Silvestre Dangond el dios de la nueva ola

Sin lugar a dudas, en las últimas décadas, el cantante urumitero se ha destacado por ser el artista que más hace escuchar el vallenato, y también hablar de él, como la única forma que tiene el pueblo de cantar bien. La presente crónica literaria es solo una mención de su vida pública, que durante años ha reclamado a gritos estar en un libro. Por tal razón, nace Silvestre Dangond el dios de la nueva ola, una nouvelle (en francés novela corta) sin nada de ficción, de la autoría de Juan Carlos Herrera, hoy por hoy el mejor escritor de Colombia, pero, por encima de eso, un silvestrista más.

Carátula del álbum Estos es vida. Foto: cortesía.

Para Sandra Díaz Acosta,

y nuestra hija Mariluz Herrera Díaz,

esta novelita que me hicieron escribir con amor

Y me estoy enamorando más

de tus ojos, de tu boca,

y ya no puedo esperar más

porque algo me provoca.

Silvestre Dangond

Tenme un poco de envidia,

y te daré una fama del tamaño del mundo.

Refrán

Por: Juan Carlos Herrera «El Escritor del Muelle»

En esta vida, como en la otra, son pocos los cantantes que se escuchan bastante, sin salir nunca de la mente humana. Cuesta esto, y es que el ser humano poco acepta que el espíritu de un vivo apenas conocido, tenga la acogida de incontables cuerpos como el suyo. Cuando su talento enamora, se convierte sin embargo en un agente que lo ayuda en lo que pueda, realizando novedades de boca a oreja que son los sueños más viejos en la carrera del intérprete. De esa manera, nace un mar de personas que decide, en el espacio y el tiempo, la presencia del artista. Algunos cuando alcanzan la fama, gozan tanto de esta, que logran el milagro de ser considerados en la tierra los únicos dioses que se pueden tocar.

 El hombre del que voy a hablar, está tan acostumbrado al reconocimiento público, que ya puede dárselos a los seguidores mismos. Solo cuando recuerda lo que hizo desde niño es consciente de que no fue tan fácil, porque más que las ganas, requirió un montón de cosas para llegar a los silvestristas, en la actualidad las almas que más hacen sentir que existe un cantante.

Urumita

Urumita. Foto: cortesía.

Silvestre Dangond (llamado así en honor a su abuelo Silvestre Francisco «El Mono» Dangond Daza) nació en el hospital Santo Tomás de Villanueva, la madrugada del 12 de mayo de 1980. Hijo de William Dangond y Dellys Corrales, estaba destinado a ser el único cantante en la historia del vallenato, que produciría que la gente amara la música hasta la locura circense. Sin embargo, faltaba mucho para eso, a pesar de que llorar fue su primera forma fácil de cantar. Nadie se imaginó que la fecha de su nacimiento, en su pueblo de crianza Urumita sería considerada como el 8 de septiembre en que celebran las fiestas de la Virgen de Chiquinquirá, la Santa Patrona del lugar.

   La casa de su abuela doña Josefina Baquero, fue el primer escenario en esta vida donde sería la persona más mirada. Allí en el barrio Las Delicias vivirían sus padres un tiempo, ante aquel niño que ya despertaba el interés de los adultos como su tía Mabel Dangond, cuando lo comparaban más con un ángel a punto de volar, que con el que durante décadas se quedaría en la tierra solo para hacerla mejor. Fue la verdad, porque cuando aprendió a decir las primeras palabras, ya se imaginaban como qué ser de carne y hueso era que soñaba ser.

Doña Josefina Baquero con su nieto Silvestre Dangond. Foto: cortesía.

Desde muchacho escuchó a su padre. William José «El Palomo» Dangond era tan apasionado de la música, que la cantaba. Había grabado un trabajo musical para Discos Fuentes con el acordeonero Andrés «El Turco» Gil en la década de los setenta, que dejó constancia de esa época dorada que intentó hacer con su voz. Nunca vio a un gran púbico frente a sí, pero sí cosechó muchos amigos del arte musical. Para Silvestre Dangond, por eso ver en su casa a personajes como Jorge Oñate, Silvio Brito, Rafael Orozco, Israel Romero y Emilianito Zuleta, era casi igual que escuchar por la radio sus canciones. El popular compositor Hernando Marín, autor del éxito «La creciente», era también esposo de Edelmina Corrales, la tía materna del muchacho, y por lo tanto sintió de cerca cómo la guitarra lo hacía comunicarse mejor con los demás. A la vez, por lado de su madre, la música lo hizo amamantar más. El apellido Corrales, de gran dinastía musical, desde antes de él nacer, ya le ordenaba al hambre de qué manera era que más tenía que calmarse.

  Crecer en la corriente de la música de acordeón, produjo que Silvestre cantara la melodía que hacía grandes a los mejores. Ni él ni nadie, imaginaron que la buena música vallenata algún día a punto acabarse, gracias a la fuerza de su canto tendría una segunda oportunidad sobre la tierra. Mientras tanto, sería en Urumita donde tendría los mejores amigos, porque estarían hablando con él de por vida. En realidad, «Coquito» Maya, Kanis Kanis, Chiqui Barros e Iván Daza, al creer en esos días en su sueño, serían los primeros silvestristas. Su madre también lo seguía con atención, cuando se mudaran después a Valledupar: «Desde siempre mostró un interés excesivo por la música vallenata, llegando en muchas ocasiones a escaparse en horas de la noche si, por donde estuviese pernoctando, escuchaba las notas alegres de un acordeón».

Plaza Alfonso López de Valledupar. Foto: cortesía.

En Valledupar, donde en efecto se mudarían en 1985, el niño Silvestre intentaría escuchar más esa forma que tenían los juglares de contar la vida. El acordeón estaba en cualquier patio, sin dejar de ser nunca importante, aunque sonara por manos sin nombre. En pocas palabras, era el lugar donde los espíritus desde los primeros días de la Creación, mejor se hacían oían. Recuerda también Silvestre Dangond que con el tiempo su familia viviría en quince barrios distintos de aquella ciudad. Buscando siempre una casa mejor, eso lo fue acostumbrando a conocer nuevas caras, y a que nuevas caras sonrieran con su presencia que cada vez más se volvía musical. Sin duda, al acabar la primaria en el colegio Colombo Inglés, ya soñaba en serio ser alguien con grandeza, ante todo cuando un cantante famoso apareció para mostrársela.

El padrino mágico

Jorge Oñate bautizando a su ahijado Silvestre Dangond. Foto: cortesía.

Fue Jorge Oñate su padrino de bautizo, el que le hizo ingresar de forma más humana en el vallenato. Para los que hoy en día ven la foto, no están viendo solo a un muchacho de 12 años de edad recibiendo la fe cristiana, sino dejando constancia del agua que lo impulsó mejor a cantar. Si bien muchos han sido bautizados por otros cantantes, la fama posterior de Silvestre Dangond dejaría descifrar que de igual manera que Jorge Oñate ha tenido la más grande espalda para volver legendarios acordeoneros, también ha estimulado a cantantes que con el paso de los años —a partir de su aprobación— crecieran fantásticamente. De forma certera, ningún artista como Jorge Oñate ha tenido ese don, de bendecir a muchos colegas nada más por ser el primero en quererlos.

  Hay razones para creer que sentirse su ahijado imprimió una seguridad en el joven Silvestre, ya parecida al propio talento. Cantó más sus canciones, como una forma de bañarse en ese río de corriente bendita interminable. Mientras tenían fama los Hermanos Zuleta, el Binomio de Oro, los Betos, Iván Villazón, había por ahí un muchacho urumitero que de tanto cantar sus canciones y soñar ser como ellos, encontraba una manera de ser bautizado en secreto por todos ellos. Si bien en esos días la vida no era tan fácil, cantar ya era la forma en que Silvestre Dangond había encontrado la manera de hacerla mágica.

  Valledupar era la única ciudad en el mundo del vallenato, que permitía eso. Por ello, aunque se dice que es de La Guajira la música de acordeón, los mismos grandes músicos guajiros le han cantado más al Cesar. Por un solo lugar del Cesar: Valledupar. Silvestre Dangond vio allí su primera oportunidad de a los 13 años grabar una canción del compositor Juvenal Daza, que empezaba a llegar al cielo por su talento: «Canto a Valledupar».

Con caricias de parrandas y galleras,

como si fuera tu hijo me abrazaste.

  Era magia: por primera vez, aunque demorara horas o días sin cantar, los demás amigos lo podían escuchar cantar sin equivocar. Si el arte era así, entonces ya, además de ser otro de los ahijados de Jorge Oñate, sería el ahijado que más haría respetar a Jorge Oñate.

  Sin lugar a dudas, estaba en el lugar donde encontraba gente que creía en la fantasía de la que ya nunca saldría él. Incluso, que querían cantar mejor que él. Para algunos conocedores de la materia, irse a vivir a Valledupar le sirvió mucho a Silvestre, como les sirve a los gallos finos que cuando los echan en la gallera, peleando entre sí superan al don mismo de volar. En cualquier calle, a quien le decían «Chivas» por servir a menudo ese homónimo trago de whisky, escuchaba más a los cantantes, y veía más a los cantantes. Pero, sobre todo, al otro Cantante de los Cantantes.

Diomedes Díaz, ídolo en Valledupar. Foto cortesía.

  Los lanzamientos de discos de Diomedes Díaz, mostraban qué tantas personas vivían en la tierra. Es curioso que alguien que alguna vez participó en el Festival de la Leyenda Vallenata con la composición «Hijo agradecido», quedando en tercer lugar, algún día crearía su propia fiesta cultural. Con una fecha que no cambiaba por nada su casa disquera Sony Music: el 26 de mayo. Ese día que recuerda su natalicio, años tras años, también triunfaba mundialmente el vallenato. En verdad, para muchas personas que soñaban ser cantantes, ver a Diomedes Díaz El Cacique de La Junta en persona desde un carro de bomberos saludando al público, daba una felicidad solo comparable al hecho de escuchar en una tarde, todas sus contundentes canciones. Nunca antes, en la historia del folclore, alguien hacía acumular masas como la Virgen del Carmen, sonriente, ante la gente, que esperaba el milagro más grande de la música regional. Sin lugar a dudas, esos lanzamientos reales de multitudes, quedaron siendo sueño en la mente de Silvestre. Nadie se imaginaba que ese niño que también miraba al dios del vallenato atraer a miles de humanos, algún día haría cosas parecidas, como si esos lanzamientos fueran ahora la forma más grande reconocida de bautizo.

  Mientras tanto, aunque la comida no faltaba, la pobreza no desaparecía en la casa de Silvestre. Por fortuna, aunque no contaba con la amistad de los otros grandes músicos, los hijos y nietos de estos, sí sabían de la mágica existencia del muchacho. En cualquier parte, cuando recibía la paliza de su padre por llegar borracho a veces de madrugada, contó con la amistad de los descendientes de esos apellidos, que hacían la música que más le gustaba al acordeón. Si bien tuvo muchos amigos como Leonardo Gómez Junior, una de las amistades más recordadas fue la de Kaleth Morales, alguien que, al igual que él, caía bien a los demás sin que sospecharan siquiera que cantaba. Hijo de Miguel Morales, estaba destinado como Silvestre a darle el último buen aliento al vallenato. «Nos conocimos en el colegio Carmelo de Valledupar, él siempre cantaba en los actos cívicos y yo lo acompañaba en la guitarra o haciéndole voces», recuerda con nostalgia Silvestre. En el colegio Parroquial El Carmelo, el cantante Silvestre Dangond en efecto se haría bachiller, prueba de que, a los nuevos cantantes del vallenato, ahora los convencían más de que había que aprender otras letras.

Silvestre Dangond y Kaleth Morales. Foto: cortesía.

A pesar de eso, la vida por más que mágicamente la hiciera su canto, no dejaba de ser real. Cuando su madre, quien había empezado con un puesto de empanadas, se fue para Bogotá buscando mejores opciones, él y su hermano Cayito quedaron viviendo en Valledupar con su padre, frente a la terminal de transportes. Fue un momento de vacío, vendiendo también sabrosas papas rellenas, que le hacían ver lo que era estar enfrente de bastante gente satisfecha, por la buena vida que de alguna manera ya los Dangond Corrales entregaban. Él mismo lo cuenta: «Mi papá tenía un restaurante, pero era pa’ coteros. Y no era un restaurante exactamente, era una esquina donde vendíamos gaseosa, cerveza y empanadas, que quedaba afuera de la terminal de transportes. Y ahí, en esa esquina, se hacían todos los coteros a esperar que llegaran las mulas para cargar cosas. Al negocio le decían El Palomar, porque a mi papá le decían “El Palomo”. Se puede decir que me crie entre coteros y choferes». Por suerte, Silvestre Dangond siempre caía bien en los demás, como evocan sus otros amigos Lemir Becerra y Harold Becerra, aunque hablara con poco volumen. Era algo del destino, pues cuando hablaba con tono cantao, era por su voz donde quedaba el mejor recuerdo de él.

   Eso ya lo tendría claro una bella mujer. Una que, al él ver, lo llevó a querer vivir más para verla siempre. Según fuentes en Valledupar, si hubo alguien que impulsó la futura fama de Silvestre, fue una muchacha llamada Lucía Salem, algo que no convence, pues se diría más adelante que eso sucedió fue en Villanueva, cuando él grababa con una casa disquera y ya cantaba como los ángeles. De todas maneras, supo que, con mujeres como ella, sería fácil cantar para hacerlas mucho más miradas que pensadas. Porque en el tiempo que haya sido, él la visitaría bajo la complicidad de su amiga la celestina Bertica, y con esperanza de que, al ser alguien en la vida, dejaría una imagen eterna de declaración. Para él, sería la mujer de su vida, por la que ya estaba dispuesto a ser el nuevo gran cantante del vallenato, esperando más que todo con eso que ella lo escuchara hasta amarlo. Pero lamentablemente, esa misma condición de cantante, era lo que la familia de Lucía Salem rechazaría, hasta destinarla a una vida de más silencio en el ámbito del sentimiento. Al terminar la relación, dejaría en él un amor tan fuerte, que después el mundo entero del vallenato sin saber quién era físicamente ella, lo sentiría de la misma manera que lo sintió el desconocido Silvestre Dangond.

  De pronto, William Dangond sintiendo también en esos días el vacío de la soledad, se marchó para Bogotá buscando a su mujer. Silvestre Dangond pasó año y medio solo en Valledupar, cerca aún geográficamente de la muchacha y de amigos musicales. La música era lo único que lo hacía tener cada vez más colegas, que después serían compañeros de grupo, porque eran los fieles silvestristas que no necesitaban verlo triunfar con la música, para necesitar ya de su presencia. Por fortuna, las cosas soñadas estaban por dejar ver que sí existirían en su realidad.

Bogotá

Santa Fe de Bogotá. Foto: cortesía.

Cuando se fue a vivir a Bogotá, se encontró con la realidad de una ciudad donde el frío se metía hasta en la imaginación. Estaba a una altura, donde apenas se sentía el recuerdo de la Costa. A pesar de eso, la ciudad tenía una ventaja. Aunque estaba lejos de la amada Urumita y Valledupar, era en la helada capital donde llegaban a grabar los personajes que más admiraban en Valledupar. Una disquera como la Sony, tenía los estudios donde mejoraba el sonido de la canción. De hecho, la ciudad también era un lugar donde iban más a menudo otra clase de artistas, para que, a través de sus grandes medios de comunicación, los conociera y quisiera toda Colombia. Si la suerte lo acompañaba, él podía grabar con esa casa disquera grande, como terminaría rápida e inesperadamente sucediendo.

   Sin embargo, la tristeza embargó al joven Silvestre de 19 años, cuando se encontró con la realidad de que su madre tenía que vivir aparte. Él, su padre y hermano vivían en un apartamento en el centro de la ciudad, en el barrio Santa Fe, mientras ella laboraba como empleada en una casa de familia. Solo los domingos, que era su día libre, la podían entonces visitar, para ver que la mujer más buena del mundo seguía siendo de ellos. Muchas veces, las lágrimas debieron salir fáciles por los ojos de Silvestre. Aunque siempre ha dicho que Diomedes es irremplazable, en el fondo sentía que ese concepto en el mundo de la música vallenata tenía que cambiar, si eso era necesario para volver a ver más a menudo a su madre.

  Fue entonces cuando se concientizó que, por la altura de la capital, estaba más cerca del cielo. Por ser una persona de fe, es claro que esos momentos difíciles debieron obligarlo a querer tener la oportunidad de grabar, como algún día en su juventud, le daban la oportunidad de cantar en la parranda donde solo hacían la historia los mayores. Dentro de él, como el maestro Rafael Escalona —amigo de su pariente ancestral Beltrán Dangond, «El General Dangond»—, había vivencias que ya también se volvían vallenato. Sin lugar a dudas, al encontrar escenario para cantar con guitarra en un bar llamado La Cabaña en el sector La Calera en Bogotá, Silvestre Dangond reconoció que una de las mejores cosas que admiran del Caribe colombiano, es la buena educación musicalmente de la voz.

  El Coco Zuleta había de coger más adelante la suya, y se iban para muchas fiestas. Se la llevaban tan bien, que Silvestre siempre creyó que sería con alguien de la dinastía Zuleta, con que la biblia del vallenato tendría que incluir el capítulo de su naciente historia musical. Pero esto no sucedería. Ese sueño, fue otro de los buenos sueños que nunca duraron hasta la mañana.

Fabian Corrales y Juan José Granados. Foto: cortesía.

Una de las inspiraciones más grandes que tenía Silvestre Dangond para triunfar, era Fabián Corrales, su primo en segundo grado y el último cantante de moda que hacía sentir el vallenato. Desde muy joven, el urumitero Corrales (hermano de Chema Corrales, que era corista estrella del Binomio de Oro) se hizo conocido por sus composiciones magistrales, que lo llevaron a estar con su nombre en los álbumes de cantantes como Rafael Orozco, Iván Villazón, Diomedes Díaz, Poncho Zuleta y Beto Zabaleta, repitiendo lo que él pensaba bastante del amor. Cantautor del éxito nacional «La consentida», fue el primer aviso al mundo de que el apellido Corrales era al que más le llegarían del cielo, los ángeles que obsequiaban la melodía. Desde entonces, sacaría con Codiscos sus discos al mercado, volviéndose un artista respetado, con sueño de estar también entre los más grandes, porque donde se presentaba, hasta el gran público repitiendo sus letras lo imitaba. Silvestre Dangond debió sentir que Fabián Corrales al igual que Jorge Oñate, con los que a veces se encontraba parranderamente en Bogotá, era señal de que también él, que muy de cerca los conocía, nació solo para hacer las cosas que quería. Sobre todo, en esos tiempos del nuevo milenio, en que, a pesar del rugido de los grandes monstruos de la canción, nuevas voces como las de su amigo Jorge Celedón se estaban escuchando.

  En esos días, personas como Peter Manjarrés ya lograban llamar la atención, por sonar frecuentemente en la radio. Al lado del acordeonero Juan Mario De la Espriella, más conocido como Juancho, se destacaban como la nueva generación del vallenato que llegó para quedarse tan solo cantando. Y de los que lo habían descubierto para que fuera reconocido, era el compositor maicaero Felipe Peláez, uno de los hombres más queridos por la guitarra. Alguien que, además, era productor.

  Felipe Peláez recuerda que estaba en un restaurante en el norte de Bogotá, cuando llegó el gordito. No tenía noticia de quién era, pero ya hablaba con la misma afinación con que cantaba. Apenas se sentó cerca de él, fue a la letra. Le dijo que quería que fuera su productor musical, en un estilo que como ya pensaba, oxigenaría más la música del acordeón, que por supuesto vivía del aire. Solo cuando lo escuchó cantar, sintió que algo pegajoso como Silvestre, era lo que por coincidencia en esos días las cuerdas de su guitarra estaban adivinando.

   Los días buenos del hada madrina, por fortuna, ya estaban llegando. «Ahí, comenzamos a montar canciones juntos, y hasta nos íbamos de rebusque, cantando con cuatro guitarras», recuerda Felipe. «Eran 200.000 pesos lo que nos pagaban, para repartirnos. Llegamos a conformar un grupo en Bogotá, que erizaba los pelos: Chabuco, Carlos Huertas Jr., mi persona y luego incorporé a Silvestre. Como un año largo duramos así, y nos iba muy bien».

William «El Palomo» Dangond. Foto: cortesía.

   Su padre, que trabajaba en el Icetex, por esa razón había visto mojar su sueño. Había hecho de todo para que ingresara a la universidad, pero su hijo no quería estudiar, sino grabar pronto como alguna vez lo hizo él. «La satisfacción que yo siento, es que mi hijo no puede decir en la vida, que no estudió porque su padre no le dio estudios», recuerda William Dangond. «No, yo hice mis ahorros, y lo puse a estudiar el primer semestre en la Universidad Católica. Por cierto, me costaron dos millones quinientos (mil pesos) en esa época». Pero Silvestre Dangond decidió no seguir estudiando, porque según él con la música podía alcanzar la fama antes de que sus compañeros de clase, tuvieran la oportunidad de terminar los diez semestres de Ingeniería Civil.

  Como era de esperarse, aquel joven soñador chocó con el realismo de la casa. No había esperanza de que la vida cambiara rápido como él planeaba en esos días, y sin embargo se había perdido ese dinero que fue prestado. Fue tanta la tensión, que Silvestre terminó yéndose del hogar, para vivir en la casa de uno de sus amigos musicales. William Dangond ignoraba que su hijo, al lado de Felipe Peláez, encontraría la oportunidad que más estaba buscando desde que arribó a esa ciudad.

  Este era un hombre de Sony Music. Había tenido la oportunidad de descubrir a cierta gente, y en esta casa disquera ya le habían grabado algunos artistas sus creaciones como Beto Zabaleta o el Joe Arroyo, algo que le daba el estatus de ser siempre, hasta sin guitarra, muy oído. Otros nuevos también le permitían participar en los discos, con sus extraordinarias composiciones que ya quedaban en el paladar de varios cantantes. Lo que jamás imaginaron en Sony, fue el que nuevo amigo con el cual andaba Felipe, era el pez gordo que se había tragado un diamante. Sin embargo, aunque lo veían sin interés, el propio pez grande buscaba a los pescadores para darle el mejor momento a la historia de la atarraya. Al asentir Gabriel Muñoz de grabar un demo, la buena vida comenzó a vivirse más rápido. Al lado de Felipe Peláez y Carlos Bryan, fueron a hacerlo en los estudios de grabación de Alfonso Abril. Aunque cantó con fuerza, la casa disquera no sintió que tenía alma. En vez de sentirse derrotado, Silvestre Dangond volvió a cantar para otro demo, esta vez tan bien que por artes mágicas las puertas más difíciles de abrir, a sus veintiún años esa nueva forma de la brisa las abrió.

  Por recomendación de la disquera, para comenzar a grabar no sería con el Coco Zuleta sino al lado del acordeonero Román López, y Silvestre entonces lo fue a buscar a Valledupar. Este era hijo de Miguel López, el acordeonero de los Hermanos López que alguna vez catapultó la voz de su padrino Jorge Oñate. Era claro que, el ahijado, se parecía más a él que sus propios hijos. Sin embargo, según recuerda su tío Indalecio Dangond, las cosas de la vida no fueron tan rápidas. Cuando volvió a Bogotá con su mánager Carlos Bloom y el nuevo acordeonero, ilusionados llevaban las canciones escogidas con que cambiarían el sonido del mundo. Pero por el presupuesto de la disquera, el disco grabado con músicos prestados y presupuesto de Beto Zabaleta, necesitó unos meses esperando turno, para salir al mercado. Fue finalmente en febrero de 2002, cuando Colombia entera gracias a Silvestre Dangond —quien había sobrevivido recientemente a una isquemia cerebral— comenzó a escucharse a sí misma de otra manera.

Carátula del álbum Tanto para ti. Foto: cortesía.

El álbum se titularía Tanto para ti. Por primera vez, el cantante de quince barrios en Valledupar, ahora tenía una manera de mudarse musicalmente a todas las ciudades y pueblos. Las cosas se estaban dando, y la Costa pidió a su nuevo gran hijo de vuelta. Recuerda Silvestre que, al llegar a Valledupar, salir del aeropuerto e ir en un taxi, una de las canciones que ya sonaba en Olímpica Estéreo era «Necesito verte», haciendo mejor el don de oír. Pero había más como «Muñeca de porcelana», bañando con su alma a la más vallenata de las ciudades. También está el éxito «Quién me mandó», de su autoría, que dejó ver el gran talento que ya tenía Silvestre para todo ritmo que demandara el vallenato. Después del lanzamiento frente al edificio de la gobernación, comenzó a ser requerido en las fiestas, a sonar más en las emisoras, y a notar con sus propios ojos el nacimiento de una vida que antes solo permitía que la soñaran. Pero más adelante su compañero Román López se retiraría de la música, por problemas de salud, y tendría que buscar otro acordeonero que aprovechara su primer buen momento.

El acordeón más maravilloso

Peter Manjarrés y Juancho de La Espriella. Foto: cortesía.

