Gran despedida en Riohacha a “Cheo” Márquez

Por: Juan Carlos Herrera

En la vida, nunca se alcanza a medir el gran cariño que le tiene la gente a alguien. Ni siquiera si son muy queridos como “Cheo” Márquez Curvelo, quien, a pesar de siempre gozar del cariño de todo el mundo, jamás se alcanzó a imaginar que su despedida fuera la muestra de amor más fiel que recibió de su pueblo. Incluso, en pleno entierro, la noticia de su muerte, fue tan dolorosa como la gran mayoría de personas lamentando que el único que no se diera cuenta de lo que estaba pasando, era en silencio él.

   Fue una verdad material. El estado también destrozado de la gente. Era impresionante un dolor que solo era sanado un poco, cuando todos se acordaban del merecido homenaje que recibió alguien que se destacó por ser buena gente. El mejor amigo de sus amigos, era la imagen que explicaba esa multitud, que no podía dejarlo solo cuando iba rumbo al cementerio, el lugar que menos tenía que ver con la personalidad de un hombre tan alegre y parrandero en la calle ardiente.

   Mucho se preguntaban, en medio de todo, por qué esa respuesta de sus seres queridos. Esa forma de ser tan exacta, que lo hizo más parecido con su buena madre.

   Hijo del conocido ex concejal de Manaure, Alejandro Marquez Mengual, y de la carismática Marilyn Curvelo Sijuna, vino al mundo con el don de gente. Desde niño se destacó por ser muy humano, dejando desde el primer momento que lo vieron sus padres, el mejor recuerdo. Su voz, dejaba en silencio a los demás. Su nombre era Alexander Rafael Márquez Curvelo, pero siempre fue conocido como “Cheo”. Le pusieron ese nombre por el niño de una telenovela que se parecía a él, y hasta el día de su muerte la mayoría de la gente en Riohacha creyó que se llamaba Eliceo, por el diminutivo de “Cheo”.

  Pero no solo en la casa. En la calle, Alexander Rafael también dejó alumbrando su sol. Fue amigo de sus amigos, con un amor por la parranda que lo hizo inmortal. Pero su gesto más grande fue la humildad, el carisma, la capacidad de caer bien en las personas apenas lo sentían hablar. Un chiste echar. Verlo a él, garantizaba a otro ser humano siempre quedar con un buen recuerdo.

   

Algo que aseguran sus hermanos Rafael Arcángel, Stephany Julieth, Yelinith Karina, Yorceli Saray, quienes gracias a “Cheo”, en lo que resta de la vida, tienen garantizados algo bueno que recordar.

   Quien más lo sabe es Yelena Pérez. Su compañera sentimental, que pudo conocerlo más que cualquiera, y ver dentro de él no solo al hombre popular, sino al enamorado que, gracias a ella, se fue de esta vida con el corazón más feliz del mundo. Por haberle dado su tesoro más soñado: su hija Shantal Márquez Pérez, la hermanita menor de Natalia Castañez Pérez. Por ellas, cómo por sus padres, hermanos, tíos, su sobrino Hugo Alejandro Márquez Navarro, primos y amigos, hubiera querido continuar la parranda. Para celebrar, como hacía a menudo, el invento magnífico que tuvo Dios con la vida, que a veces resulta fugaz.

  Por todas partes, era el mismo. Cuando trabajaba. Cuando sonreía, para ver la sonrisa de los demás. También personas de distintas partes de Riohacha, cuentan mejores las cosas, cuando se trata de él. En vista de eso la noticia de su muerte los dejó consternados, si él para todo el mundo, con su carisma y sonrisa, era lo que más se parecía a la larga vida.

   Nadie se imaginó que partiría algún día. La enfermedad llegó, apagando poco a poco su cuerpo, pero jamás su alma familiar. Fue llevado a Bucaramanga, sin poder imaginar que nunca volvería a ver a Riohacha, la ciudad que más le dio su personalidad, que tanto se extraña como los grandes días de la historia que por siempre se van.

   

Al conocerse su partida, no se pudo esperar una despedida menor en Barrio Arriba. Todos se alistaron para acompañarlo, y decirle con sus presencias, que querían el gran último recuerdo de él. Que durara más que su corta vida de 36 años de edad. Sonó la papayera, la ranchera, el acordeón con las canciones que le gustaban tanto, haciendo sentir que esa mañana de sol caluroso, era cuando más que nunca antes, se sintió el espíritu vivo de él. Incontables personas lloraban, de ver el sentimiento más grande que despertaba, la persona que ya menos estaba con ellas. 

    Su cuerpo obtuvo las honras fúnebres en la Iglesia de San Judas. Por último, en medio del cortejo sería traslado su ataúd al Cementerio Central, donde recibió el último adiós alguien que vivió para con su forma fácil de ser hacer sentir mejor a los demás que lo conocieron, o que, con el aumento de su fama, no lo pudimos conocer.

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