Con Rafael Orozco, la magia por primera vez fue escuchada

Por: Juan Carlos Herrera

En alguna ocasión, al tener la oportunidad de escuchar su tono después de tantos años de hacerlo, caí en la cuenta de que este cantante entraba más fácil por los oídos que los demás. Su garganta armoniosa, afinada pero, sobre todo, dotándolo como a un maestro, producía encanto hasta sin necesidad de emitir palabras. Desde entonces lo he seguido más en su estilo, porque cuando en un villancicocomo «Navidad» del compositor Rosendo Romero, dejade sonar el acordeón virtuoso de Israel Romero, la voz de Rafael Orozco parece en el vallenato lo primero. El legado romántico nació con él, y también la costumbre de cantar como un verdadero profesional en nuestro folclor grande.

  Por lo tanto, es bueno analizar qué factores llevaron al hijo predilecto de Becerril muerto hace treinta años, a ser un exponente en vida de lo sobrenatural. Es que, sin lugar a dudas, con él por primera vez la magia de verdad, que tantas cosas hizo desde la prehistoria con los chamanes, ahora se sentía más fácil gracias a su música.

La serpiente Doroy fue la anunciante

Recuerda la gente de la región, que durante el embarazo de Cristina Maestre, el canto del otro mundo ya dejaba saber cómo era. Fue por causa de la serpiente Doroy, un animal tan grande que aunque se vea por el rostro, no hay vida larga que permita llegar a ver qué tan largo es. Mientras tenía a su hijo en el vientre, ella sintió melódicamente a este reptil mitológico hasta imaginarlo. Cuando eso pasa con una mujer a punto de dar a luz, quiere decir, según la superstición popular, que las personas que vienen a la vida tendrán un talento para el canto, que tampoco la ciencia hasta ahora conocida puede medir.

  Por lo tanto, el 24 de marzo de 1954, día de su nacimiento, no haría llegar del Medio Oriente a los Tres Reyes Magos, pero sí a muchos curiosos a su humilde rancho. Querían conocer al niño que puso a cantar a la serpiente más grande de la tierra. Él lloraba, y para la gente esa era la forma más primitiva siempre de hacer la música. La de él sería distinta, porque antes de nacer, ya era el único cantante en la historia del vallenato que un pueblo entero estaba esperando.

  A pesar de la magia, y crecer en Becerril cuyo nombre nos recuerda también a Belén, Rafael José Orozco Maestreconoció la realidad como todo niño. De hecho, por el «realismo mágico» le tocó ser adulto antes de cumplir losaños que exigían eso. Por eso se montaba en su burro «ElÑato», recogiendo agua en el río Maracas, para venderla por todo el caserío macondiano. Aunque los lugareños sabían de su maravilloso futuro musical, les gustaba de verdad en esos días más el agua que les llevaba para beber.Rafael Orozco ganaba dinero, y ayudaba con alegría mesiánica su familia. Así fue naciendo en él el sentido deempresario, que ayudaría a sacar adelante la nómina de una agrupación como el Binomio de Oro. De paso, aprovechaba esas faenas para cantar, más y mejor que el monstruo de la Doroy. Fue un juglar, como el legendarioFrancisco el Hombre, que si bien no llevaba noticias de pueblo en pueblo, iba llevando el agua dulce que también sabía a los cantos de Jorge Oñate y Poncho Zuleta, que él entonaba. Fue la imagen que siempre tendrían en ese pueblo del Cesar de él, por mucho que años después viajara con bigote, su lunar en el cachete y fino esmoquin por el resto del continente.

  Para imitar a su padre llamado también Rafael Orozco, Rafael Orozco Junior quiso ser acordeonero. En varias ocasiones tomó el rojo acordeón alemán, para con sus notas sentirlo mejor. Su madre se opuso con rabia a esto, quizás porque su hijo le recordaba la magia de la Doroy, solo cuando cantaba.

Valledupar

En efecto, en Valledupar fueron sintiendo lo mismo. Desde que llegó, se preocupó por cantar primero que por hablar.En el colegio Loperena, en un concurso donde derrotó en tarima a contendores como Juvenal Daza, Octavio Daza, Adalberto Ariño y Diomedes Díaz, fueron asombrados con un canto mágico que ya se sentía mucho antes de él haber nacido. Si bien Diomedes Díaz reconoció su superioridad serpentina como cantante, mas no en todo lo musical, le terminaría entregando la bonita canción «Cariñito de mi vida». Al grabarla con su compañero el acordeonero Emilio Oviedo en Codiscos en Medellín, y bautizar al compositor de ella como El Cacique de La Junta,  ahora pasaba lo que más asombraba de la Doroy, por encima de su canto. Por comenzar a recorrer el mundo en 1975, y escucharse con éxito en todas las emisoras, ya no había manera de asegurar en qué parte terminaba la voz de Rafael Orozco.