En esos días el nuevo cantante que ya estaba de moda en toda la Costa Caribe era Peter Manjarrés, que al lado del acordeonero Juancho De la Espriella habían alcanzado la fama definitivamente con la canción de Felipe Peláez, «Llegó el momento». Era claro que algo nuevo en el vallenato estaba pasando, y los oídos quería escuchar mejor con frescas voces. Era la sensación, la prueba de que haciendo vallenato del puro, su historia más ancestral todavía se podía seguir empastando. Recuerda Carlos Bloom que los había acompañado un tiempo en Bogotá cuando empezaron con el sello Warner Music, pero que posteriormente andaba buscando otro ángel que se viera y, sobre todo, que se escuchara hasta ser identificado, como diría de Dangond: «Yo le pedí a Dios que me enviara a alguien que pudiera tener futuro, sin lugar a duda, Dios me escuchó». Al ser Juancho De la Espriella también compadre del mánager Carlos Bloom, al que visitaba, y en cuya casa estaba viviendo Silvestre, este entonces tuvo la oportunidad de conversar con el acordeonero. De averiguar cosas de la fama, que, aunque se ve grande desde afuera, solo la viven los que están adentro. Varias veces habló con Juancho De la Espriella, y este le contó de las presentaciones, de las giras, de lo que se sentía y estaba haciendo sentir con su relato a Silvestre Dangond.

El mánager Carlos Bloom. Foto: cortesía.

 Sin embargo, una llamada lo desconcertó. Separado de pronto de Peter Manjarrés, Juancho De la Espriella le preguntó por teléfono a Silvestre si estaba dispuesto a ser compañero de fórmula suya. De esa manera, no solo le podría seguir contando el misterio del éxito, sino que le estaba ofreciendo que junto a él mismo ya lo viviera.

  Para los especialistas del vallenato, acababa de llegar a la vida de Silvestre Dangond el acordeón que competiría consigo para bien de su voz. Si bien él mismo Juancho De la Espriella no se considera de los digitadores más rápidos del teclado, inventaba unos pases que parecía sacar no tanto la melodía de la imaginación, como de las manos pensantes. Era un virtuoso en el buen sentido de la palabra, y su vieja experiencia en el campo de la música vallenata, haría tener una explosión en la agrupación de Silvestre Dangond que no conocía pasado. En pocas palabras, el hambre se encontraba con la gran oportunidad de comer. Era un metido del ambiente empresarial, y conocedor por intuición de las canciones inéditas que podían hacer cantar también al instante a los oyentes. No había de pasar mucho tiempo, para que las notas de Juancho De la Espriella lo pusieran al nivel de los más grandes juglares, liderando junto a su compañero un conjunto que estaba destinado a hacer el sonido con que más querían oír la vida, ahora todos los humanos.

Carátula del álbum Lo mejor para los dos. Foto: cortesía.

Grabado también por Sony, el trabajo Lo mejor para los dos en marzo de 2003 era la nueva noticia que llenaba las páginas del vallenato. Desde el primer momento, los éxitos se fueron desprendiendo como los mangos maduros que en mayo caen de los árboles. En los días siguientes era normal escuchar «La pinta chévere», como una canción que poseía espiritualmente a las emisoras. Pero el tema que comenzó a hacer sentir a Silvestre Dangond lo que podía ser la fama nacional, fue «Mi amor por ella». De la autoría de Omar Geles, esta letra y melodía produjo que la gente ya casi no pudiera olvidarse de que estaban haciendo música por ahí, un tal Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella. Otros como «Me vuelvo loquito», gustaron de entrada, y fue donde por primera vez saludó desde el espíritu del éxito a Lucía Salem. En la gente no paraba la fascinación, hasta que en persona los conocían. En varias partes los pedían, y en varias partes cantaban, con más repetición que el mismo CD. Por fin, otras puertas se estaban abriendo, los empresarios los demandaban, y además del reconocimiento comenzaron a conocer muchas carreteras de la Costa Caribe colombiana, por donde iban dejando otra vez la costumbre de la música.

  En vista de eso, al seguir creciendo el número de personas que los admiraban, llenas de entusiasmo y aplausos, en la Organización Musical de Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella entró sin pedir permiso un tercer integrante más grande que ellos mismos: el silvestrismo. La propiedad de este cantante, y la seguridad personal que era uno de sus sellos, le hacía sentir que todo el que lo amaba y escuchaba, era como Silvestre. Es decir, alguien que, gracias a él, ofrecía un terreno fértil para que los nuevos frutos de la música más se comieran, y se reprodujeran, al mejor estilo silvestre. Incluso, eran integrantes humanos que con sus equipos de sonido también la ponían a cantar masivamente, sin brindar pausa, a diferencia de Silvestre y Juancho que a veces necesitaban descansar y dormir, pero para seguir soñando lo que les faltaba por pasar. Desde ese momento, parecía como si más que seguidores sus éxitos repitiendo, los silvestristas fueran entes que decidieran con fiel presencia cuáles eran los únicos espíritus reales, que eternamente harían parte de ese buen conjunto. Algunos dudaban de que tal fenómeno fuera a durar, porque a lo largo y ancho de la historia vallenata, eran muchos los artistas que pegaban en la radio, y después se escuchaba más la crítica de hundir, que la música de salvar que seguían haciendo ellos. Lo que ignoraban es que Silvestre no era un cantante de moda, sino el nuevo cantante más grande en la historia del vallenato, que apenas comenzaba a ponerse de moda.

  Los otros artistas lo sospecharon, mirándolos como gallos de madrugada despertados de pronto por el canto del que, además de pelear, también pretendía volar. No podían creer que ese gordito, cantaba también como Oñate, pero desde la línea juvenil, e hiciera sentir de alguna forma el pasado cuando empezó Diomedes. De los nuevos, Peter Manjarrés era quien más tenía la aceptación, pero poco a poco, cuando se hablaba de él, ya la gente decía que por ahí también venía Silvestre. De esa manera, como anillo al dedo, la fama creciente le mandó una nueva oportunidad publicitaria: la rivalidad. Si estaban compitiendo con él, quería decir que Silvestre Dangond cantaba hasta gustar. Pero no solo eso, porque Juancho De la Espriella, por su parte, se quebraba las manos de tanto sacar los mejores pases que aumentaban el prestigio del acordeón.

  Fue en junio de 2003 que supe por primera vez de la existencia de Silvestre Dangond. Estaba recién llegado de Bogotá en casa de mi tía Nilse Valdeblánquez en el barrio El Prado de Barranquilla, cuando de pronto salió de la radio «Mi amor por ella», como un espíritu que solo reconocía el oído. Me gustó de entrada, y entendí que no estaba soñando solo cuando una de las pensionadas se puso a cantar el buen coro. En verdad, no daban tanto ganas de escucharlo como de también entonarlo. Días después, cuando mencionaban en la emisora a Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella, comprendí que esa nueva gran amistad estaba haciendo mejor el vallenato. Después en la calle volví a escuchar el éxito mencionado, y noté su forma extraordinaria de alzar la voz que lo estaba dejando en el recuerdo de cualquiera, que creía que aún no lo pensaba.

   La música de Peter Manjarrés, por supuesto, también llegaba dejando buen recuerdo a los que aún no lo conocíamos, con la canción «Coge el mínimo». Pero en realidad, el tema que más me gustaba en esos días era «Jueguito de amor», del cantante Lidio García con su acordeonero Rubén Lanao. Era una prueba de que el nuevo vallenato ponía también a soñar, una mejor vida que todos queríamos tener. Le subía el volumen, pero entonces no se lo bajaba porque volvían a colocar «Mi amor por ella» en la radio, como si mi mismo inconsciente ya la invocara. En serio me gustaba, tanto como el aire que en ese instante respiraba. Gustaba su canto, al mejor estilo de los antiguos juglares, en todos los caminos que la calidad musical volvía más rápido de andarlos.

Riohacha, La Guajira. Foto: cortesía.

La vida había cambiado de la noche a la mañana, y una ciudad con mar podía detener el buen viaje terrestre de cualquiera. Riohacha, la capital de La Guajira, es el lugar donde más se critica cruelmente al mal exponente del vallenato, pero también donde más le piden a Dios que escuche al mejor. Lugar a donde llegan los acordeones desde Francisco el Hombre, es donde más tiempo lo llevan oyendo. Cualquiera suena al principio en Valledupar y en la Provincia, pero en Riohacha, si algo no es como un genio liberado, no pega ni en el patio de su casa, ni lo repiten sus hijos, que a esa edad son los primeros en detectar la fantasía que a veces deja escurrir la vida. Aunque no es un semillero de músicos como el sur de La Guajira, acostumbrada por el contrabando a los productos de calidad foráneos como el Old Parr y la María Farina, esta comarca de mar deja en el anonimato a cualquiera que no parezca también un artista del primer mundo. Tanto es así, que en efecto muchos de los músicos nacidos allí, ven pocas oportunidades de salir adelante si no hacen con su melodía que la gente se olvide, aunque sea una hora, de Diomedes Díaz. Si gusta de entrada allí, es predecible que después pegue en todo el país. Si Riohacha se enamoró desde el segundo Long Play de Silvestre, era porque las cosas buenas que él hacía, no eran del normal conocimiento. Es decir, parecía como una cosa foránea y de gran calidad venida de muy lejos, un muchacho que apenas veintitrés años antes comenzó a gatear en Urumita.

   Fue una jugada del destino la forma como Silvestre se metió allí. El futuro empresario riohachero Nelson Freyle recuerda que en enero de 2003 —antes de grabar por primera vez Silvestre y Juancho— estaba en la población de Ciénaga, Magdalena, en las populares fiestas del caimán, esperando verse con su amigo Peter Manjarrés. El cantante que había estado con Juancho De la Espriella, y que ahora tenía de fórmula a Franco Argüelles, un acordeonero con el que esperaba encontrar más el vallenato. Recuerda Nelson que él había hecho que se metiera también a Juancho con su compañero Silvestre, para aparecer el mismo día en esas fiestas reptilianas. Entonces en un instante dado Peter lo llamó, indicándole que lo esperara en las afueras del pueblo, porque estaba llegando en el bus con su conjunto. En seguida Nelson cogió para allá. Pero cuando en efecto fue, el bus que ya estaba parado era el de Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella, llegándole antes a la suerte.

   Antes de cantar, ya el desconocido Silvestre lo volvió mágicamente seguidor de él. Nelson se olvidó de Peter, y arregló el mundo para ellos dos. Por su anterior amistad con Juancho De la Espriella, los llevó a una casa que tenía disponible en Ciénaga, para que se alistaran. En esos días, Nelson Freyle había estado en Panamá donde compró unas camisas de buena marca que serían un regalo para Peter Manjarrés, pero hasta eso también le quitó Silvestre.

   —Estas son mías.

   Desde entonces Nelson comprendió que sería uno de esos contados amigos, que solo pueden ser queridos. Se bebieron unos tragos de licor, y después hubo la presentación, donde el urumitero había de cantar con más alma que el caimán que el pueblo entero recordaba.

   Más adelante, cuando se fueron a grabar el CD Lo mejor para los dos en Bogotá, Silvestre dejó con un detalle claro que lo iba a tener siempre presente, junto con su gente. Se encontraron en una presentación en Cuestecitas, donde le dijo que lo había saludado en la canción «Ni en pintura». Era claro que esa emoción que ya tenía Nelson Freyle, lo llevó a planear que también necesitaba sentirla toda Riohacha.

Nelson Freyle Barros. Foto: cortesía.

La plaza donde comenzaría la verdadera historia de Silvestre Dangond. Aún así, nadie sospechaba que el folclor vallenato estaba a punto de cambiar con un urumitero. Dice Nelson Freyle que, al principio de su fama pocos en serio creían en el talento del tal Silvestre. Recuerda que él andaba con el CD de Lo mejor para los dos, y la gente no entendía que escuchara lo que otros a veces oían sin escuchar. «Eso namás lo escuchas tú y tu mamá», le decían los conocidos. «Eso no sirve». Sin embargo, a él le gustaba la calidad del artista, y  le había de decir a Silvestre Dangond que iba a llegar lejos, más de lo que un buen ángel en la pecaminosa tierra soñaba. Pudo organizar todo para que por primera vez fuera a Riohacha, y así la gente viera que eso que él escuchaba solo, podía ser también la música eterna de toda la ciudad.  Consciente de esa idiosincrasia, para meterlo allí la primera vez fue prácticamente un regalo de su canto. «Ochocientos mil pesos», dice que cobró. Precisamente en la caseta Arena Caliente de la Calle Primera, frente al mar, la noche de un nueve de junio gracias al rico repertorio con temas como «Mi amor por ella» puso a soñar las más grandes fantasías, sin que cada persona no tuviera necesidad de pagar más de siete mil pesos para escapar de la realidad. Como dice Nelson Freyle Barros en la que también fue su nacimiento como empresario, la fuletearon tanto, que el hecho dio luego de qué hablar como la buena presentación. En efecto, por la alquimia de Silvestre y Juancho, la plaza más difícil del vallenato, se fue rindiendo ante la nueva forma del encanto. Pero no solo eso. A partir de entonces con las continuas presentaciones, en Riohacha sería donde le darían más fama a la nueva música, que hacía grabar por siempre el nombre del tal Silvestre Dangond.

   La verdad es que, a partir de allí, en todos los lugares Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella se estaban volviendo los hijos adoptivos. Al verlos, nadie creía que podían hacer algo por el vallenato. Al escucharlos, nadie creía que otros a parte de ellos, estuvieran haciendo mejor el nuevo vallenato. La gente comenzó a seguirlos más a menudo, y las mujeres más bellas los escuchaban con mucha repetición, como una nueva forma también de comenzar a sentir el amor. Las cosas buenas se estaban dando, llamando la atención de los más grandes, ante un muchacho llamado Silvestre Dangond que cantaba fuerte para hacer historia como la vieja de ellos. En verdad, más de uno de esos consolidados, ya pensaba más bien en ponerse a la moda como ellos.

   En efecto, ante lo nuevo que pasaba en el vallenato, el mismo Diomedes Díaz El Cacique de La Junta oyó el ritmo con que iba el grupo. Estaba preso, pagando una condena en la cárcel de Valledupar, cuando el acordeón de Juancho De la Espriella lo hizo sentir la nueva manera en que respiraba el vallenato. Lo llamó a su celda, para escucharlo más de cerca. La idea era grabar un disco con varios acordeoneros donde estaría incluido como uno más él, solo que, al escucharlo digitar, cambió su pensamiento divino. De forma rápida y sabia le dijo: «Le pongo mis veinticinco años de experiencia encima». En todos los medios, se anunció que sería su única fórmula para el nuevo álbum, el joven de Sincelejo que se llamaba casi y tocaba tan bien como Juancho Rois. Aunque públicamente se sintió orgulloso de eso, a Silvestre Dangond no le gustó la fama nacional que estaba cogiendo su acordeonero. Todo abría el camino del cielo, y de pronto el dios más grande del canto vallenato lo dejaba sin el sonido instrumental con que estaba subiendo a él. Nada le garantizaba que le siguieran pasando cosas buenas en esos días, si no lo acompañaba Juancho De la Espriella, haciéndole vivir el éxito para no tener más nunca que narrárselo.

  Cuenta su tío Indalecio Dangond sobre una ruptura que pudo ser posible: «Esa noche tocaban una fiesta en el Club de la Policía y cuando se disponían tocar la segunda tanda, Silvestre les notificó a Juancho y a su conjunto, que no se subiría a la tarima y terminaba la unión de los dos, porque él no estaba de acuerdo que Juancho grabara con Diomedes estando tocando con él. Ahí, fue Troya, porque el empresario les amenazó con no pagarles si no tocaban la segunda tanda.

  «De inmediato los llamé aparte a los dos y junto con Carlos Bloom, su mánager, logramos convencerlos que terminaran la presentación y el lunes siguiente arreglábamos el tema en las oficinas de la Sony Music. Silvestre entendió que era una grabación sin unión porque Diomedes estaba privado de la libertad y ese trabajo le servía para reducir el tiempo de la pena a la cual había sido condenado. ¡Todo se soluciona hablando!».

Diomedes Díaz y Juancho de La Espriella. Foto: cortesía.

Aunque parezca mentira, aquello dejó ver que quien participaba en todo eso era otra vez el destino. Si de un momento a otro el acordeonero que el mismo Silvestre metió a Sony estaba teniendo ese reconocimiento, era gracias al gran éxito que también le cantaba él. En efecto, quien ganaba era el grupo de Silvestre por la reputación ya casi de antiguo juglar que cogía uno de sus integrantes. Al volver con él, tendrían que verlo como el único cantante que en ese tiempo, y todos los tiempos, compartía la suerte acordeonista del propio Diomedes Díaz. Porque en efecto, aquello dejaba claro que su gran maestro lo admiraba también a él, que participó en el disco Fiesta Vallenata donde grabaron varios artistas de Sony Music, por en la canción «A mí no» haber hecho conocer con su buena voz más el acordeón. El álbum se tituló Pidiendo vía, con un acordeón hábil de Juancho De la Espriella que por primera vez, gracias a la voz de El Cacique, era el más escuchado de todo el país. Para Juancho, fue cumplir los dos sueños que tenía desde niño cualquier acordeonero en la música vallenata: el primero tocar el acordeón, y el segundo al lado de Diomedes. Solo que, en presencia física, seguía unido a Silvestre Dangond, el otro gran sueño que comenzaba a tener toda la gente.

  Era lo más cuerdo, porque los llamaban, se presentaban, hacían amigos que les sonreían con infinitos gestos, para terminar de creer que un urumitero, era quien cantaba una música tan fácil de quedar en el menos amante de ella. De los nuevos, se estaba consolidando como el que más gustaba, pero todavía seguía dando para sonar el disco Estilo y talento de Peter Manjarrés, al lado del famoso acordeonero Franco Argüelles. El otro que sí había recibido, una vez, el acordeón de las propias manos de Juancho Rois. A la agrupación de Silvestre, aún la veían como la que venía detrás de la de Peter, cantando con elegancia «Salió pirata» y «La dueña de mi vida». Definitivamente, ya habían hecho anteriormente algo para que la gente terminara de caer en la cuenta de que Silvestre Dangond, con su gran canto, era quien mejor dejaba sentir el nuevo vallenato.

«La colegiala»

Hotel Majayura, Riohacha, La Guajira. Foto: cortesía.

Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella se encontraban de nuevo en Riohacha, pasando unos días en aquella ciudad donde siempre se sentían como en su casa. Por supuesto, el empresario Nelson Freyle estaba con ellos en el Hotel Majayura, disfrutando de una amistad que ya era tan fácil como su canto. La diferencia fue que esta vez Dangond, el cantante, cogió el acordeón de su compañero. El sentimiento de aquella novia villanuevera todavía llegaba vivo, hasta quedar en la música. Pero de forma tan elevada, que esta vez cambiaría el resto de su vida, y de los que a partir de entonces oirían el vallenato como al mar. De pronto, tocando él mismo el acordeón salió de su voz la primera estrofa:

Y me estoy enamorando más

de tus ojos, de tu boca,

y ya no puedo esperar más

porque algo me provoca.

   Al principio nadie le puso tanto cuidado, porque a fin de cuentas no era la única persona en el mundo que sentía el amor. Siguieron en la reunión, mientras Silvestre maduraba aquel tema, con que musicalmente haría su más pública declaración. Lo poseyó de entrada la melodía, ya que tampoco volvería a vivir jamás sin ella, por lo que ahora le permitía sentir con más fuerza. En realidad, nadie sospechaba en ese hotel, a pocos metros del vasto mar, que también acababa de llegar a ellos la nueva ola del vallenato.

   Junto con su conjunto seguirían desarrollándola, haciendo que Juancho De la Espriella le quitara el acordeón, para sentir el amor con los dedos del mejor modo en la música vallenata. La letra cautivaba, porque así de corta enamoraba tanto como la muchacha. Pero el acordeón buscaba su camino, sin interrumpir la buena fortuna que estaba teniendo la oportunidad de ser un poema.

   La primera vez que Silvestre con su grupo cantó en público aquella canción que no estaba terminada, fue días después allí mismo en Riohacha, en el colegio Mauricio López Sierra de la calle quince. El evento fue organizado por Electricaribe, para llevar a los estudiantes una música fresca con que también se aprendía la vida. Fue cuando Silvestre Dangond consideraba que su vida estaba cambiando, en una ciudad de sal y arena que le dio el instante para componer la que sería, históricamente, su más famosa canción. Le gustaba en el fondo, aunque aún así, al ponerla a sonar, el tema no salía tanto de su conjunto, para quedarse por siempre repetida en el pueblo cantante. Algo que había de pasar muy pronto, en uno más pequeño que quedaba cerca de allí.

Dibulla, La Guajira. Foto: cortesía.

Como ya eran normal para el empresario Nelson Freyle, el nuevo enfrentamiento que tendrían dos grupos fue en Maziruma, balneario de Dibulla, La Guajira, lugar de nacimiento de mi madre Mariluz Movil. En una ocasión anterior Silvestre había estado allí, enfrentando a Peter Manjarrés al lado de Franco Argüelles, el rey que prefería ponerse encima el acordeón sin sonar que perder el tiempo pretendiendo la corona de un festival. En esta ocasión, el mano a mano de Silvestre Dangond sería con Kaleth Morales, que estaba de moda con el sencillo «El guante», el primer ángel sin revelar que lo acompañó en persona, antes de irse por siempre para el cielo. En serio, porque tal como verían, el público guajiro los aplaudiría hasta hacerlos triunfar. La agrupación de su amigo Kaleth Morales estuvo presente, con su sonrisa de victoria, y cantaría hasta enamorar totalmente a la gente de ese momento. Silvestre Dangond hizo lo mismo al lado de Juancho De la Espriella, cantando las canciones que gustaban en cualquier parte, y a cualquier hora, aunque ellos físicamente a veces no estuvieran. La novedad fue aquella letra, que apenas estaba terminando, y que ya, en el fondo, le daba la seguridad de ser el mejor cantante de su generación. Se había enamorado mucho de su ex novia Lucía Salem, y la sentía tanto en su corazón, que al fin había encontrado el modo de que ese sublime sentimiento se preservara por siempre en una canción.

  En todo caso, le dijo al público que iba a cantar el pedazo de una nueva canción. Sin darse cuenta, su gran historia de cantante comenzaba a sentirse en la tierra:

Y me estoy enamorando más

de tus ojos, de tu boca,

y ya no puedo esperar más

porque algo me provoca.

  La gente escuchaba, sin poder creer: la magia estaba saliendo limpia por un micrófono. Por culpa de su afinación, siguió cantando, deslumbrando con esa melodía de la que solo era la verdadera autora el corazón. Porque ya era una inmortal obra de la poesía de unas cuantas palabras.

Anda y dime lo que quieres,

sé que eres la niña para enamorarme,

yo sé bien de que tus padres a mí no me quieren

porque soy cantante.

Te ves linda en uniforme

y esa cabellera a mí me está matando,

siempre que paso en el carro te veo en la ventana,

te estáis asomando.

  Luego seguía en el coro con que la canción enamoraba, y el hechizo de amor entraba por los oídos, para triunfar en los otros que en el fondo amaban escuchar una gran historia, sin necesidad de que dejara de ser la historia de la música. Mientras cantaba, dejaba salir más su alma que en todos los ayeres.

Es que no puedo vivir sin ti,

me hace falta tu voz, me hace falta,

y es que no puedo estar sin ti,

tu boquita de miel a mí me atrapa.

   Estaba viendo la aceptación en el público, porque el tema ya estaba gustando como ese mar caribeño que solo mostraba Dibulla. Mientras cantaba, dejó saber quién era en verdad el tal Silvestre Dangond.

   —Hay algo que no saben. Yo soy de aquí, de Urumita, de La Guajira. A mí ninguno me echa cuento.

   Entonces continuó para que supieran porqué decía ahora con orgulloso eso:

Ay no tienes escapatoria conmigo,

serás mía contra viento y marea.

Un guajiro como yo empedernido

por mujeres como tú hace lo que sea (Bis).

  Esa información fue una de las cosas que más gustó. Silvestre Francisco Dangond, el nuevo gran cantante del vallenato, no era del Cesar como se pensaba, sino también guajiro como Francisco el Hombre o Diomedes Díaz. Él lo aclaraba, y de pronto todos se dieron cuenta de que ese muchacho hacía parte de la buena familia del vallenato. Sin esperarlo, la agrupación musical siguió con sus giras. Lo diferente, es que también ahora le pedían la otra canción, sobre la muchacha cuyos ojos y boca se imaginaban todos, porque con poca descripción así también gustaba a la multitud. La que cantó en Dibulla, y cuya reputación comenzaría a crecer allí mismo como el vallenato.

El cantante de vallenato Beto Zabaleta. Foto: cortesía.

Si bien gustaba la canción, los planes no eran los de él en persona grabarla. Silvestre estaba dispuesto a seguir a gente como Diomedes Díaz o Fabián Corrales: cantar éxitos, y también darles éxitos a los otros cantantes para que les fuera bien. Es decir, ser reconocido como un músico completo. En su mente, quien más podía darle fuerza a la canción era Beto Zabaleta, uno de los cantantes que pone de moda, hasta el canto compuesto por un gallo blanco sintiendo que ya viene la mañana. Quería ser compositor de otros, porque el joven de Urumita más que el dinero y los halagos, lo que ambicionaba era dar su propia alma porque la raza humana, escuchara por todas partes más el vallenato.

