POR ALEJANDRO RUTTO MARTINEZ
Era una tarde de fútbol en Maicao y eso significaba varias cosas: mucho sol, calor intenso, sudor a raudales, colas largas frente al carro en el que Mane vendía sus “raspaos” de cola, tamarindo y naranja, mucha gente y…pocos goles.
El Deportivo Maicao atravesaba una intensa y prolongada sequía de goles que no finalizaba a pesar de los experimentos del técnico Luis Montúfar y de tener en su plantilla a delanteros de la categoría de Jumbo Torres y Fredy Vega.
En todo caso la gente seguía asistiendo al fútbol con la esperanza de que un día de bendición y de milagro celestial, por fin la pelota ingresara al marco y el equipo volviera a retomar la extraviada senda de la victoria.
El Flaco que vendía periódicos asistía como de costumbre con su cerveza en la mano; Alcides, el vendedor de quesos en el mercado juraba que ese día Maicao iba a ganar por encima de la cabeza del que fuera; Juancho vendía chorizos impregnados en aceite y esparcía el oloroso humo por todos los rincones del barrio San José.
Todo estaba dado para la fiesta. El equipo se esforzaba, jugaba como un reloj suizo, acorralaba al adversario contra su propia portería, era dueño de la posesión, pero no daba la puntada final para anotar el ansiado gol de la victoria.
Ni la sirena de Enot Camargo, ni los gritos de Wilfrido Molina desde lo más alto de la gradería lograban empujar el balón para que atravesara la línea de gol. Luis Octavio Cruz, el narrador de Radio Península se quedaba cada cinco minutos con el grito de gol atragantado en la garganta.
Cuando el árbitro señaló el punto central del campo y dio tres pitazos para señalar que finalizaba el juego, cundió la decepción en todo el estadio. Tres mil ciudadanos tristes comenzaron a desfilar hacia sus hogares mascullando insultos y juramentos.
Algunos decidieron arrimarse al Tenampa, un bar administrado por Rafael Martínez para ahogar sus penas. El más patético de todos fue un señor moreno, a quien apodaban “Mamá” Dolores. A la salida del estadio rompió en mil pedazos la colilla de la boleta se arrodilló, alzó los brazos al cielo y juró que nunca más regresaría al estadio.
A nuestra cabina de radio se acercó Pedro puerto Mejía, un líder cívico y Deportivo de Uribia. En medio de la ruidosa multitud me dijo un secreto al oído. Lo escuché con atención y convine con él en transmitir su mensaje a las personas idóneas.
Y así lo hice, una tarde me reuní con varios directivos del equipo y les transmití el menaje recibido. Con su cara de preocupación me dijeron que estudiarían el tema, pero después no volví a saber que hubieran tomado alguna decisión.
Una semana después de esa desastrosa tarde el equipo viajó a Barranquilla en donde fue derrotado 2-0 por Deportivo Rebolo. De nuevo fue dominador del partido pero fue incapaz de concretar una de las diez oportunidades de gol que tuvo. “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”, comentó Víctor “La Guaya” Huguet cuando lo entrevistamos para el programa radial Península y los Deportes.
Llegó el siguiente domingo y el Deportivo Maicao actuaba de nuevo como local. En un pueblo en el que ya no había cines y tampoco muchos lugares de diversión, el fútbol dominical era una de las pocas cosas que se podían hacer cada quince días, de manera que, a pesar de los malos resultados del equipo, la gente se congregaba como hormigas frente a la taquilla del estadio Hernando Urrea Acosta.
La policía debió esforzarse para organizar a los hinchas en una fila para que todos pudieran comprar su boleta de entrada.
Dicha fila era encabezada por “Mama” Dolores, vestido de camisa blanca y bluyines desteñidos.
Cuando le preguntaron por el famoso juramento que había hecho dos semanas antes, respondió sin ruborizarse:
-Vea primo, aquí no hay mas ná que hace. Ustedes qué quieren, ¿que me quede encerrao en la casa?
La fiesta del fútbol fue bien bonita, pero de nuevo volvió a faltar lo esencial: el gol. Atlético Sabanalarga parecía tener un camión parqueado en la portería. A pesar del buen juego del Deportivo Maicao la pelota se negó a penetrar en la portería.
El juego terminó con un lánguido 0-0. Ni los chorizos, ni los raspaos ni la buena narración de Luis Octavio Cruz pudieron alegrarle la tarde a la gente que se fue brava por el empate y por la falta de gol.
“Mamá” Dolores volvió a hacer su enfático juramento y “Popo” uno de los personajes más conocidos del pueblo tiró su radio azul contra el suelo en señal de protesta.
Cuando recogíamos los cables y las consolas después de finalizar la transmisión, se me acercó de nuevo Pedro Puerto y me volvió a decir al oído el mismo secreto de la vez pasada. Le respondí que había hablado en los directivos y aún no tenía una respuesta.
-No hables más con los directivos, mejor conversa con el técnico me aconsejó.
Esa misma noche fui a la casa de Luis Montúfar, director técnico del equipo. Le transmití el mensaje procedente de Uribia sin mayores rodeos.
