen del Pilar, y que ya sabía cómo hacer para que gustaran universalmente las historias: que lo maravillaran primero a él. Si eso era así, entonces ya sabía desde la niñez cuáles eran las barranqueras que podría en los estantes infinitos, de la nueva Biblioteca de Babel. Estaban dentro de él, y solo querían ayudarlo a escribir bien a él. Por que aunque se formó academicamente en el interior del país, él era ese escritor perfecto que con su pluma encumbraría la oralidad de Barrancas, el pueblo del Sur donde alguna vez en su juventud vivió mi tía Gloria Brito.

   La ambición cuesta un gran sacrificio, por culpa de este planeta Tierra que según las leyes de Newton, se la da por girar alrededor del sol. Solo nuestro narrador supo cuántas veces se privó de otras cosas materiales, para seguir adquiriendo libros, en muchos casos nuevos de las librerías. Riohacha es una ciudad donde ha vivido, y donde para sus ciudadanos jamás pasa desapercibido el mejor lector que conocen de Stefan Zweig. Ha tenido distintos trabajos, que de alguna manera, daban espacio al ensayo de la redacción que durante décadas fue su secreto mejor guardado.

   Para muchos que lo estiman y saludan en la calle, Arcesio Romero Pérez era nada más eso: el director de Corpoguajira. Nadie entendía que ese hombre que hablaba de las plantas, de la tala de árboles que hay que detener, estaba igualando verbalmente a Borges. Cuando atendía a sus amigos, sacaba a veces su mejor frase, que se perdía en el aire. Cuando enamoraba a una mujer que le decía que sí, estaba teniendo su triunfo como prosista inmediato.

   Por lo tanto, llegado el año sabático, hasta los relojes de péndulo de Barrancas esa hora esperaban. Si bien muchos de los viejos contadores de su pueblo habían muerto, sus espíritus podían narrarle a la eternidad a través del impulso de él. Fue así como nació Disrupciones, el libro de cuentos con que dejaba sentado en el mundo, que vivir bastante es la mejor manera de aprender a contar la vida.

   Esa experiencia es lo que menos olvida: «Una incursión en el género pues del cuento, de la historia un poco corta, con el fin de recabar esos recuerdos que venían de la infancia, debajo de la enramada de la abuela».

   Cuando se sentó a escribir, recibía de un relámpago todas las palabras. Para él se trató de uno de los mejores empleos que tuvieron sus manos. Las cosas que pasaban en la calle, no eran tan interesantes como las cosas más pequeñas que pensaban sus protagonistas. Pero lo mejor de todo fue que entre más avanzaba en las páginas, más se convencía de ser el escritor fácil de leer que siempre quiso ser. Los personajes que creaba no eran tan inventados, porque incluso le daban ideas para el argumento. Las mujeres eran más bellas hechas de palabras, porque quedaban siempre en su sentimiento. Sentía que un fantasma en su cuerpo, o voces que ya no veía, estaban definitivamente dándole al teclado cuando a veces fallaba él.

   Ensalzar la tradición oral de las personas mayores, fue otro de sus homenajes al pasado que solo a veces los poetas rescatan entero. Algunos hacen parte de la narrativa universal, y son otros de carácter regional, que dejan medir la temperatura exacta del verano, en el paladar el sabor de la almojábana de alguien que no conoce Barrancas, o la impresión de haberse sentado una tarde en su plaza, frente a la iglesia pequeña. Algo de lo que nadie puede escapar, si ha tenido la suerte como él (el afrodescendiente ciudadano), de crecer en el aire del Caribe que tanto huele a «realismo mágico». En ellos tienen algo anafórico, disruptivo, pues nos interrumpen al final con la sorpresa. De ahí su nombre de disrupciones.

   Esos remates llaman la atención. Su autor gigante lo desgrana: «De los grandes retos de un ingeniero, o de la formación de ingeniero, está también el hecho de amar la síntesis. De ser muy concreto y no extenderse, como lo haría alguien que ejerce profesiones liberales, o el oficio de la escritura. Sin embargo, es una forma también de resolver unas ecuaciones literarias, como yo lo manifiesto muchas veces. Y es que la formación de tipo técnico ingenieril, es un obstáculo para que se pueda desarrollar el ensamblaje de frases, historias, y la conjugación de párrafos en un discurrir interesante para los lectores, si necesariamente regresara a lo práctico, a lo sencillo, a lo pragmático y a lo corto, de la expresividad de las ciencias exactas». En conclusión, acaba de fundar con alma la ingeniería literaria. Miguel de Cervantes Saavedra, el Príncipe de los Ingenios, aunque esté físicamente muerto, tiene que estar leyendo esto.