  La reacción de naturaleza lo hizo ver todo de otra manera. Desde que comenzó a colocarse en las emisoras esta canción grabada en Maziruma que no estaba completa, el mundo del vallenato no volvió a ser el mismo. De entrada, tuvo la alianza de los que como el locutor Víctor Diago de Rumba Estéreo en Riohacha, se enamoraban inmediatamente de ella. Con el paso de los días y las semanas, se repitió más, hasta que su coro se aprendió como una oración, que hacía el milagro de hacer sentir a cualquiera más enamorado de la música, como el propio Dangond de la muchacha que nunca daba para olvidar:

Y me estoy enamorando más

de tus ojos, de tu boca,

y ya no puedo esperar más

porque algo me provoca.

  La gente, en la calle, en los pueblos, comenzó a notar la nueva magia que daba el sentimiento. Por encima de su CD Lo mejor para los dos de moda, era una grabación en parranda donde por primera vez en la vida, salía el alma completa de Silvestre Dangond. Se repitió tanto, que luego salía también musicalmente por la boca de la gente. Me acuerdo que John Cuello, el hermano de un primo mío, que cerca de mí la oía y la cantaba a la vez en la calle 19, dijo complaciente:

  —Esa canción está bacana.

   Admiraba  que esto pasara, que la buena nueva de su vida estuviera volando con alas propias, y melodiosamente estuviera haciendo también parte del boca a oreja.

   Era la primera vez que una canción que no estaba terminada, y en cierta medida inédita en cuanto a la grabación de una casa disquera, soplaba tanto como la invisible brisa que logra dejar su recuerdo en las calles. En cualquier terraza, por donde se pasaba, la gente ponía el CD «quemado» para que se sintiera más cómo llegaba ahora el aire. Gustaba mucho, ese éxito con defectos de sonido. La piratería ayudó bastante, y le hizo ganar a los piratas muchos meses antes de que a través de Sony Music, Silvestre cobrara los derechos de autor por cada CD original vendido. Se cantaba en voz alta, sirviendo para hacer más largas las fiestas. En efecto, se estaba convirtiendo en la primera canción en parranda, más exitosa en la historia del vallenato.

Lucía Salem, la inspiradora de la canción «La colegiala». Foto: cortesía.

Ante esa situación, muchos se preguntaban quién era la muchacha que lo hacía enamorarse más. El cantante la amaba, y para que ella lo supiera le compuso la canción con la que más se sentía últimamente el amor. El mismo que debió recordar, ante un tema donde ella era la colegiala que no nombraba, para que nadie la conociera y amara tanto como él. Era la quinceañera Lucía Salem, la protagonista de esa historia de amor que no fue eterna porque los padres no lo aceptaban por su vida de cantante, ese que ahora siempre la mencionaba con más repetición duradera que los latidos del corazón.

   Dicen los rumores que, ante esa declaración pública de amor, Silvestre Dangond la buscó esperando que ella estuviera con él. En verdad, ya era el cantante que le podía dar todo en esta vida, que cada vez más se parecía tanto a la hermosura de ella. Pero la mala noticia es que a la vida de ella llegaría otra persona, hasta la boca. Su nombre era Camilo Daza Quintero, alguien que terminaría en la universidad una carrera profesional, con una vida más tranquila, para hacerla feliz sin necesidad de hacer la buena música que ya existía por todas partes por culpa de ella. Porque todo el mundo la cantaba, y le decía también que se enamoraba de ella, sin apenas darse cuenta.

   Antes de ese furor musical, nadie se imaginó que Silvestre Dangond interpretando temas como «Mi amor por ella», «El ring ring» y «Lo mejor para los dos», iba a ser otra cosa diferente que un cantante de moda. Ya anteriormente en el vallenato se habían dado esos casos, en que alguien pegaba, pero más para alegrar el nuevo tiempo, que para tener éxito todo el tiempo. Fue lo que se seguía creyendo que iba a suceder con Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella, que si bien se habían logrado posicionar con esa unión, pocos se imaginaron al ver la primera carátula donde estaban juntos, que los iban a escuchar toda la vida. Pero el tema de la boca hizo pronosticar mejor el futuro, y, por supuesto, comenzaban a venderse CDs piratas donde Silvestre la cantaba también en otros pueblos, que no le permitirían escucharse ya más nunca jamás de otra manera.

   Yo fui uno de los que la repitió hasta aprendérmela. Fue en una esquina de Cuatro Vías, Riohacha, donde Jeison Barros Camargo —el compadre de mi hermano Carlos Herrera Movil, diseñador gráfico que ahora vive en Miami— tenía su puesto de CDs con un reproductor y parlante anunciando la música frente al antiguo centro comercial Cumaná, para enamorar a los transeúntes hasta que la compraban, como sucedía con el trabajo Te regalo todo de Rafael Santos e Iván Zuleta, donde estaba el éxito «No es tan fácil». La gente que pasaba, me miraba por tanto darles a través de la música, el gran alma musical que ahora tenía Silvestre Dangond. De cierta forma, siempre he dicho que con lo que estaba a mi alcance, fui un admirador de los que más le dio la fama de replay infinito a «Me estoy enamorando más», como todavía la gente la llamaba.

  Días después, me di cuenta de que este cantante era un boom, por una conversación. En la estación de pimpinas de gasolina de Jacob Barros, el padre de Jeison, se discutía de política, se hablaba más de Chávez que de Uribe. Y veces para refrescar, metían el tema de la música, como una forma casi de cantar. Pero solo la de los más grandes: Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Rafael Orozco, Diomedes Díaz, y alabar músicos nuevos delante de ellos no solo era una falta de respeto, sino un insulto a sus edades. No obstante, era imposible no escuchar en esos días a Silvestre, hablar mucho de él, hasta llegar a la emoción que agarraba por descuido a los más adultos. Jacob, un zuletista a raca mandaca, pero sin poder esconder el voltaje del nuevo sentimiento, entonces soltó la profética frase:

  —Silvestre Dangond es el futuro del vallenato.

  Luego, como para que quedara constancia de que su crítica costaba oro, recordaría su forma ruda de ser. «Y yo no alabo a nadie», añadió, como aclarando que era una excepción que esa tarde lo hubiera hecho.

  La verdad es que muchos estaban pensando de la misma manera, y escuchaban su música ahora con el sueño de algún día en persona conocerlo. Al igual que siempre, él se presentaba para demostrar que cuando quisieran, cantaba «Me estoy enamorando más». De un momento a otro, era la canción que más venía a la gente de Silvestre, que, ante el inesperado fenómeno, comprendió la verdad de su vida. No tenía que dársela a Beto Zabaleta, porque ya era claro que con el cantante que más quedaría en la historia esa letra, era en la boca afinada de él. En mi concepto, la melodía de la canción es un imán para el sentido auditivo como «La flota mágica», la obra más conocida de Mozart. Y es que la magia también ahora la daba para cantar Silvestre. Porque con ella sucedió otro suceso tremendo, que a partir de entonces sería de tanta mención como su vida

  En efecto, ante la acogida de esta canción, los empresarios de todas partes comenzaron a llamar más al mánager Carlos Bloom, que terminarían convirtiendo a su pupilo en el artista con más presentaciones. Era tanta la demanda por los músicos, que varios toques tenían que cambiar de fecha, porque nadie podía hacer que Silvestre y Juancho existieran, en varias partes, al mismo tiempo. En vista de eso, la agrupación comenzó a estar más seguida una misma noche en distintos sitios, tocando la música con más entusiasmo que si Dios la acabara de dar a conocer a los humanos. Sería la agrupación que, aunque no llegara, más soñaban tener en los pueblos. Cuando llegaban a uno donde no habían estado, ya él público hacía meses era silvestrista. De hecho, de allí saldrían en el futuro nuevos cantantes, de tanto público cantando ahora igual como él. Con esa carta de presentación, más nunca volvería a respirar en esta región sin compartir el aire con el silvestrismo, la nueva marea de gentes que más se tomaba la tarea de hacer llegar, hasta en los pueblos sin orilla, la ola del vallenato.

Luifer Cuello y Manuel Julián. Foto: cortesía.

Paralelamente a eso, a principios de 2004 con el sello de Codiscos también salía al mercado el álbum La nueva ola, producto de la unión que conformaban el cantante Luifer Cuello y el acordeonero Manuel Julián. Tenía la canción homónima «La nueva ola», del desaparecido juglar Alejandro Durán, pero fueron temas frescos como el «Pim pom pam», lo que llevó a que la gente considerara que la juventud era la que más estaba poniendo el vallenato a escucharse de nuevo como el mar. Una de las canciones se llamaba «No aguanta», de la autoría de Kaleth Morales, el compositor que más les entregaba la buena suerte a los nuevos intérpretes. Fue tanta la acogida, que a lo que comenzó haciendo Peter Manjarrés, continuaba Silvestre Dangond y ahora empujaba Luifer Cuello, el locutor barranquillero Alí Guerrero de visita en Valledupar le comenzó a llamar «el pangaíto». Al final le dirían la nueva ola del vallenato.

   La que llegaba también a la televisión nacional. Acostumbrado a que mi mujer Sandra Díaz Acosta, atendiendo a nuestra hija Mariluz Herrera Díaz de dos años, viera todas las mañanas Día a Día del Canal Caracol, en cierta ocasión me di cuenta de que allí estaba en la sala mostrando su cara al país Silvestre. En el fondo, se veía feliz porque su sueño se estaba haciendo realidad, sin necesidad de despertar. La fama estaba llegando, y nos estaba haciendo sentir la emoción de lo que era cumplir un gran sueño, a todos los que, sin darnos cuenta, ya hace rato éramos silvestristas.

  En el Festival de la Leyenda Vallenata, Silvestre Dangond se presentó con su conjunto, y como siempre lució con sus ciento treinta kilos, gracias al poder sobrenatural de la música. Entonces, después de cantar las buenas canciones de su CD, anunció al final que les tenía la cereza del pastel:

   —Aquí les dejo mi alma y mi corazón.

   Acto seguido, todos los instrumentos comenzaron a sonar la famosa canción, haciendo gritar instantáneamente a todas las personas, que no se quisieron quedar por fuera de esa melodía electrizante. La que el público se sabía de memoria, porque era lo que más se le venía a la mente de lo que representaba Silvestre Dangond. De pronto, interrumpió la gran emoción, pero para sorprender con que iba a adelantar una parte de la segunda estrofa.

Ay pasan días, meses, nada que te tengo,

me está desesperando esta situación.

Una monja me botó de tu colegio,

no me importa lucharé por este amor (Bis).

   En serio, cuando al final dejaba claro que era una colegiala, nada por la alegría dejaba acordarse de que en su rico repertorio existían otras buenas canciones.

La fama

Carátula del álbum Más unidos que nunca. Foto: cortesía.

En Sony Music, Bogotá, los ejecutivos debieron sonreír con lo que estaba pasando en la Costa Caribe con Silvestre y Juancho. Si una canción pegaba en parranda, con deficiencias de sonido, entonces al ser llevada a un estudio de grabación profesional, a través del disco, también pondría las ventas de nuevo de moda. Para que fuera un éxito comercial seguro, el grupo musical ya tenía maduros los arreglos, no a base de encontrarse en el estudio, sino de tantas veces que la habían cantado en presentaciones públicas y fiestas privadas. El reto ahora, era hacerla mejor en la versión que se iba a escuchar para toda la vida. Por suerte, la agrupación musical de Silvestre Dangond la integraban buenos profesionales que estaban soñando desde el oído como él. La grabación tenía que ser perfecta, una obra de arte universal, que ahora hiciera escuchar el sonido de la nueva ola a Colombia entera. Los ingenieros de sonido ayudaron mucho, y se ponían a repetirla, para incluir cualquier cambio con que también mojara más. Lo bueno es que siempre sonaba igual, y había entonces que editarla rápido, antes de que se fueran los días azarosos en que solo a ella la escuchaban.

  El trabajo se llamaría Más unidos que nunca, donde se ve a un Silvestre Dangond al lado de Juancho De la Espriella, que en esos días ya no se lo podía quitar ni el cantante vallenato más grande de todos los tiempos. De inmediato, todos los equipos de sonido subían el volumen hasta más no subir. «La colegiala» (como se terminó llamando), sonó con contundencia, cogiendo más fuerza por el toque mágico del ingeniero de sonido que la hizo tan querida como su primera gran versión en parranda en Dibulla, el pueblo también del mejor periodista guajiro Pepe Palacio Coronado. De allí se desprendieron otros temas escuchados como «A blanco y negro», de Omar Geles, «La mentira», de Wilfram Castillo. También «Me la juego toda», de su amigo Kaleth Morales, el único fan de la marea que de tanto ser silvestrista, se volvería tan grande como Silvestre. La aceptación fue impresionante, pasó lo que se esperaba, porque en toda la nación recordaron de pronto que las mujeres de las que más se enamoraban de por vida, eran las colegialas.

   Fue, por supuesto, el primer gran tema en ser promocionado. Por fin había llegado la oportunidad de conocer completa la segunda estrofa, que muchos ansiaban como algún día la foto con la cara de la muchacha, para también de veras enamorarse más. Letra final por la que se había esperado tanto, deseando ver qué terminaba de decir el hombre más enamorado en verdad que había en esos días.

Dame un poco de tu tiempo

 para poder verte por las tardecitas,

si en tu casa dan permiso

 te espero en la esquina, ponte bien bonita.

Dicen que escribes mi nombre

en todos tus cuadernos con un corazón,

saludo a tus compañeras

que las quiero mucho, gracias por el dos.

No se te olvide la clave, nena,

que tenemos tú y yo para encontrarnos,

cuando te bese no te de pena,

grita y baila cuando te esté cantando.

  Luego, la parte que ya había adelantado:

Pasan días, meses, nada que te tengo,

ay me está desesperando esta situación.

Una monja me botó de tu colegio

no me importa lucharé por este amor (Bis).

   En todas partes, al estar completa, se puso más a la moda lo que durante los últimos meses no pudo ser otra cosa. La canción por la que Silvestre se daba a conocer, ya era una obra de estudio, para enamorar a la muchacha que definitivamente se daba cuenta de que el amor que le tenía él, se volvía la melodía más bella de la vida misma que ella estaba oyendo. Para algunos, era claro que nadie podía estar más feliz que la colegiala Lucía Salem, también conocida cariñosamente como Uchi, quien ese año de 2004 terminaría el bachillerato para empezar sus estudios de Comunicación-Social y Periodismo de la Universidad del Norte, en la ciudad de Barranquilla. Porque el novio de años anteriores, la amaba con toda la fuerza del alma, aunque, ante lo mediático que a él le pasaba, tristemente de ella ya solo tuviera sus ojos, pero más nunca su boca.

  De todas maneras, en Valledupar, Silvestre y Juancho llegaron a promocionar la felicidad. Era ese entusiasmo físico lo, que, a través de él, los periodistas estaban fotografiando. No obstante, comenzó la oposición. Era claro que de la noche a la mañana se habían vuelto muy famosos, y por mucho que ciertas emisoras les cerraran las puertas, ya entraban fácil a todas partes como los más buenos espíritus. Pero a través de la crítica, se podía lanzar una flecha de veneno diciendo que una canción tan buena como «La colegiala», debió tener un sonido de estudio que estuviera a la altura, de la creación poética de Silvestre Dangond. De todas maneras, fue en esa ciudad donde más triunfaban mundialmente Dangond-De la Espriella.

   Gracias otra vez, la explosión del vallenato, a La Guajira. Era claro que, a lo largo de la historia, los máximos exponentes de este género musical eran guajiros, como lo dejaba claro el fenómeno Dangond, quien era natural de Urumita. Por lo tanto, en todo el departamento se sentían orgullosos de que en la canción lo reconociera sintiendo tanto el poder del amor: «Un guajiro como yo empedernido». En Villanueva había nacido él en su hospital por fugacidad, pero de allí sí era de nacimiento y de crianza la mujer que lo inspiró para que se volviera a creer que en otro lugar de la tierra, no podía sonar ni inspirar a otros a sonar como lo hacía el sincelejano Juancho De la Espriella, el viejo invento del acordeón.

Parque de los Cañones, Riohacha, La Guajira. Foto: cortesía.

  Como ya lo había prometido por impulsarlo, Silvestre Dangond lanzó el CD también desde Riohacha, la capital de esa tan querida Guajira. Era la primera vez que alguien ya famoso escogía este lugar para continuar con el lanzamiento, porque reconocía en el fondo que fue desde allí donde comenzó la historia musical que más gustaba de él.

  La gente lo recibió, como el guajiro que ahora más hablaba bien de ella. Para su empresario Nelson Freyle Barros, fue la consagración también de los primeros que creyeron en él. De entrada, en la Calle Primera dijo el famoso cantante que no sería la única vez que haría eso. Fue la locura verlo allí cantando temas como «La colegiala», dejando claro que era el mismo de siempre, solo que cada vez mejor como artista musical. Nadie podía creer que fuera tan sencillo Silvestre, agradeciendo a la ciudad que le dio la buena suerte de sentirse tanto en este mundo con su mar, el único que lo dejó componer para que se volviera de verdad la nueva ola.

  En Barranquilla, un aliado desde tiempo antes, había aparecido en escena. Director de la emisora radial La Reina, el locutor Alí Guerrero era la otra voz del vallenato. Muchos cantantes nuevos querían ganarse su amistad, para vivir en la radio. Era claro que si Valledupar los hacía salir a la palestra, Riohacha auguraba por superstición que un artista podía ser de por vida, era Barranquilla la plataforma que los lanzaba a nivel nacional. Muchos cantantes lo mencionaban en sus canciones, con frases como esta que lo describían:

   —Alí Guerrero «El Bombardero».

   Como el histórico goleador del Junior Iván René Valenciano, era el que mandaba la bola de la onda hertziana más lejos, más allá del único que hasta con las manos la quería detener. Por supuesto, Silvestre Dangond le hizo el homenaje más grande que alguien hasta entonces le había hecho, al saludar y recomendar a su compañera en «La colegiala», que se sabía que sería un acontecimiento nacional: «Cuídale los hijitos al “Bombardero”».

El locutor barranquillero Alí Guerrero. Foto: cortesía.

   La verdad es que pronto pasaría a ocupar los primeros puestos de popularidad no solo en las emisoras de la Costa, sino en todas las del país. Era un cantante consagrado, de esos que no tienen necesidad a veces de cantar, para que su mismo público cante por él. Con el éxito radial, todos los jóvenes se sintieron amigos de él. Él les respondía cantando bien, para que no se olvidaran de su mejor forma de ser. Para algunos musicólogos, estaba sucediendo en La Guajira lo que alguna vez pasó en Liverpool, Inglaterra, con los Beatles. La histeria, el suceso, el mundo de gentes, corrían ahora para conocer en persona a los últimos inventores de la música. Silvestre y Juancho estaban viviendo un sueño, del que no despertaban por muchas madrugadas enteras en que estuvieran sin dormir.

   La resonancia de «La colegiala» hizo que la gente se acordara de uno anterior que tuvo Jorge Celedón, llamada «Ay hombe». El éxito en el año 2002 enamoró a Colombia entera, que cantó más el vallenato como si ya reconociera que era de toda ella. Fue un suceso sorprendente, que ahora dos años después conquistaban Silvestre y Juancho. Según Juancho De la Espriella, era la primera vez que un sueño tan bueno demoraba tanto, y hasta las madres se acercaban a ellos con una inquietud de curiosidad, para ver también qué podían decir, a parte de sonar. «¿Qué le han a hecho a mi hijo?», le preguntó una al acordeonero. «Nada más quiere oírlos a ustedes». La electricidad era total, no había pueblo nuevo en que llegaran, donde no los reconocieran en seguida por «La colegiala», el tema que no paraba de recordarles que, si un sueño lo vivían todos los días, era porque ya era algo real. Era una cosa que nadie podía explicar, sobre todo Silvestre, que nunca pensó que, al hacer una canción enamorado de una mujer, produciría que el amor se volviera tan bailado.

  En cuanto a los miembros de su familia, se habían vuelto a reunir en Valledupar. Hacía tiempo su madre se había venido desde Bogotá, gracias a su hijo que se había vuelto famoso. Su padre había venido después, viendo que Silvestre había hecho realidad, el sueño que tuvo desde antes de este nacer. Por primera vez, el amor familiar no era interrumpido por los problemas económicos. Pero entonces, cuando la unión ya estaba consolidada, su novia Pieri Avendaño salió embarazada.

  Era verdad. A pesar de lo se creía, no era la colegiala la que llegaba a ser la palabra eterna de su boca. Conocida en un baile años antes, Pieri produjo que Silvestre Dangond sintiera de nuevo el amor, que con él se estaba salvando la historia del moderno vallenato. Fue un romance de colores buenos, que lo llevó locamente a amarla más que así mismo. Por ella, Silvestre se iba entonces por segunda vez de la casa, y esta vez por siempre, porque en el fondo Pieri lo atraía más que la música y sus musas obligadas. El malestar fue de nuevo con sus padres, por él responderle a la otra familia de su sangre, que ahora gracias a ella también podía aparecer. Sin embargo, apenas pudo le cumplió a su madre Dellys Corrales el sueño que la dejó más silvestrista que todos los jóvenes que la escuchaban más que ella: era ahora dueña de una casa (y nueva) por primera vez en la vida.

Silvestre Dangond y su esposa Pieri Avendaño. Foto: cortesía.

Era claro que la económica también había cambiado. Las presentaciones, a medida que aumentaban las personas que las veían, aumentaban la cuenta bancaria de Silvestre Dangond. De la noche a la mañana, el muchacho que se lamentaba de la pobreza en el centro de Bogotá, acumulaba una riqueza que solo la explicaba el amor que tanto sentía la gente por él. Sin embargo, a penas la disfrutaba. Llevaba su música por todas partes, para no despertar nunca del mejor sueño que estaba teniendo en la vida. En cualquier parte estaban los silvestristas, el espejo más grande en el que nunca jamás se había visto Silvestre. Era el cantante de moda, y ya las gentes no solo cantaban sus canciones, sino que mencionaban en conversaciones su verde nombre de campo, para estar a la moda. Era claro que esta vida real, ahora era más de su sueño que de cualquier terrestre.

  En cuanto a Peter Manjarrés, y a los peteristas, el asombro por lo que sucedía a Silvestre Dangond no tenía término. De la noche a la mañana, había alcanzado la fama nacional que ya hacía pensar en la internacional. Mencionaba a alguien, y lo volvía tan popular que este aspiraba a la política. Si cantaba a una mujer, hacía que esta fuera más mirada que la más bonita. Si grababa la canción de un desconocido, los otros cantantes buscaban el mundo secreto que este podía hacer con el sonido. En fin, cuando estaban en una presentación, hasta sus rivales de tanto estar mirándolo —pero sin confesarlo-, se volvían inconscientemente silvestristas.

  Mientras tanto, los estudiosos del vallenato trataban de explicar el boom de la nueva ola. Antes de Peter Manjarrés y Silvestre Dangond, era otro vallenato nuevo el que hacía cantar más al país. Alumnos del Binomio de Oro y de los Diablitos, los Inquietos y los Gigantes eran los abanderados con la sintonía el interior, sobre todo de ciudades como Bogotá, Bucaramanga y Medellín, impregnando un sentir que hacía pensar más en el romanticismo de lágrimas, que en la alegría que dejaba aún el fantasma festivo de Juancho Polo Valencia. Pero con músicos como Silvestre, el otro nuevo vallenato, que representaba a Oñate, Poncho y Diomedes, también se adaptaba al gusto de los oyentes del interior que solo daban para oír con cosas nuevas. Eso quería decir que el gran vallenato del puro, sería un género de larga duración, sin necesidad del olvidarse del amor romántico que para subsistir pedía ponerse siempre a la moda. Pero lo mejor de todo, es que el fenómeno musical inexplicable seguiría sonando más que las propias olas. Porque la verdad es que más que una nueva ola, era un mar de personas que jamás tendría término en una vida de veinticuatro años que apenas comenzaba.

   La realidad es que como vio junto a Juancho De la Espriella, sin necesidad de cantar hacían aparecer de la nada a los oyentes. La vida había cambiado de la noche a la mañana, pero verse rodeado constantemente de tantas personas, apenas le permitía darse cuenta. Los silvestristas, como se propusieron desde el principio, irrumpían hasta dentro de su sueño. En verdad, y es que partir de entonces siempre al dormir Silvestre soñaría con ellos. Con muchos que solo eran seres imaginarios del inconsciente, que no fueron creados por Dios, pero que le confesaban felices que seguían la música que él hacía en la vida real. Porque también era la que más hacía seguidores, hasta sin carne y hueso, dentro de los sueños. Al despertar, Silvestre trataba de estar más con privacidad. Su teléfono lo tenían pocas personas, de su cercana confianza, donde también estaban entrando más. Los seguidores estaban por todas partes, queriendo siempre que fuera el músico. Pero él también quería ser el ser humano, que sacaba tiempo para su hermosa compañera Pieri Avendaño, que lo necesitaba mucho más que los propios silvestristas que eran de verdad.

  Muchas emisoras, que al principio cobraban para poder sonar, ahora los colocaban todo el día para aumentar la sintonía. En serio, estaban de moda, y la gente llamaba a los locutores, para pedirles con urgencia las canciones que causaban que en todas partes sintieran más el amor, como el que tenía un novelista por María Alejandra Pinto, la bella muchacha que hacía ver mejor al pueblo de Hatonuevo. De un momento a otro, los periodistas comenzaron a escribir sobre ellos, porque venían haciendo la historia que a más de un gran escritor impulsaba también a ser el mejor. Pero no solo eso: la historia pasada de Silvestre y Juancho, también se fotografiaba. Los reporteros les hacían muchas preguntas, pero ellos respondían mejor de forma musicalizada. En todas partes estaba la prensa, sin darse cuenta de que, al interesarse tanto por ellos, se volvía diariamente silvestrista. Era la gran atracción que ya ejercían, para darles a los medios una buena y gran noticia, que por fortuna nunca dejaba de ser musical.