Él me escuchó atentamente, me miró a los ojos y guardó un largo e incómodo silencio. El ambiente fue invadido por un aire gélido que me hizo contener la respiración. Por un momento me arrepentí de ser emisario de ese mensaje. Ya iba yo a hablar, talvez para decirle a Montúfar que habláramos al día siguiente, que lo pensara bien.
Sin embargo, después de respirar profundo, pronunció algunas pocas palabras:
-Yo no creo en fantasmas, pero dígale que sí, que me lo mande…
Transcurrió la semana entre los ácidos comentarios de la afición, la amenaza de no ir al estadio y el pesar porque el equipo jugaba bien pero no marcaba ni un gol. Es cono si alguien hubiera sembrado una muralla en las porterías contrarias o una puerta con candado y hubiera botado la llave.
El domingo en la tarde Maicao jugó de nuevo como local en esta ocasión ante Ciénaga. Las tribunas estaban menos concurridas que en otras tardes, “Mamá” Dolores se encontraba silencioso, “Guaira Carrillo disfrutaba de su raspao de cola con leche sin conversar con nadie. El juego parecía clonado de los anteriores: toque toque del deportivo Maicao, llegadas continuas al área rival, el portero visitante constituido en figura y el polvo dándole de frente en la cara a los espectadores.
A los ochenta minutos Luis Montúfar quemó tomó la arriesgada decisión de sacar a “Coco” Pinto para enviar al terreno de juego a un muchacho nuevo.
Luis Octavio Cruz preguntaba desesperado el nombre del revulsivo así que me acerqué a su oído y le dije de quién se trataba.
A los ochenta y siete minutos se produce una nueva llegada del Deportivo Maicao.
En medio de un bosque de piernas alguien pateó y la pelota fue rechazada por el portero, el rebote un nuevo disparo y el balón se estrelló en el vertical…pero unos segundos después apareció un pie ajustado a una pierna tan delgada como el bolillo de los policías y…¡Aleluya! El balón se fue al fondo de la red.
-Gooooooooooooooool del Deportivo Maicao, cantaba emocionado Luis Octavio Cruz. Gooooool de… y me tocaba el hombro para que lo ayudara a identificar al autor del tanto, un muchacho de Maicao, que se había ido para Uribia y ahora reaparecía en su tierra para romper un prolongado ayuno de gol.
Luis Octavio Cruz alargaba su grito de gol a la espera de que lo ayudara con el nombre del autor.
Le dije el nombre al oído.
-Gooooooooooool de Asterio “El Fantasma” Vides!!!!
“Así fueron los inicios de Asterio Vides en el Deportivo Maicao”, contaba Armando Correa Saavedra a sus oyentes del noticiero.
Pedro Puerto Mejía nos adelantó que su pupilo no se mostraba mucho, pero de repente aparecía de la nada, como un fantasma y mandaba la pelota al fondo de la red.
Ese fue solo el comienzo, porque después vinieron goles y más goles que le abrieron la puerta para consagrarse en el equipo de la frontera y abrir las puertas para viajar a Barranquilla a hacer parte de la nómina de Junior de Barranquilla.
Y pensar que todo comenzó en una época de sequía goleadora. Y pensar que Asterio primero tuvo que ir a Uribia para que desde allá lo mandaran a Maicao. Y pensar que un periodista fue el intermediario. Y pensar, sólo pensar que el director técnico había manifestado que no creía en fantasmas. Pero al final, un Fantasma lo ayudó a ganar partidos y títulos.
En aquel tiempo Asterio Vides era un fantasma en el campo, un ilusionista del balón que deslizaba su talento entre las piernas de los rivales y encendía las gradas con cada gol. Fue un caballero en la cancha, de esos que dejaban huella en el césped y en la memoria de la afición. Pero los días del fútbol se fueron disipando como el eco de un estadio vacío, y el Fantasma cambió su destino.
El día en que llegó a los pies de Cristo fue el verdadero giro de su vida. Decidió dejarlo todo atrás: los aplausos, la adrenalina de los partidos, la gloria pasajera, y dedicarse a servir a Dios. Como si hubiera cambiado el uniforme de su equipo por una túnica de fe, Asterio tomó un nuevo rumbo, uno que no lo llevaría a levantar trofeos, sino a levantar almas.
Se casó con Aracelys Peláez, su fiel compañera de vida y ministerio, con quien comparte la misión de llevar las buenas nuevas de salvación.
Hoy, lejos del bullicio del estadio, lidera con serenidad la iglesia, rodeado del amor de su familia, de sus hijos y nietos, y de una feligresía que lo sigue como antes lo seguían los hinchas.
Los que lo conocieron en el fútbol aún recuerdan la magia de sus goles, pero ahora lo ven con admiración por su nueva labor.
Asterio ya no es un secreto ni un Fantasma, ni el delantero que conseguía el tiquete para que el Deportivo Maicao fuera campeón. Hoy, con la Biblia en mano, ayuda a otros a asegurar su tiquete hacia la Patria celestial. Y esa, sin duda, es su mayor victoria.