  Pero fue con Israel Romero, con que demostró que era el primer cantante, que llevó a que la música vallenatatuviera el valor del oro. Sucedió en el cumpleaños de Mario Ceballos, director de la Universidad Autónoma del Caribe en Barranquilla, donde la magia de esa unión se encontró con sus mejores creyentes: el gran público. Luego, en casa del locutor Lenín Bueno Suárez en el barrio Boston, en medio de la parranda los amigos decidieron ser eternos compañeros. La canción «La creciente», de Hernando Marín, y dedicada a su esposa Clara Elena Cabello, natural de Urumita, dejó claro que su genio en el recién fundado Binomio de Oro no tenía que ver con la moda, sino con un tiempo muchísimo más largo que el de la vida misma.

El mago

La fama era del prestidigitador del micrófono, Rafael Orozco. Por donde se presentaba con el Binomio de Oro, ahora también metía y sacaba del sombrero negro a Fama, la hija de Júpiter, convertida de pronto en los medios de comunicación para hablar sin parar de él, como si la música de alguien fuera más para que otros la hablaran que para que la cantaran por él. Lanzarían sucesivosálbumes a finales de cada año en diciembre, que tambiénpor sus ventas se volvían «discos de oro», e irían a internacionalizar por primera vez el vallenato al templo musical de Manhattan. Por su parte, Israel Romero sería confirmado matemáticamente por las computadoras de la Universidad de Mariland, como el mejor acordeonero del mundo. La varita mágica la tenía Rafael Orozco: su madre Cristina Maestre no lo dejó ser acordeonero, pero él entonces tenía ahora de compañero a un joven moreno de Villanueva, que con sus manos sabía agarrar el acordeónHohner mejor que nadie. Cuando se presentaron por segunda vez en octubre de 1987 en el Madison SquareGarden de Nueva York, nadie dudaba de que la realidad extraordinaria del muchacho de Becerril no hubiera sido posible, sin el sueño de grandeza que tuvo al lado de las cantimploras desde su burro «El Ñato».

  Por consiguiente, el mundo entero estaba tan enamorado de la magia-espectáculo de Rafael Orozco, que años después casi no lo dejaba vivir en Colombia. Aunque le gustaba triunfar en el exterior como en la Calle Ocho de Miami, se sentía el hombre más alegre de todos en su propio país. Sobre todo en su amada Barranquilla, donde le gustaba más mamar gallo y jugar el fútbol al estilo del Atlético Junior, que cantar a veces como un verdaderogallo. De paso, en los pueblos de la Costa Caribe, sobre todo en los departamentos del Cesar y de La Guajira, tenía tiempo de acordarse de su rivalidad con Diomedes Díaz, el otro cantante milagroso que llegaba directamente al corazón. Pero los empresarios más allá de la frontera, al conjunto que más demandaban por su presencia era el Binomio de Oro. En Venezuela expuso el mago sus trucos de vocalización a muchas ciudades que lo aplaudían, y hasta les dedicó el grupo alquímico la canción «Recorriendo a Venezuela», que lo llevó a ser más querido religiosamente –¡en verdad!— que cualquier gran cantante nacido allí. En los Estados Unidos de América, en la remota Europa, el Binomio de Oro seguía con sus giras exportando al extranjero el mejor vallenato, antes de que apareciera gigante el samario Carlos Vives con Clásicosde la Provincia.

  En realidad, hablar con su familia en el norte de Barranquilla, era lo que más le gustaba por encima de cantar con ilusionismo. Era su alma, y era imposible que Rafael Orozco hubiera antes conocido tanto la felicidad, como desde que Clara Elena Cabello le regalara sus tres hijas, Kelly, Wendy y Loraine. No había más magia blancaque cargarlas, darles regalos y tomarse fotos con ellas,donde quedó constancia de que ese amor fue real. A la vez, estaba de moda la canción «Solo para ti», de su autoría y dedicada como homenaje a su esposa eterna. El último Congo de Oro obtenido en el carnaval, era suyo y de su conjunto. Las amistades como el periodista Fabio Poveda Márquez, dejaban claro que era un hombre idolatrado hasta por la clase más alta de la sociedad Barranquilla. El pueblo entero amaba a su artista, el cantante Juan Piña saltaba de alegría con su hermandad, y por eso era impensable que alguien pensara distinto, encontra de él, y mucho menos de forma criminal. La noche del 11 de junio de 1992, había sido de las más felices de su corta existencia, como la tuvo anteriormente Jesucristo. Fue en ese momento en que más sentía el calor humano, en la terraza de la casa donde jamás hubiera querido morir. Sin embargo, fue allí mismo donde las personas que más lo amaban y lo amarían por siempre, después de sentir con terror los disparos que lo crucificaron, comenzarían a despedirlo rumbo al otro mundo del que definitivamente vino su canto inmortal.

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