   Una de ella fue las comparaciones que por todas partes empezaban a buscarle. En verdad, ya algunos avanzados, decían que se parecía a la suerte rápida que tuvo Diomedes en su juventud. La razón era de oro: los primeros silvestristas, ¡eran diomedistas! Si tenía el don de gustar al público con mejor gusto del folclor vallenato, quería decir que Silvestre Dangond era de los que como aquel no solo llegaban al oído, sino que vivían en la mente humana universal, donde a veces encontraban una forma más profunda de grabación pocos cantantes famosos en el mundo. Era un héroe de la juventud, al que ya se le profetizada un éxito de dimensiones cósmicas, que no era posible sospechar aún en ese tiempo, aunque fuera cantando bien. Se conformaba con probar que el mundo giraba, para ser el ejemplo de que es posible llegar a donde se quiere, con las alas que constantemente daba el talento angelical.

La diosa Fama. Foto: cortesía.

   Según el concepto del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, fama significa «condición de famoso». En cualquier caso, una persona que entra en el subconsciente, es candidata a la fama. De hecho, fama viene del verbo latín fari, que significa «hablar». Cuando alguien da mucho de qué hablar, se convierta ya en una persona famosa. Pero cuando tiene demasiada fama, pasa entonces, como le sucedió al escritor francés Voltaire, a ser una celebridad.

  Las personas que alcanzan ese estatus, comprenden que no hay necesidad de subir a las nubes, para comprender que el cielo empieza matemáticamente desde la planta de los pies. De repente, algunos pierden la noción de la realidad, al darse cuenta de que la celebridad apenas llega, no deja ver más nunca la soledad ni cerrando los ojos, narcotizado por el sueño. Era así como se veía Silvestre, ante el gentío que esperaba siempre que despertara en su cuarto de hotel. Su pasión descargaba energía cantando más fácil «A blanco y negro», porque su público se sabía esa nueva gran canción como él. Y entre los silvestristas, repito, también salían cantantes que con talento ya se estaban volviendo célebres.

   Silvestre Dangond debió por eso alegrarse cuando, en septiembre de ese año, uno de los mejores amigos que tuvo en vida, también entraba en órbita como quien conoce la dirección de la luna. Grabada en un estudio precario de Cartagena de Indias, Kaleth Morales decidió editar una canción que al igual que le sucedió alguna vez a Silvestre, decidía que no era para cantarla tanto él. Pero viendo la acogida que tenía en presentaciones, se dio cuenta de que tenía que grabarla él, para que siguiera emocionando igual al mundo. Con cincuenta mil pesos, Kaleth pagó la noche de grabación, mientras en cabina se tocaban simultáneamente todos los instrumentos, como se hacía en la época de Juancho Polo Valencia. Desde que al día siguiente comenzó a sonar «Vivo en el limbo», gracias a su amigo el locutor Rafael Narváez, fue conquistando hasta los seguidores que no gustaban del vallenato. En serio, sucedía de forma rotunda como la canción dada a conocer en un concierto de La Guajira, que hizo querer eternamente a Silvestre Dangond como a este mar. Si bien la suya sí salía con ingeniería de sonido, el éxito produjo que instantáneamente Kaleth Morales fuera considerando en la playa, la nueva ola que ya exigía ser nombrada tsunami. 

Ciénaga

Ciénaga, Magdalena. Foto: cortesía.

Pero era otra realidad la que competía con el sueño de Silvestre Dangond. Desde que gozaba de su nuevo prestigio, la música de otros no rivalizaba tanto con él, como las habladurías. Los peteristas decían que Peter era mejor cantante, y los silvestristas decían que era Silvestre el único dueño de esa verdad. La rivalidad era tal, que hasta se formaban peleas, discusiones de borrachos, para demostrar también quiénes eran mejores seguidores entre peteristas y silvestristas. Para aumentar con discusiones, la otra forma de triunfar fanáticamente en el vallenato. Por lo tanto, el incendiado mano a mano que pasó con su principal contendor en el municipio de Ciénaga, donde nació mi padre (el periodista y escritor Carlos Herrera Fernández, que en paz descanse), se esperaba más, pero mucho más, que un nuevo CD de cualquiera de los dos.

   Ambos cantaban desde distintas tarimas. Cantaba uno, y después el otro, para ver cuál desde los dos hacía existir más al público presente. Es decir: para ver si el propio mundo era peterista o silvestrista. Peter fue un fenómeno de la voz profesional, que solo nació para darla a los demás. Silvestre explotaba con uranio, sin salirse de las leyes del talento. Fue tanta la tensión, que recuerda Peter Manjarrés que se echó hacia atrás, para ganar ya no como el mejor músico que esa noche buscaba ser, sino como el hombre más calmado. Peter diría más adelante que si cantó «La colegiala», uno de los temas de su rival, fue para bajar la alta temperatura de la música con el tema de más boca.

Silvestre Dangond en Ciénaga, Magdalena. Foto: cortesía.

Sin embargo, aquello fue el anuncio de que comenzaba con tambor de hojalata la verdadera guerra. Mientras sonaba, Silvestre Dangond terminó de cantar lo que entonaba Peter, aunque lleno de furia, porque el único que la quería vocalizar en Ciénaga era él. Entonces paró en medio de la letra y habló de la cobardía peterista, ante su nueva influencia que sin disimulo copiaba, para sumergirse dentro de la silvestremanía.

—¡Está cagao, está cagao! —gritó.

  Según él, por no intervenir con su propia música, sino con la canción que más fácil haría querer en esos días a cualquier artista vallenato, o de cualquier otro género musical. Declararía Silvestre Dangond años después sobre qué planeaba con la canción: «La estaba guardando para el final». En una de esas rabias, pidió respeto por las canciones, que en instantes calurosos como esos eran del público, mas no de los rivales. Entonces exclamó la famosa frase:

  —¡Cada quien guerrea con lo suyo! ¡No sea marica, no sea marica!

  Un momento después, Peter Manjarrés caminó hasta la tarima donde estaba él, esperando que dejara de cantar. No para cantarla más cerca de su autor, sino para demostrarle que él no era lo más grave que había dicho del cuento.

   —Los hombres son hombres, y yo a usted nunca lo he ofendido. Respete a los hombres. Yo no soy ningún marica —le dijo.

  Fueron instantes de calor, porque Silvestre comenzó a hablar con tanta sonoridad como al cantar, para defender el génesis de su rabia. El encuentro entre esos dos hombres pudo terminar con peores consecuencias, si el alcalde del pueblo —que ya no era Orlando Dangond— no hubiera cogido rápido el micrófono, para que saliera con más calma el tono de la boca. A recordarles que, por hacer parte del ámbito vallenato, eran más colegas que rivales. Para algunos, aunque terminarían años después siendo grandes y queridos colegas, allí nacía el verdadero Silvestre Dangond: el polémico.

   Con la fama de moda se presentó en el Carnaval de Barranquilla, dispuesto a seguir ganando las peores batallas. Para muchos iba a ser el ganador con el tema «Pa’ Barranquilla», mencionando al Junior que recién había salido campeón en el fútbol profesional. Pero el trofeo se lo llevó Iván Villazón, dueño de la joven voz tenor, con que también la naturaleza premiaba al vallenato. Desde ese momento, comenzó una conspiración contra Silvestre para no coronar con contados jurados, un reconocimiento que no era tan mayúsculo como el que ya le daba el pueblo incontable.

   A pesar de esa primera frustración, la vida seguía mostrando nuevos silvestristas. Las presentaciones reclamaban a su conjunto, y ya entre el público se veían a grandes famosos del extranjero, que por primera vez se enamoraban del vallenato. Maradona, el mejor futbolista de la historia, ahora ayudaba también a hacer mejor la de Silvestre, cantando junto a él «La colegiala» en Cartagena de Indias. Si gustaba a un campeón del mundo, era porque su vallenato dejaba un sentimiento ganador. Y también sonaba duro su voz, invitada dentro de lo CDs de los amigos. El primero de ellos en la canción «Se va a formar» de Kaleth Morales, quien ya estaba a punto de partir.

  Respecto a este artista valduparense del disco La hora de la verdad, Silvestre Dangond ha sido muy sensible. Cuando habla de él, no parece hablar de un rival, sino siempre de un buen amigo o del más célebre de los silvestristas. Pero siempre ha reconocido que los artistas de su nueva generación, solo Kaleth en el aspecto musical entraba al cuerpo del público espiritualmente como él. Aunque según algunos que no aceptaban todavía tanto talento en Silvestre Dangond, que también viajaba de gira por los Estados Unidos, ahora sí le había aparecido el único rival que podía hacer mejor la música, y hasta más rápido que él. Pero esa futura enemistad que otros soñaron dizque para aumentar la calidad del folclor, nunca sucedería. Por la revolución de sus composiciones, siendo hasta ese momento el músico más completo de la nueva ola, Kaleth Morales pereció en un accidente de tránsito cuando al lado de su acordeonero JuanK Ricardo asombraba en sus presentaciones, como un Michael Jackson que se hubiera enamorado de repente de la caja, la guacharaca y el acordeón, haciendo una melodía que entendían hasta los pies. Lamentablemente, Kaleth Morales se fue de este mundo cuando apenas hacía descubrir a todos que era el Rey de la Nueva Ola.

Kaleth Morales. Foto: cortesía.

  Precisamente en esos días, su archirrival Peter Manjarrés, sacaba el arma secreta que le dejó Kaleth. Si bien la compuso su amigo José Luis Valencia, al haberle dado Kaleth esa pieza a Peter Manjarrés con su nuevo acordeonero Sergio Luis Rodríguez, le hizo el favor más grande que alguien le haría en su vida musical. En cuanto comenzó a sonar el álbum Imbatible, «El amor de mi sabana» se convirtió en otro éxito que hizo sentir el nuevo vallenato a toda Colombia. De esa manera, junto a Silvestre y Kaleth, Peter sin ser compositor de su jonrón hacía parte de los tres cantantes de la nueva ola que gozaban de esa condición de superhéroes, aunque la triste realidad es que el mayor de los Morales estaba muerto.

  El álbum Ponte a la moda de Silvestre y Juancho, donde están «Dile», «La pareja del momento» y «La indiferencia» —esta última cantada en vivo con su amigo el compositor Lucho Alonso—, que salió un tiempo antes del fallecimiento del gran amigo, fue el último donde salió una composición de Kaleth, titulada «Mi seguidora y yo». Era claro que la onda en la arena también se estaba secando, y los cantantes más jóvenes como Silvestre Dangond para seguir creciendo buscaron ahora estar en el mar de los grandes cantantes vallenatos, que no tenía necesidad de nueva ola para mojar a todo el mundo.

El nuevo Silvestre Dangond

Carátula del álbum La fama. Foto: cortesía.

Había llegado el momento de cambiar. Sus problemas con la gordura le habían costado algo a la salud, y además no le dejaban mostrarle al público que más que un gran cantante, ¡era un artista de circo! No había un truco que se hubiera inventado en la historia de la música universal, que muy pronto no fuera capaz de hacer Silvestre, para que filmaran también la música. Haciendo malabarismos, comenzaría a saltar para volver más fotógrafa la mirada del público. Para el asombro de sus críticos, el silvestrismo no solo era el de Urumita, el de La Guajira, el de Colombia, sino de cualquier extranjero que gracias a él se enamorara del vallenato. Tal era la diversidad de su talento, que no estamos hablando de un músico vallenato, sino de un músico de cualquier tiempo y cultura en que William Dangond, bisnieto del inmigrante francés Jean François Dangond Terrier y la sanjuanera Tomasa González Montaño, lo hubiera procreado. La buena noticia, que nos alegra, es que él ha tenido claro que si volviera a nacer quiere que suceda de nuevo por Urumita, para que nunca jamás, en ninguna de las vidas, dejar de cantar el más silvestre vallenato que gracias a Dios ha existido.

   Con su nueva apariencia, Silvestre hizo más que eso: puso su estilo de moda. Los silvestristas también adelgazarían, para verse como Silvestre. Muchos se peinaron como él, demostrando así que no tenían necesidad de escuchar «Mi amor por ella» o «Me vuelvo loquito», para ser silvestristas. Con esa imagen de modelo, quiso decirle al mundo que comenzaba una nueva era, la que estaba destinada para él, y más que todo para que ellos escucharan más y vieran mejor las cosas. En términos cinematográficos, ahora parecía el cantante de una película de acción.

Lanzamiento del CD La fama, barrio 12 de Octubre, Valledupar. Foto: cortesía.

El álbum La fama, vino a recordarnos que ya él la tenía hace años. El lanzamiento en Valledupar, fue la primera que comenzó a recordarnos las que hacía Diomedes, cuando Silvestre Dangond era consciente de que podía cambiar la realidad de ese mismo mundo con su sueño de pequeño. La caravana, la gente, los periodistas, hicieron de su nombre lo más cercano a la esperanza de otros, de ahora ser como él. Aunque pasó el traspiés con Javier Fernández Maestre, director de Olímpica Estéreo, la calidad de su música nueva no dejaba de ser la noticia altisonante.  Al lado de Juancho De la Espriella, no los paraba nada, sino únicamente las ganas de detenerse para cantar a su gente. Temas como «Así no sirve», «La que me quiera la quiero», «La miradita», el rencauche «Se acabaron» y «Ahí ahí», produjeron que, a partir de entonces, la gente pensara que no solo era el nuevo Diomedes Díaz, sino que cuando la gente veía al mismo Diomedes Díaz, ahora pudiera pensar por primera vez que existía otro nuevo cantante grande. Parecía un deicidio, pero la verdad es que la naturaleza del vallenato como cualquier otra cosa ecológica tenía que volver a lo silvestre, para no destruirse a sí misma.

   Por lo tanto, la noche del toque en el barrio 12 de Octubre, fue la fama nacional que no paraba de crecer. El entusiasmo lo colmaba, y salía más por el micrófono que las mismas canciones. Al lado de Juancho De la Espriella, pudo ver un público más allá del que podía contener cualquier sueño grande. Con canciones como «La que me quiera la quiero», «Así no sirve», «Ahí ahí» y «Se acabaron», famoso tema que grabara anteriormente Farid Ortiz, el público los catapultó hasta las alturas, provocando que no se escuchara de otra forma la propia Valledupar. Si las cosas eran así, quería decir que en las noches por venir, la gente tampoco podía soñar de diferente manera. Al estar algo más delgado, los movimientos permitieron que vieran al verdadero artista que quería ser. Uno que no solamente nació para los oídos, sino que fuera también el número 1 de los ojos.

  En vista de eso, Silvestre Dangond pasó a convertirse a sus veintiséis años de edad, en el artista que oficialmente hacía más presentaciones. En cualquier parte los pedían, pero ahora para ver si aún la humildad existía. Él y Juancho De la Espriella se presentaban, para demostrar que eso era lo único que tenían. El listado de lugares a ir era tan grande, que los músicos muchas veces no lo sabían, hasta que solo faltaban unas horas para ir. Por lógica, porque en una noche, tocaban en varias partes, y a veces sin caer en la cuenta de ya en qué lugar estaban. A parte de eso, los empresarios usaron un método para que la gente disfrutara más la fiesta y consumiera el licor, mientras en un lugar estaban tocando varios grupos famosos. Silvestre Dangond llegaría de último, casi al amanecer, para que de esa manera la gente soportara las infinitas horas que ahora con él podía tener el vallenato.

Felipe Peláez. Foto: cortesía.

   A finales de 2006, un creador que lo impulsó al principio en muchas cosas, salía al mercado con el CD A paso firme. El hombre que lo había ayudado, a él y a otros cantantes, para que grabaran. Pero que ahora con temas como «Lo tienes todo», quería dar a conocer al gran público, la voz de un compositor. Como creador grande de la canción, Felipe Peláez era un experto en escoger también buenas canciones ajenas, que permanecieran por siempre en el alma de los demás, como lo reconocía mi amigo y su seguidor Adolfo Arias, quien prefiere que le digan Adolfito. Era claro que el vallenato dejaba de ser llamado nueva ola, para ser más llamado la nueva generación donde todavía estaba Pipe Peláez. Sin embargo, estaba distanciado de Silvestre e inclinado más por Peter Manjarrés, de igual manera como Kaleth Morales fue el mejor aliado musical que tuvo alguna vez Dangond, y que, de haber continuado vivo, siempre hubiera tenido su compadre.

   Sabiendo que le tocaba seguir creciendo solo, cuidar más la salud para continuar triunfando, Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella fueron al quirófano. Se practicaron una lipectomía y una liposucción, para adelgazar y verse tan bien como sus canciones. Lo bueno de todo, fue que en seguida partieron a los carnavales de Barranquilla, buscando ganar el Congo de Oro que tanto ansiaba. Dos enfermeras y un médico estaban bajo la tarima, por si acaso se desmayaba, mientras con faja drenaba sangre en el acto de cantar, como un templario con espada en medio de las cruzadas, feliz entre estas más demoraran. Aunque volvieron a ser derrotados por Iván Villazón, de esa manera comenzaba a verse uno de las relevantes metamorfosis que tendría como artista Silvestre Dangond, sabiendo que no solo valía ser escuchado sino más fotografiado por Kanis Kanis Corrales, el primo encargado siempre de capturar con la cámara su buena suerte. Lo mismo en imagen le sucedería a Peter Manjarrés que igualmente se había operado, como si ahora no compitieran solo por cantar, sino también para ver quién se veía más simpático ante las mujeres.

  En verdad, la rivalidad no hacía sino crecer con el paso de los años. En cualquier parte se encontraban, y se tiraban palabras que incluso en el aire pesaban más que las piedras. No era fácil establecer quién ganaba y perdía, porque los seguidores de Peter también eran muchos, dispuestos a ser más. Y no solamente con la alianza de nuevas voces, sino de un gran sector de la prensa. Desde donde se miraba con indiferencia al urumitero, y se alimentaban chismes que pretendían convertirlo en un raro personaje, que estaba más en la mente de ellos que en la de él.

   En verdad, más allá de los medios, el celo que venía despertando últimamente Silvestre ya traspasaba la música, y tocaba otros estamentos de la alta sociedad. Su forma de ser de pueblo, no la entendían los demás, por mucho que estuviera cargada de buena música de otro planeta. En muchos causaba molestia, que alguien de Urumita, pudiera ahora llenar más conciertos que el mismo Diomedes Díaz. Por mucho que se oyera más en las emisoras al insuperable maestro, era Silvestre Dangond el hombre llenador de casetas que más veían los empresarios en las madrugadas. Lo raro es que entre más le daba alegría al público, más querían unas cuantas personas hacerlo sentir el único triste de la gran fiesta. En verdad, a veces lo hacían sentir así.

La actriz estadounidense Marilyn Monroe, hablando de la fama. Foto: cortesía.

Con respecto a este tema, en la última entrevista que hizo para la revista Life en agosto de 1962, en su casa de Los Ángeles, California, la diosa del cine Marilyn Monroe habló de la fama. «Fama es comer caviar», comienza diciendo pasada de copas. Luego dice que, a pesar de sus ventajas y desventajas, lo más malo del caso era que causaba envidia. Envidia de ciertas personas que no solamente se quejaban de no conseguir lo que ella tenía, sino de que al nacer en este mundo no habían podido ser también ella. Habló del estudio, de los periodistas, como personas que solo la buscaban, para aumentar los ingresos, los dólares que a ella jamás le quitaron el sueño por otras cosas intangibles, que consideraba con más horas de fantasía. A los que defendió fue a los seguidores, porque de verdad eran los únicos que, como veía, estaban completamente enamorados de ella.

  Eso mismo había experimentado Silvestre Dangond, con su nueva condición de celebridad solar vista en vivo hasta de medianoche. «Al árbol con más frutos es al que le tiran piedras», me dijeron que llegó a decir. En carne propia, supo más que nunca que la envidia existía, y que, si no podían derrotarlo con música, los otros intérpretes del vallenato usarían la boca de otra manera. Cantando la mala lengua. Él no era guey, había que hablar era de música, pero ya casi nadie quería hablar de música, porque allí siempre él convertía a las mismas discusiones en silvestristas.

   Pensó que no se podía quedar callado. Ya en el pasado, el gran éxito musical de su primo Fabián Corrales había despertado envidia de la mala, y los opositores se habían puesto a decir que era guey, para no reconocer siquiera que era un cantante. Este nunca se había defendido públicamente de eso, sino que les respondió a los críticos con buena música, últimamente la que más se escuchaba mejor antes de la llegada de la nueva ola. Silvestre Dangond, en cambio, sintió que era necesidad dejar de cantar para enfrentar las habladurías, hablando también él.

Uribia, La Guajira. Foto: cortesía.

  La ocasión histórica en que explotó Silvestre fue en Uribia. Otra vez La Guajira impulsado su éxito en vivo. Era increíble: estaba lleno de rabia, y aún así la presentación realizada allí en la Capital Indígena de Colombia (como la bautizó el periodista Alejandro Mafla), gracias a la tecnología sería del conocimiento del Universo entero. Antes de comenzar a cantar con su conjunto, el fenómeno musical se puso a hablar. Aunque les doliera a los oponentes, hasta cuando Silvestre hablaba, tenía más éxito que cuando sus rivales cantaban. Tal era la aceptación, de este hombre que consideraban el hablador que mejor cantaba. Si hubiera sido actor, de igual manera como con la música ponía a pensar en el superlativo Diomedes Díaz, entonces desde el celuloide también hubiera hecho recordar a Charles Chaplin o a Cantinflas en sus mejores días. Pero en realidad, solo quería recordar que era un heterosexual, más masculino que el látigo que rescatan para fuetear cuando se muere el poderoso toro. Cogió el micrófono, y dejó saber que con él cualquier gran volcán conocía bien el idioma español.

   —A mí to el mundo me quiere, pero hay dos y tres que quieren dañá la imagen —fue su erupción—. ¡Yo no soy ningún marica! ¡Yo no me he declarao marica en ningún programa de televisión! ¡Yo no me voy a dejá acabá de otros maricas que andan por ahí! ¡Si lo que quieren es acábame, acábenme a punta de música, a punta de música! Es que la gente cuando es escasa de talento y desabría, se pone con esas vainas. ¡Y aquí tiene habé mucha gente, mucha gente cómplice de todos los medios, de todos los medios! Ustedes saben de quién hablo, de todos los medios.

   Dijo cosas que eran ciertas, y siguió con sus palabras, que viajaban a larga distancia como los escupitajos con toneles de lava.

   —Ellos quieren hacé fama ahora a costilla mía. Que se ocupen de sus cosas, porque a mí me está yendo muy bien, muy bien, muy bien.

   Hablaba con tanta rabia, que el discurso se alargaba casi como una canción. Porque quería dejar todo claro, respecto a su verdad de que solo podía enamorarse profundamente del género femenino, al que pertenecía su compañera Pieri Avendaño, la más bella de las mujeres.

   —Vuelvo y digo, soy un varón, varón, varón, varón, varón. Y si no el que quiera hacé la prueba, que se ponga. Pa ve qué es lo que e.

  Paró un momento, y luego dijo más musical:

  —¡Por eso hice esta canción, por eso hice esta canción, pa que se acabe esa maricá, no joda!

Silvestre Dangond cantando el éxito «El dolor de cabeza». Foto: cortesía.

A continuación, para sorpresa de todos, al lado de sus músicos, sus integrantes lo respaldaron con la temperatura de la serenidad. Para que, a pesar de su malestar, comenzara musicalmente a inventar de nuevo la felicidad.

Ay yo no quería pero me tocó, yo no quería pero tocó hacerle una canción

a los habladores, a mis destructores,

que se la pasan inventando cuento, que se la pasan inventando cuento y quieren acabame

a punta de invento y eso es puro cuento.

Esa gente sin oficio los ta matando la envidia,

los estoy volviendo loco, dicen que casi no duermen,

y que se muerdan el codo, yo hago lo que Dios dispone,

dicen que casi no comen, pensando en Juancho y Silvestre.

Y yo no me meto en la vida de nadie,

por mí que cada uno haga lo que quiera (Bis).

Ay déjenme viví mi vida quieta, con mis dos muchachitos hasta que muera.

   Lo asombroso de todo, es que los ángeles del cielo permitían que saliera una melodía de ensueños, barriendo con luz la oscuridad terrenal que más dejaban las murmuraciones en el folclor. El acordeón de Juancho era el mejor aliado, no solo de él, sino del vallenato aclarador que siempre estaba pidiendo el mundo.

Ay gracias le doy a todo el silvestrismo, gracias le doy a todo el silvestrismo que tanto me quiere,

y aquí estoy cantando, aunque a muchos les duela,

yo no tengo la culpa que no peguen, yo no tengo la culpa que no peguen, otros que no

llenen como yo lo hago, qué vaina carajo (Bis)

Soy el dolor de cabeza de todos esos envidiosos, soy el dolor de cabeza, mientras inventan yo trabajo,

tengo pa pagá el mercado y tengo plata en la cuenta (Bis).

Dicen que soy imprudente, dicen que soy imprudente porque digo la verdad,

y mientras Dios me de vida, no les dejo de cantar.