    Es que de entrada el maestro Arcesio Romero Pérez engancha al lector con el primer cuento, que trata de un viaje en un Airbus 340 con una mujer que hace caer en cuenta más del cielo volando de París a Bogotá, y el otro donde un tipo va en un metro de Madrid con una rumana que lleva por siempre a la realidad, y unos que son más de nuestro región, como el caso de que un presidente de la república hubiera llegado al pueblo más querido desde el pasado. Se menciona que alguien venga a su padre cuarenta años después de este muerto, que ante la falta de lluvias los habitantes sienten la necesidad de un «brujo meteorológico», que un perro en la misma Barrancas anuncia a las personas la muerte, o que una viuda enferma y solitaria causa daño en los arrieros que no vieron su amor. En fin, son quince cuentos buenos, y al poco lector, al final del viaje literario, lo dejará siendo lector.

Publicación en España

   Desde que el orfebre Johannes Gutenberg inventó la imprenta en Alemania, en el Valle del Rin, los escritores comenzaron a soñar azul. Lo que escribían, podía publicarse rápido y viajar en varias direcciones a la velocidad de los caballos. Tanto fue así, que algunos autores comenzaron a llamar más la atención, que el uso mismo en Europa del papel chino. En el planeta moderno, vivimos las consecuencias conectivas de lo que anticipó el libro La galaxia Gutenberg. Su autor el canadiense Marshall McLuhan, fue a propósito quien acuñó el término de la «aldea global».

   El modelo ha cambiado tanto, gracias al Internet, que muchos autores de renombre abandonan sus casas editoriales y se están mudando a Amazon. La razón es que ganan más, y llegan con las palabras que quieren a los lectores. Ya no hay necesidad de tocar la puerta de las editoriales, para ver si alguna vez esos lectores aprenden tu nombre. Incluso, pueden saludar más rápido de la mano al hombre que los hace leer. Todo ha cambiado, los autores noveles pueden vivir de sus libros, pero lo único que pide el público instantáneo es lo mismo de ayer, de antier y de siempre: que ayuden a sumergir con sencillez, en el riachuelo de los relatos.

   La editorial española Letrame, en su tarea de coedición, se volvió lectora ultramar del alma de Barrancas. Gracias a ello, posteriormente el autor amable vio su otra fantasía papelada. Con la publicación impresa de los ejemplares, más el mecanismo de difusión digital y su red amplia de distribución, ha podido llegar a numerosos lectores, y a países que apenas se nombran. Los lectores le escriben, a él, que tanto escribe por ellos. De seguro, los amantes de la lectura conocen más La Guajira, gracias a la magia que le da al idioma español Arcesio Romero Pérez.

La novela

   Cuenta Arcesio Romero Pérez que su incursión en el arte de novelar, se debió al discurso novelado que tuvo que escribir para un político. Entonces reparó algo. La escritura quedó tan bien confeccionada, que se dio cuenta de que su cara se veía igual en un espejo más grande. En otras palabras, podía vivir y respirar tranquilo sin riesgo de ahogarse, en el mar de las páginas largas. Gracias a eso, comprendió que produciría novelas, sin que dejaran de ser nunca la ecuación de un físico.

   Fue así como llegó la era de sentarse novelista. Solo que al igual que siempre, buscaba el tiempo, la excusa para huir unos meses de la realidad, con el cálculo de Leibniz. En ese vaivén se encontraba, activo algo por la emoción, cuando en China se destapó la propagación de la pandemia.

   Mientras para algunos el coronavirus fue como una tercera guerra mundial por el encierro global que causó, para otros fue la génesis de grandes obras artísticas que quedarán en la historia de la humanidad. El mundo entero se reorganizó, y los humanos aprendieron a vivir sin tocarse; las parejas a amarse más sin besarse. Los que menos se quejaron de ello, fueron los artistas que hasta durmiendo están inspirados y teniendo ideas fosforecentes. Para Arcesio Romero Pérez, había llegado el momento de lanzarse a la novela, o de ahogarse en ella.

   Desventuras es su primera novela, que ya había comenzado como un cuento, y que piensa publicar en el segundo semestre de este año, en la cual nadó con técnica para seguir atrayendo lectores, esos que lo miran como el mismo embrujo que a él a pesar de su carrera, profesión y otras vivencias de la consultoría ambiental en el Cesar, no lo dejó ser jamás otra cosa, que ese niño oyente de los contadores orales de su región.

   «Es la historia de alguien —detalla— que le pasan muchas cosas simpáticas… simpáticas no, más bien de tipo crueles […], y no encuentra una relación en ellas, y no encuentra cuál es la explicación a esa sucesión de trágicos hechos en su vida. Por lo tanto, emprende una búsqueda posterior hasta lograr… ».

