LA CONSOLIDACIÓN DE LOS EXTREMOS Y LA DEBACLE DE LOS PARTIDOS TRADICIONALES

Por Jhon Jairo Cataño

Las elecciones presidenciales en primera vuelta 2026 dejaron una verdad incómoda para quienes aún creen en los matices, Colombia votó nuevamente por los extremos, con Abelardo De la Espriella obteniendo el 43,74% de los votos e Iván Cepeda Castro con el 40,90% el país confirmó que la moderación no es rentable electoralmente y que el centro político sigue convertido en un espectador irrelevante de la disputa por el poder nacional.

Los resultados no solo definieron una segunda vuelta, también revelaron el estado de ánimo de una sociedad que parece sentirse más cómoda en la confrontación que en el consenso. 

Mientras la derecha y la izquierda radical se preparan para una batalla campal por la Presidencia de la República, las voces que defienden la educación, la ciencia, la innovación, las libertades individuales, la diversidad cultural y sexual, y la construcción de acuerdos fueron nuevamente relevadas por el lenguaje de la descalificación.

La primera gran derrotada de la jornada fue la política tradicional, lo ocurrido recuerda las elecciones del 2022, cuando Gustavo Petro y Rodolfo Hernández desplazaron a los partidos históricos y ambos concentraron la discusión electoral de ese entonces.

Cuatro años después, la historia se repite, las maquinarias tradicionales ya no son suficientes para llegar al poder.

Pero existe un elemento aún más preocupante, los colombianos somos incapaces de superar las diferencias del pasado, ya que en pleno siglo XXI, cuando el mundo discute inteligencia artificial, transición energética, innovación tecnológica y competitividad global, seguimos votando por narrativas alrededor del conflicto armado, la seguridad y la guerra. 

Los recientes atentados y el fortalecimiento de grupos armados ilegales terminaron convirtiéndose en la peor campaña posible para el proyecto de la denominada Paz Total del presidente Gustavo Petro, lo que debía ser el legado histórico de su gobierno terminó siendo uno de sus mayores contradictores políticos.

En ese escenario surgió el gran ganador de la noche, Abelardo De la Espriella. 

Más allá de sus votos, su triunfo parcial tiene un enorme significado  simbólico. Por primera vez en muchos años aparece una figura capaz de disputar seriamente el liderazgo de la derecha colombiana sin depender directamente de Álvaro Uribe Vélez. Este outsider como se hacer llamar logró recoger las banderas del uribismo, amplificarlo mediante una estrategia digital agresiva y adaptarlo a los nuevos tiempos de la comunicación en política.

La evidencia más contundente de ese fenómeno es la hecatombe de Paloma Valencia, la candidata que debía representar la continuidad natural del liderazgo uribista terminó convertida en una figura disminuida  dentro de la contienda electoral, quedando claro que la derecha o buena parte de sus votantes encontraron un nuevo referente político.

Tampoco puede ignorarse que la fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia envió señales contradictorias a una parte de su electorado, la incorporación de Juan Daniel Oviedo que buscaba acercarse al centro político y ampliar la coalición electoral, generó cuestionamientos dentro de sectores conservadores que históricamente han respaldado al uribismo y que observaron con recelo una alianza que incorporaba a un dirigente identificado con posiciones más cercanas al centro político y con una representación simbólica importante para la comunidad LGBTIQ+. 

Pareciera que en política intentar agradar a todos suele ser la forma más rápida de no convencer a nadie.

Del otro lado, Iván Cepeda logró consolidar el voto de izquierda y garantizar la supervivencia del proyecto político de Gustavo Petro. No obstante, su votación también refleja las tensiones y contradicciones acumuladas durante estos años de gobierno.

Lo que viene ahora podría ser aún más preocupante, todo indica que la segunda vuelta estará marcada por una radicalización del discurso político, los ataques personales, las descalificaciones y las narrativas apocalípticas probablemente reemplazarán las discusiones sobre propuestas concretas. Cada candidato intentará convencer al país de que su rival representa una amenaza existencial para la democracia.

Mientras tanto, los sectores de centro vuelven a convertirse en los árbitros de una contienda que no lograron protagonizar, los votos obtenidos por Sergio Fajardo, Claudia López, Juan Daniel Oviedo y otros liderazgos moderados podrían ser decisivos. La pregunta es si esos casi tres millones de ciudadanos estarán dispuestos a escoger entre dos proyectos políticos que representan precisamente aquello de lo que intentaban escapar.

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