   Con la sustentación de que era un varón, ganó de nuevo el más grande artista que sentía incluso el micrófono. De paso dijo de lo que era consciente innegablemente, respecto a su nivel de levitación magnética:

   —Y les voy a decir algo. A mí la vida me ha enseñado a ser un tipo respetuoso cuando me toca, y a sacá las uñas cuando me toca, porque uno tampoco puede sé pendejo. Y yo en la música namá respeto a Diomedes, Poncho Zuleta, Jorge Oñate, los Betos, Villazón, a to los grandes, porque a los nuevos me los echo a toditos, y me los gano. Y puede vení uno por uno aquí a esta tarima, pa ganámelo ya.

  Miró al público, y entonces dijo:

   —No lo digo yo, no lo digo yo, ¡lo dice mi pueblo!

  Fue la locura. La gente aplaudió, porque esa seguridad de su talento era lo que últimamente más gustaba en el vallenato. Acababa de nacer otro gran éxito de trascendencia nacional llamado «El dolor de cabeza», que pondrían todas las emisoras, muchas de las cuales estaban detrás de esas malas oraciones contra San Silvestre. Los rivales, viendo eso, decidieron no meterse más consigo, porque habían comprobado que, al hacerlo coger cólera, más desde su exhalación soplaba el aire que, últimamente, le daba llamarada a nuestra historia musical.

  Durante meses se oyó esta canción, que, sin necesidad de ser grabada en estudio, quedaba en el inconsciente colectivo como «La colegiala», por hacer también eterna la parranda como había aprendido de los grandes maestros. La gente se preguntaba: qué tenía Silvestre, que hasta cuando hablaba, musicalmente pegaba. Sin dudas, Dios le dio un don para que Silvestre estuviera donde estaban las masas, o las masas instantáneamente, donde tan solo recostado en un taburete se ponía a hablar de la música el viejo Silver. En verdad su mismo nombre lo hacía volver a lo natural, donde el cactus adorna el paisaje mientras se puede proteger con las bacanas espinas. Era el mejor cantante en la actualidad de la música vallenata, y en todas partes sus canciones, por mucho que en la mayoría de los pueblos durmieran, nunca paraban de sonar. Incluso cuando dormían, dentro del sueño de los rivales, sus canciones las seguía repitiendo el inconsciente como las número 1.

Country Club, Barranquilla. Foto: cortesía.

Fue en esos días de agosto de 2007 cuando lo conocí en persona. Se presentaba en Country Club de Barranquilla, en un evento organizado por la emisora La Reina que dirigía Miguelito Char, y yo me dije que era la hora de mirar al cantante que a mí también me hacía oír bastante la nueva música vallenata. Fueron cincuenta mil pesos el precio de la boleta, donde encontré un ambiente babilónico, porque antes de llegar los músicos nunca había visto tantas mujeres bellas, causando que los mejores recuerdos siempre quedaran por culpa de la noche. Se presentaron muchas agrupaciones, como la de Héctor Zuleta con el Coco Zuleta, y más tarde la de Peter Manjarrés, que se mostró cortés, expresando con humor que estaba seguro de que su amigo era un varón. En serio el ambiente era cordial, solo para oír la música. En la madrugada me estaba muriendo de las ganas de dormir, pero sabía que el sueño comenzaba cuando con los ojos abiertos, apareciera Silvestre ante el público del cual formaba parte yo.

  En efecto, cuando apareció Silvestre, le sonrió a todos lo que lo recibieron con su fama en tarima. Sentía una gran alegría, porque al fin miraba a cierta distancia, al hombre que ya era querido hasta sin cantar, como en sus mejores momentos de artista. Con energía entonces cantó, saltó, hasta ser el único sueño que todos los silvestristas podíamos tener al mismo tiempo. Una de las canciones que más gustó, fue «Ahí ahí», por su calidad melodiosa, que no salía de ningún cuerpo poseído. En una ocasión me miró, pero no me vio. La gente se mantenía de pie, pese al cansancio que subía hasta los ojos. Con el voltaje, entonces entendí el hecho de que siempre dejaran su presentación de última como parte del espectáculo, porque Silvestre Dangond era el sueño con que Dios premiaba a los seres humanos que ya nunca dormían.

  Al llegar el año siguiente, seguía siendo el artista de moda, pese al enfrentamiento que tenía Diomedes Díaz con el acordeonero Iván Zuleta, que puso que los versos ofensivos de piqueria, pegaran en la radio como las más románticas canciones. Solo que, a diferencia de su juventud, y tal vez por los consejos de su sabio mánager Carlos Bloom, el marketing que usaba Silvestre fue diferente. De manera que cuando se anunció que en su nuevo CD El original, no incluiría el éxito «El dolor de cabeza», muchos quedaron decepcionados. No sería nunca como «La colegiala», que fue el pez gordo que ya cogía el público, sin necesidad de que la casa disquera Sony tirara la atarraya al mar, que por él traía hasta coro de sirenas en las olas. Prueba de que Silvestre Dangond era un tipo más maduro, y sabía que esas palabras de rabia, por muchos que dieran risa y gustaran, no deberían ser acabados de la música universal. Además, nunca necesitaba de una sola canción para mantener esa fama estratosférica en la que él solo, cuando se lo proponía, bajaba, subía y sonreía, a los pocos que incluso no reconocían que lo querían.

Parque de la Leyenda Vallenata

Carátula del album El original. Foto: cortesía.

Si se presentó una ocasión para confirmar lo dicho por Silvestre Dangond de que era el mejor de los nuevos, eso sucedió en junio de 2008 en el Parque de la Leyenda Vallenata, de la ciudad de Valledupar. Con una capacidad para meter 35.000 personas, era el escenario más grande que le hacían en la tierra al invento del acordeón. Sería el lugar escogido para lanzar su nuevo CD El original, subtitulado La revolución, con que dejaba claro que el vallenato conocía su mejor noche históricamente gracias a él. Se trataba de una empresa grande, pero ya nada era imposible para el silvestrismo, que encontraba en cualquier parte de Colombia, como si siempre fuera el mismo espíritu de él, pero multiplicándose en cuerpos en los distintos pueblos. Pasando su buena racha como artista, era hora de comenzar los lanzamientos estilo espectáculo, y buscar escenarios cada vez más grandes, para no seguir dejando por fuera de las casetas a tantos fieles silvestristas. Desde primer momento en que se llenó el lugar, era claro que allí no entrarían todos. Era una marea de camisas rojas, el color oficial del silvestrismo, y causaba impresión cómo tantas personas en un lugar podían pensar en un solo hombre. Cuando Silvestre Dangond, Juancho De la Espriella y el resto del conjunto llegaron, eran conscientes de que mucha gente se había quedado afuera. Aunque no necesitaban verlo, para sentir que estaban por fortuna dentro de ese mismo sueño.

  Fue una ocasión en serio de ensueños, donde pudo cantar los grandes éxitos del nuevo CD como «Calidad de vidad», «Que no se enteren», «La moza», «Cuidado con Judas», que ya esa noche muchos se sabían completo. El cantante que estaba allí, no podía creer lo que vivía, por el entusiasmo, el respaldo, viendo personas que, como ellos mismos decían, lo acompañarían en La Guajira, en Colombia, en Norteamérica, en Europa, en Asia y hasta dentro del otro sueño que a veces tenía dentro de ese sueño. La canción «El original» era de antología, y Silvestre le puso un sentimiento que se descargó en buena energía. Las masas le correspondían, haciendo lo que él hacía, cantando lo que él cantaba, sabiendo que él era, al igual que ellos, un silvestrista más. Con un movimiento de brazos en el intermedio de «Come y vuelve», y avanzado de forma lateral ante los músicos en un solo pie, daba la ilusión de ingravidez su particular pase lunático por encima de la melodía. Desde esa noche quedó claro que ya más nada tenía que alcanzar en el vallenato, aquel muchacho de Urumita que aún, con el paso de los años, no se cansaba de cantar hasta sudar. Temas como «Me gusta, me gusta» reventaron de entusiasmo, y mostraron qué tan innovador era, y sin dejar de ser jamás Silvestre Dangond, cada noche más que pasaba bajo las estrellas, la música de acordeón continuaba contando el mejor cuento de La Guajira.

Lanzamiento del CD El original en el Parque de la Leyenda Vallenata. Foto: cortesía.

Fue su congragación como el cantante más visto en vivo de la actualidad, en el vallenato. En todos los pueblos, ciudades y barrios, su música era lo único que no dejaba a la gente dormir. Pero por vivir más el sueño despierto, que durmiendo. Las ventas del CD, lo dejaron claro, porque los silvestristas eran los que más los compraban en Tower Records. En verdad todo le había llegado, porque desde niño no pudo hacer otra cosa que soñar, algo que aún creía hacer, porque le parecía que tantos seguidores solo podían seguir siendo habitantes incensados de los sueños. En cualquier parte, su música competía ya con las otras cosas de la naturaleza, como las brisas de mi barrio Cooperativo de madrugada, que buscaban el camino del oído. En esa Riohacha, como siempre, estuvo de regreso para cantarle a la gente su CD El original.

  Yo estaba afuera, como los otros, dándole fama al viento frío. Recuerdo que estaba tomando whisky Robbie Burns, más conocido como Robertico, sin tener un peso para entrar a verlo en Nigth Club, pero tenía la esperanza de estar cerca de la música viviente. Muchas gentes más quedarían afuera, sabiendo que no por ello dejaban de ser silvestristas. Sus músicos llegaron en un bus, como señal de que él vendría. De pronto, mi amigo Jeison Barros saludó sin conocerlo a uno de ellos comprando líquido en una venta, que estaba cerca de nosotros. Era alguien humilde, pero acostumbrado siempre a ver a su jefe estelar.

  Mientras tanto, varios carros llegaban, que me hacían creer que era Silvestre, pero mis compañeros como adivinos me decían que no lo era. Yo no entendía, no lo predecía sin su música. Por eso pregunté:

  —¿Por qué saben que no es él?

  —¿Tú piensas que Silvestre va a llegar en cualquier carro? —me preguntaron a la vez.

 Luego minutos más tarde, en un carro de buen aspecto que llegaba más lento, todo en la vida comenzó a ser diferente. Mi amigo dijo, como si hubiera sentido la otra forma de vivir del vallenato:

  —Ahí sí llega Silvestre.

  Yo atravesé la avenida. Corrí a verlo antes de que entrara por la parte de atrás de la caseta, para tener la oportunidad por primera vez en mi vida de saludarlo. En efecto, la puerta del carro se abrió y él comenzó a caminar rápido, antes de que sus seguidores se lo impidieran. Todos se dispersaban como polvo de estrellas. Yo me acerqué a Juancho De la Espriella que venía detrás, y le estreché, con sorpresa para él, la mano. «¿Qué más?», me dijo cordial el acordeonero sincelejano. Luego viendo que iba entre varios hombres, corrí detrás de Silvestre Dangond, que, despidiendo un reguero de perfume bienoliente, dejaba testimonio de que este músico de infinitos oídos también entraba bien por el olfato. Fue un sueño alcanzarlo antes de que entrara a la caseta, donde sin verlo ya los otros también lo estaban soñando. Uno de sus hombres me golpeó fuerte con el hombro, para que yo no pudiera tener la oportunidad de tocarlo, buscando por supuesto su seguridad. Silvestre Dangond, abrazando a un niño seguidor que iba con él, en ningún momento me miró, acostumbrado al celaje de sus seguidores, y solo una frase mía lo hizo acceder:

  —Un saludo.

  Acto seguido, sin dejar de caminar, Silvestre Dangond extendió la mano derecha, y tocó la de su escritor. Para mí fue algo importante, porque desde que escuchaba su música, solo hasta ese momento me di cuenta de que este semidiós era alguien de carne y hueso, como siempre lo había sido yo. La forma en que se iba alejando con sus hombres, no sé por qué, me hizo recordar la imagen de Jesucristo entre sus discípulos. Y más que eso, rodeado de las masas, buscando su sola presencia que mejoraba por siempre la existencia del espíritu. Hoy pienso que fue porque en su último larga duración estaba mencionando el cristianismo, y no era entonces que Silvestre se parecía a Jesucristo, sino que Jesuscristo de forma invisible iba también esa noche con él.

  Cuando entró, ante el agotamiento de las boletas, lo escuchamos desde afuera. El trago nos gustaba, como esa madrugada silvestrista. La música llegaba, dejándonos mudos con un nuevo pase del acordeonero Juancho, de esos que a veces nos hacían creer que, dentro de la agrupación, había alguien más grande que el propio Silvestre. De pronto, más tarde se abrieron las puertas para que entrara el mundo. Pensé que eso ahora lo hacían para que los que entráramos, sin pagar la entrada, compráramos el trago que, desde las noches de Francisco el Hombre, era el famoso más viejo y querido de las casetas. Entré con calma, pero con ganas de no despertar, para tener más imágenes en la cabeza, que toda la vida tendría la felicidad de recordar. Por eso, lo que vi no tenía antecedentes en las noches de La Guajira. Era casi imposible ver a Silvestre, debido a que la gente se montaba sobre las mesas, y otros atrás más sobre más mesas sobre las otras mesas, de manera que los que estábamos de último nos tocaba escucharlo, o imaginar su existencia humana en la tierra, a tan corta distancia de él. Pero yo estaba complacido, con el espíritu de su música, que siempre era más de los oídos que de los ojos. Había alcanzado a ver también de manera fugaz en la tarima, al artista que más producía que últimamente se juntaran los hombres, para confirmar que era otro ser humano el que hacía la música.

Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella. Foto: cortesía.

En los días, semanas y meses siguientes, fue imposible escuchar a otros cantantes en la costa caribe colombiana. Hasta actúo en el reality Se busca intérprete del canal RCN, respaldando a los nuevos vallenatos que estaban allí para ganarle a los de otros géneros musicales, con la sola cargada del acordeón. Pero era en la música, donde más lo seguían diariamente. La comparación con Diomedes fue cada vez más grande, hasta el punto de este mismo llegar a reconocerlo en una de sus famosas parrandas, que también quedaban como grabaciones para la historia. «Mi mejor alumno», llegó a decir Diomedes Díaz. Si ese era el más grande reconocimiento que puede tener un diomedista, Silvestre lo había conseguido. En todas partes lo contrataban, y siempre pasaba lo mismo: no todos podían entrar al escenario, porque ya no parecía ver escenario en la Costa Caribe para el silvestreanismo.

   De hecho, a parte de Diomedes, otros cantantes comprendieron que ya Silvestre Dangond les hacía cuestionar el derecho al trono en ese presente. Como dijo mi primo Alberto Palmarroza Brugés en las playas de Riohacha: «Ya Silvestre les está pisando los talones a los más grandes». Su forma de llegar a ese sitio, fue a base de talento y de la fuerza del público, que compraba los CDs y pagaba las boletas, porque lo quería en ese cielo del que jamás alguien se bajaba, mientras fuera mentalizado. En realidad, era como si ya no tuviera necesidad de pensar en su sueño urumitero, para que todo el mundo lo soñara por él. En todas partes estaba, y eso significaba que era porque ya todas las personas lo soñaban, durmiendo o sin saber que ya hace horas estaban despiertas. Verlo en persona, dejó constancia siempre de que, gracias a Dios, el canto angelical de más alto nivel le era permitido a los pobres oídos en la tierra. Su alegría no tenía límites, y bastaba ver la forma como saltaba, para darse cuenta de que lo que más le gustaba a Silvestre Dangond del vallenato, era la posibilidad de que lo dejara sentir tanto y a cada rato el amor.

  En verdad, Silvestre Dangond era la otra persona que hacía pensar a los demás no solo en él, sino en la fama. Cuando pensaba que el vallenato ya cumplía su ciclo, apareció él para alargarlo más con un canto tan grande, con el que se le volvió a darle buena fama. Al mismo tiempo, con su fama, le daba más fama a la fama. Mejor dicho, por él, muchos nuevos cantantes soñaban también con ser famosos. Eso quería decir que, gracias a Silvestre Dangond, el acordeón ahora seguía teniendo un nuevo publicista, el hombre que, aunque no lo tocaba, mejor hablaba cuando durante instantes no sonaba rotundamente aquel instrumento. Hablar también bien de Silvestre, era otra forma duradera de cantar.  En eso estaba de acuerdo los viejos, cuando reconocían que él había aparecido para que durara mucho más nuestra conversación musical.

Diomedes Díaz y su mejor alumno Silvestre Dangond. Foto: cortesía.

En cuanto a mí, como a muchos, la persona que más me había puesto a escuchar música era Diomedes Díaz. Desde antes de nacer, era el hombre que más sonaba, el espíritu que entraba de primero en los oídos, para que los niños se enamoraran en seguida de este mundo que aún no veían. En vista de que la letra de sus canciones, fue lo que más influyó en mi forma de escribir con contundencia «fuera de lo normal», y como aparte le llamaban El Cacique de La Junta, para parecerme también artísticamente en algo a él llegué a ponerme el seudónimo «El Escritor del Muelle». Ignorando el poder de las palabras, de pronto comencé ir a más a la playa para nutrirme de esa estructura de madera de Riohacha, que, a diferencia de mí, no necesitaba narrar para existir ante todos los ojos. Poco después encontré mi imagen de personaje, cuando el escenario me hizo notar que, para ser original en mi universo de escritor, tenía que relatar únicamente las historias que sucedían en el mar Caribe.

  Sin embargo, en los días en que El original era el CD de moda en Colombia, yo me preguntaba si era posible ser «diomedista infinitamente por ciento» (Historia de amor, pág. 341) y también, de forma simultánea, silvestrista mundial. Fue entonces cuando de tanto escuchar repetidamente en un MP3 «La colegiala» que ya llevaba cinco años, tuve una deuda literaria con Silvestre tan decisiva como me pasó con Diomedes: la única forma de yo escribir algo que pudiera gustarme como esa canción, sería una novela que girara alrededor del muelle de Riohacha, que hablara del mar Caribe, de los barcos, de los puertos antillanos, del tabaco, del ron y de las bellas mujeres, como gracias a Dios unos diez años después me terminaría sucediendo, para hacer existir más a los lectores.

   Mientras tanto, a pesar de parecer de otra galaxia, los premios en el planeta Tierra no gravitaban alrededor de Silvestre. Todos los años veía ganar a otros artistas vallenato galardones como los Grammy Latino, mientras él aumentaba de público, como si cada vez vinieran a vivir más personas a su mágico pueblo ambulante de gitano. Aún así, sentía que era importante obtener esa clase de reconocimiento, para su deseo de ser también una superestrella internacional. Entonces como pasaba siempre desde el inicio de su carrera, sería el lugar de las ilimitadas ondas marinas, donde comenzaría a humedecer con tinta esa parte que le faltaba a su hoja de vida terrenal.

Festival Francisco el Hombre en Riohacha, La Guajira. Foto: cortesía.

   En los primeros días de 2009 se hacía el primer Festival Francisco el Hombre en Riohacha, la ciudad que más hacía querer al mar. Como una forma de homenajear al primer juglar que tuvo el vallenato, Riohacha se armó para hacer su propia fiesta cultural, cobrándole su deuda a la historia. Queriendo recordar que en el siglo XIX el acordeón tornillo e’ máquina de Alemania entró en barco por allí, realizó el magno evento, dándole la oportunidad a nuevos talentos que buscaban un escenario ante el gran público para cantar las nuevas olas. Por supuesto la última noche del cantante ganador Héctor Zuleta, se presentó también Silvestre Dangond con Juancho De la Espriella, cuyo CD El original fue premiado como el mejor trabajo musical del año anterior. Feliz por ese primer galardón en su vida, Silvestre cantó como siempre al pueblo de su suerte, pero por televisión en vivo y en directo vi entonces algo nuevo de él: al fin bailaba, hasta hipnotizar como el mimo francés Marcel Marceau, haciendo también de otro nivel la parte instrumental de todos sus compañeros.

   En adelante, en otros lugares, la función empezaba cuando con el cabello largo giraba sobre sí al estilo flamenco, aplaudiendo él mismo de antemano lo que bien hacía. Si bien no fue común al principio de su carrera, a partir de ahora ver los pases de Silvestre Dangond, era descubrir que el vallenato a veces podía entrar más por los ojos, que por los oídos aliados. Pocos notaron que la tarima de Río Luna en Valledupar, interrumpiendo el tema «La que me quiera la quiero», dejaba de ser algo musical para transformarse en el escenario donde al vallenato, por primera vez de forma visual, se le daba la oportunidad de volverse el arte de la magia. Es decir: las personas veían lo que estaba haciendo, pero no podían creer lo que estaban viendo. El prestidigitador inventaba unos movimientos donde en verdad, parecía que estaba poseído por el otro Silvestre que apenas estábamos conociendo. En realidad, Silvestre Dangond bailando, hacía más por el vallenato que otros cantantes cantando. Es esta fuerza de la naturaleza de apellido Dangond, la que nos ponía a mirarlo no tanto para cantarlo, como para después como ahora yo contarlo. Solo un payaso tenía tanta atracción, y él era ese loco súper inteligente, el equilibrista que más la música de acordeón narraba magistralmente tan solo brincando. Era claro al decir que imitaba a William Dangond, y que no necesitaba cantar tanto, para que la gente supiera que también con su baile de circo, el vallenato pasaba el mejor momento de la historia. El que él sacaba, dejando mirar que no necesitaba cantar en los estudios de Sony Music para ante las cámaras de vídeo, mudo con los gestos de mimo poder excelentemente grabar. Nadie sabía qué más pretendía Silvestre Dangond, haciendo malabarismos con tanta destreza, que durante largos minutos no hacía para nada falta que nos volviera a recordar, que era él quien tenía entonces la mejor voz.

  La respuesta de la gente fue aplaudir que el mundo del espectáculo, a la altura de Broadway, se estuviera viendo en vivo y en directo, sin necesidad de dejar de ser el más ancestral vallenato de Luis Enrique Martínez. Porque la verdad, es que él actuaba para demostrar que el gran artista tiene que quedar en la mente, sin que esta misma recuerde a cuál de los cinco sentidos es que aquel más pertenece. En todas partes bailaba, como si estuviera gritando trapecista que era el espíritu de su papá aún vivo, quien tenía una gran segunda oportunidad en el folclor, a través de la imitación de su hijo. Las presentaciones aumentaron como nunca, con la diferencia de que ahora cobraba más caro, en realidad solo para darle el prestigio merecido a nuestra cultura. En efecto, ya para esos tiempos se acercaba a los cien millones de pesos el derecho de ver a Silvestre Dangond, saltando y moviendo los dedos de las manos para que los sordomudos de verdad, la música vallenata por primera vez la estuvieran descifrando.

Silvestre Dangond en Río Luna, Valledupar, mostrando visualmente la magia-espectáculo. Foto: cortesía.

Son tantas las vivencias que ha tenido, que creo que él mismo necesitaría hacer un pacto con el tiempo, para recordar con lujo de detalles toda su vida de carpa. En verdad, y por eso la tarea de los escritores, es recordársela a pedazos a los personajes como él que nunca podrán ser inventados con el teclado de la computadora, sino única y exclusivamente por la mano de Dios. Lanzaría al mercado un disco más llamado Cantinero, que trajo las canciones «Muchachita bonita», «Habla con ella» y «La tartamuda», donde incluía el pase del acordeón de Juancho de La Espriella con la participación de los instrumentos de sus compañeros, con que Silvestre Dangond anteriormente venía bailando en vivo, para que supieran que él era el único artista que interpretaba bien el vallenato con las partes mudas del cuerpo. Una de las canciones, llamada «Mi propia historia», hizo ver qué tanto era amigo de los que lo escuchaban y querían salir adelante como él, para dejar constante qué tanto lo estaban siguiendo. A parte de obtener un disco cuádruple platino por ventas de más ochenta mil unidades, salía en un programa llamado Un minuto para ganar, donde el vallenato seguía siendo vendido, inconscientemente, a los ojos. Su eslogan para que todos los participantes ganaran, era: «Buena suerte». Sin embargo, sus enemigos le deseaban la peor de las malas, pero ya conscientes, eso sí, de que tenía que ser por fuera de la música que lo hacía intocable como ella.

  La ocasión que fue del gusto de estos últimos, sucedió un 25 de diciembre de 2010, en una presentación en Patillal. Eran finales de año, y Silvestre Dangond tocaba contento de vivir otra noche más con la música para ganar. Muchas personas se acercaban a la tarima, y él les dio el aguinaldo: cien mil pesos. De pronto, un niño cantó imitándolo con los gestos, y Silvestre se emocionó por el espíritu de él que aquel, a su lado, también demostró tener. «Juancho, este se merece el aguinaldo, pero doble», le dijo Silvestre a su acordeonero. De esa manera se llevó la mano al bolsillo del pantalón para entregarle doscientos mil pesos, y, como hacían los abuelos, le tocó los testículos dando a entender que ese niño dotado sería siempre un macho, como él. Sus enemigos, abrieron más los ojos y comprendieron que así era como le gustaba ver caminando por la cuerda a Silvestre. No cantando, sino soltando la costumbre pueblerina a la que aún le negaban que fuera universal. Una cosa que siempre ha pasado, que hicieron con muchos y con él, pero que él no podía hacer con otro niño, porque —según la crítica— eso era un abuso de menores que no veían, y solo aplaudían, los hipnotizados silvestristas.