   De verdad, los lectores quisieran saber pronto qué más desemboca. Arcesio les da una buena noticia: «Es una novela que en estos momentos se encuentra en la etapa final de su edición, y que esperamos sea lanzada en el segundo semestre del año para ser considerada por la crítica literaria y por los lectores».

   Un detalle asombra y nos devuelve cronológicamente: el recibimiento del cuento Disrupciones que da nombre a su primer libro, fue tan celebrado que los lectores lloraron de que no hubiera sido más largo. Varias voces apuntaron lo mismo, como las de unos cultos, y a Arcesio Romero no le quedó más alternativa que en el monte dejar la trocha y buscar el camino real. Paralelamente a la redacción de Desventuras, concibió una novela corta que dejará más tranquilos a los lectores, al despertar por segunda vez de ese sueño literario. El resultado de eso es Itinerante, una nouvelle, como dicen los franceses, pero en realidad un regalo del genio de la lámpara a Aladdín, que en este caso son esos lectores que cada vez más se van sumando, a este nuevo movimiento llamado el romerismo.

   Al leer tal crónica del informativo Guajira Gráfica, dirigido por Germán Rojas González, algunos por añadidura se preguntarán:

   —¿Será también este el escritor esperado durante casi un siglo, para escribir en una novela la famosa historia de la novia de Barrancas?

Y Dios creó la escritura…

   Lo único malo que tenemos los narradores, es que cuando acabamos de gestar una obra y queremos distanciarnos un tiempo de las palabras para tener nuevas vivencias, las palabras se vuelven como las mariposas. Revolotean a toda hora enfrente de uno, que no dejan más opción que cogerlas. Son imágenes y frases tan certeras, que nos da miedo que, si no aprovechamos ese hado, se vayan por siempre de nuestro jardín. Arcesio Romero Pérez lo sabe, y también sabe muy bien que detrás de su metamorfosis, se encuentra insistente Dios. La Creación —un trabajo que Él no ha acabado—, necesita de sus soldados escribas. Y la mejor forma de que exista la escritura, es desde el cielo seguir haciendo bajar a personajes geniales como el escritor más amable.

   La luz del ocaso es el posible título de novela que está tan madura en su imaginación, que sabe que el día en que se siente a redactarla, no podrá comportarse de otra manera. Escribir de nuevo bien, será su educación. Por ello sabe que su momento llegará, para demostrarse a sí mismo que escribir no es solo lo que mejor sabe hacer, sino por lo que recibirá los aplausos duraderos, porque se trata según su voz de un suceso en la noche de bodas, y la forma en que genera un discurrir entre un relacionamiento de dos familias en un pequeño lugar de La Guajira.

   Para los que lo han leído, esta nota solo termina por recordarles unas páginas de su autoría donde por transformar las matemáticas en sentimientos, lo conocieron mejor. Para los que no lo han leído, la idea es que lo lean de prisa, para que sepan que además del carbón de las minas del Cerrejón, también puede dar de otra forma su diamante Barrancas. Es claro que ante elogios recibidos —y que seguirá recibiendo—, su respuesta manifiesta el código inscrito en su municipio desde antes de él haber nacido: «Muy amable».

Biografía del “El Escritor del Muelle”

Juan Carlos Herrera nació el 8 de junio de 1979 en Riohacha, La Guajira, departamento de Colombia. A los quince años de edad comenzó a escribir en la máquina de su padre, al principio no tanto por ser un profesional de la escritura sino para parecerse a él. Fue entonces tantas veces por la tarde a la playa, frente a las olas y al lado izquierdo del muelle de madera de su pueblo, hasta darse cuenta de que era “El Escritor del Muelle”. De esa manera, solo miraba lo que sucedía en el mar Caribe. Inspirado por aquella mágica región, Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle” obtuvo la visión de cuán grande haría de ahora en adelante la literatura. Es autor del libro de cuentos Lo que hizo un colombiano por una visa, y de las novelas La bella mujer del narco, La novia e Historia de amor. Relatar le mueve, y basta apenas leerlo, para enterarse de que es la mejor forma como aparece en el mundo.

Puede leer una parte gratis, o comprar en seguida Historia de amor, novela sobre la ley de la atracción, en la tienda de Amazon:

Related posts

Alerta por altas temperaturas en La Guajira: expertos advierten riesgos y cambios en las condiciones climáticas

Afro reconocimiento cosmético

Ecopetrol anunció que avanza en la adquisición del clúster eólico Jemeiwaa Ka’l