- “El fútbol es la única religión que no tiene ateos.” —Eduardo Galeano.
POR ALEJANDRO RUTTO MARTINEZ
El sonido de sus pasos en las calles de Maicao ni siquiera se nota. Va y viene sin hacer ruido por calles y carreras desafiando el sol que se eleva hacia lo alto de la cúpula celeste y el calor hirviente del suelo pedregoso sobre el que se posan sus pies desnudos. Andar descalzo era su marca personal, un sello que estuvo en su ADN desde los tiempos de la más tierna infancia, un poco después de que naciera en la casa de sus padres Adolfo Zúñiga y Generosa Díaz en la calle 11 de Maicao. No mucho tiempo después se mudaron a la calle 14 con la carrera 14 en donde el joven Petronio Antonio se hizo célebre por sus ocurrencias de varoncito des, sus travesuras de niño despierto
Petronio Antonio Zúñiga Díaz, nuestro héroe, creció en medio de una “gallada” de inseparables amigos que decidió unir sus vidas para pasarla bien sin hacerle daño a nadie. De ese grupo hicieron parte Madrina Hernández, Tete Martínez, Ades Araméndiz, Álvaro “Carrera” Núñez, “Pachín” Araméndiz, Canaché Bolívar y otros. Desde las primeras horas de la mañana caminaban a lo largo de la calle 14, visitaban las casas de sus padres, comían juntos bailaban juntos y solo se separaban para dormir cada uno en su casa normalmente en horas que desafiaban el reglamento impuesto por los mayores.
En algunas ocasiones Petronio se apartaba del grupo y pasaba algún tiempo en conversaciones con el profesor José María “Chema” Pérez. ¿De qué hablaban? Sus amigos no lo sabían. Sólo veían que “Chema” hablaba y Petronio lo escuchaba con sin igual interés.
Parte del tiempo de los muchachos lo invertían en la práctica del fútbol callejero. DE ahí no pasó mucho tiempo antes de que a alguno de ellos se le ocurriera crear un equipo que pudiera competir en los torneos municipales. Fue así como nació un equipo de buen rendimiento llamado Cicla Philips en el que Petronio actuaba como guardián del arco, posición en la que se destacaba por sus movimientos felinos y por sus asombrosas tiradas de palo a palo.
Después vinieron sus pasos por otros equipos como el Fogón Guajiro y el glorioso Deportivo Maicao, que por ese tiempo disputaba torneos domésticos y algunos partidos con escuadras de otros municipios.
Los diálogos con “Chema” Pérez continuaban, pero aún no es tiempo de revelar a qué le dedicaban tanto tiempo.
Petronio en sus cortos días en el colegio no fue amigo del álgebra de Baldor ni de Don Quijote de la Mancha. En cambio, vivía abstraído con un libro más pequeño y muy poco solicitado por sus amigos: se titulaba: “Las reglas el fútbol”.
De tanto leer ese libro y de ver partidos en la Cancha de las Monjas y en el estadio San José le nació una vocación muy especial: árbitro de fútbol.
Petronio se llevaba las manos a la cabeza cada vez que un árbitro erraba en una decisión. Con el reglamento en la mano, explicaba a quien quisiera escucharlo cuál habría sido el fallo correcto. Algunos se burlaban, pero otros asentían en silencio. No faltó quien le creyera y llevara el rumor a los directivos del comité de fútbol: había un muchacho que dominaba las reglas del juego con la precisión de un abogado recitando los artículos del código penal.
Maximiliano Moscote, uno de los hombres fuertes del fútbol maicaero, sintió curiosidad por aquel joven que se sabía el reglamento al pie de la letra. Una tarde cualquiera, sin previo aviso, llegó hasta la casa de Generosa para hacerle una propuesta: quería verlo en el cuerpo arbitral de los campeonatos locales. Petronio se resistió al principio, enumeró una lista de objeciones, pero Maximiliano las fue derribando una a una. Cuando no le quedó más remedio, aceptó la invitación y subió a la camioneta.
