- Epígrafe: «Las palabras viajan más allá del tiempo, cuando la voz que las dice se vuelve historia.»
POR ALEJANDRO RUTTO MARTINEZ
Después de perfumarse con el aroma dulce y persistente del maría farina, que su madre insistía en regalarle cada cumpleaños, el joven cruzaba la calle con el andar de quien lleva sobre sus hombros el peso de los sueños y la incertidumbre. La brisa del Magdalena le despeinaba los cabellos negros, y en su camisa, recién planchada con esmero, se quedaban atrapadas partículas de polvo dorado que el sol hacía brillar como diminutas estrellas.
Era la hora en que el pueblo despertaba con pereza: las gallinas alborotaban las callejuelas, los pescadores acomodaban sus redes a la orilla del río y, en alguna ventana entreabierta, la voz rasposa de un locutor salía de una radio antigua, esparciendo noticias que parecían mezclarse con el zumbido de las chicharras.
Roberto llegó a la plaza con una mezcla de impaciencia y fe. Alzó la vista hacia el cielo despejado de Chimichagua, donde las nubes parecían tener la textura de los algodones de azúcar que vendían en las fiestas patronales.
Sus labios se movieron en un murmullo casi imperceptible, como si sus palabras estuvieran hechas de aire y secreto. No pedía riquezas ni grandeza, apenas un trabajo, un espacio en el mundo donde su voz pudiera valer algo más que el eco en su propia garganta.
A su alrededor, los murmullos de los feligreses se confundían con el rumor lejano del río, que parecía contar historias antiguas a quien supiera escucharlas.
Esperó frente a la iglesia con los ojos fijos en la madera gastada de las puertas, que crujían al compás de la brisa marina. Cuando finalmente se abrieron, un haz de luz dorada se derramó sobre el umbral, y por un instante, sintió que aquel resplandor era la respuesta que tanto anhelaba. La certeza de que su destino estaba tejido con las voces de la gente, con el palpitar de los noticieros y el vaivén incesante de las palabras que pronto se convertirían en su vida misma.
El aire olía a mango maduro y a incienso. La plaza seguía su rutina ajena a sus plegarias.
Un año antes había seguido los consejos de su señora madre Cristina Lengua Amarís quien le repetía una frase tan certera como algo desgastada por su excesivo uso: “Estudia para que seas alguien en la vida”.
“Ser alguien en la vida” significaba subir en la escala social para no reincidir en la historia de los familiares que desde el nacimiento hasta la muerte se desempeñaron como pescadores, vendedores ambulantes, albañiles, bulteros u otros oficios que para entonces eran mirados con desdén por las familias de clase media.
El padre de Roberto, Eliécer Pineda Palomino, había logrado ser “alguien en la vida”: manejaba muy bien la máquina de escribir y había desempeñado varios cargos públicos importantes. La suerte de Roberto tenía que ser igual o mejor que la suya.
Por eso la familia hizo el esfuerzo de enviarlo a la fría Bogotá para que cumpliera el sueño estudiar periodismo y locución en la afamada academia ARCO. Después de culminar con éxito los estudios regresó a su natal Chimichagua en donde no consiguió trabajo, pero sí la oportunidad de hacer un curso de Técnico en Contabilidad, el cual aprobó con lujo de detalles.
Ya estaba listo para “ser alguien en la vida”. Sólo faltaba que otro alguien le brindara la oportunidad de tener un buen trabajo en alguna de sus dos profesiones.
El tiempo pasaba y el joven Roberto comenzaba a ver el panorama con preocupación. A su alrededor los albañiles, chaluperos, pescadores y bulteros podían darse el gusto de ir a la caseta los fines de semana o invitar a las amigas a la heladería. Él registraba sus bolsillos y sólo encontraba unas pocas monedas que sólo le alcanzaban para comprar un café en el parque.
Por eso iba a la iglesia a pedirle a Dios una oportunidad para trabajar en lo que le gustaba y sabía hacer.
En la iglesia saludaba a los de su generación y a los mayores, comenzó a hacerse popular entre ellos y se dedicó a algunas actividades comerciales que le permitieron sobrevivir en esos tiempos en que los jóvenes desean independizarse de sus familias.
Sin embargo, el ejercicio de las profesiones aprendidas en las aulas seguía postergado de manera indefinida.
En los planes que se había trazado comenzó a palpitar la posibilidad de regresarse a Bogotá, una ciudad llena de oportunidades, pero le asustaba la idea de repetir la historia de los meses pasados cuando la alarma sonaba a las 4 de la mañana y a esa hora debía exponer su piel morena a las agudas gotas de agua fría del primer y único baño del día.
El aire de la tarde olía a tierra húmeda y a café recién colado, ese aroma denso que penetra en las casas y se mezcla con el perfume del viento. Las cigarras entonaban su letanía entre los árboles, mientras el sol, cansado de su propio fulgor, se derramaba en un resplandor dorado sobre los tejados.
Roberto caminaba con el peso de la incertidumbre sobre los hombros, su mente enredada en la baraja de opciones que la vida le había lanzado con desgano. Al llegar a casa, un murmullo distinto lo detuvo en la entrada. Había risas en la sala, voces entremezcladas con el chisporroteo de las lámparas de queroseno.
Entró y se encontró con un visitante inesperado. Un hombre de porte erguido, con la mirada afilada como quien ha visto más de lo que cuenta. Era menor que su padre, pero irradiaba una presencia que tenía la gravedad de los años bien vividos. Sus padres lo presentaron como un viejo amigo de la familia, aunque Roberto no recordaba haber oído su nombre antes.
—Mucho gusto, Roberto —dijo el hombre, tendiéndole la mano con firmeza—. Mi nombre es José Antonio Galindo y estoy para servirte.
El tono de su voz era grave, con una cadencia pausada, como si cada palabra estuviera cargada de un destino ineludible. Roberto estrechó su mano, sintiendo la piel áspera de quien ha recorrido caminos polvorientos y ha dejado huellas en más de una historia.
La conversación fluyó entre sorbos de tinto y anécdotas envueltas en nostalgia. Pero cuando el visitante supo que Roberto buscaba trabajo, se irguió en su silla, se llevó el dedo índice a los labios y pidió silencio.
Las sombras de la sala parecieron detenerse en su sitio. Incluso el viento dejó de husmear entre las rendijas de la casa. Entonces, con una voz que parecía contener el eco de algo más grande que una simple oferta, José Antonio Galindo fijó sus ojos en los de Roberto y dijo:
—Creo que tengo una propuesta de trabajo para ti.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, como un presagio.
En el pecho de Roberto, algo se agitó: una corazonada, un temblor, el presentimiento de que aquella tarde traía consigo el cruce de un umbral del que no habría retorno.
¿Cuál era esa propuesta que Galindo tenía para él?
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Espere la segunda parte de esta apasionante crónica de vida