  Debido al escándalo, fue uno de los peores momentos en la vida de Dangond. Periodistas de todas partes, le abrieron las puertas a una noticia negativa, por la que sí nunca cobraban payola para ponerla a sonar infinitamente. Lo atacaron, su caso llegó a estar por terceros en la Fiscalía 23 Seccional de Valledupar, y algunos llegaron a volver a decir que sí podía ser pública su homosexualidad, disfrazada de pases histriónicos que no tenían nada que ver con el vallenato, sino con la egolatría de un dictador musical. Personajes como la Negra Candela, con ataques, encendieron más el tema con su llameante apodo. No hallaban cómo destruirlo, buscando desde hacía muchos años recursos que no tuvieran que ver con el vallenato, porque allí era donde más lo salvaba la herencia públicamente reconocida del cantante William Dangond, el personaje redescubierto en su feria. Por fortuna, a pesar de ser uno de los momentos más depresivos de su carrera, Silvestre siguió cantando como el nuevo Diomedes.

Silvestre es el mismo con cualquier acordeonero

Silvestre Dangond, el nuevo Diomedes Díaz. Foto: cortesía

Desde que comenzó su historia de éxito, dentro del gremio vallenato también se venía diciendo que lo bien que le había ido como cantante, era por tener al lado de él al mejor compañero. Es decir, que cuando Juancho De la Espriella llegó a su vida, también con su acordeón hubiera podido sacar de la nada a cualquier cantante. El prodigio de sus dedos era difícil superar, y tenía el don de hacer cantar mejor al que menos sabía que cantaba. Se dudaba de que, sin él, siguiera triunfando Silvestre Dangond, de la manera acrobática en que lo venía haciendo. Entonces ponían el caso de Diomedes Díaz, que en vez de caer cuando se separaba de un compañero, seguía cantando con un estilo que cada vez recordaba más que su nombre provino del cielo. Poco a poco, esperaban ver si también era capaz de ser como El Cacique, el cantante al que musicalmente más respetaba. Era claro que en cualquier momento Silvestre Dangond y Juancho De la Espriella se separarían, no para demostrar que podía seguir su camino sin él, sino para cumplir su destino oñatiano de hacer sonar magistralmente todos los acordeoneros que se le aparecieran, pidiendo con apremio que ayudara a ese instrumento musical con su lengua de Dios.

  El nuevo CD llamado No me compares con nadie, si bien obtendría un disco de diamante por más de cien mil copias vendidas, volvió el éxito una monotonía. Están los temas «La gringa», «La cosita», «El dilema», «El gavilán» y «No me compares con nadie», que lo hicieron cantar vestido como Simón Bolívar enamorado del micrófono, por el buen sonido de este tiempo en el Parque de la Leyenda Vallenata. Ya no era eso lo más esencial, como el espíritu del artista que necesitaba constantemente cambiar, para seguir siéndolo. En ese momento, ya se sospechaba que entre los dos artistas había cierto cansancio musical.

Silvestre Dangond y Pieri Avendaño, casándose en Valledupar. Foto: cortesía.

   En casa, en cambio, con su pareja real la compañía se estaba armonizando más. A través del matrimonio, que le estaba debiendo a la mujer que más creía en su existencia humana, sin necesidad de cantar. El 9 de septiembre de 2001 llevó a su novia la abogada Pieri Avendaño al altar, para que esta comprobara que el amor que le tenía no era una moda pasajera, como decían de la nueva ola. En verdad, era ella, su eterna compañera, la única persona que lo podía seguir hasta el mismo océano profundo de los sueños. Donde a veces se quedaban, telepáticamente se reencontraban y solo despertaban para atender a sus hijos que lloraban, porque no querían quedar por fuera de ningún buen momento fantástico de los dos. En cuestión de la vida privada, así iban las cosas, viviendo un romance rosado que curaba todas las heridas, a las que ninguna canción podría cicatrizar, sino su sola voz con la de ella. En Valledupar pudieron ver a los novios felices, con muchos invitados, celebrando una fiesta que mereció no las páginas de las revistas, sino de un cuento de hadas. Si había que ser feliz, él lo era, con las personas que más lo amaban, y que se lo demostraban, sin cantar tan solo una vez que lo amaban.

  En el vallenato, otra pareja —solo que en el aspecto musical— también vivía la luna de miel. De hecho, desde hacía años un nuevo rival hacía temblar su reinado en La Guajira y el Cesar. La dupla que representaban Martín Elías y Rolando Ochoa, sonaban frescos, sin nada de «nueva ola» desde el primer álbum, sino resucitando un estilo de juventud juntera que no compitió con la de Silvestre, y que aún era por excelencia la marca más registrada en la historia del vallenato. El último trabajo musical El terremoto musical del Gran Martín Elías, con canciones como «Ábrete» y «El complemento de mi vida», ganaba por su calidad, trayendo una voz con influencia del único cantante que llegaban a confundir con el propio espíritu del folclor. De hecho, Martín Elías era el terremoto que más se estaba sintiendo en la tierra vallenata, con un desafío que dejaba las ganas de oír eternamente en los escuchas, sin necesidad de que hubiera vuelto a nacer su padre Diomedes. Algunos dirían que ante eso, Silvestre Dangond se armó de nuevo para derrotarlos, no con su música sino casi con la de ellos.

  Pero la verdad fue que necesitaba el cambio. No obstante, un Juancho De la Espriella herido anunció en su cuenta de Twitter, con pocas fallas de ortografía, aunque usando los mismos dedos con que toca perfectamente el teclado del acordeón: «Bueno les informo oficialmente que @SilvestreFDC toma la decisión de irse con rolando rchoa, y romper la agrupacion conmigo».

  Algunos no pudieron creer lo que decía, pero siguió aclarando que eso se venía fraguando hacía varios meses, en los que Ochoa demostró que también su acordeón parecía ocupado por el espíritu del inmortal Juancho Rois, el acordeonero más grande de la historia. Juancho De la Espriella pronunció que necesitaba que valoraran su talento, con el que dio la oportunidad de dar a conocer mejor a Dangond. Silvestre le anunció en seguida a Caracol Radio que no tenía idea de lo que hablaba Juancho, y desconocía los motivos que lo llevaban a anunciar eso. De igual modo, lo que sí era cierto es que admiraba la gran forma de tocar el acordeón, por parte de Rolando Ochoa.

El Gran Martín Elías y Rolando Ochoa. Foto: cortesía.

  Hijo del maestro Calixto Ochoa, Rolando Ochoa era en efecto el prodigio que últimamente más hacía seguir al acordeón. Sus pases, más que escucharlos, hasta las mujeres los recordaban con la precisión de un corta uñas. Desde niño quiso ser como su padre, el dueño de su conjunto. En su mejor momento, al lado del Martín Elías, hizo que se acordaran de El Fuete Juancho Rois cuando sus notas hicieron cantar de la mejor forma que cantó nunca Diomedes, ante unos pueblos que con él parecían encontrar a cada instante a Dios en la tierra. Eran la agrupación que más gustaba ahora en La Guajira, el departamento que, al parecer, daba la verdadera buena suerte musical para que alguien se volvieron amigo inmediatamente, de todos los que eran desconocidos. Rolando Ochoa estaba en lo quería, haciendo con los dedos lo que los más grandes ángeles solo alcanzaban con las cuerdas vocales. Pero su sueño secreto también era acompañar a Silvestre Dangond, la ambición que, por conseguir, hacía tocar con más seguridad desmesurada que en el Festival de la Leyenda Vallenata, a cualquier magistral acordeonista.

  En efecto, la nueva compañía de este, más adelante fue promocionada ante los medios de comunicación, como la unión del mejor cantante con el mejor acordeonero. «Se necesitaba este cambio», dijo Silvestre. De esa manera, quien ganaba era el nuevo vallenato, con dos monstruos que de repente decidían ser amigos musicales. Algunos de sus críticos, aprovecharon ese momento, ese papayaso maduro, para atacar al cantante que más hacía que los demás usaran a veces el diccionario de sinónimos y antónimos, para maquillar las palabras críticas. Dijeron que aquello era en el fondo un desquite contra Diomedes, por este haber jalado a su grabación a Juancho De la Espriella, cuando ambos estaban juntos y empezando la melodía con fidelidad. Es decir, que se vengaba de Juancho y de Diomedes a la vez, a través de Martín Elías, el más musicalmente exitoso de todos sus hijos. Nadie sabe si fue por eso, pero la verdad es que Martín Elías y Juancho De la Espriella se unieron en seguida y pegaron muy fuerte, con el álbum que pronosticó lo que sucedería: El boom del momento.

   De esa manera, quedó confirmado que, con cualquier acordeonero, la gran historia de Silvestre Dangond iba a durar bastante como su vida. Era sabido que el nuevo compañero tenía un talento, porque Silvestre mismo dejaba de cantar para escuchar su acordeón sonar, como si el mejor español solo se hablara con acento alemán. La gente, acostumbrada a verlo con Juancho De la Espriella, no asimiló tan rápido el cambio. De hecho, le habían cogido tanto cariño, que parecía que eran los silvestristas los que no podían seguir viviendo sin ver a su lado a Juancho De la Espriella, narrándoles también a ellos los detalles de su vida con la sola melodía. Pero poco a poco Rolando Ochoa fue abriéndose espacio, sacando unas notas que ya no parecían de las totales manos, sino de la promesa que hacen los dedos. En efecto, era de los eficientes digitadores del folclor que catapultaba más la grandeza de Dangond, quien, así como le decían a Cristiano Ronaldo R-7, empezó a decirle a Rolando Ochoa con cariño R-8, por traducir su buena emoción pitagóricamente con el sonido.

   Antes del primer álbum de Martín Elías y Juancho De la Espriella, había pasado otra historia que también quería convertir a Silvestre en sinónimo de las malas. Por fortuna, por primera vez cuando los envidiosos hablaron mal en castellano de él, tuvieron que hacerlo casi de varios intérpretes musicales. Pasó en el matrimonio de Camilo Torres Martínez alias «Fritanga», narcotraficante y paramilitar jefe de la banda criminal «Los Urabeños», buscado últimamente por las autoridades, hasta dentro de sus chistes. Por suerte —sin saber muchas veces los cantantes para quiénes tocan—, Silvestre cantó en su boda fastuosa, días antes de que llegaran las autoridades que capturaron a aquel en una isla de Múcura, y en ese momento a varios inocentes, que eran artistas como Jean Carlos Centeno que se tiró al suelo. El mismo Silvestre Dangond contaría sobre ese oscuro episodio de la justicia, que superó al espectáculo con música y luces, que él no tuvo tiempo de ver: «Yo canté, “rin, ran, rin”, y me fui, y a los cuatro días cuando fue el escándalo, yo estaba en Venezuela». De todas maneras, para sus enemigos, ese era un buen recuerdo que dejaba Silvestre. Este, en cambio, solo se acordaba de los seres que lo querían, y lo hacían a él más querer.

   En diciembre, Silvestre Dangond hizo sentir mejores las fiestas con sus locuras en las tarimas, que gracias al acordeón de Rolando ahora valían más millones. Calixto Ochoa, uno de los compositores más grandes en la historia del vallenato, se contentó sinceramente a sus setenta y nueve años hasta ponerse a bailar. Le grabaron «El hit», y todos los silvestristas se volvieron locos, hasta ponerse nuevamente ellos también de moda.

  Con el nuevo compañero, las cosas comenzaron a cambiar. Estaba demostrando que, con cualquier acordeonero, el mejor vallenato de la nueva generación seguía siendo urumitero como su ángel. De pronto, Colombia veía a su artista de más éxito, llevando la diversión a los pueblos, como Dios llegaba a veces invisible, para mejorar las melodías inéditas en su conjunto. No paraba, la demanda por verlo era ya superior a su deseo de a veces escucharlo, para volver más rojo al recuerdo. Pero lamentablemente, estaba también llegando la hora de decirle adiós a Colombia.

Tractor incendiado en la finca de Silvestre Dangond. Foto: cortesía.

En realidad, la envidia ya no solamente la sentían sus rivales, y ciertos periodistas que no firmaban las notas heridas con sus nombres. En otras partes, ya no era su estilo musical, sino su dinero el que crecía por encima del de los demás. Sin embargo, no fue en la calle donde lo robarían, sino en su propia casa. Los empleados de su finca. En una que había comprado en Bosconia, Cesar, buscaba la manera de querer más a su amada patria. Los campesinos que estaban allí eran sus nuevos familiares, los que escuchaban sus cuentos orales que, por su voz de cantante, alcanzaban casi el nivel de canciones. Tanto es así, que los mostraba en tarima, como a sus músicos. Sin embargo, cuando recibió la extorsión, se dio cuenta de que esa gente que mostraba a su lado, eran menos silvestristas que los fieles que no tenían la oportunidad de ser mostrados en la tarima, ni contaban con dinero la mayoría de las veces para verlo en las casetas. Aliados con los bandidos, informaron de todo lo que tenía, o daba a entender que no tenía. De esa manera, comenzó el terrorismo, contra un cantante. Ante la negativa de pagarles algo que no se habían ganado, sacrificaron cuatro vacas, quemaron un tractor. Fue tanta la tensión, que Silvestre cantó, en sentido figurado, por ayuda al gobernador del Cesar y al presidente de la república.

  Por supuesto, el presidente Juan Manuel Santos escuchó el vallenato. Ante la denuncia de Silvestre, hizo que las autoridades protegieran a un colombiano que solo ganaba dinero por poner siempre a la moda el amor. «Soy una persona miedosa, sola, no tengo un arma, no tengo escolta», llegó a decir Silvestre. Mientras tanto, las críticas no pararon, diciendo que cómo era posible que atendiera tan rápido esa situación de Silvestre, exaltando la ventaja de ser celebérrimo. De todas maneras, reconciliado por fin con Peter Manjarrés, se terminó yendo a vivir a los Estados Unidos, aunque volvía para respaldar a las fuerzas del bien de su país con la música que más hacía sentirlo.

Carátula del álbum La novena batalla. Foto: cortesía.

El álbum La novena batalla, lo decía todo: era su noveno álbum con el que la guerra en Colombia también de alguna manera se ganaba. Uno de los temas que más gustó en seguida fue «La difunta», que desde la radio llegó a todas las personas, y ayudó a sanar a muchos del dolor producido por las que se van por siempre de la vida, sin llegar a morirse de verdad. Con el acordeón de Rolando Ochoa, armonizando «Lo ajeno se respeta», «La ciquitrilla» y «Loco paranoico», a la música vallenata en verdad se hacía más fácil regalarle el oído. Silvestre Dangond pasaba por su mejor momento, siempre pegaba, conseguía discos de platino, ya nada le podía faltar, porque los tenía a todos, y a todos sus allegados les hacía tener todo lo que de él soñaban. Lo único malo —a parte del polémico saludo en la canción «Un amor verdadero» a Emilio Tapia, en líos con la justicia por la pérdida de dinero en «el carrusel de la contratación» de Bogotá, y de quien decían las lenguas serpentinas que le regaló un Rolex valorado en cincuenta y cuatro millones de pesos—, es que parecieron de nuevo los enemigos, porque según ellos con ese disco y portada donde tomaba las armas de fuego junto a Rolando, demostraba que no era un cantante sino un guerrero disfrazado de músico talentoso. En cambio, no notaron que él exaltaba a las fuerzas armadas, que lo hacían seguir creyendo en el mejor país del mundo para no irse del todo. El mismo Silvestre lo explicó: «Fue un homenaje al ejército colombiano. Mi voz es mi única arma». Pero a pesar de alcanzar el puesto número 1 en ventas, en la lista de álbumes de iTunes en los Estados Unidos, se dio cuenta de que había gente amante de la buena música, que hacía algo peor que no convertirse en silvestrista: ser anti-silvestrista.

El crítico

El periodista Alberto Salcedo Ramos. Foto: cortesía

De todas maneras, tomó por sorpresa que una de las plumas más leídas, el supuesto «mejor cronista del país», formara parte de ese equipo perdedor. Cuando más parecía estar Silvestre tranquilo ante los ojos de la sociedad, aquel usó el alfabeto para soltar el plomo del español. Queriendo resolver quién era Silvestre Dangond, lo volvió casi un cantante de ficción. El artículo de Alberto Salcedo Ramos publicado por la revista Soho con el título «Contra Silvestre», no parece algo hecho por los nuevos escritores que inspiró el «realismo mágico», porque al Salcedo tratarlo como un patán de siete suelas, me da pena que Silvestre se haya llevado una imagen tan pobre del costeñol. En otras palabras, una imagen de escritura que se ensucia, hasta darle por primera vez mal olor a las palabras.

  Si Salcedo Ramos ha escrito cosas sobre esta música, es porque no le ha quedado otra cosa que reconocer que los guajiros somos los que más hemos hecho por el folclor nacional, aunque algunos desde el otro lado del silencio, como lo deja revelar esta prosa. No por el hecho de escribir y publicar en la revista El Malpensante una crónica aplaudida llamada «El testamento del viejo Mile», sobre el antiguo juglar Emiliano Zuleta Baquero, se tiene que sentir como miembro interior del vallenato. Si este primer juglar de la dinastía de los Zuleta, desde el mismo estudio de grabación insultaba a sus rivales que se hacían los sordos, para no reconocer que únicamente él conocía el mejor sonido del acordeón:

Acordate, Moralito, de aquel día

que estuviste en Urumita

 y no quisiste hacer parada.

Te fuiste de mañanita,

sería de la misma rabia (Bis).

Coro:

Me lleva él o me lo llevó yo,

pa que se acabe la vaina (Bis).

Ay, Morales a mí no me lleva

porque no me da la gana (Bis).

   En otra más adelante remata Emiliano Zuleta, para contar culturalmente la ofensa más grande del folclor:

Ahora me nombró mi madre,

solamente pa ofender (Bis).

Para que también se ofenda

ahora le nombro la de él (Bis).

Moralitos, Moralitos se creía

que él a mí, que él a mí me iba a llevar (Bis).

Y cuando me oyó tocar

ay le cayó la gota fría (Bis).

Y al cabo de la compartía,

ay el tiro le salió mal (Bis).

  Escribiendo eso sobre el juglar y las tiraderas de ofensa que solo son parte de nuestra cultura de gallera, Alberto Salcedo ganó como periodista más reconocimiento nacional, y hasta internacional. Si bien no tenía materia suficiente para ser nunca un buen novelista, calcando la realidad llamaba los ojos. De esa manera, también con sus lentes se estaba traduciendo al símil la realidad del vallenato. Lo único malo fue que al sentirse una autoridad habló mal de Silvestre Dangond como no lo hacía nadie en Urumita, ni en La Guajira, sin tener en cuenta que su papá William Dangond Baquero era de la estirpe de la Vieja Sara Baquero, mamá del famoso Emiliano Zuleta, que una vez lo hizo narrar al menos con periodística inspiración.

El viejo Emiliano Zuleta Baquero. Foto: cortesía.

Desde el comienzo, parece que más que descargar su rabia contra él, lo que quiere es que, en secreto, el archifamoso Silvestre Dangond lo lea. Buscando la buena fama, a costilla de tratar de dejar sin ella al urumitero. Una de sus palabras es esta: «Dangond se da bombo, gruñe, provoca, insulta. Su boca no recibe órdenes del cerebro sino del aparato digestivo: más que hablar, excreta; vomita en tiempo real, sin ninguna revisión previa, todo lo que se le va ocurriendo según las emociones del momento».

  En una de sus entradas se pregunta, que cómo se convirtió Silvestre en un fenómeno de masas. Él mismo sabiondo responde: «Pareciéndose al país que lo endiosa».

  Es decir, que, si alguien se parece a Colombia, según la ecuación matemáticamente falsa de Salcedo, es por ser de modales repulsivos. Pero miente, por no ser un genio que salió de la lámpara de Aladino: mi maestro Gabriel García Márquez, el colombiano más grande de la historia, se pareció mucho al país con sus rosas amarillas para traer buena suerte, y ganó el Premio Nobel de Literatura. ¿O es que Carlos «El Pibe» Valderrama, quien con su melena se parece más que cualquiera al amarillo de la bandera, no fue el 10 que clasificó a la Selección Colombia a tres mundiales, al transformarse en el mejor pase gol del mundo? Si le preguntan a «El Escritor del Muelle» cómo se convirtió Silvestre Dangond en un fenómeno de masas, con jocosidad mi respuesta metafísica sería:

  —No sé eso. El único que lo sabe es Silvestre. Si yo lo supiera, entonces dejaría de ser escritor y me volvería cantante para ser un fenómeno de masas.

    Pero como serio artista de la literatura, el oficio más difícil del mundo, sospecho otra respuesta que no es la solución para mí, ni para nadie más. En verdad con física newtoniana diría: «Silvestre Dangond se convirtió en un fenómeno de masas, pareciéndose al gran sueño que tuvo desde niño en Urumita».

Bruce Lee y Chuck Norris, artistas marciales. Foto: cortesía.

A parte de eso, lo compara dizque con el matón Chuck Norris. Chuck Norris nunca fue matón, sino un campeón mundial de karate, que incursionó en películas de acción desde que fue invitado al cine por su amigo el actor chino-estadounidense Bruce Lee, el Rey de las Artes Marciales, este último que «vencía a sus contendores de una manera tan rápida, antes de que cayeran en la cuenta de que estaban peleando» (Historia de amor, pág. 157). Añade que Silvestre da otro gran mal ejemplo por llamarse casi igual a Sylvester Stallone, siendo tan diamantinamente bruto Salcedo que también confundió al actor neoyorquino con su personaje universal de Rambo, que tampoco en las películas fue mala persona, sino un ajusticiador que con su metralleta hacía triunfar al bien, como ahora nuestras silvestristas fuerzas armadas.

  No para Alberto Salcedo, y enfatiza que Silvestre amenaza a un espectador que está peleando con él, diciéndole desde la tarima el músico:

  —Si sigues jodiendo, te mando los cascos rusos que tengo aquí, pendejo.

   Pero en verdad, lo que más ofende de todo, es que trata de peligroso a un hombre que solo hace también un instante del cielo la música vallenata. Dice Salcedo: «Supongo que cuando Dangond conozca mi diatriba me mandará sus cascos rusos. Adelante, Sylvester: gana tu décima batalla eliminándome. Yo no quisiera morirme todavía, lo admito, pero me gusta más la idea de ser tu difunto que la de soportar tu ordinariez».

  De esa manera, dejaría claro quién es el faltante, porque ni Silvestre lo mandó a matar, ni él se volvió difunto para no seguir escuchándolo cantar, como los dioses que a veces beben agua del río Guatapurí. Entre otras cosas, quiero decir que entre los silvestristas hay abogados, ingenieros, doctores, soldados y escritores superiores al afamado periodista barranquillero en el arte de contar, tal como las más de treinta y cuatro mil palabras de esta crónica literaria —sin contar las detractoras de su bolígrafo— lo han venido demostrando diomedianamente.

  Una aclaración chespiritiana sí es mía, señor Salcedo, porque como dice de la escritura Jacob Barros «esta es una vaina de la cabeza»: «Yo, Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”, el mejor escritor del mundo, soy el casco ruso del que habla Silvestre».

  El que, a diferencia de usted, la magia musical de Silvestre Dangond con su canción «La colegiala» le inspiró a escribir con limpieza no solo un breve trabajo periodístico, sino las 590 páginas de Historia de amor, novela sobre la ley de la atracción, la única de la literatura en español que por su calidad está a la altura de Don Quijote de la Mancha y de Cien años de soledad. Tal como diría el fragmento de su capítulo 22: «Cuando le preguntaban por qué ya no proyectaba esa imagen arriba, caminando por encima de las tablas de sapán, en seguida era un hombre claro con su destino. “Al lado del muelle, soy mejor testigo de la historia”, decía. Él era cronista de esa tierra como su vecino el historiador Lázaro Diago Julio, y nada era igual que ver desde la distancia cómo se movían, de forma fascinante, los marineros, los descargadores, los enamorados, que eran los verdaderos protagonistas del mundo. En ese sentido tenía razón, porque apartado un poco de los hechos, como decía su vale Remberto Burgos El Lanza, los veía suceder mejor. Tenía esa seguridad a pesar de que no sabía dónde meterse, y solo la materia del mar y escuchar el éxito nacional “La colegiala” de Silvestre Dangond —otro gran artista que, al hacer la música, dejaba sospechar la existencia de lo sobrenatural— le permitía intuir un hecho muellero por escribir, un día que ya presentía de él» (Historia de amor, pág. 505).

Dangond-Dangond

Carátula del álbum Sigo invicto. Foto: cortesía.

Unos días después de la publicación con mala intención que subió el ego diabólico de Salcedo, el 29 de agosto del año 2013 la agrupación de Silvestre Dangond y Rolando Ochoa anunciaba la separación de la unión musical. Pero a diferencia de como pasó con Juancho De la Espriella, esta vez se trató de forma más equipera. En seguida, aún así, los otros cantaron como un éxito los rumores. Según algunos detractores, ello pasaba porque Silvestre quería demostrarle al mundo musical, que él era más atractivo que el akkordeon. Con la capacidad de un ilusionista de variedades en el escenario, el que, al dejar de cantar y ponerse a bailar, podía ser más cargado por las infinitas manos que este instrumento europeo que desde los días de Francisco el Hombre, nunca dejaba de hacer oír mejor en La Guajira que en el resto del mundo. Muchos aseguraban que estaba sepultado con su indiferencia al verdadero creador de la armonía vernácula, que no era otro que el acordeonero, el único hombre que le daba permiso al cantante de meterse en la conversación del sonido que se reconoce como vallenato. Si bien fueron varias las opiniones, los mismos cercanos de Silvestre afirmaron que Rolando solo se marchaba, por sentirse más mortal como acordeonero. «Rolando sale, él toma su decisión, porque tiene unas pretensiones de formar su propio grupo como dueño», diría después el buen mánager Carlos Bloom. Era claro que eso, sin ser la intención, también sirvió como publicidad para el folclore, demostrando que un acordeonero prefería darle más importancia a su humilde acordeón, que al dinero y la fama que significaba estar al lado del multimillonario Silvestre Dangond.