El vehículo avanzó hasta la Calle 9 con Carrera 15, donde funcionaba la legendaria Sastrería Ariel. Allí, Ariel Molina, el sastre más renombrado de la ciudad, lo midió con el esmero de quien viste a un personaje importante. Petronio, aún incrédulo, sacó de su bolso una revista y se la mostró. En la portada aparecía “El Chato” Velásquez, el mejor árbitro de Colombia, con su camisa negra de manga larga con vivos blancos y pantaloneta a juego. Molina miró la imagen con atención, tomó nota de las medidas y recibió el anticipo que Maximiliano le extendió con la seguridad de quien tiene todo planeado. Dos días después, el uniforme estaría listo.
De nuevo en la camioneta, Petronio supuso que regresaban a casa. Pero de pronto, Maximiliano desvió el rumbo y se internó en las calles del centro. Detuvo el vehículo frente a un local y le hizo señas para que bajara. Petronio leyó el rótulo en la entrada y su semblante cambió. Se cruzó de brazos, endureció la mirada y estuvo a punto de echar a correr. Maximiliano suspiró, sabiendo que no sería fácil.
El cartel decía en letras grandes: Almacén «La Arenosa» – Especialistas en calzado. El muchacho nunca había usado zapatos. Maximiliano, que ya había sido advertido, comprendió que, si quería verlo en la cancha, tendría que equiparlo de pies a cabeza. La negociación fue tensa, pero al final, lograron un acuerdo. Petronio cruzó la puerta con resignación, aunque en el fondo, quizá con algo de emoción.
Sin embargo, la jornada aún no terminaba. En “La Arenosa” no tenían los guayos adecuados, así que el destino final sería el Almacén Solo Deportes, a pocas cuadras de allí. Mientras caminaban, Moscote sonreía con picardía. Sabía que aquel día no solo le compraba un uniforme y unos zapatos a un muchacho testarudo, sino que le abría la puerta a un futuro que aún ni él mismo imaginaba.
Cuando se estrecharon las manos por última vez aquella tarde, Maximiliano sintió que había hecho algo grande por el fútbol. Petronio, su nuevo pupilo, debutaría el domingo a las 3:30 de la tarde en un duelo de alto voltaje: Abastos de la Costa contra Libreta de Plata.
El partido fue su bautizo de fuego y salió ileso. Dirigió con firmeza, sin dejarse llevar por las emociones. Aplicó el reglamento al pie de la letra y, ante las primeras protestas, sacó un par de tarjetas amarillas que calmaron los ánimos. En la cancha quedó claro que aquel joven árbitro no estaba para bromas. Los jugadores entendieron el mensaje: si cruzaban la línea, pagarían el precio.

Así comenzó una carrera larga y exigente. Petronio se convirtió en un juez implacable, de decisiones firmes y mirada fría. Nunca le tembló la mano para señalar un penalti ni para mostrar la tarjeta roja cuando el juego lo exigía. Con el tiempo, su nombre se volvió sinónimo de autoridad. En cada cancha donde se plantó, quedó la estela de un árbitro que no se dejaba intimidar, que hacía cumplir la ley del fútbol con la misma solemnidad con la que un juez dicta sentencia en un tribunal.
A Petronio no le temblaba el pulso para pitar una falta, desenmascarar a un farsante que simulaba faltas o meter la mano al bolsillo en busca de la tarjeta roja. Ni siquiera cuando su buen amigo Jairo Pinto cruzaba la línea confiada en que la amistad le otorgaba algún privilegio. Con él, como con todos, aplicaba la ley sin concesiones.
