POR ROBERTO GUTIÉRREZ CASTAÑEDA
Wikipedia define Memoria Histórica: “Concepto historiográfico que viene a designar el esfuerzo consciente de los grupos humanos por encontrar su pasado, sea este real o imaginado, valorándolo y tratándolo con especial respeto”.
En concordancia con este concepto podemos afirmar que nuestra ciudad carece de memoria en lo urbanístico, en lo cultural y lo social.
La Riohacha actual no evoca su pasado y como tal nada dice a propios y extraños. Cartagena es recordada por sus murallas, Santa Marta por la Quinta de San Pedro Alejandrino, Sincelejo por sus corralejas, Popayán por sus iglesias y el puente del Humilladero, Ipiales por el Santuario de las Lajas; en todos los lugares, en nuestro país y el mundo, un hito histórico,físico o inmaterial plasma en nuestro imaginario la imagen de la ciudad que representan; en Riohacha,exceptuando el sempiterno olor a aguas residuales el murmullo de los delitos oficiales que se ha convertido en parte del paisaje el caos urbanístico y la desolación, nada nos hace remembrar la ciudad que tanto amamos de la cual han borrado desde su tradición y su arquitectura hasta las emblemáticas construcciones que atestiguaban la transformación de la ciudad a través del tiempo consecuencia de una generación indolente que, ignorante de su historia, se debate en el carrusel de la mediocridad, el facilismo y el analfabetismo funcional.
El karma de Riohacha desde su fundación es la tendencia a desaparecer, a ser inmolada, a transformarse sin guardar vestigios de su pasado. Desde las dunas de Jepirachi o Cabo de la Vela hasta y su traslado a la desembocadura del Ranchería ha sido una lucha perenne, persistente, constante contra los embates de la naturaleza como el tsunami de 14de mayo de 1663 del que según la tradición la salvó la Virgen de los Remedios, hasta el ataque de los corsarios y piratas y, el peor de todos, la acción proditoria y depredadora de sus propios habitantes.
Familias nacidas o criadas o enaltecidas en Riohachamigraron a sembrar riquezas en otros lares, los Dugand, Daes, Chams, Abuchaibe en Barranquilla, para no citar a los de Santa Marta que, al fin y al cabo, era nuestra capital. En la carrera Sexta con Avenida Jiménez en Bogotá existe el edificio Riohachade varios pisos de estilo republicano que es la añoranza melancólica de un riohachero que sacudió sus sandalias cuando salió de la ciudad.
Pecados veniales si los comparamos con los daños de funcionarios nativos con una falsa concepción de la historia y el desarrollo urbanístico de la ciudad, pero con gran sentido mercantilista, que prohijaron la demolición de los hitos urbanístico de vestigio colonial que existían en la avenida primera sustituidos por edificaciones sin personalidad ni integración con el medio ambiente, la demolición por el capricho de un funcionario gubernamental de la cárcel situada a la orilla del mar frente al hoy llamado edificio de la Lotería , en la que estuvo preso Henri Charriére más conocido como Papillon por el título de la novela autobiográfica donde narra su fuga de la Isla del Diablo (Guayana Francesa) donde purgaba cadena perpetua por un crimen que no cometió. Si los franceses hubieran actuado con la misma desidia histórica.
RIOHACHA, CIUDAD SIN MEMORIA
con que que lo han hecho los riohacheros hubieran demolida la torre Eiffel y la hubieran vendido como chatarra como están dejando que se derrumbe el emblemático teatro Aurora y el mal llamado Centro Cultural que de Centro tiene poco y de Cultura menosy la Casa de la Aduana situada en la calle tercera entre carreras 5 y 6 y se haya borrado de la memoria colectiva el nombre de sus calles y de sectores barriales que tenían identidad propia como El Guapo, Guamaca, El Pimpá, las Tablitas o Villamizar Flores, Barrio Arriba, las Curtiembres (manantial del barro insignia de los Embarradores), el Patrón lugar de romería de los estudiantes los fines de semana y época de vacaciones y la desecación de la Laguna Salá donde Padilla dio batalla y venció a los españoles y que servía de zona de mitigación de las periódicas crecidas del Ranchería y protegía de inundación al barrio Arriba. Ni la iglesia catedral se salvó de la acción des dibujadora de la historia, de iglesia de arquitectura colonial española con cúpula redonda, contrafuertes en la parte posterior, púlpito en madera labrada y piso embaldosado con las lápidas de los antepasados fallecidos donde su lectura permitía a propios y extraños conocer la prosapia de las familias vernáculas devino en una catedral con mármol bogotano que se corroe con la salinidad, sin personalidad y sin estilo definido. Hasta los sabores y nombres de nuestras comidas, frutas y confituras ha cambiado: de la arepuela de dulce y de sal con orificio en el centro a la arepa frita solo de dulce y plana, el jugo de jovita de lata se llama limonada de corocito, el pastel es tamal, el pudín es ponqué o torta; el pastelito empanada; el guineo banano o cayeye y, como cereza del pastel, ya no vivimos en Riohacha sino en Riguacha por lo tanto ya no somos riohacheros sino riguacheros.
Lo que dice el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique parece formulado para identificar a una Riohacha sin pasado y con un incierto futuro: “Es triste comprobar como una ciudad va perdiendo su fisonomía”.