  Rolando Ochoa refrescó los ánimos, en uno de sus comunicados. En serio, su calma siempre era como la de un maestro que comienza a desplegar el fuelle del acordeón. Por donde sale el buen sonido, que más nos convence a los mortales de que persiste algo llamado vallenato.

  «En mi corazón solo hay para ustedes un profundo amor y respeto, para toda esa gente que nos llenó de cariño y afecto a lo largo de este proceso. En mí encontrarán siempre el mismo que en ‘La novena batalla’, (que) les dejó su corazón plasmado en las notas de un acordeón», fueron las palabras de Rolando Ochoa.

   Sigue con Dangond:

   «Deseo que el éxito te cobije, que la sabiduría sea tu mejor aliada y que Dios esté siempre delante de ti en cada proyecto que emprendas. Dios te bendiga hermano y nunca olvidaré esta gran experiencia, una de las más hermosas que han pasado por mi vida».

  Ante tal situación, muchos se preguntaban quién sería el nuevo acordeonero que haría a Silvestre Dangond seguir queriendo acorazonadamente su música vallenata. La verdad es que la persona que sería, ya lo había acompañado en otras espectaculares ocasiones que en verdad se confundían con el surrealismo. En esos días, uno de los cantantes que más pegaban con éxitos como «No sé tú», era Churo Díaz, hijo del desaparecido Adaníes Díaz, dueño este de una voz que impresionó no tanto por sonar alta, sino por ser la más contundente en la historia del vallenato. Su compañero era Lucas Dangond, quien hizo parte de los Niños del Vallenato, coronándose además Rey Juvenil del año 2009 y en 2012 Virrey en la categoría profesional, el primo que se sabía de memoria toda su vida, todas sus canciones y todos los pases de sus anteriores acordeonistas, con los que también se hacía fácil aprender a vivir solo de los dedos. Estuvo triunfando con Churo, hasta que lo soñó Silvestre.

El acordeonero Lucas Dangond. Foto: cortesía.

Lucas Dangond había cogido el acordeón desde que estaba niño. En serio, era de esos muchachos que no lo soltaban, ni aunque no estuvieran tocándolo con las hadas de la armonía. El prestigio de William Dangond continuaba con su sobrino, dueño de un talento natural para adaptarse a cualquier terremoto a enfrentar, o a maremoto a acompañar. Lucas Dangond sabe que el apellido Dangond comienza a ser una necesidad del propio tatarabuelo vallenato, que quiere mantenerse vivo a lo largo de la historia mundial. Conocía la agrupación de su primo muy bien, porque la ha venido siguiendo desde niño, cuando supo que un familiar suyo era el hombre que, después de Diomedes Díaz, más inspiraba a que los demás el acordeón aprendieran a tocar como el rey mejor oído de la tierra. Pero más que el escrito de Salcedo y la ida de Rolando, a Silvestre dolió la muerte de aquel cantante sobre el que hablaba todavía más Salcedo, para tratar también un escritor barranquillero de parecerse al vallenato.

   Desde hacía tiempo, Diomedes Díaz venía sufriendo complicaciones. Aún así, cantaba para vivir. En varias ocasiones, había compartido escenario con Silvestre Dangond, la nueva versión del talento que cantaba con fantasía, para nunca despertar de esta fantástica clase de vida. Para este fue otro sueño, porque Diomedes Díaz era el cantante que hizo que el mundo amara el vallenato, como la música que más hacía pensar en Dios. En su último CD La vida del artista lo había invitado para cantar juntos, pero al final entró Martín Elías. Lo raro, es que a los días murió de un infarto en Valledupar, cuando la gente estaba alegre con vino porque soplaban las brisas de diciembre, trayendo más fácil sus nuevas canciones como «Ay, la vida», del compositor Marciano Martínez. Todos lloraron, incluso Silvestre Dangond. Era claro que Diomedes Díaz era el cantante vallenato más querido de la historia, y sus verdaderos seguidores como Silvestre no hacían el intento de superarlo, sino más bien de siempre quererlo.

Diomedes Díaz El Cacique de La Junta. Foto: cortesía.

Pero a partir de ese preciso momento, se comenzó a hablar de que Silvestre Dangond era el único con condiciones terrestres para reemplazarlo, y mantener esa especie de divinidad que se necesitaba constantemente en la tierra. Su forma de cantar, su fama, sus seguidores, lo habían llevado a esa consideración desde mucho antes de que El Cacique muriera. Era ahora, en este mundo, el vivo por el que más querían el vallenato, a través de un cuerpo humano, tocar con las manos. La verdad es que para él, como un diomedista más, le hubiera gustado que siguiera entre nosotros Diomedes Díaz, en la bonanza marimbera el primer dios que creyeron ver alguna vez en La Guajira siendo de carne y hueso. Lamentablemente, otro gran rival que sí aspiraba por derecho sanguíneo ese puesto celestial, partió de pronto. Su amigo Martín Elías pereció en un accidente de tránsito el 14 de abril de 2017, como alguna vez Kaleth Morales, y dejó sin piso otra competencia que estaban teniendo ambos, convirtiéndose en una irreparable pérdida que lamentó en serio Silvestre, por amar tanto la vida del folclor.

La familia

Dellys Corrales con su hijo Silvestre Dangond. Foto: cortesía.

Para Silvestre Dangond, su familia es lo único que con Dios siempre para él ha existido cerca. De hecho, por ser un Dangond Corrales, es el músico que canta y baila para que hasta los sordos el mejor sonido del mundo puedan leer. Su sangre es importante, y aunque a veces no está con ella, saber que sigue viva es lo que lo impulsa a cantar en cualquier parte del planeta ante un gentío desconocido, en los que afortunadamente siempre reconoce almas silvestristas. Como él mismo lo dice: «Yo dejé de vivir mi vida, por vivir la de ustedes». Siempre está donde lo piden, porque es quizás el cantante o uno de los cantantes más responsables en la historia del vallenato. Sin embargo, desde sus padres, hasta sus mujer e hijos, a veces no entienden tanto tiempo de ausencia, que, a diferencia de la mayoría de la gente, no llenan sus canciones como su larga presencia.

   Una de esas personas con el vacío fue su madre, Dellys Corrales. Apareció en el programa de televisión La Red en el 2014, para decirle públicamente a su hijo qué tanto lo quería. Pero que, al igual o más que su público, lo necesitaba ver mucho más cerca como cuando lo parió. «Que se entregue más a mí, que se de cuenta más de su mamá», le mandó a decir. Al lado de ella, estaba su hermano Carlos Dangond Corrales, más conocido como Cayito.

   El otro cantante de la familia, hablando para contar de alguna manera su vida, que igualmente contenía música vallenata. Según este, desde su infancia Silvestre Dangond fue su mejor amigo. Los sueños de su hermano, eran los sueños que, al dormir, también tenía él. Cuando Silvestre Dangond alcanzó la fama, Cayito se alegró hasta ser el silvestrista más grande del mundo. Porque a fin de cuenta, lo que estaba publicitándose era el apellido Dangond, que él también tenía. Sin embargo, como pasaba con todos, la fama que hizo conocer a Silvestre Dangond, se lo llevó al otro lado de él ese mundo redondo que gira. Y todos, hasta su familia y los buenos amigos, por la serie de compromisos, ya solo escuchaban más su voz humana no tanto por teléfono, como por sus canciones.

   Durante esos años, Cayito esperó también que Silvestre Dangond mirara a esa especie de pasado donde seguía él. Pero, además de eso, que también fuera seguidor de él. De alguna forma ya había sucedido, porque gracias tan solo a una llamada telefónica de Silvestre Dangond al director artístico y de repertorio Guillermo Mazorra en Bogotá, Cayito grabó un disco con Sony Music, la casa disquera más importante del país. Solo que la suerte no favoreció igual al hermano menor, como si la Divina Providencia ya hubiera hecho mucho con la familia Dangond, al permitir el gran cambio económico que trajo Silvestre a esta vida donde nada es tan fácil. Sin embargo, a pesar de que fue en ese momento falta de madurez musical, y no culpa de Silvestre, él junto a su madre pidieron más la espiritualidad en Valledupar del cantante famoso, que, al parecer, después de alcanzar la fama, ya como pequeño dios también daba la fama.

Silvestre Dangond y Cayito Dangond. Foto: cortesía.

  Fue un momento triste para Silvestre Dangond, al darse cuenta de que la historia profunda de su familia, de la que nunca había hablado, saliera en la televisión nacional como viejos recuerdos que también se podían filmar. Le dolió hasta llorar, porque, a fin de cuentas, volvió al pasado. El pasado que nunca lo dejó triunfar, hasta que llegó ese tiempo de nostalgia en que él lo recordaba, sin poderlo aún así cambiar. Como ser humano, entendía a su buena madre: al igual que a él, amaba a su hermano menor que también tenía ese sueño de ser un hijo del que todos a ella le hablaran maravillas del otro mundo, para orgullo en este de una Corrales. Respondió que en ningún momento se había olvidado de su primera familia, sino que su familia mundialmente se había vuelto más grande. Explicó lo difícil que era ser un artista, pensado por tantas personas, en tantas partes y a toda hora, que no paraban de soñar hasta que lo veían en persona, para comprobar si la música vallenata más nueva de su interior, podía nacer también delante de ellos. Por fortuna, las cosas se arreglaron con su familia, y sacó más espacio del que tenía para verse frecuentemente con ella, en esta vida que no es tan larga como con toda y música parece.

   Si este cantante hubiera sido un personaje de ficción como lo han querido ciertos periodistas volver, quisiera que metieran también el testimonio de hombre bueno, no tan bien inventado por mí. Donde sueña que está solo en un espacio sin fronteras: Yo estaba con ustedes. Papi, mami, Cayito. Ayúdenme, no me dejen en este tiempo que ya de por sí me aleja de ustedes. Silvestristas, ¿dónde, en qué ciudad o país ahora estoy? ¿Qué hora es? ¿Porque mi familia lejos sueña esta madrugada conmigo, si yo estoy despierto? ¿Por qué, Dios, se ha crecido tanto mi familia universal, que nunca será Dangond ni Corrales como ellos tres? En Bogotá vi las calles, la gente me miraba en el centro, pero no veía mi sueño. Mi papá trabajaba, mi mamá también, y yo quería trabajar no tanto para ser como mi padrino Jorge Oñate, sino para parecerme a ellos. Cuando tuviera mi buena esposa y mis hijos, y me quisieran como yo a «El Palomo», aunque nunca por pena se lo dijera. El tiempo se ha ido, pero yo lo enfrento con el recuerdo. La música la canto ahora no para ganar dinero, sino para recordar. Soy de ustedes, todo al que me quiere lo quiero, y al que no también, para enseñarlo a querer. Aunque yo soy el único silvestrista, que nunca podrá ver al verdadero Silvestre. El que estaba allá en Bogotá, al lado de su hermanito, soñando con este presente que no me deja ir al pasado, para ayudarlos a ver lo que más necesitaban ver.

Contracarátula del álbum Sigo invicto. Foto: cortesía.

El CD Sigo invicto fue lanzado a finales de 2014, por supuesto con su primo Lucas Dangond, uno de esos familiares que más le recuerdan que aún continúa vivo en este tiempo. Gustó en seguida las canciones «El glu glu», «Niégame tres veces», «El mismo de siempre», «Me sigues gustando» y «El tiempo», y el lanzamiento fue como siempre en Valledupar donde Tigo Music invirtió la astronómica suma de tres millones de dólares, aunque también después un primero de enero de 2015 en Riohacha, frente al mar que, por encima de Poseidón, lo considera a él el dios de la nueva ola. Por todas partes estaban los silvestristas riohacheros, demostrándole que no tenía la necesidad de grabar más nunca, para que gustara eternamente su forma fácil de llegar a la playa. En Colombia, estaba en todos los pueblos, queriendo a sus seguidores del vallenato con gran amor, solo superado por el de su familia que lo hizo ser el cantante de eso.

   Entre tantas cosas, después de cantar el cover «Materialista» con su amigo Nicky Jam el 19 de noviembre en la edición 16 de los Grammy Latino, al año siguiente recibió la propuesta de volver a la televisión. Una buena manera de seguir mostrándole a Colombia que él no era como muchos críticos desconocidos decían, sino como adivinaba la cámara. Por eso Silvestre Dangond actuó de jurado en A otro nivel, recordando que ese era en el que él estaba siempre. Al lado de varios jurados, y ante la belleza de la ex Miss Universo Paulina Vega, fue aclarando al pueblo colombiano quién era Silvestre, ayudando en verdad con sus opiniones a todo el que intentaba cantar bien, para ser escuchado masivamente hasta sin melodía como él. En verdad, cada vez más la televisión lo absorbía, y las controversias que, cuando se trataba de él, también ponía a los periodistas a cantar sin afinar como los pedregosos ríos.

   En el cierre de la versión 49 del Festival de la Leyenda Vallenata, como hacía Maradona para darle saliva dulce a los críticos, Silvestre Dangond se dio un beso en la boca con Poncho Zuleta llenos de cariño paternal, por lo que los medios se encargaron de hablar de lo que habían visto en un género musical, que se distinguía no solo por ser el que más hacía querido universalmente el acordeón inventado y patentado por el austriaco Cyrill Demian, sino por ser el que mejor tenía fama gracias al amor de los mujeres.

El reencuentro

El reencuentro de Silvestre y Juancho. Foto: cortesía.

En medio de tantas cosas, la nostalgia en serio comenzaba a hacer parte de la vida de Silvestre Dangond. Desde que era un hombre conocido en todo el país, y parte del extranjero, había experimentado el reconocimiento, hasta el punto de que en varias madrugadas, despierto ante la gente, le costaba creer siempre que no estaba soñando. En ciertas ciudades, en presentaciones, ya reconocía la cara de seguidores que había visto otras veces, pero que nunca se le habían acercado siquiera a presentársele de viva voz, para aclarar que no eran seres que, por verlo en esta vida, ya podían venir desde el sueño. Conocía a mucha gente, fans que eran toda clase de personas, que desde VP esperaban verlo cantar para hacer mejor la vida de ellos, como era la de él. Por eso, respecto a la suya, ya empezaba a extrañar a los que alguna vez lo llevaron a soñar ese momento, donde ya poco veía a los primeros silvestristas de antaño, miles de los cuales sin él saberlo habían partido para el cielo. Pero sobre todo extrañaba al hombre que al inicio de su carrera le contó lo que se vivía en el medio, para que él también lo viviera y lo contara a otros con una mágica voz, que convertía instantáneamente a cualquier soñador o realista en silvestrista.

   El Tour El Reencuentro 2016 con Juancho De la Espriella fue solo eso, una forma de pensar más en el pasado, como antes cantaba para arreglar con anticipo el destino. Se promocionó en todos los medios, como el regreso temporal a los escenarios de dos artistas que, cuando se juntaban, llevaban a los seguidores a cualquier tiempo que el sentimiento pidiera. Sentir de pronto a su lado el acordeón de Juancho De la Espriella, fue escuchar de nuevo la mejor forma como se relataba el vallenato. Entonces Silvestre Dangond comprendió que sus seguidores tenían razón, y era que alguien como Juancho fue una pieza de ajedrez que al principio usó Dios, para que llegara a la cumbre de la manera más profesional que había. Su digitación, su sola presencia, era suficiente para redescubrir que lo que más le gustó alguna vez de su historia musical, es que el sincelejano era el otro gran protagonista de ella. Fue algo que los hizo aplaudidos, como en Riohacha donde también de nuevo estuvieron, cantando los éxitos del repertorio que, por muy buenos que fueran, gustaban más cuando los contaban musicalmente los dos

  Mientras la gente soñaba que siguieran juntos, Silvestre Dangond en cambio soñaba desde hacía años buscar el mercado internacional, donde estaba el futuro que aún enamoraba. Si bien siempre había viajado por el mundo entero llevando la música, buscaba seguir creciendo por supuesto más que el único artista de circo que jugaba en los oídos. De hecho, una de las cosas que más gustaba de Silvestre, es que era un exponente del arte contemporáneo que podía superar a la mejor versión de sí mismo. El único que ya le ganaba al Silvestre de hoy, era el Silvestre de mañana. Su evolución no tenía fronteras, y seguir creciendo sin parar era su mejor instante como cantante.

Carátula del álbum Gente valiente. Foto: cortesía.

El CD Gente valiente, con Lucas Dangond, ahora con la casa disquera Sony Music Latin, era el otro lado musical de su vida. Con el que al lado del mánager argentino Walter Kolm aspiraba otro sueño: internacionalizarse como las grandes estrellas de la historia, quizás como Madonna, que daban a conocer más que sus propios países a este mundo. Incluía «Materialista», a dúo con el reggaetonero Nicky Jam, «Ya no me duele más», con el igual reggaetonero Farruko, «Ella», de su autoría, y el tema «Por un beso de tu boca» que nos hizo recordar el sueño de Kaleth Morales, haciendo fusiones aumentadoras de emoción, para aclarar que ahora, como nunca, aquel es su más grande ángel en el cielo. En verdad, con el productor Andrés Castro, se trató de un material más profesional que cualquiera de sus anteriores álbumes. Pero mientras Silvestre le quería dar esa nueva música vallenata al continente americano, estando en los listados de la revista Billboard, desde muchos sectores en Valledupar comenzaron las críticas, que siempre estaban en todas partes como los malos espíritus rabiosos por no entrar jamás en su cuerpo. Que estaba dañando la esencia del vallenato, mejor dicho, que eso no era vallenato, que si no había superado musicalmente a Diomedes Díaz, mucho menos iba a pasar por encima del sansónico Carlos Vives. Es decir, que fuera de Colombia, donde, además, aprendió a volar más alto Shakira, jamás sería el artista número 1.

  Para el lanzamiento, sucedió en un barrio de Valledupar, ante cincuenta y cinco mil personas. Fue una hazaña, que nadie hasta entonces ha podido repetir, ni había hecho antes, en la historia grande del vallenato. En verdad, su éxito hablaba más que él, de quien decían que hablaba tanto. Aún así, los críticos no aceptaban que esa era la música que los representaba, los mismos que tampoco iban a sus conciertos años anteriores cuando con el vallenato puro, más él los hacía oír que pensar.

  Acostumbrado a las críticas, Silvestre Dangond tiene una vida más relejada en Miami, al sur de la Florida. Aunque ha llenado el emblemático American Airlines Arena, a veces le cuesta creer a él mismo que es Silvestre, sin ver a su alrededor a tantos silvestristas en la Capital del Sol, donde había ido a buscar precisamente eso: como en su niñez, volver a disfrutar de ser un desconocido. Miami Beach es un lugar de ricos y famosos, donde nadie se interesa tan rápido en las celebridades, porque hay infinitas otras cosas para ver, ganándole siempre los ojos a los oídos, que solo hacen creer más sonoramente lo que se está viendo. La razón es clara: un vecino que nadie conoce de la mansión de Marc Anthony, puede ser más millonario que el propio Marc Anthony. En verdad, la cultura solo es un entretenimiento más, en la más grande sociedad de consumo que el mundo conoce. En vista de eso, cualquier famoso que esté en South Beach, en Ocean Drive por Lummus Park, puede descansar, reencontrarse a sí mismo, tener únicamente él la gran noticia de su existencia. Pero por mucho que esté descansando con su esposa e hijos en los Estados Unidos, o se encuentre en la lejana China, el intérprete de «Cásate conmigo» que ha llegado a cobrar alrededor de mil millones de pesos por presentación, nunca se olvida de su familia, ni tampoco de sus amigos.

José Alberto Maya, con su esposa Karina Navas e hijo José Alberto Maya Navas. Foto: cortesía.

   Por eso volvió a Riohacha para bautizar a un niño, que por supuesto será siempre silvestrista. Se trataba del hijo de su primo José Alberto «Coquito» Maya Corrales, silvestrista desde la infancia y ahora esposo de Karina Navas. Hija del jurista Rafael Navas Curiel, Karina Navas era en ese entonces Diputada en La Guajira por el Partido Conservador, siendo una de las mujeres más bellas y preparadas de la capital riohachera, que como una perla hizo a «Coquito» también enamorarse sempiternamente del mar. Al llegar Silvestre Dangond en un vuelo chárter al aeropuerto Almirante Padilla, la gente en Riohacha no pudo pensar en otra cosa. Estaba de nuevo allí, aunque no para cantar sino para dar vestido de blanco prueba de su presencia católica. El bautizo fue en la catedral Nuestra Señora de los Remedios, con un Silvestre delante del niño José Alberto Maya Navas, como alguna vez lo hizo con él su padrino Jorge Oñate. Ahora era también compadre de «Coquito» Maya, uno de sus mejores amigos. El cantante no se olvidaba de la gente, como pasaba en la lejana Argentina que en un concierto lo esperaba, para hacer durante horas mejor ese país con su vallenato internacional, que dejaría también a los gauchos echando el cuento con el bandoneón.

Carátula del álbum Esto es vida. Foto: cortesía.

   Respecto al tema musical, en el CD con Sony Music Latin, Silvestre Dangond decidió ahora hacer un trabajo llamado Esto es vida, donde participaran varios acordeoneros, y aclarar de una vez que lo más importante del vallenato eran los instrumentos franciscanos que ellos cargaban. Era un sueño viejo, volver al vallenato que de verdad lo hizo querer, hasta en el extranjero. Participaron con el acordeón Rolando Ochoa, Junior Larios y Franco Argüelles, el acordeonero con el que siempre quiso dejar prueba de una gran amistad, en un estudio de grabación. Hay muchas canciones como «Si yo supiera» «La embarraste», «Si mi canto fuera tu encanto» y «Mi corazón es de ella», del maestro y buen primo Fabián Corrales, quien debió hacer un pacto con la guitarra, para que esta le dejara sentir que su alma invisible también era el mejor instante de ella. En serio fue un excelente trabajo musical, para la historia que no se cansaba de tener como uno de los principales iconos a Silvestre Francisco. De paso, les demostraría a los críticos que no era que él hubiera querido dejar la esencia del folclor, sino comprobar que la música universal, cuando es buena, es nada más un solo sonido que hace a cualquier pájaro lejos volar.

Diego Armando Maradona, bailando con la canción Sigo siendo el papá. Foto: cortesía.

   En el Parque de la Leyenda Vallenata, es donde más se crece Silvestre Dangond como un gigante nutrido por la canción. Mejor dicho: al igual que hacía Diomedes, Silvestre puede llevar con sus lanzamientos musicales, a tanta gente a Valledupar como su gran Festival Vallenato, que durante unos días la vuelve la ciudad más escuchada de este mundo. La hora del lanzamiento de Esto es vida, fue la otra prueba viviente del vallenato, la metáfora que se filmaba. Se trató de un show con buenas canciones, donde la noche reconoció que él, a parte de la rotación de la tierra, era una de las mejores cosas que también la hacía a ella. La canción «Sigo siendo el papá», fue la más recordada, pues posteriormente la bailaría Diego Armando Maradona en Cali, el dios del fútbol que gracias a Silvestre Dangond mejoraba la técnica con la música vallenata como realizó desde su niñez en Villa Fiorito, en Buenos Aires, con el balón. Con mucha maestría, los compañeros de la agrupación ya tienen visa de residencia dentro del universo de él, donde la calidad musical es la única sustancia que hace existir las cosas. Nadie se equivoca, el acordeón de Lucas Dangond es hábil y fuerte, estimulando querer más a Silvestre Dangond, porque ya a veces no hace falta que cante, ni siquiera que baile, para que sus buenos músicos entrenados creen la misma cantidad de energía con que se forma la materia del SILVESTRISMO.

   Gracias entonces a esa respuesta a los críticos, el instante que estaba esperando toda la vida llegó. El CD Esto es vida fue nominado al Premio Grammy Latino, por su calidad que mantiene al mejor vallenato vivo. Sin estar presente en el recinto de Las Vegas, el cantante urumitero cogería luego el gramófono lejos de los asistentes, como el ganador más alegre en la historia de ese galardón. Si bien se lo mereció, para sus seguidores hace tiempo había la prueba científica de que Silvestre Dangond llenando el Madison Square Garden de Nueva York tenía en verdad talla mundial, cantando el género más reñido en Colombia, para que un colombiano gane el mérito de ser considerado el mejor artista musical.

Vuelve a su vida la colegiala

Carátula del álbum Más unidos que nunca Beta 16. Foto: cortesía.

