Por José Armando Olmedo Avila
En el reciente caso de la pérdida de Colombia como sede de los Juegos Panamericanos en 2027, se reflejóun panorama en donde no solo son malas decisiones en materia deportiva, sino la encarnecida incapacidad de no asumir responsabilidades por parte de la sociedad en general.
Cada uno busca como ver la mugre en el ojo ajeno, el gobierno Petro mira al gobierno de Duque y viceversa. De igual manera, sus respectivos ministros de Deportehacen lo mismo, es un juego de culpas que parece no tener fin. En términos generales, la lamentable perdida de la sede de los panamericanos es el más grande fracaso deportivo desde la perdida de la sede del mundial de futbol, en el año 1986. Esta situación revela la falta de madurez política y la tendencia arraigada a responsabilizar a otros en lugar de aceptar nuestras propias limitaciones.
Lo anteriormente descrito es más grabe cuando pasa en las administraciones locales y en las pequeñas empresas municipales. Nadie responde por nadie ni por nada. Solo somos responsables de los actos cuando hay felicitaciones y logros. En los errores, nadie acepta la culpa, que mal ejemplo dan los administradores de lo público a la comunidad.
Se ha vuelto Colombia en un país donde la cultura de la culpa se ha convertido en un tabú, es común ver cómo incluso los fracasos más simples se transforman en disputas interminables. Pequeños fracasos, son causantes de guerras, disputas por el poder interminables, en fin, la incapacidad de aceptar nuestras responsabilidades parece ser un lastre que llevamos con nosotros, tanto en las altas esferas del poder como en la vida cotidiana.
En este juego de culpas, se desdibujan las líneas de la verdad y se privilegia la confrontación sobre la sinceridad. El colombianismo, ese arraigado temor a asumir nuestras culpas, nos impide avanzar y aprender de nuestros errores. ¿Cuándo será el momento en que alguien diga «yo tuve la culpa» sin temor a represalias?
La falta de transparencia y la reticencia a reconocer fallos no solo dañan nuestra imagen a nivel internacional, sino que también perpetúan una cultura de confrontación en lugar de colaboración. La mesa coja, sostenida a duras penas, termina por colapsar inevitablemente, llevándose consigo todo lo que estaba sobre ella.
Colombia necesita un cambio cultural urgente. Dejemos de lado el miedo a asumir responsabilidades y abracemos la verdad, incluso cuando sea incómoda. Solo así podremos construir un país más fuerte, resiliente y dispuesto a aprender de sus errores en lugar de esquivar la realidad con el juego interminable de las culpas