Por: Juan Carlos Herrera
En varios rincones, cada vez más suena el nombre de Wilder Navarro Quintero como el del hombre que terminará de llevar a cabo el cambio de Gustavo Petro a La Guajira, en vivo y en directo. Si bien Colombia Humana es un partido que tiene el poder presidencial, no es suficiente para ejercerlo en el árido desierto. Según la mayoría, con Wilder Navarro y gente guajira gobernando este departamento, laterá más el corazón en el lado izquierdo del pecho.
Se trata de un asunto gigante, teniendo en cuenta que estamos hablando del lugar de Colombia que menos se parece a la fría Bogotá. Lugar ardiente, de cactus y arena, donde las leyes que vienen desde el Congreso, no cambian para nada el mundo fantástico que determina el sueño de los indios guajiros. Pero hay algo más. Tan difícil como el triunfo nacional de Gustavo Petro, el hombre que en la actualidad, desde la Casa de Nariño, más sueña dormido por las noches con la República de Colombia. En efecto, oriundo de Cerro Peralta y abogado de profesión, Wilder Navarro sabe que enfrenta una empresa que hasta el sol de hoy no ha encontrado éxitos: la izquierda en La Guajira. Si bien estuvo a punto de hacerse realidad en tiempos de Lucho Gómez, representando al M-19, desde entonces son pocas las probabilidades de otros individuos de ganar en un departamento que, simbólicamente en el mapa, gira fuerte como un puño de derecha cerrado a la izquierda, para quedar frente a frente con la península de la Florida en los Estados Unidos.
Desde entonces, pocos en el socialismo han tenido esa opción de cambiar la forma de ser políticamente del desierto, que cuenta con mentes brillantes para la economía, como el líder cívico Alberto Palmarroza. Sin embargo, en vista del arribo con mariposas amarillas de Petro al poder, nada parece imposible en ningún lugar de Colombia, pues Colombia Humana se ha vuelto el partido más predicador, a parte de la paz, del «realismo mágico». Cualquier sueño, en la política, se está haciendo realidad como en Macondo todos los personajes extraordinarios, que le dio la gana de que existieran a Gabriel García Márquez.
Por lo tanto, se está sintiendo cada vez más la posibilidad de que exista La Guajira Humana. Si bien es una tierra de humanos, políticamente tiene fama en todo el país, como el departamento donde los gobernadores demoran más tiempo en campaña, que en el despacho del edificio frente a la Calle Primera. Es decir: una Guajira inhumana, porque siempre su gobernador desaparece de repente en lo jurídico, por hechos que no son asunto ni incumbencia de este periodista neutral.
Es como si el espíritu de Gobernador de La Guajira, no demorara en ningún cuerpo deseoso de ser poseído por él. Siempre está por ahí, cambiando rápido de cuerpos, buscando a un ser humano con amor, que merezca un título tan grande como el nombre del departamento.
Por ello, la izquierda —que ellos mismos prefieren llamar progresismo— está considerando el hecho no tanto de romper el paradigma de gobernar a La Guajira, sino de volver a hacer, como pasaba hace décadas, del gobernador el hombre más querido durante cuatro años en La Guajira. Llegar y salir tan feliz como cuando entró. Conocer todos los caminos, todos los pueblos, todos los habitantes. Todos los días mágicos de gobierno, que son bastante. Saber qué sueña la gente, dormida o despierta. Cumplir con ser siempre un gobernador, y no un gobernado por pocos.
Wilder Navarro quiere marcar ese antes y después. Se ve por todas partes, sabiendo que tiene el respaldo de muchos no solo para ganar los comicios, sino para hacer un momento amado por la historia. En estos días, en la consulta interna de Colombia Humana y dependencias de las registradurías, Wilder Navarro Quintero resultó ganador para ser precandidato. Para él es bastante, igual que ese esperado designio interpartidista del Pacto Histórico, que de seguro en junio lo comprometerá oficialmente con solo a servirle al bien. Su nombre suena como el del posible gobernador, humano antes de serlo y siéndolo. Según sus allegados de equipo, entre los que destacan el diligente empleado del las minas del Cerrejón (Darwin Castañeda Romero), Wilder Navarro está feliz como las indias con mantas engreídas de que, ante el vaivén del viento azaroso, las comparen con su tierra guajira.
Por otra parte, están las voces críticas del capitalismo. Las que dicen que no hará lo que pide el pueblo guajiro, sino lo que le indique por teléfono Gustavo Petro. Él acepta las críticas, porque son señales de que el sueño más grande de su vida, comienzan a verlo hasta los seres menos soñadores de La Guajira real.
Entre sus proyectos está incrementar la agricultura, como una forma de que la tierra dé la riqueza, sin esperarla del extranjero. En serio quiere trabajar, para que más gente trabaje. Gobernar bien es solo servir a los demás, está seguro. Además, sabe que atendiendo las necesidades de los habitantes menos favorecidos, estos se volverán al acto más seres humanos, que nos convencerán de la veracidad cartesiana de su proyecto.
Al mismo tiempo, sabe que se acerca una campaña donde tendrá férreos contendores que, sin necesidad de hacer parte de Colombia Humana, también fantasean con humanizar más a La Guajira. Liberales, conservadores, gente de otros partidos, poseen el mismo sueño de hacer de este departamento un lugar de buenas noticias, para que los medios de comunicación de cobertura nacional difundan que la Península comienza a ser de nuevo querida, no tanto por la gente como por sus dirigentes.
Esperemos, pues, qué pasará en octubre, donde un individuo como Wilder Navarro Quintero tiene dos descomunales retos, a diferencia de los otros candidatos. El primero: el progresismo mandando por primera vez desde la Calle de la Marina, ante el muelle de madera que más ama el mar Caribe, y el segundo: hacer como Gobernador las mejores cosas del cielo en la tierra guajira, sin necesidad durante cuatro años de dejar de ser humano.