Era un árbitro de honestidad a prueba de presiones. No caía en la vieja costumbre de favorecer al equipo local, un mandato no escrito que los jueces de línea solían acatar sin objeciones. Pero cuando Petronio empuñaba la bandera, el Deportivo Maicao no gozaba de ningún privilegio. Más de una vez arruinó la fiesta al levantar el estandarte justo cuando un gol podía desatar la euforia en el estadio. Mientras la tribuna y los jugadores celebraban, él se mantenía firme, con la bandera en alto, hasta que el árbitro central confirmaba la anulación.
Del mismo modo, con idéntica convicción, validaba los goles de los rivales, aunque el clamor popular los considerara ilegítimos. No se dejaba llevar por la pasión de la grada ni por las miradas incendiarias que lo seguían hasta la salida. En la cancha, Petronio no tenía más patria que el reglamento ni más compromiso que el de hacer justicia, aunque eso lo convirtiera en el enemigo del domingo.
Por esos días, la señora Generosa alcanzó un nivel de celebridad que ya quisieran muchas matronas de pueblo. No es para menos: ser la madre de un árbitro es una profesión de alto riesgo. En las tiendas, en la iglesia y hasta en la plaza de mercado, la paraban para hablarle de su hijo, a veces con respeto, a veces con esa diplomacia disfrazada que esconde un reproche futbolero.
Y hablando de influencias, ya es hora de revelar de qué tanto conversaban “Chema” Pérez y Petronio en aquellas interminables charlas de esquina. El profesor, con la paciencia de un misionero y la convicción de un profeta, le inculcaba en el alma joven aprendiz el evangelio según Millonarios. Le mostraba viejas ediciones de periódico donde el equipo azul brillaba con fulgor dorado, le narraba gestas de antaño y describía con detalle quirúrgico las jugadas de sus ídolos.
Petronio, naturalmente, cayó en el embrujo. Pero no se convirtió en un hincha cualquiera. No. Se volvió un devoto, de esos que forran su habitación con fotos del equipo, que memorizan alineaciones como si fueran salmos y que pueden recitar las hazañas de Di Stéfano con más emoción que los propios testigos de la época. Para él, Millonarios no era s un equipo: era una causa, una bandera, una religión.
Hoy, lejos de los silbatazos y las tarjetas en alto, Petronio Antonio sigue aferrado al fútbol con la misma devoción de siempre, aunque ahora su única batalla es contra la mala señal del televisor cuando juega Millonarios. Su negocio de venta de agua potable no le da para hacerse dueño del equipo, pero sí para seguirlo como un apóstol en misión sagrada. Cartagena, Barranquilla, Santa Marta… y ahora Valledupar están en su mapa de peregrinaciones. Porque donde juegue Millonarios, allí estará él, con su gorra azul y su fe intacta. Hasta hoy, ha logrado estar en más de cien partidos del equipo de sus amores, gritando los goles con la misma pasión con la que un día levantó la bandera en la línea.
Una tarde, mientras vigilaba el mundo desde la puerta de su casa, apareció un vendedor de chance con su carpeta bajo el brazo y la promesa de cambiar destinos en un papelito. Petronio, hombre de instinto y convicciones firmes, sacó los cincuenta mil pesos del día y apostó todo al número 949, inspirado en el año en que Millonarios alzó su primer título profesional.
Al día siguiente, el mismo vendedor regresó con la noticia que haría historia en el barrio: el 949 había salido ganador. Petronio, con la misma calma con la que alguna vez sancionó un penalti en tiempo de descuento, fue a cobrar su premio.
Con una parte del dinero celebró en familia. Con el resto, ejecutó su plan maestro: contrató a un pintor y le dio una orden inapelable. Quería su casa azul, completamente azul, con un escudo de Millonarios en la fachada, más grande que la puerta.
Así pasan los días de Petronio Antonio, el muchacho al que el fútbol le dio carácter, a quien Millonarios le tatuó el alma y a quien la vida, en una de sus ironías, obligó a ponerse zapatos para poder entrar a la cancha de su destino.