Por mi parte, al fin estaba yo redactando mi novela Historia de amor en Riohacha. Era una historia sobre las perlas, donde un pescador soñaba con una hermosa mujer llamada Jessica Moscote —aspirante a estudiar derecho en Barranquilla— que, por fortuna, no vivía únicamente dentro de los sueños. Pero sobre todo hablaba de la ley de la atracción, que con el pensamiento de forma consciente o inconsciente, hace que la gente atraiga todas las cosas a su vida. Hacía mucho tiempo que había olvidado que «La colegiala» me había dado la imagen para que escribiera algo muy distinto a ella sobre el muelle de Riohacha, donde la gente es mejor testigo del mar Caribe, el cual Rico Annichiarico recorrería bastante aprendiendo a aplicar la ley de la atracción, con mujeres de la vida fácil que le enseñaron el amor, antes de encontrar el verdadero que se siente toda la vida. Fue una tarea grande, por las muchas páginas que tocaba editar, enderezando la estructura que da el suspenso, corrigiendo el lenguaje para asombrar, esperando que la literatura universal me gustara tanto como la música del urumitero comedor de malanga Silvestre Dangond, quien a propósito ganaba también el Premio Lo Nuestro con la dominicana Natti Natasha por cantar a dúo el tema urbano «Justicia», que hasta el día de hoy cuenta con 657.000.000 de visualizaciones en Youtube. Privado de muchas cosas materiales, sin esperanzas de que ninguna editorial elitista en Bogotá me la publique, pero escribiendo para sentirme el hombre más feliz con tener dos manos. De pronto, la propia naturaleza se pareció al mar de palabras donde yo estaba nadando sentado.

   Estaba viviendo por el Mercado Nuevo, cuando escuché la noticia por Guajira Estéreo, la emisora que ha estelarizado más a la periodista Kelia Palacio. Al lado de Juancho De la Espriella, Silvestre Dangond remezclaría y lanzaría de nuevo Más unidos que nunca donde estaba el éxito «La colegiala», que nos llevó a volvernos más amantes de su buena música. Quería demostrar a la gente que el arte puede perfeccionarse, sin necesidad de cambiar el pasado. De esa manera con Más unidos que nunca Beta 16 volvería al 2004 dieciséis años después, sobre todo al mes de junio que lo hizo triunfar en la vida, como a la mayoría de los seres humanos solo les pasa en los sueños. Y sobre todo a la gente riohachera, que al igual que al ruido del mar, más nunca lo había dejado de escuchar, repitiendo tanto «y me estoy enamorando más» como las inacabables olas.

Carátula de la novela Historia de amor, de Juan Carlos Herrera. Foto: cortesía.

Para mí fue la ley del mentalismo, tema sobre el que estaba escribiendo. Respecto al poder del pensamiento. No era casualidad que la canción que me dio la pista sobre de la novela del muelle, volviera a salir cuando yo estaba creando el gran mundo olas que ella me inspiró, para no salir más nunca de él sin necesidad de oírla. Y que me sigue inspirando para describir al Rio de la Hacha, el soñador Rico Annichiarico, la bella Jessica Moscote, las perlas, el pirata Francis Drake, el mar Caribe, el galeón San José, el Dorado, las aventuras de Chema El Marinero, la Tabla de Esmeralda, Newton y la ley de la atracción, cuando la corrijo con las palabras más musicales que yo mismo nunca antes había leído. Entonces supe que había una conexión conmigo y Silvestre, experiencia que muchos otros silvestristas habrán sentido en particular. Por eso tomé la decisión de mencionar en la novela que El Cacique de La Junta me hizo ponerme «El Escritor del Muelle», y «La colegiala» me inspiraría la novela sobre el muelle titulada Historia de amor, que también solo podía imaginar ante este mar que se deja ver, como el talento constante que a sus bañistas da.

  Solo que ahora escuchando una nueva versión de «La colegiala», veía además otra cosa. Debía escribir una nouvelle (en francés novela corta), que no fuera como el mar sino como una ola. Novelita que dijera cómo una buena canción inspiró una larga novela. Porque, aunque parece una biografía exclusiva sobre Silvestre Dangond, esto es una «nouvelle de no ficción», una especie de reportaje que recuerda las madrugadas calientes del linotipo, con el Nuevo Periodismo que volvió a hacer al lector el mejor amigo del escritor. Y periodismo no tanto basado en el resumen cronológico de su vida pública, sino en cómo «La colegiala» cambió la historia de su cantante, y de este humilde literato que la repitió infinitamente, para nunca olvidarse de que el mar encontró con Silvestre Dangond su principal traductor a la música. En cambio, un libro únicamente hablando sobre él requeriría cientos y cientos de páginas, mucho tiempo e investigación de primera mano como la de conocer más a fondo la presencia con su esposa por la torre Eiffel en París, que sus protagonistas no tienen casi nunca prisa ni intención de dar, para tratar de explicar la vida mágica de un cantante, que no se puede repetir ni aunque el mejor escritor de la historia se encargue de volverla buenas palabras. Pero algún día, cuando las cosas cambien y tenga para comprar a menudo un perfume Jean Paul Gaultier original, me gustaría escribirlo para corregir las imprecisiones que debe tener esta corta entrega periodística, y descifrar por qué nos gusta tanto a los riohacheros, el vallenato que produjo que Dios en los días de mayo hiciera nacer a Silvestre Dangond, para seguir escuchando «con mucho gusto» al mundo.      

    Juancho De la Espriella lo siente igual, y se unió de nuevo a él para esa grabación. Desde el primer momento queda claro que los dos, cuando se encuentran, solo hablan de los sueños que más nunca los han dejado despertar. El remasterizado de Lucho Ortega inspiró de nuevo, para volver al pasado, de la forma más fácil que hay: con la melodía que no está sujeta al tiempo. Al escucharse renovada «La colegiala Beta 16», el arte contemporáneo triunfó, dejando constancia de que la música vallenata es el mejor sonido que dejó saber el amor. La magia puede ser capturada en un estudio de grabación, para que se crea que una vez existió docta con el acordeón. Sin embargo, a parte de regrabar bajos, coros, efectos, teclados, guitarras y percusiones, pasó otra novedad, porque en la canción Silvestre mete una nueva estrofa que lleva a enriquecer la leyenda de ese noviazgo de años anteriores —si es que alguna vez lo hubo—, que nunca pareció acabar:

Porque ella es la que me gusta a mí,

porque ella es la que me hace feliz (Bis).

Muchachita linda pa mí,

ay linda sí.

  En medio de la melodía final, Silvestre Dangond vuelve a pensar en la bella mujer, cuyo amor que inspiraba era tan grande, que a él por sentirlo le devolvió el buen vallenato de ayer, con nuevo sonido a la juventud. Entonces dice el nuevo dios del vallenato, como dando a entender que no hay cómo pagar la gran deuda que tiene con ella, por inspirarlo a ser un profesional ilimitado: «¿Qué más queréi qué te diga, todo el abecedario?».

  La gente volvió a vivir la novedad de ese tema que permitió que de esa muchacha una vez, con solo imaginar sus ojos y su boca, enamoraba profundamente al mundo. La canción con que comenzó su historia de éxito, regresaba con nueva letra que sentían todos los silvestristas en los oídos, que permiten al fenómeno del amor entrar más explicado al corazón. Para hacer maravilloso, como hizo alguna vez, este tiempo donde ya se habla tanto de ella, que no solo se le canta, sino que se le escribe periodísticamente como una forma de alargar con todo el abecedario, la mejor de las canciones. La razón es que mi novela Historia de amor es la hija artística de esa canción que Silvestre Dangond le sacó a Lucía Salem, la estudiante del colegio Sagrada Familia de Villanueva, que nos vuelve estudiosos sobre quien en verdad llena de belleza, fue que más causó que el distante mar de Riohacha la alcanzara con la nueva ola.

   La música de él no solo hace parte de mi vida, sino de todos los riohacheros que la repiten, porque fueron los primeros que con ella se bañaron. Porque cuando la escuchamos, sentimos que fue desde aquí, donde se comenzó a escuchar más a Silvestre Dangond. No es exagerado decirlo, pero desde este mar, se presiente el mundo entero. El que a él también lo pidió, para que viera con los ojos, lo que al principio de su vida en Urumita creía que solo sucedía dentro de los sueños. Por eso nos sentimos agradecidos con este cantante, al hacer que con su buena voz, sintamos diariamente que ahora canta con más afinación la propia Riohacha.

Carátula del álbum Las locuras mías. Foto: cortesía.

   Puliendo aquí en Riohacha mi novela Historia de amor, también llegó el coronavirus a meterse en la conversación que sostengo con el lector. Quería olvidarlo, pero se metió leve en mi cuerpo (que no se puso nunca un tapa boca), pero no llegó hasta mi sueño. Para recuperar el paladar, escuché más la buena música de Silvestre que, por no ser de este mundo, jamás se contagiaba. Por fortuna, Dangond cantaba aún, en el presente refrescándose de nuevo con el acordeonero Lucas Dangond, quien deja claro que el acordeón Honner ya también es sinónimo de su don. A su lado, sacó el álbum Las locuras mías, donde el urumitero cantó con el alma, que es lo único de él que llega más lejos que su voz. Son muchos temas buenos como «Con agua fría», «El silvestrazo», que merecieron en serio otra vez el Grammy Latino, el cual esta vez sí recibió llorando delante del público, y cuyas letras hacen que cualquiera se olvide de las cosas malas que casi nadie cuenta en esta vida, para que sean menos reales. En la canción «Me tiene pechichón», donde asegura que «el hombre es como el perro» según el trato que le den, salió el genio que solo cumplía deseos a los humanos, que tuvieran el equipo de sonido encendido. Es que la gente bailaba con maravilla, con la alegría del perro que de pronto descubre que su amo, es su mejor amigo. Es increíble la forma en que Lucas Dangond toca ahora el acordeón, que debe dejar más tranquilo en su tumba en Machobayo, por lo que hacen con este instrumento sin necesidad de su centenaria experiencia, a Francisco el Hombre. Lamentablemente, el coronavirus también infectó estas palabras. No quería seguir mencionándolo, porque hasta recordarlo da fiebre, pero lamentablemente pudo causar que varios grupos se separaran.

Silvestre Dangond recibiendo su segundo Grammy. Foto: cortesía.

Según se dice, el alto precio que cobraba Silvestre por los conciertos después que bajaba la pandemia, impidió que lo soñaran tanto. Y que por ello, los músicos quisieron buscar otras opciones más económicas, para ser más reales ante los soñadores. Lucas Dangond la encontró con Elder Dayán, hijo de Diomedes y hermano de Martín Elías, quien fue llamado en vida el Rey de La Guajira. El que buscó Rolando Ochoa luego de la muerte de Martín, pero que ahora de él se separaba y buscaba a Lucas, tocando este el vallenato más frecuente, por ser el único compromiso del humano con el acordeón. Sin que esa fuera la intención, pareció otro capítulo del «me quitas, te quito y te quito, y aún así vuelves y me quitas», que a lo largo de los años ha tenido Dangond con los Díaz. Ahora su compañero de fórmula es Rubén Lanao Junior.

El acordeonero Rubén Lanao Junior. Foto: cortesía.

Fue por ir volviendo cada vez más al pasado. Incluso, mucho antes de «La colegiala», porque el joven es hijo de Rubén Lanao, el músico de Maicao que al lado de Lidio García tuvo de moda la canción «Jueguito de amor», que la hizo por siempre recordado y querido como el inicio del amor. La que yo escuchaba tanto como «Mi amor por ella» en Barranquilla, en los años en que decepcioné a mi madre Mariluz Movil, que trabajaba en Miami para que yo estudiara Comunicación-Social y Periodismo en la Universidad Autónoma del Caribe, al retirarme al tercer semestre por la terquedad de practicar redacción y botar muchos papeles en el canasto de la basura, buscando literariamente tener la mejor voz, para transformarme algún día en el nuevo García Márquez. Cuando comenzaba por primera vez en 2003 la gran historia de Silvestre Dangond, que hasta el día de hoy no ha permitido que la magia deje de agradecerle su existencia, también a la buena canción. Al lado del hijo de Rubén Lanao, un Silvestre Dangond cada vez más nostálgico, busca la esencia de sus orígenes.

   Donde uno de los mitos más grandes, era su padrino Jorge Oñate. Desde el comienzo de su carrera musical, «El Jilguero de América», un poco sordo a las cosas nuevas del folclor, con Silvestre Dangond oyó otra vez. De igual manera como este cantaba sus canciones de niño, ahora Oñate se grababa las suyas, porque dejaban testimonio de que la marea oceánica más grande que estaba teniendo el nuevo vallenato, le había echado el dulce agua bendita él y no su rival Diomedes. En efecto, siendo Silvestre de la escuela oñatista pero también diomedista, Jorge Oñate comprendió que una de las mejores cosas en su carrera musical, no fue solo grabar con los Hermanos López, cantar «Nació mi poesía» de su familiar Fernando Dangond Castro, darle la buena espalda a los acordeoneros para que se coronaran Reyes Vallenatos, Reyes de Reyes, sino también bautizar alguna vez en la iglesia al desconocido niño rubio llamado Silvestre. El hijo de su colega William Dangond, uno de los hombres que más sintió alguna vez amor en el mundo al ver a su hermosa mujer Dellys Corrales, para poseer el poder de hacer ese hijo. Entonces el descubrimiento radial del urumitero, catapultó más la fama del hombre de La Paz como dador de ángeles en el folclor, algo que reconocía el mismo Diomedes Díaz, que nunca respondió a sus ataques y siempre lo quiso, porque fue también el primero en darle buena suerte para que la CBS metiera su espíritu al disco. Y con el que, el 28 de febrero de 2021, en el cielo se habían de encontrar.

   Fue por culpa del coronavirus, que atacaba malignamente más que Alberto Salcedo Ramos (a quien a propósito la Fiscalía General de la Nación le imputó cargos por abuso sexual a sus estudiantes de periodismo) metiendo mal su pluma artificial, que no le hace falta al pico y la espuela del folclor. Al principio de la infección, Oñate respiraba bien. Poco a poco dejó de creer en sus recuerdos, porque  medida que se agravaba, no lo llevaban al dorado pasado. Silvestre Dangond se dio cuenta de que su estado era grave, cuando comenzó a pensar en el padrino, ahora con cierta nostalgia. Ver a Oñate frente a sí, no era querer ser como él, sino querer volver a la niñez en Urumita donde el amigo más grande de su papá era él. Cuando se supo que había vuelto a recaer, puso a disposición su jet privado para ir con la esposa Nancy Zuleta y sus hijos Jorge Luis y Jorge Daniel a la ciudad de Medellín, en el hospital Pablo Tobón Uribe donde lo trataban. «Tienes el cielo ganado», comentó alguien en las redes sociales por ese gesto de Silvestre. No solo el padrino, vio desde siempre esas otras cualidades, las más de las humanas, por las que Dios permitió ser grande como él al ahijado. Sin embargo, la batalla estaba perdida: de ahora en adelante, para encontrar siempre a Jorge Oñate, era volver la vista al pasado.

   Fue la otra gran pérdida que sentía en el vallenato Silvestre Dangond. Sus seres queridos se estaban yendo, como ya había sucedido en 2020 con su suegro Jorge Avendaño, cuando aún tenían mucha vida para seguir viviendo. Al lado de familiares del jilguero, sintió el dolor que no curaba el mejor de los cantos de este mundo, ni del otro, donde de seguro ya a Jorge Oñate se le dio por cantar alto, para hacer que el vallenato tenga eternidad. La gente, la prensa, lamentaban la pérdida de Oñate, el primer hombre en la historia de nuestra cultura, que cogió un ángel musical sin necesidad de tocar el acordeón. Por todas partes estaba la noticia, y por todas partes estaba su música, quedando en esta vida que ya no era de él. El único consuelo fue Silvestre, cantando bien después de su muerte, para sentir que aún seguía siendo su ahijado.

Uno de los fieles recuerdos del ahijado

Jorge Oñate y Silvestre Dangond. Foto: cortesía.

Respecto a su emblemático padrino, el empresario riohachero Nelson Freyle Barros recuerda una historia oñatiana que le salvó casi la integridad física a Silvestre. Que mientras hablaba de su vida como organizador de toques rescató de pronto, sin tener esa intención de viajar en el tiempo.

   Fue en el centro comercial Viva Wajira, cuando metió el tema del circense Silvestre, de quien considera que tiene mucho talento, tanto que sus dotes de artista dan para explicar las cosas mágicas y materiales que ha conseguido.

   —¿Cuántos parrandas vivió con Silvestre? —le preguntó entonces delante de mí, el periodista Germán Rojas González.

   —Todos los años.

   —¿Todos los años?

   —Todos los años.

   —¿Y cuáles eran las canciones que él cantaba? Con usted, como su compadre.

   Nelson Freyle lo vio de nuevo claro en la memoria, por allá en los días del año 2003, cuando la gran historia del urumitero nadie la escribía en la tierra. «Una vez estuvimos en una fiesta. Un primo me llama. Un primo se da cuenta cuando él estaba comenzando “El ring ring”, y llega a mi casa. Él se llama Robin Rosado, él es concejal de Manaure. Fue a la casa a que yo lo contratara, porque ellos festejan en Musichi, creo que son las fiestas patronales de ahí. […] Lo contratamos. Creo que fueron dos millones seiscientos (mil pesos). Y él tocaba en el día en Valledupar. Y la fiesta era en la noche, y de allá pa acá en la noche se perdió porque era una ranchería. […] Llegamos como a las cuatro de la mañana, y tocamos como cinco tandas. Los indios le decomisaron los instrumentos, les partieron los vidrios a los buses. Eso fue mejor dicho… Y ahí fue donde vi lo cantando música de Jorge Oñate, buena. Bebíamos Grandson, imagínate. Son tantas cosas, que son anécdotas muy bacanas».  

Historias de recordar, como cuando también se volvió compadre de sacramento al bautizar a su hijo Nelson Manuel, silvestrista desde el vientre. Recuerdos que le dan fuerza, para contar lo que casi nunca ha contado, ante todo en este 2023 en que se cumplen ya veinte años de esa buena amistad y de la parranda en Dibulla con «La colegiala» que, como el mar Caribe, hizo escuchar más a la tierra.

Playas de Riohacha. Foto: cortesía.

   Dice que el cantante le tiene mucho aprecio a Riohacha, a la que nunca podrá negarle su presencia mientras siga cantando, o hasta sin cantar. De hecho, dice con mucho sentimiento que de corazón Silvestre Dangond es «riohachero. Íbamos allá a la Calle del Crimen, a comer chorizos de esos». Fue la ciudad donde, además, tuvo de amigos a Roquito Barros, a Roberto Lubo, personas que le brindaron una amistad que siempre pretendió ser mejor que sus primeras grandes canciones. El lugar histórico que el propio Silvestre le recuerda hoy en día a Nelson Freyle, con una frase que es otra perla que queda en la playa:

   —Donde empezó todo.

   Por eso entiende el empresario que todos los años vuelve a él, como otro hijo grande de La Guajira. Dice Nelson Freyle que situaciones parecidas le están sucediendo ahora a Ana del Castillo, la mujer que físicamente puede volverse más bella de lo que es, cuando muestra su voz. Las cosas han cambiado en la vida de Dangond, pero para la gente que lo conoció es más bien una buena noticia, porque al igual que el ilusionista estadounidense David Copperfield es una superestrella de intensa luz que al aterrizar permite ver este mundo, como el mejor desde otros remotos mundos.

   Con ese compromiso de deuda el autor de «La colegiala» había vuelto a Riohacha en julio de 2022, para cantarle al ruidoso y espumoso mar, que más hace a los humanos como él sonar. Han pasado muchas cosas, pero la ciudad siempre lo espera, como si no viviera en Miami, sino todavía en Valledupar en la casa de su mánager Carlos Bloom, el otro compadre de Nelson Freyle. Gracias al Estadio de Softbol, Silvestre Dangond volvió a ser el de antes, el gran cantante que nunca olvida al público de aquí, brindado en la noche un espectáculo de alto nivel que, cuando a él no lo vemos, solo encontramos en los sueños donde es más fácil ser amigo de él. «El baile de todos los que hemos hecho en Riohacha, (que) ha sido el mejor», reconoce con franqueza el empresario Nelson Freyle. Es claro que ahora, cuando Silvestre llega, casi nadie se acuerda de que al principio no cobraba tanto para que la gente recibiera la buena música, que más dejaba a su sueño convertirse en realidad.

El vallenato se ve

Telenovela Leandro Díaz, protagonizada por Silvestre Dangond. Foto: cortesía.

Para asombro de todos, Silvestre Dangond sigue viajando a los viejos tiempos, que estaban aún antes de su propio nacimiento. De mucho más allá que el de «El Palomo» William Dangond, su ídolo más grande, porque como decía el apodo, le enseñó que algún día podía volar con alas dangonianas. Como en todo momento, Silvestre Francisco Dangond Corrales pareció que nació para que el vallenato se filmara, a parte de ser sonoramente grabado. Lo dejó claro con los pases que imitaba con éxito de su padre y luego siendo una estrella como presentador de la televisión nacional, donde aprendieron quién era el humano que a veces dejaba de cantar en la tarima, para contar historias sin melodía, que también sus seguidores hipnotizados se ponían a bailar. Igual como una vez se hizo con Rafael Escalona, Alejo Durán, Rafael Orozco, Diomedes Díaz, Patricia Teherán, Kaleth Morales, Consuelo Araujo y Martín Elías, RCN Televisión produjo una telenovela llamada Leandro Díaz, basada en el libro Leandro del escritor valduparense Alonso Sánchez Baute que, a su vez, se había inspirado en el compositor Leandro Díaz nacido en Hatonuevo, el ciego que más observó el mundo de la canción. Con Silvestre encarnándolo, junto a la actriz Laura de León haciendo el papel de Matilde Lina, Colombia miró más la historia del que vivió tan enamorado de ella, que nunca tuvo necesidad de abrir los ojos para quererla. Fue un gesto del urumitero, grabando al final sus canciones, para hacerle ese homenaje al que, seguramente, ya pudo ver en serio cómo era la tierra desde que subió al cielo, donde se ve incluso lo que los más videntes no ven.

  Con todas las cosas casi hechas en el folclor, Silvestre Dangond ha pasado a ser también un juglar sobre el que se han de hacer libros, obras de teatro y bionovelas, como se llevó a cabo con Leandro Díaz, el personaje vallenato que más le ha enseñado a abrir los ojos dentro del alma. En su corta carrera musical, ha logrando tantas cosas, que parece que hubieran pasado más de treinta años desde que grabó su primer CD con Román López, no tanto para que lo escucharan, sino para que le preguntaba cómo había logrado eso cuando regresara a los billares de Urumita. Personas como él solo tienen tiempo de recordar la vida, cuando están descansando, o lejos de los escenarios donde a veces queda suspendido durante instantes en el aire, que también ha querido detener el tiempo para volverse más silvestrista. Aún así, el Messi del Vallenato a veces necesita el descanso, el retiro momentáneo, para soñar a su vez con el público que solo se convence de que él es humano, cuando lo ven en silencio disfrutando también con creer escucharle su voz mental.

Silvestre Dangond con su esposa Pieri Avendaño, e hijos Luis José, Silvestre José y José Silvestre. Foto: cortesía.

El 14 de enero de este año de 2023, anunció desde el Festival de Compositores en San Juan del Cesar, y ante sus músicos liberados Adelmo «Memo» Granados, Giovanni García «Asprilla», Reynaldo Ortiz, Geño Gámez y Nico Pineda, que se retiraba de los escenarios por un tiempo indefinido. Quería estar más con su esposa Pieri Avendaño y sus hijos Luis José, Silvestre José y José Silvestre, y a la vez con esos amigos que solo aceptan que les diga hermanos. Además, la muerte de uno de ellos, el empresario Niko Arredondo, volvió a entristecer a Silvestre Dangond profundamente, que ahora entiende por qué se aferra más al presente relativo de Einstein, para que no se vuelva tan rápido pasado. De los mejores que ha tenido en su vida, con la partida de Niko resume por qué hay que dedicarle más espacio-tiempo a la gente, que conoce al verdadero Silvestre. No tanto al que canta y ha estado de gira en España, Suiza, Holanda, Inglaterra, Italia y Francia, sino al que habla y cae bien a sus allegados en Valledupar, sin necesidad de haber tenido el primer gran éxito musical con la nueva ola.

  Esperamos que Silvestre Dangond siga siendo el de antes, que desde que comenzó a grabar hizo ver, a parte de hacer sentir, la magia que tenía el vallenato. El talento cuántico hace parte de su vida, como sus facciones francesas o su estilo en tarima de saltar bailando, para llevar la música de su tierra más alto incluso que él. Aunque ya no es el joven de 24 años que alguna vez alcanzó la fama nacional, sus canciones continúan saliendo frescas como el nuevo público que las descubre. Con eso demuestra que nunca pasará de moda, y que por mucho que avance sobre nosotros el monstruo del tiempo, él siempre lo hará querido con su buena forma de cantar.

El autor

Juan Carlos Herrera nació el 8 de junio de 1979 en Riohacha, La Guajira, departamento de Colombia. A los quince años de edad comenzó a escribir en la máquina de su padre, al principio no tanto por ser un profesional de la escritura sino para parecerse a él. Fue entonces tantas veces por la tarde a la playa, frente a las olas y al lado izquierdo del muelle de madera de su pueblo, hasta darse cuenta de que era «El Escritor del Muelle». De esa manera, solo miraba lo que sucedía en el mar Caribe. Inspirado por aquella mágica región, Juan Carlos Herrera «El Escritor del Muelle» obtuvo la visión de cuán grande haría de ahora en adelante la literatura. Es autor del libro de cuentos Lo que hizo un colombiano por una visa, y de las novelas La bella mujer del narcoLa novia, Silvestre Dangond el dios de la nueva ola e Historia de amor. Relatar le mueve, y basta apenas leerlo, para enterarse de que es la mejor forma como aparece en el mundo.

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Correo electrónico: elescritordelmuelle33@yahoo.com

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